Edición 119 Julio - Agosto 2016

En medio de la voluntad mayoritaria de construcción de paz a través del diálogo en Colombia, las reflexiones y aportes del movimiento LGBTI se constituyen como elemento primordial para la construcción de una paz duradera y diversa.

En 1982 un grupo de aproximadamente 32 personas realizó la primera marcha en el país para exigir los derechos de la comunidad LGBTI (Lesbianas, Gay, Bisexuales, Transgéneros e Intersexuales), un hecho de relevancia para el momento ya que hasta 1980 el artículo 419 del Código Penal Colombiano prohibía las relaciones entre personas del mismo sexo, calificando a quien las practicara de corruptor. La marcha se llevó a cabo el 28 de junio de ese año, en conmemoración a los disturbios de Stonewall, protesta espontánea contra una redada policial realizada en 1969 en un bar con este nombre en Nueva York. El recorrido de la marcha fue desde la Plaza de Toros hasta el Parque de las Nieves sobre la carrera Séptima en Bogotá, liderada por León Zuleta y Manuel Velandia, bajo la consigna “trabajamos por liberación social y liberación sexual”, frase que tomaría eco y es retomada actualmente por los colectivos de disidencias sexuales: Sin libertad sexual, no hay libertad política.

En esta primera marcha “participaron grupos de Medellín y Cali. Cada uno de nosotros marchaba con un triángulo rosado en la mejilla con el número de la cédula escrito en él. Esto era para recordar lo que había pasado a los homosexuales en los campos de concentración en Alemania” señaló Manuel Velandia, en una entrevista para el Colectivo León Zuleta. Esta manifestación pública marcó un hito como apuesta política, y sólo se realizaría de nuevo en una ciudad como Medellín hasta finales de los años 90.

Durante los años setenta, el movimiento político y social liderado por el filósofo y activista León Zuleta, hizo parte de una apuesta latinoamericana conocida como Movimiento de Liberación Homosexual (MLH), desde donde León y su grupo de amigos hicieron reflexiones que hasta el momento pasaban desapercibidas para las luchas populares que gestaban campesinos, indígenas, obreros y estudiantes en el país, poniendo de manifiesto que la sexualidad y el cuerpo son espacio y medio del ejercicio de poder, donde se prolongan los aparatos y las máquinas de dominación; es así como hicieron evidentes otras formas de opresión no vinculadas exclusivamente a lo económico, sino también a lo cultural. En este sentido la búsqueda de la libertad resultaba para León - en sus palabras - como "conciencia de la fuerza vital vuelta cuerpo, símbolo, territorio de la cultura, es decir, conocimiento y compromiso con el sentido y el devenir, en fin, subjetividad histórica en la vida y en el mundo”, aportando de esta manera al movimiento social y popular la idea de que los actos cotidianos también son políticos.

El presente: memoria y participación
En la marcha denominada “por la vida, la diversidad sexual y las identidades de género”, llevada a cabo el 3 de julio en Medellín, un grupo de jóvenes con capuchas de colores se tomó la tarima del evento para leer un manifiesto en el que saludaron los esfuerzos para darle una solución política al conflicto social y armado entre el gobierno de Colombia y las FARC-EP, en este afirmaron que defenderán "con la palabra, el canto, el baile y la fiesta, el cese bilateral de fuegos, porque es la posibilidad y la esperanza de que el amor no sea aniquilado ni ensordecido por los estruendos de la guerra que ha causado más de 200.000 muertos y más de 1.000 masacres”. Esta manifestación no es nueva, ya que el papel de la comunidad LGBTI en el proceso de paz ha sido protagónico en el sentido en que diferentes ONG'S y colectivos sociales han alzado su voz para exigir su participación en lo que podría convertirse en un nuevo escenario político.

Dos grandes temas relacionan a la comunidad LGBTI con la construcción de paz. El primero es el reconocimiento de la victimización en el marco del conflicto armado a su población, debido a la falta de una acción estructural del Estado colombiano, que ha restringido el ejercicio de ciudadanía plena a las personas LGBTI y favorecido el uso de violencias por parte de los actores armados que han querido imponer su orden en una lógica heteronormativa, reprimiendo y asesinando a miles de gays, lesbianas, transexuales, bisexuales e intersexuales a lo largo del territorio colombiano. Si bien este ejercicio de reconstrucción de memoria ya lo han comenzado organizaciones sociales e instituciones como el Centro Nacional de Memoria Histórica, es una tarea compleja y de largo aliento ya que algo que caracteriza a las violencias heteronormativas ha sido su prolongación en el tiempo, una naturalización por parte de la sociedad y un silencio de las víctimas que no han encontrado en muchas ocasiones cómo y a quién expresar lo sucedido.

El segundo elemento es la participación eficaz en las políticas públicas del país, pues como lo demuestra la experiencia de la Constitución del 91, si bien es necesario un marco jurídico para los derechos civiles, también lo es una real voluntad política, plural y popular que garantice los derechos y libertades de los disidentes sexuales. Como lo manifestó Wilson Castañeda, director de la Corporación Caribe Afirmativo y representante de la comunidad ante la subcomisión de género de la Mesa de Negociación del Gobierno Colombiano y las FARC- EP: "Gran parte del origen actual de estas problemáticas radica en que la Constitución Política no incorporó la orientación sexual, identidad y expresión de género como motivos de discriminación expresamente prohibidos", es importante recordar que aunque la Constitución determinó al país como pluriétnico y multicultural, sólo hasta recientes fallos de la Corte Constitucional se le han hecho efectivos derechos a personas disidentes sexuales y de género, como por ejemplo el de nombrarse en matrimonio, adoptar hijos o cambiarse el nombre y sexo en la cédula de ciudadanía.

La historia y el presente de construcción de paz tendrá que tener en cuenta las reflexiones y aportes que desde León Zuleta, hasta las organizaciones sociales LGBTI, han hecho en materia de derechos civiles, sobre la relación del poder con el cuerpo y la participación plural en la política, donde se incluya nuestra experiencia con lo cotidiano. Aunque el panorama para esto luce alentador, las advertencias frente al postacuerdo no garantizan que éste sea más seguro en términos de violencia sexual y de género, como afirma Mauricio Alzate, miembro del Colectivo Deformación: “Con el auge de la extrema derecha a nivel internacional, se pueden profundizar los problemas del proyecto neoliberal en contra de la paz, pero no se puede tener miedo a la paz. Lo de nosotros es un proyecto de país donde no haya miedo a ser asesinados. El postacuerdo reforma el escenario político pero otra cosa es el proyecto de paz con justicia social".

El camino a la paz implica el fin de las violencias heteronormativas, la no repetición de casos como el de León Zuleta, apuñalado y asesinado el 23 de Agosto de 1993; un homicidio calificado por las autoridades como crimen pasional, ignorando así la participación de este personaje como disidente político y sexual. Ante este nuevo panorama, es significativo evocar al movimiento social la consigna con la que finalizó el manifiesto leído el pasado 3 de julio por un grupo de jóvenes en la marcha de la diversidad: “Amando Venceremos”.

Medellín es una ciudad de exageraciones, contrastes, de ricos y pobres, muy pobres, que a veces se topan cara a cara, pero esquivan las miradas temerosas e indiferentes; almas que habitan la ciudad separadas por estratos sociales, segregadas por clases, apellidos, marcas, calles y hábitos, pero sobre todo, por la capacidad económica, por lo que llevan en los bolsillos y lo que pueden llevar a su boca.

En la ciudad de Medellín, entre bares, verduras y cantinas en el sector de Tejelo en la Comuna 10, el Centro de Medellín, hay varias mujeres en un restaurante que desde las 7 de la mañana están cocinando y lavando para preparar platos sencillos de buen sabor y económicos. Su ganancia en pesos es poca para las seis personas que trabajan allí, pero la satisfacción es grande.

Amanda Marín Carvajal, una mujer de estatura media, tez blanca, reservada en la conversa, oriunda de Arboleda, Caldas, es cocinera – aprendió cuando apenas tenía 12 años, su casa fue la escuela y desde los 16 empezó a trabajar en restaurantes e instituciones -, y con su sazón ha levantado 8 hijos. Mientras revuelve una ollada de espaguetis que sazona con salsa de tomate y una pizca de amor, cuenta que a pesar de su esfuerzo y disciplina no ha logrado conseguir una casa propia. Su salario no le permite ahorrar ni darse lujos, pero sí mantenerse y cubrir sus necesidades básicas.

—Estoy aquí porque me gusta preparar la comida, y me parece justo que la gente más pobre pueda pagarse una comida decente y coman bien. Al menos una vez al día –, dice Amanda mientras cambia de mesa la olla grande llena de pastas que emana un vapor y se riega por toda la cocina aumentando la temperatura que a las 9:30 de la mañana ya tiene a todas las cocineras con gotas de sudor en la frente.

Su uniforme verde limón con gorro blanco que les cubre el cabello, las acompaña todo el día, y Amanda solo se quita a las 8 de la noche cuando regresa a su casa, en el barrio Popular dos, donde llega y se pone a ver telenovelas que la arrullan, y al rato la dejan dormida; claro, después de ayudar a sus dos hijos con las tareas.

A pesar de lo temprano, ya se ven varias personas que se sientan en algunas de las 30 butaquitas de plástico de colores puestas alrededor de las mesas metálicas de acero inoxidable.


—Un desayuno con pastas por favor –, dice un hombre con un uniforme verde de una bebida energizante que se vende en los semáforos de la ciudad, a la vez que frota sus manos. Él sabe que lo que realmente le da energía para todo el día es un buen desayuno.

Doña Luz Riaza Amaya, una mujer de 60 años, que nació en el barrio el Picacho en la comuna 7- Robledo, es cocinera curtida y recorrida por diversos restaurantes y negocios de la ciudad. Mientras revuelve los frijoles en una olla que le llega a la altura del cuello y con ojos sonrientes nos dice:

—Yo tengo una hoja de vida hermosa, gracias a Dios, aquí en la calle.
Luz se ha enfrentado a la crudeza de la pobreza, a esos trabajos cuyas condiciones parecen castigos; pero ella los supo aprovechar y uno de los primeros trabajos que recuerda es el de cuidar cerdos en el barrio Antioquia, también vendió chiclets, lavó ropa, vendió tomates y cebollas con sus hermanos en carretas. Hasta fue mecánica en el barrio Manrique.

—Yo he trabajado en muchas cosas por amor a mis hijas. El padre de ellas era drogadicto y se fue para la calle y por allá lo mataron, entonces me toco a mi sola la lucha.
Sus hijas están bien, han estudiado y han creado algunas empresas, solo una le salió descabezada como el papá, dice doña Luz mientras sus compañeras que oyen el relato se ríen. Ella regresa a revolver la olla. Por momentos le pido que me hable más duro porque los extractores de aire llenan de un ruido sutil la cocina. La mujer de contextura gruesa y piel canela se muestra activa constantemente; está pendiente de las sopas que le toca hacer para el menú, que es el mismo todos los días pero que los comensales pueden combinar.

Activa y pendiente también dice estar y haber estado de sus 16 nietos, 3 bisnietos, 6 hijas y su hijo.
—Yo tengo un combo más grande que este que hay aquí –, dice mientras retira rápidamente el cucharón de la olla y me mira seriamente.
—Yo he hecho de todo para levantar a mis hijos, me tocó hasta pedir de puerta en puerta y hacer lo que nunca pensé ni deseé hacer, con tal de que no les faltara nada.

Doña Luz, que muestra conocimientos de servicio al cliente y mercadeo, siempre se ha sentido acompañada y querida por sus hijos, así como bien recompensada por su trabajo, porque según ella su patrona nunca la deja sin plata.

El restaurante fue establecido en un lugar por donde trabaja gente pobre que lucha para conseguirse el día a día. Ellas cuentan que hay personas que no tienen los $3.600 entonces se comen la sopa sola, o en otras ocasiones, que llegan sin un peso porque no hicieron nada. Ante esas circunstancias, se miran entre ellas hasta que alguna decide asumir el costo del plato.

—Yo un día tuve hambre, me tocó pedir limosna. ¿Entonces cómo no voy a sentir yo en el corazón el hambre de los demás? –, dice mientras su voz se quiebra, su frente suda y las ollas hierben, cerca de conseguir el punto de cocción perfecta. En su juventud y años de más vitalidad soportó la ley del silencio en el barrio el Picacho, donde fue presidenta de la Junta de Acción Comunal y trabajó con Empresas Públicas poniendo el alcantarillado. Con Luz se puede hablar de todos los temas, incluido la política; está actualizada del acontecer nacional. Seguro que ahora podría tener más comodidades en el complejo mundo político, pero ella eligió al igual que sus compañeras la vida sencilla y plena de ayudar a otros, de ofrecer buena comida a poco costo y alimentos de primera mano. Esa es su vocación, cocinar desde muy temprano para saciar el hambre de muchos.

Después de pactar no una entrevista, sino una conversación, los tiempos parecían esquivos en medio del Foro de Comunicación para la Integración de Nuestra América que sesionó en Quito, Ecuador, a finales del mes de junio. Como furtivos, aprovechamos un impase en los debates para sentarnos improvisadamente, sin formalismos, y comenzar la plática con una persona que aunque peina canas (si las peina) me pidió tutearlo. Comienzo a provocarlo con unos criterios que despertaron no pocos comentarios.

Dijiste algo que me pareció un diagnóstico sintético y objetivo respecto a la izquierda y la comunicación: “No tenemos agenda propia y no sabemos vender la esperanza”. ¿Cuáles pudieran ser las causas y las consecuencias perceptibles?
Lo perceptible inmediato lo tenés en Venezuela y Argentina. Estamos vendiendo lo que hicimos; todo lo que le dimos al pueblo. Lo mismo está haciendo Correa en Ecuador. Y eso ya está en el imaginario. No es que no usemos esos argumentos, pero, ¿qué me vas a proponer de nuevo para la otra etapa de gobierno?

En el caso venezolano, hay que seducir a una nueva clase media que se formó con el gobierno bolivariano, una clase consumista además. En Argentina millones de personas que accedieron al consumismo están esperando más. ¿Y qué le ofrecemos? Sin ser simplistas, miren cómo con el slogan de “Cambiemos” Macri ganó unas elecciones. ¿Cómo así que después de tener los posibles mejores años de gobierno en Argentina la gente cambia? Porque no le vendemos esperanza, ni el futuro, le vendemos el pasado.

Sobre la necesidad de agenda propia en la comunicación que hacemos…
No logramos desprendernos del “síndrome de plaza sitiada”. Nos hemos pasado demasiados años denunciando, resistiendo y llorando… con esa visión estamos siempre defendiéndonos de la agresión externa, olvidándonos incluso de comunicar lo que hacemos.

Nuestra agenda mayormente está marcada por la que nos impone la derecha y los medios hegemónicos. ¿Por qué no podemos marcar nuestra propia pauta en contenido y estética? Debemos ser proactivos, interpelar al gobierno con propuestas y con la gente en la calle.

¿Será que no tenemos una agenda propia o que la tenemos y no la tomamos en cuenta, por estar más concentrados en informar actividades puntuales, e inmersos en el diarismo?
Creemos que siempre debemos estar denunciando al enemigo. Los medios de la derecha nos venden que vivimos en sociedades inseguras y entonces nos ofrecen armas… y nosotros constantemente vendemos inseguridad política y que la CIA está detrás de todo, y no miramos que a veces es nuestra propia incapacidad, ineficiencia, ineficacia, hasta corrupción… y si es verdad que tenemos evidencia de cuando la CIA está detrás de algo pues vamos a denunciarlo en tiempo y forma, damos el golpe de impacto y seguimos con nuestra agenda de lucha.

En este acto de vender la esperanza mucho tiene que ver la forma y el contenido de la comunicación que estamos haciendo, ¿en dónde estamos fallando, qué rutas podríamos tomar?
Primero en tener formatos propios, no basta con tener los medios si copiamos formas de ser y hacer, si no tenemos nuestra gente para hacer y nuestros contenidos para compartir. Tenemos poca creatividad y ausencia de códigos propios.

No por estar en una comunidad se es un medio comunitario, no por responder a una línea editorial de izquierda ya eres contra hegemónico, no por decir que haces comunicación horizontal y participativa logras que el discurso sea práctica coherente; muchas veces hacemos nuestra comunicación con los mismos códigos y exigencias que los medios hegemónicos como si hacer lo contrario fuera una especie de “pecado profesional”…
¿Por qué seguimos teniendo presentadores de televisión de cuello y corbata, que engolan la voz? ¿Por qué no hacemos un informativo conversado para llegar mejor a la mesa del espectador para que no se sienta ajeno? Lo otro es que al parecer somos incapaces de la horizontalidad en la comunicación de nuestras organizaciones y movimientos sociales. Los que hablan en nuestros medios siguen siendo los dirigentes, las vocerías establecidas, hay tanta ausencia de la voz del pueblo, del campesino, el indígena, la mujer, la sencilla persona de a pie.

Informamos sucesos pero nos falta contar la historia de nuestra gente luchadora en su diario, en su constancia y naturalidad, que son expresiones genuinas, legitimadas y convincentes, y apelamos a la estructura técnica que nos marcan los medios hegemónicos para supuestamente informar, en vez de buscar dialogar…
Si, hemos eliminado las crónicas. ¡Y qué sabrosas son las crónicas! En nuestros materiales es como si la gente no existiera. La mejor forma de identificarse es que la gente le hable a la gente, y no ser portavoz de los demás.

¿Podemos o no podemos cambiar eso?
Sí se puede cambiar, pero debemos comenzar a aceptar que lo estamos haciendo como no debemos. No tener miedo a la innovación, hacer bajar de la burocracia a quienes deciden en nuestros medios. No son enemigos, son nuestros compañeros. Es una cuestión de conceptualizar diferente nuestra comunicación, ¿para quiénes la hacemos? ¿Cuál es el mensaje político, la línea editorial? Se confunde una línea editorial con consignas.

Desde la izquierda hay una especie de subestimación del pueblo. ¿Cuántas veces vamos a un barrio y nos sentamos a hacer un debate abierto sobre la organización y los medios que gestionamos? ¿Tenemos miedo a las verdades que nos van a decir? Y entonces somos los primeros en hablar de pluralismo, libertad, de diversidad… recitamos todo eso, y somos los primeros estalinistas.

Para ir cerrando te propongo una especie de juego de Ping Pong respecto a una serie de temas que están, o deberían estar en el debate respecto a la comunicación…
Tránsito de lo informativo a lo dialógico: Es largo y debemos tener gente preparada para hacerlo. Investigación y formación para hacer la comunicación que necesitamos: No hay una investigación real. La praxis está 30 años adelantada a la teoría. Transnacionales de la información y las telecomunicaciones: La comunicación la hace la gente. Puede existir Google pero la información la pone la gente. Redes de medios y articulación: Necesario pero difícil. Todos queremos ser cabeza de león y no cola de ratón. Todos pretendemos ser los mejores y los que tenemos la razón. Es difícil hacer redes horizontales.

Periferia es un proyecto en construcción de comunicación popular. ¿Qué le dirías tanto al colectivo como a los lectores?
Que es un esfuerzo loable. A quienes están en el periódico que no todos van a opinar como ellos. No hay que mediar en la opinión de la gente, se puede hacer algo de corrección de estilo pero sin ir más allá. No es bueno estandarizar tanto. El diálogo es lo más importante. Construir desde abajo. Lo único que se construye desde arriba es un pozo. Hay que respetar a los demás.

Ellos te invitan a ir a dialogar sobre estos temas…
¡Pues vamos! Yo encantado de poder aportar lo poco que pueda.

“Hija de la laguna” es la historia viva de lucha contra el proyecto minero CONGA, de la sociedad Anónima Yanacocha constituida por las empresas Newmont Mining Corporation, Compañía de Minas Buenaventura y Corporación Financiera Internacional, en el departamento de Cajamarca en el Perú. Este trabajo nos muestra la resistencia de las comunidades de la zona y del país en contra de estos proyectos a través de sus protagonistas, resaltando las voces y el rol de las mujeres como eje de la defensa y apropiación del territorio.

Para conocer algunos detalles Periferia dialogó con Nuria Frigola Torrent, nacida en Cataluña y nacionalizada en el Perú, activista de Derechos Humanos, comunicadora audiovisual y productora del documental que tanto interés ha despertado en los movimientos sociales y agrarios que luchan por sus territorios, y en particular contra los proyectos de extracción minera a gran escala.

Periferia: ¿Qué es un documental y qué papel desempeña para nuestros pueblos y comunidades?
Nuria: Cada vez es más complejo saber qué es documental y qué es ficción, y obviamente los límites siempre son éticos. El documental propone algo que se basa en la realidad y tiene que ser muy fiel a esta.

A mí me gusta mucho lo que decía Stephen Castag, un productor de origen sueco que ha trabajado mucho en Perú, cuando hablaba de Cine Popular. El cine documental sobre todo si son películas de temas cercanos o películas muy pequeñas, cuando llega al público y la gente lo ve, sirve de espejo y esto funciona mucho para reflexionar sobre los propios problemas o sobre la situación en que se vive. Aparte el cine documental más pequeño, sin efectos, también alienta mucho a que la gente pueda producir. Ves ciertos documentales y sabes que puedes contar tu historia, la de tu tierra y reflejarlo. El documental es muy útil siempre y cuando vaya acompañado de una difusión potente, trabajando con redes de organizaciones sociales de base, con redes organizadas que manejen temas específicos, puede llegar y ser una herramienta de debate público y por lo tanto de generación de ciudadanía.

Periferia: ¿De qué manera podemos ver a la realización documental como alternativa de comunicar desde una perspectiva más alternativa y popular?
En estos tiempos difíciles, para Latinoamérica, para el mundo en general, estamos hablando de una crisis ecológica sin precedentes, de una crisis humanitaria con migrantes en todo el mundo, no solo lo que pasa ahora entre África, Asia y Europa, sino la crisis de los migrantes de Centroamérica hacia Norteamérica. Un mundo con bastante violencia, y en general es muy difícil mantenernos informados porque internet y los medios tradicionales de comunicación tienden a la trivialidad, a la insignificancia. Siento que el documental, igual que la crónica periodística o también la ficción, son herramientas para mantenernos informados más a fuego lento. De repente no es con los twits cada media hora, pero viendo un documental que exponga un tema, un punto de vista sub-representado o que dé a conocer un problema, puede alimentar tu alma para seguir luchando. Y la otra es también una herramienta de intercambio de luchas y de mensajes de esperanza entre diferentes comunidades. Por ejemplo en el caso de “Hija de la laguna”, a través del documental y de las personas que detrás están, Nélida, las protagonistas, organizaciones locales, personas que trabajan en los casos, se han puesto en contacto con el conflicto local con CONGA, con comunidades y activistas del Norte global que también buscan intercambiar mensajes con quienes protagonizan la película. Es una herramienta de intercambio entre comunidades de las mismas zonas y territorios del mundo, somos muchos los que no estamos de acuerdo.

Periferia: ¿Cuál es el papel de la comunicación y en particular de la producción audiovisual en la construcción de sujetos políticos?
Se dice y coincido con eso, que el documental por encima de todo es un proceso, más allá de la obra terminada que puede ser un cortometraje de 15 minutos o de 2 minutos, o un largometraje. Al hacerlo, el equipo humano que produce detrás de cámaras se transforma, porque es una oportunidad de conocer, entablar amistad, convivir con personas que sino no conocerías de otra forma. Pero también los protagonistas, las protagonistas se transforman. Es un diálogo bien particular, por ejemplo en el caso de “Hija de la Laguna”, Nélida ha sido regidora y ha tenido un rol, pero mientras hacía la película fue creciendo como ser político. Hubo dudas en el camino de lo que implicaba ir tomando más relevancia y también dudas de ¿por qué ella?, porque ser protagonista de un documental no es algo que se defina en asamblea comunitaria. Trabajas con un equipo y puede generar recelos y dudas, pero ella sigue creciendo y cuando aceptó seguir siendo vocera del documental, representándolo, ir con el documental a Suecia a hablar con accionistas de Newmont (mayor accionista de Yanacocha), pedir que retiren los fondos e ir a contar su historia, fue empoderándose y creciendo. También, cuando en las comunidades se ven mujeres empoderadas tomando liderazgo. Cuando el documental se pasa en otras comunidades puede ser algo muy motivador para otras mujeres y así con cada experiencia sin duda sirve para las personas que han participado delante o detrás de cámara, pero también para las personas que reciben y acaban construyendo un discurso como espectadores.

Periferia: ¿Cuál fue la intención del equipo con esta producción, qué impactos esperaban, y que impactos obtuvieron?
Desde el primer momento el objetivo fue hacer un documental que diera a conocer el punto de vista y las voces de mujeres indígenas que exigían sus derechos económicos sociales y culturales ante conflictos socio-ambientales en Perú y Bolivia. Ahí se encontró a Nélida y a otras protagonistas, Máxima Acuña, cuyo caso fue ganando más relevancia durante el rodaje y obviamente se incluyó. Aparte que cuando grabamos en las lagunas afectadas por CONGA nos quedábamos a dormir en sus casas.

Esperábamos aportar lo que se pudiera en términos del debate público y poner en la agenda este tema sobre CONGA y la exigencia de DDHH de estas mujeres, pero tuvo más impacto del que esperábamos porque creo que mucha gente es consciente de estos temas; “Hija de la laguna” fue la posibilidad de expresar que la gente está harta de que siga vendiéndose el territorio, malográndose ecosistemas, contaminando aguas para hacer minería, y particularmente minería de oro que ni siquiera es algo que sea indispensable para el desarrollo de sociedades tecnológicas, porque sirve para joyería y reservas financieras. Conectó mucho con los corazones de la gente y tuvo bastante impacto, algo que nos alegra y que somos muy conscientes que va más allá del equipo de producción, de todas las personas que lo han hecho posible y también de sus protagonistas.

Periferia: Para terminar, ¿le das un saludo a las personas que en Colombia viven o siguen la historia que narra “Hija de la laguna”?
Saludos desde Perú a Colombia donde nos han pedido un montón el documental. Este año 2016 se presentó en un festival de Derechos Humanos en Cartagena y ganó un premio. Tenemos mucho cariño de todo el equipo del documental y de Nélida, las protagonistas, a la gente en Colombia, y es importante tender puentes para seguir intercambiando, trabajando desde la comunicación y la comunidad porque estamos viviendo procesos muy parecidos y podemos intercambiar herramientas, mensajes, formas de hacer campañas, para aprovechar que compartimos cultura, zonas geográficas y sobre todo, con mucha gente, la idea de crear un mejor país y un mejor planeta para vivir.

El cine es fruto de la industrialización, fue protagonista de las grandes ciudades, escenario típico para el entretenimiento y testigo de la evolución de las urbes más emblemáticas; en el principio exhibir películas era una labor que exigía la movilización de grandes cantidades de energía: proyectores peligrosos, propensos a quemar las cinta fílmicas, tan enormes y pesadas que exigían de alguien capacitado para su manipulación, salas lo suficientemente grandes y llenas para que la proyección fuera rentable y una capacidad de distribución necesaria para movilizar los rollos de los filmes por aire, mar y tierra.

El mundo ha cambiado, los proyectores tristemente en su mayoría ya no reproducen cinta fílmica sino discos duros que albergan de manera digital las películas, las películas físicamente pueden pesar 0 Gramos y la distribución se hace por internet; los cables de energía e internet llevan por aire, mar o tierra lo que antaño llevaban los humanos.

Lo cierto es que las facilidades tecnológicas han permitido la proliferación de aquellos escenarios que alimentan el amor por el séptimo arte: cineclubes nacen en cada cuadra cual iglesias de garaje con feligreses de ojos rojos adictos a la luz de la sala. Y con las ganas de algunos académicos dispuestos a realizar festivales, los pueblos se atiborran de jóvenes y viejos enfermos de cinesífilis. Uno de estos escenarios fue el que se llevó a cabo en el Suroeste antioqueño donde sucedió el 1er Festival de Cine de Jardín, organizado por la Corporación Antioquia Audiovisual cuyo presidente es el director Víctor Gaviria, reconocido por su cine de periferia, de esos límites humanos y físicos que siempre es necesario reconocer como nuestros. El tema de este primer encuentro llevado a cabo entre el primero y el cuatro de julio tuvo como eje principal “el posconflicto” y su eslogan “solo se perdona lo imperdonable” fue común denominador de conferencias y proyecciones.

Como invitados especiales figuraron personajes emblemáticos del cine colombiano como Ramiro Meneses (protagonista de la película Rodrigo D - No futuro[1990]) o el director Lisandro Duque (Los niños invisibles [2001], los actores del conflicto[2008]) y otros importantes rostros de la cinematografía latinoamericana como Miguel Littín de quien pudimos ver su última película “Allende en su laberinto (2014)”, lastimosamente en unas condiciones de proyección que hacen extrañar los esfuerzos antiguos por lograr una imagen perfecta; las intervenciones de los conferencistas fueron el plato fuerte del encuentro y sacudieron por cuatro días a un pueblo que ha vivido en carne propia las vicisitudes de un conflicto al que apenas se le ve una pequeña luz final.

Todavía no sabemos qué significa un festival de cine para una población como Jardín, de hecho, seguimos sin saber qué significa un festival de cine para cualquier ciudad turística o patrimonial, común denominador de todo evento cinematográfico; tal vez la dupla patrimonial cine/ciudad convoca gente e invita a reconocer el territorio; creemos y esperamos que su impacto vaya más allá del siempre egoísta comportamiento del turista que visita los lugares para aprovechar la lejanía para con tranquilidad dañar y ensuciar el hogar de otros; esperamos que la influencia cultural que debe tener un evento de esta magnitud germine en los jardineños y en todos los visitantes el verdadero sentido que pretende: amor al cine, amor por nuestra memoria, y conciencia crítica de los procesos colectivos que atraviesa nuestra sociedad.

Aunque el cine es una actividad que debe hacerse en el silencio sepulcral de la oscuridad cual rito de iniciación, su tarea debe ser la de convocar y reunir a los amigos; el cine es ese lugar donde nos podemos encontrar todos a conversar, la curiosidad debe ser un carrete de hilo para tejer nuestras preguntas con las agujas del arte; porque el arte no es un animal que se esconde en una cueva para poder existir, sino una esponja que se infla de realidad como materia prima para transformarla en anhelos, sueños y temores expresados en formatos físicos y eléctricos, con luces y sombras, sonidos y silencios; el arte no debe ser un anexo en los procesos hacia el posconflicto, es un catalizador de la vida magullada, redirige las vivencias por un matiz para mirarlas otra vez y de otra forma, da sentido a la vida y transforma los procesos individuales en encuentros colectivos devolviendo la fe en la comunidad, valor necesario para construir una verdadera paz.

En la conferencia “El conflicto a través del arte es progreso social”, Lisandro Duque comentaba a modo de charla que los taxistas cuando iban a pelear ya no sacaban cruceta sino el celular para grabar... y que eso era muy importante, pasar de las armas que dañan y matan, a las armas que, como la tinta, pueden ser contenedoras de símbolos capaces de transformarnos; los festivales y encuentros de cine deben ser la evidencia de que la sociedad utiliza cada vez otras herramientas para expresar sentimientos, y que el arte puede ser una de las formas en las que construimos sociedad y país.

Los festivales de cine, además de películas, invitados de honor y conferencias, deben ser el escenario ideal para tejer nuestras relaciones alrededor del arte; ninguna manifestación cultural debe estar desligada de su gente ni de su realidad histórica, los festivales deben ser el lugar donde la expresión de una comunidad se hace manifiesta, donde los temores del conflicto, las alegrías del cambio, la desazón de la pérdida se conviertan en colores, imágenes, sonidos y luz.

El de Jardín ha sido uno de los primeros, y los esfuerzos muy seguramente han sido epopéyicos, y aunque las dificultades o contratiempos se deben transformar en oportunidades, este hermoso pueblo del Suroeste antioqueño por primera vez, de manera formal, ha reunido la gente del cine y de Colombia y nos ha invitado a reflexionar a la velocidad de la luz del proyector.

Dos noticias difundidas en semanas recientes, con pocos días de diferencia, sobre hechos en apariencia desconectados, ponen de presente que en Estados Unidos se ha inventado un nuevo derecho: el “derecho de asesinar”. El primer hecho es puramente doméstico de los Estados Unidos, y se refiere al asesinato de dos jóvenes mujeres por parte de su propia madre, quien las mató con un arma de fuego el día 27 de junio en un pequeño poblado del Estado de Texas. El segundo hecho es mundial, y tiene que ver con los asesinatos cometidos con el uso de drones por parte del gobierno de Barack Obama. Al respecto, el 1 de julio voceros de ese gobierno reconocieron que habían matado a 116 civiles en sus ataques selectivos llevados a cabo en Pakistán, Yemen, Somalia y Libia desde que el primer presidente negro de los Estados Unidos ocupa la Casa Blanca, a comienzos de 2009. Analicemos las relaciones entre estos acontecimientos para desentrañar lo que se encuentra tras el derecho a asesinar Made in USA.


Uno
Estados Unidos es un país armado hasta los dientes en la vida cotidiana, hasta el punto que hay más armas letales que habitantes. Allí se ha proclamado como un derecho constitucional que cualquier ciudadano de ese país pueda comprar armas de fuego, sin restricción alguna. Si a eso se le agrega que en Estados Unidos cunde el individualismo, el sálvese quien pueda, la lucha de todos contra todos, el triunfo de los “exitosos”, el rechazo a cualquier proyecto colectivo o solidario, entonces se desprende que las armas se constituyan en una manifestación de dicho individualismo, junto con el automóvil, otro ícono del egoísmo personal de los estadounidenses. En una sociedad donde la propiedad privada es exaltada como un asunto sagrado, se justifica la compra y venta de armas como un mecanismo necesario para defenderla y para matar a quien ose ponerla en cuestión. Cualquier persona en los Estados Unidos, sin importar su clase, su origen racial y étnico, su género, su condición religiosa, puede convertirse de la noche a la mañana en un asesino al poder recurrir a las armas para defender a sangre y fuego todo aquello que considere de su propiedad, lo cual está justificado, con la supuesta defensa de las libertades (entre ellas la de matar) y es posible porque se consigue un arma de manera fácil, directa y barata.

Eso fue lo que aconteció en Texas cuando Christy Sheats, de 42 años, convocó a su familia para celebrar el cumpleaños de su marido. Delante de este les disparó a sus dos hijas Taylor Sheats, de 22 años, y Madison Sheats, de 17 años, con un arma calibre 38. Estas alcanzaron a huir pero fueron perseguidas y ultimadas en la calle, y luego la madre homicida fue ejecutada por la policía. En su cuenta de Facebook esta mujer se presentaba como una defensora del derecho a portar armas, ya que en marzo de este año había escrito: "Sería horriblemente trágico si me quitaran la posibilidad de protegerme a mí misma y a mi familia, pero exactamente eso es lo que los Demócratas están decididos a hacer al prohibir las armas semiautomáticas".

Como es frecuente en este tipo de asesinatos, que son el pan diario en los Estados Unidos, para eludir la responsabilidad estructural del American Way of Life (Modo Americano de Muerte) la prensa señaló que era una desquiciada mental. Sus familiares y amigos no lo creen, como lo manifestó uno de ellos: "Christy no estaba loca, hasta donde yo sé. Ignoro qué la pudo haber hecho estallar". La locura es otra, es la del sistema capitalista estadounidense, que inocula odio, sed de venganza y de muerte, para que sus ciudadanos maten a quien sea, incluso a sus propios hijos, todo con el fin de alcanzar objetivos mezquinos, porque el esposo de la mujer asesina aseguró que esta había matado a sus hijas con el fin de hacerlo sufrir, en este caso, por el resto de la vida.

Dos
El derecho a asesinar rebasa las amplias fronteras del territorio de los Estados Unidos y desde este país sus gobernantes lo han exportado al resto del mundo. Eso lo vienen haciendo desde hace dos siglos, como lo sabemos los latinoamericanos con lujo de detalles, pero ahora han innovado en la “ciencia” de matar, con el uso de los drones. Estos aviones no tripulados, cargados con armas y misiles, son accionados desde tierra y a miles de kilómetros de distancia para que alcancen el objetivo de matar a los que el gobierno imperialista de Estados Unidos designa como sus “enemigos”, entre los cuales se encuentran aquellos catalogados como “terroristas”, no importa ni el continente, ni el país, o la región donde se encuentren.

Los drones como máquinas de muerte se vienen usando desde el 2002 por parte de los Estados Unidos, pero solo hasta el primero de julio se reconoció oficialmente que durante la administración de Barack Obama, premio Nobel de la Paz, se ha incrementado el número de acciones y de muertos producidos por esos aparatos. En el informe difundido por el Director Nacional de Inteligencia (DNI), donde no se incluyen datos sobre los daños producidos en Irak, Siria y Afganistán, se indica que se efectuaron 473 ataques selectivos entre el 20 de enero de 2009 y el 31 de diciembre de 2015, los que ocasionaron 2581 muertes de “combatientes” y 116 muertes de civiles no combatientes.

Las cifras suministradas no se corresponden con la dura realidad, puesto que hay información confirmada de ataques con drones en aldeas de Pakistán, Yemen o Somalia en la que un solo ataque con drones ha ocasionado cien o más muertos. Al margen de las cifras lo que se evidencia es que los voceros del imperialismo estadounidense aplican la pena de muerte a nivel internacional, violando los más elementales derechos humanos y los códigos de guerra, amparándose en su derecho a asesinar. Eso se hace sin juicio previo, sin escuchar a los condenados, sin recurrir a algún tribunal, sin aportar pruebas, simplemente porque eso deciden los mandamases de los Estados Unidos, como si fueran los dueños de la vida de cualquier ser humano. Y que no importa la vida humana lo demuestra la “gran noticia” de que ahora en adelante cada primero de mayo el gobierno de los Estados Unidos va a informarle al mundo sobre el número de asesinatos de civiles que ocasionan sus drones en el año inmediatamente anterior. ¡Esto es lo que llama asesinar con transparencia, informándole al mundo entero de lo que es matar a nombre de la libertad, la democracia y los derechos humanos!

Ya son casi dos meses desde el inicio del paro de maestros en México impulsado por la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) y donde participa también el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), exigiendo la anulación de la Reforma Educativa que impone el Gobierno de Enrique Peña Nieto, quien ha respondido violentamente, causando hasta el momento 11 muertos, más de cien personas heridas, detenidas, desaparecidas y el congelamiento de los salarios de los maestros.
Periferia habló con Francisco Cerezo Contreras, Coordinador del Comité Cerezo de Derechos Humanos en dicho país, quien nos contó, no solo sobre la actual protesta de los maestros, sino sobre el turbio panorama que vive hoy México como fiel copia de la guerra que ya hemos vivido en Colombia.

Las razones de las protestas y el tratamiento violento por parte del Gobierno
“Fundamentalmente son protestas en contra de la profundización de las políticas neoliberales en México, en este caso disfrazada de una “Reforma Educativa” que de educación no tiene nada sino es más una situación laboral donde se está intentando destruir lo que es el Sindicato más grande de México, y el Estado ha intentado desarticular las movilizaciones a través de la represión”.

Las demandas concretas que los maestros han venido realizando son que “se derogue la reforma educativa, la cual ha tenido un largo proceso dado que en México es difícil que de un día para otro se imponga una ley, pues inmediatamente viene la respuesta social organizada y lo intentan de otra manera. Por ello el Gobierno reprime” explicó Francisco. Dicha Reforma educativa está formulada desde el año 2013, y según los docentes, atenta contra la educación gratuita en México, los derechos laborales de las y los trabajadores de la educación y además desconoce a la comunidad educativa para establecer un cambio estructural en la política educativa.

Con estas movilizaciones “también se busca la libertad de todos los presos políticos que existen no solo de esta sino también de anteriores movilizaciones, y otros puntos muy específicos sobre la represión que sufrieron los maestros en Nochixtlán, Oaxaca; además que se le pague a los familiares de los ejecutados extrajudiciales”.

Ayotzinapa y Nochixtlán: Dos caras de una misma moneda
Para el defensor de Derechos Humanos los hechos que condujeron a la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, y los actuales hechos de violencia y represión por parte del Estado y cuerpos paramilitares, tienen bastante en común puesto que “desde 2006 se declara una guerra contra la delincuencia organizada y entra un plan denominado Iniciativa Mérida, que es como el Plan Colombia de ustedes, y los efectos de este entrenamiento y dinero que pone el Gobierno de los Estados Unidos al Gobierno mexicano genera una guerra que nosotros decimos es contra el pueblo y no contra el narcotráfico, y empiezan a utilizar una estrategia de control social mediante el terror, es decir desaparición forzada, ejecuciones extrajudiciales, tortura y detenciones arbitrarias de manera generalizada en todo el país”. Según cifras oficiales van 27mil desaparecidos y más de 200mil ejecutados, aunque el Comité Cerezo tiene elementos para considerar que son muchos más.

Sin embargo, pronunciamientos del actual presidente de México dan a entender que ya no existe tal guerra en el país, y como lo dice Francisco “dentro de ese contexto no se acaba el Plan Mérida ni las políticas de profundización neoliberal, y lo que va a suceder es que cambia la estrategia de terror para el control social a una estrategia de represión política dirigida contra el pueblo organizado, contra defensores de derechos humanos, organizaciones sociales y populares, y el punto en el que vemos que esta estrategia combinada va a ser una constante es el caso de Ayotzinapa, pues es el primer caso en México donde se da una desaparición forzada masiva en contra del movimiento social, porque antes se daba contra migrantes y la gente en general, lo cual de por sí es preocupante, pero aquí se evidencia un cambio en la estrategia del Estado”.

Toda esta situación, más otras medidas económicas y políticas que encarecen el costo de vida de los mexicanos y que los afecta en cuanto a servicios públicos, salud y trabajo, ha despertado el descontento social que hoy se expresa en la lucha de los maestros y la solidaridad de diversos sectores sociales fundamentalmente en Oaxaca, Guerrero y Chiapas, que de acuerdo a Francisco, “son los Estados históricamente más pobres y también donde hay mayor organización”.

Una copia de la realidad colombiana pero con chile y limón

Hablar de la realidad mexicana sin lugar a dudas nos recuerda los momentos más tristes de la realidad colombiana, sobre todo durante los últimos 30 años, cuando el narcotráfico y el paramilitarismo se instalaron como los mecanismos privilegiados para ejercer control social y garantizar la profundización del modelo neoliberal.

Según relata Francisco “aquí también crearon lo que llaman autodefensas, que son aparatos paramilitares. A diferencia de Colombia, en México no existe una fuerza beligerante del tamaño de las que tienen en Colombia, aquí son mucho más pequeñas y eso va a permitir que el Estado implemente esta guerra de manera acelerada; es decir, lo que ustedes vivieron en unos diez años a nosotros nos ha tocado vivirlo en dos años, y por eso el movimiento social no ha podido responder a ese ritmo que impone el Estado”.

“Podemos decir que entre 2008 y 2012 es donde mayor exterminio se da del movimiento social con planes por ejemplo como el Plan Ciudad Juárez que era muy parecido al Plan Medellín, que aquí desapareció y asesinó a la gran mayoría de los defensores de derechos humanos; los que quedaron se tuvieron que exiliar o desplazar” puntualiza Francisco.

En ese sentido para las organizaciones populares de México reconocer la experiencia colombiana es fundamental para entender este momento puesto que “ustedes han tenido una gran experiencia organizativa para enfrentar el terrorismo de Estado”.

El reto para el movimiento social
Toda esta situación ha generado profundos debates y tensiones en el movimiento social pues como señala Francisco “al movimiento social no le dio tiempo de reflexionar qué estaba pasando, porque fue algo muy acelerado y poco a poco nos ha tocado ir entendiendo que esa era la política de Estado”.

Sin embargo los golpes que han sufrido producto de la represión también han generado fraccionamiento y divisiones en el campo popular, “entre aquellos que todavía piensan que este es un Estado fallido, es decir que es un Estado que quiere pero no puede y necesita la ayuda sobre todo de Estados Unidos; otra parte que considera que hay un desvío de poder, es decir, que el Estado debería hacer tal cosa pero no lo hace para beneficiar a grandes empresarios, y estamos quienes consideramos que esto es producto del capitalismo en su fase neoliberal y efectivamente esto ha generado un descontento generalizado en la población pero todavía no un descontento organizado”.

De acuerdo a lo dialogado con Francisco, en muchas ocasiones los sectores organizados grandes como el de los maestros solo se movilizan cuando “les llega el agua al cuello; el magisterio siempre se ha movilizado pero solo ahora que se ven en riesgo de desaparecer logra movilizarse con fuerza y solo en algunos estados donde tienen preponderancia de los 32 que existen en todo el país. En este contexto todas las fuerzas están tratando apenas de unificarse, pero ni siquiera de manera programática o muy pensada, sino como una respuesta natural, de instinto, de sobrevivencia del movimiento social. No quiere decir que no haya expresiones más avanzadas o más atrasadas, nosotros venimos de esa realidad y solo el tiempo, la organización y la conciencia van a permitir que el movimiento social pueda arribar a nuevas formas organizativas, a nuevas situaciones donde pueda frenar y revertir esta política neoliberal que está a marcha forzada en México”.

El pasado 16 de julio los gremios camioneros ajustaron 40 días en paro por las carreteras de Colombia. Algunas de las razones refieren a temas como el precio de los fletes de carga, los combustibles, el alto costo en los peajes, el sistema de chatarrización de los automotores de carga y el monopolio de una multinacional de carga como Impala, entre otros. Pese a que durante el gobierno de Santos se han hecho acuerdos para solucionar los problemas, otra de las razones de este nuevo paro es el incumplimiento de  los mismos, según manifiestan los camioneros.

 

Cruzada Nacional por la Dignidad Camionera. Así es como se nombra esta jornada de movilización que adelantan desde el pasado 6 de junio los camioneros de Colombia, e integrantes en su mayoría de la Asociación Colombiana de Camioneros -ACC-, la Confederación Colombiana de Transportadores -CCT-, la Asociación Nacional de Transportadores de Carga -ANT- y la Asociación de Transportadores de Carga -ATC-. El objetivo primordial de este colectivo es defender los acuerdos pactados luego del paro del 2013, y paros anteriores, y que se reconozca que el gremio camionero viene desempeñando sus actividades a pérdida.

Lastimosamente y como quedó evidenciado en La Minga Nacional Agraria, Campesina, Étnica y Popular, el Estado colombiano está acostumbrado a incumplir su palabra. A los camioneros tampoco les ha cumplido, salvo el acuerdo temporal del congelamiento por tres meses en el precio de los combustibles. Y como no fue tampoco excepcional con La Minga, el aparato militar del Estado apareció agravando con desmanes la protesta camionera, causando víctimas, heridos y judicializados, como ocurrió en Duitama - Boyacá con el asesinato a manos del ESMAD de Luis Orlando Saiz, pintor de camiones. O con las constantes amenazas que van desde el decomiso de los camiones, suspensiones de licencias de conducción, multas millonarias y hasta de extinción de dominio.

John Jairo Henao laboró en el sector camionero hasta casi finales del 2014. Para él, las razones del paro camionero actual son verdaderas, tanto en el no cumplimiento de los acuerdos de anteriores paros por parte del Gobierno, como en la falta de atención integral a las exigencias justas por y para el bienestar de ese sector. Henao ejemplifica la situación así: El costo total de los peajes, por ejemplo, en la ruta Medellín-Ipiales asciende a $600.000 y muchas veces hasta más; y no los reconoce en su totalidad el operador de carga y la mayoría de ocasiones es íntegramente asumido por el conductor, y a esto se suma el bajo costo de los fletes, el precio altísimo del combustible, el anticipo del costo de la carga por parte de las empresas operadoras por debajo del real costo de la misma, entre otras cosas. Esto, en resumidas cuentas es para Henao trabajar a pérdida, por lo que considera que las soluciones a la dignificación de la profesión camionera no dan más espera, así como que también es inadmisible la entrada de 5.000 o más camiones nuevos de la multinacional Impala, a cambio de la derogación de las regulaciones legales colombianas, dado que esta sería la condena a muerte tanto a los medianos como a los pequeños camioneros que a lo largo de toda la vida han hecho patria por las carreteras colombianas.

¿Qué hay detrás del paro camionero?
Puede ser posible, o es cierto que hay un cartel de la chatarrización y que por cuenta de ello hay pequeños camioneros estafados, funcionarios del estado investigados penalmente y muchos intermediarios en medio, pero, al parecer, nadie sabe dónde están las mafias que se quedan con las grandes sumas de dinero. A la Cruzada Nacional por la Dignidad Camionera le interesa la continuidad de la regulación uno a uno, es decir, entra un camión nuevo y sale el camión viejo, y se cambia el camión pero el camionero tradicional sigue trabajando. En cambio al gobierno le interesa la chatarrización total del camión viejo a precio muy bajo y al mismo tiempo la salida del camionero tradicional del negocio para dejar su trabajo en manos de multinacionales de carga, como Impala. Así que lo que se pone en juego es la seguridad y estabilidad laboral de los camioneros tradicionales.

Por su parte, la Cruzada Nacional por la Dignidad Camionera quiere que se cumplan las actuales normas legales existentes para el sector, pero el Gobierno no solo las incumple sino que desea ejecutar proyectos en pro del libre mercado para dar cumplimiento con los Tratados de Libre Comercio firmados, y con el objetivo de atraer las inversiones, pero sin consultar con ninguno de los actores del sector camionero implicados. Así mismo, la Cruzada Nacional quiere que el gobierno modifique la fórmula de cálculo con que se da el precio de los combustibles y por ende su estabilización acorde con los precios internacionales del petróleo, pero el Gobierno insiste en seguirlos encareciendo. Sucede igual con los peajes, pues cada vez son más y con tarifas incrementadas para financiar las llamadas vías de cuarta generación que en términos económicos benefician a las empresas multinacionales más que los mismos trabajadores y al pueblo en general. La Cruzada Nacional es entonces una apuesta por la vida digna sustentada en la dignificación de su labor, que es además de alto riesgo, lo que amerita pensar en el derecho a la pensión a los 20 años de servicio cumplidos.

¿Quiénes están detrás de estas contradicciones?
La clase empresarial del gremio camionero es la que se opone a las manifestaciones de los trabajadores de este sector. Allí se encuentran ASECARGA, COLFECAR, la Cámara Nacional del Transporte (CNT), y la Asociación Gremial de Transportadores (AGT). También se encuentran la ANDI, FENALCO Y ANALDEX, quienes pretenden que el paro camionero finalice sin acuerdos y como si nada ocurriera. También las grandes multinacionales, que cuanto antes quieren irrumpir en el negocio del movimiento de carga pesada, tanto por tierra como por vía férrea y fluvial; allí está la multinacional suiza IMPALA. Igualmente está el gran caudal de políticos que desean el pedazo de la torta del transporte que hoy los camioneros humildes poseen. Y por supuesto el gobierno nacional que ve como se le complica el ambiente de conflicto y la economía.

Oportunismo político y económico
En medio de estas manifestaciones, el senador Álvaro Uribe aparece en vídeos respaldando las peticiones de los camioneros. Sin embargo, cabe anotar que durante su gobierno, en 2008 y 2009, en menos de 9 meses, los camioneros salieron a las carreteras con las mismas exigencias de hoy. Para ese momento, Uribe firmó acuerdos que durante su mandato no fueron cumplidos, como acelerar el proceso de chatarrización y reducir los precios de la gasolina y el diesel. Por otro lado, como estrategias para enfrentar el actual paro, el gobierno de Santos ofrece caravanas de seguridad para los camioneros que continuaron trabajando, aunque nunca lo ha hecho así para todos, porque al parecer, está de por medio únicamente la defensa del interés económico de la clase empresarial, y no la defensa de las condiciones dignas de trabajo como derecho fundamental para todos los colombianos.

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