Busco a Bernardo

A Bernardo López Arroyave no es muy fácil encontrársele, este sistema fascista de largas y sistemáticas impunidades se ha dado las mañas para ocultar las huellas de sus víctimas; y este hombre, tan carismático como profético, no es la excepción, hasta en esto se parece al montón de hombres y mujeres humildes, por los que gastó su vida. A este luchador se le estigmatizó como guerrillero para poder asesinar, no solo su humanidad, sino sus siembras de amor eficaz. Claro que no todo su legado lograron destruirlo.

Indagando por las huellas de Bernardo, encontramos a Manuel Buitrago, hombre octogenario, oriundo del corregimiento de Estación Cocorná  del Magdalena Medio antioqueño. Cuenta que lo conoció en la década de los setenta, cuando llegó como cura párroco al pueblo. Cuando le pregunto si tiene una foto que diera cuenta de cómo era, responde con notoria tristeza, “nada, yo no tengo fotos de él porque a mí me tocó salir de Cocorná solo con el encapillado”.

Recostado sobre su cama, que busca desde muy temprano, recuerda con cierto grado de nostalgia, “¿Bernardo? ¡Aj, ese hombre era muy especial! ¡Entusiasta!… El revivió ese caserío. Mejor dicho, todos los más humildes nos fuimos con él, yo fui uno. ¡Ay sí, yo tengo mucho que contar! Yo salía al pueblo, era de una vez pa' la cantina; él se iba, me sacaba de allá, me llevaba para la casa cural, me servía almuerzo y me mandaba a dormir. Así me fue alejando del licor”, relata dejando notar su inmensa gratitud.

Hay otras huellas que no han desaparecido, libros como “Aquellas muertes que hicieron resplandecer la vida”, del padre Javier Giraldo, nos dejan ver como por una rendija de la historia y la memoria otras huellas de Bernardo.

Bernardo López es un hijo de humildes campesinos, nacido en Montebello, Antioquia, huérfano de padre desde niño, siempre de talante alegre pero firme, obstinado y decidido. Se hizo abogado en la Universidad Pontificia Bolivariana. Militante del partido Conservador, en donde defendió, según él mismo lo cuenta, el gran capital. Con fogosa elocuencia se presenta en las plazas, y esta capacidad oratoria le vale para escalar posición en el partido. Se cuenta que le correspondió abrir la Campaña presidencial de Guillermo León Valencia en el departamento, al lado de la choza de Marco Fidel Suárez de Bello en agosto de 1961.

En 1962 tomó la decisión de hacerse Sacerdote e ingresó a “Vocaciones tardías” en el seminario Cristo Sacerdote del municipio de La Ceja, deseando un día “ser obispo”, pues el sistema enseña que hay que ser alguien en la vida y para muchos de los seminaristas ser alguien es ser obispo, alguien más que un simple sacerdote. Muy pronto Bernardo se encontró un tropiezo para lograrlo: Tomás Calvo, sacerdote español, y profesor de teología en el seminario, desbarató esa pretensión en el novato seminarista. Renunció entonces a esa aspiración de privilegio, para dedicarse a luchar en un escenario muy poco usual en las reducidas mentes del clero: la conciencia de los humildes, para emanciparla de sus miedos y lanzarla a la infinita senda de la esperanza.

Signado fuertemente por el pensamiento de Camilo Torres, y por el Concilio Vaticano II, compartió habitación con Ernesto Cardenal, un nicaragüense que siendo sacerdote llegó a ser ministro del Gobierno sandinista. Al lado de este absorbió como esponja de las fuentes de la Teología de la Liberación.

Tomó partido por los excluidos desde los inicios de su formación sacerdotal, criticando y denunciando la vida cómoda que llevaban los altos jerarcas de la iglesia, mientras la inmensa mayoría del pueblo vivía en condiciones muy deplorables, y los designios de Cristo eran claros en su opción radical por los empobrecidos. Por esta razón fue expulsado del Seminario.

Pero Bernardo, porfiado como siempre, siguió buscando su objetivo, ya que subido en el púlpito, su ideal de justicia cobraría contundencia. Terminó sus estudios en la Universidad Javeriana de Bogotá, vinculado a la diócesis de Barrancabermeja, y fue ordenado por el papa Pablo VI en su visita que hizo a Bogotá el veintidós de agosto de 1968.

Bernardo, es quizá quien más claramente leyó los acontecimientos y las señales de nuestro tiempo. Textualmente Javier Giraldo nos narra: “En diciembre de 1968 asiste a la segunda reunión del grupo sacerdotal colombiano Golconda, y desde entonces no dejaría de formar parte de esos grupos de sacerdotes que se pronunciaban críticamente frente a diversas coyunturas nacionales, primero Golconda, luego el grupo de  Sacerdotes para América Latina –SAL–”.

Despertó tanto amor, afecto y admiración en las comunidades a las que acompañó, como odio y persecución en el corazón de sus detractores a quienes denunció con vehemencia por su desmedida ambición y voraz apetito y codicia.

Puso en el centro de su predicación y de la acción pastoral a la comunidad; su alto poder de convencimiento lo utilizó para organizar toda clase de grupos, en los que buscó sembrar conciencia de clase. En un artículo que la revista Semana publicó días después de su martirio, titulado “Almas benditas”, dice: “se identificó más con aquellos que rechazaban la lucha armada como opción cristiana”.

Su sincera y franca mirada le acompañaron aun en los momentos más crudos de su existencia, cuando recibía noticias de su inminente martirio, o amenazas contra su humanidad. Enfrentó a los verdugos como quien mira a un inocente mandadero que le entrega un recado. De esos recados le llegaron seis, sin contar el que sembró su semilla en la memoria de los caídos por la vida, la paz con justicia social y la dignidad humana. Él ya lo tenía claro, porque las altas esferas del poder manejaban amañados informes de inteligencia que lo vinculaban con el ELN, como el que luego se publicó en el libro “El ELN por dentro. Historia de la cuadrilla Carlos Alirio Buitrago”, del coronel de la reserva del ejército Luis Alberto Villamarín Pulido. A Bernardo, cuentan los que lo conocieron, nunca pudieron amedrentarlo.

El 15 de febrero de 1986, en el  veinte aniversario del asesinato de Camilo Torres, Bernardo pronunció un discurso en el que dejó ver aportes al conocimiento de una porción de su vida. Allí expresó que “la vida solo tiene sentido cuando se toma la inquebrantable decisión de perderla para que la historia cambie y el pueblo viva”, y lo dio todo desde su comodidad en la conducción de un rancio partido burgués, o en un sacerdocio mediocre; en cada gota de sudor y sangre entregó lo suyo, hasta que el 25 de mayo de 1987 en Sincé, Sucre, le correspondió regar el suelo del Sagrado Corazón con su sangre.

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Pedro Lopera
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