Miércoles, 06 Septiembre 2017 00:00

Editorial 131: Hay que mirar para adentro

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“… ¡Oh buen Dios! ¿Qué título daremos a la suerte fatal que agobia a la humanidad? ¿Por qué desgracia o por qué vicio, y vicio desgraciado, vemos a un sinnúmero de hombres, no obedientes, sino serviles, no gobernados, sino tiranizados…?”, escribía Étienne de la Boétie en 1548, haciendo hincapié en cómo un solo hombre o pequeñas élites son capaces de llevar a millones a desarrollar los actos más serviles, perversos y complacientes, la mayoría a cambio de nada.

Esta es una muy buena referencia para reflexionar sobre lo que ha sido capaz de cocinar el poder político e ideológico durante siglos en los cerebros de casi todos los mortales, lo que nos deja con un panorama triste de la humanidad actual, y nos estalla en la cara todos los días en Colombia. Las últimas semanas han estado llenas de noticias que reafirman, a pesar de la manipulación y la cosmética de los medios masivos que las disfrazan, cuál es la calaña de las élites que gobiernan y desangran a la Nación y se llevan por delante las vidas de quienes intentan oponérseles.

Segovia es una población al nordeste de Antioquia en donde casi toda su gente vive de la minería artesanal, y junto con sus vecinos de Remedios reciben el sustento diario de esa actividad. Otros, como la transnacional Gran Colombia Gold hacen minería pero a gran escala, y por supuesto se llevan la mayor tajada dejando solo el paisaje desolador. Pero según sus altos ejecutivos, ellos no contaminan con mercurio: al parecer sacan los lingotes ya listos de la veta o la mina. Los malos son los mineros ancestrales nacidos la mayoría en el territorio. También habría que hurgar en la historia y enterarse cómo fue que estas poderosas empresas llegaron a esa región y se apoderaron de todo gracias a la arremetida paramilitar y a través de terribles masacres. Vale decir que Segovia y Remedios al igual que las poblaciones del país donde se explota oro, carbón, petróleo u otro mineral no son conocidas por su gran desarrollo, más bien se conocen por su miseria.

Desde el 21 de julio de 2017 en esas poblaciones se desarrolla un paro cívico en defensa de la minería artesanal, donde el común denominador es la brutalidad policial y militar contra los manifestantes que ha dejado muertos, heridos y hasta mutilados entre las personas que protestan. En este caso los manifestantes no son tan buenos y justos como los que protestan en Caracas, y la Policía y el Esmad no son tan malos como sus homólogos del vecino país, como lo muestran al desayuno, al almuerzo y la comida los grandes medios de comunicación, que como cosa rara no van a la región a entrevistar a los mineros y a la gente humilde sino a los grandes empresarios y las autoridades para que reafirmen que la lucha es contra la minería ilegal y contaminante, dejando en el ambiente que los pequeños mineros son poco más que delincuentes, y los policías inocentes víctimas de estos.

Contrasta esta grave injusticia, con el encuentro de comunidades ambientalistas llevado a cabo en Fusagasugá los días 5 y 6 de agosto de 2017, en donde se denunció la práctica extractiva minero energética como una política descontrolada, corrupta y depredadora contra las comunidades y sus territorios. Allí se discutió cómo enfrentar en el ámbito nacional esa práctica y cómo hacer respetar los resultados de las consultas populares que el Estado a través de sus instituciones quiere desconocer con argumentos baladíes, que se estrellan contra sus propios falsos argumentos de democracia y participación.

También en estas semanas los escándalos de corrupción, dicho por representantes de las mismas élites, tocaron fondo. Los casos de Reficar, Odebrecht, y otros, en donde las élites se reparten la plata de la salud, la educación y el presupuesto de la Nación, salpicó a todos: a los uribes y uribitos, a santos y santitos, a los ordoñez y los ñoños, a los de Cambio Radical, y a la U, a los liberales y especialmente a los conservadores expertos en recibir mermelada de todos los sabores. Todos los combos políticos de la derecha que han gobernado, como dijo William Ospina, desde hace 200 años el país, están embadurnados de porquería, y salen en televisión a vociferar en contra de la corrupción y hasta harán campaña para derrotarla. Son tan descaradas las élites y los medios masivos, que ofrecen notas informativas extensas para mostrar los éxitos empresariales de los delfines, en donde hacen gala de sus centros comerciales nuevos de costos superiores a los 120 mil millones, logrados seguramente con el sudor de sus frentes. Y nuestro pueblo goza viendo a los exitosos jóvenes derrochar sumas que entre millones de humildes y en años de trabajo jamás alcanzarían a reunir. Ojalá nuestro pueblo recuerde todo esto cuando vengan las elecciones en 2018.

Y hubo más noticias, todas confirmando los delitos y la perversidad de los héroes de la patria, y de la policía, que sirven gustosos a las élites que gobiernan. Las madres de Soacha acudieron a acciones públicas para denunciar en la Plaza de Bolívar la impunidad en que se encuentran casi 5000 casos de falsos positivos, o sea crímenes alevosos de los militares contra jóvenes inocentes e indefensos llevados a cabo durante la presidencia del hoy senador Uribe. Una práctica que por su cuenta mantienen militares y paramilitares en todo el territorio nacional. Y se destapó también luego de 12 años la responsabilidad d ela policía, , denunciada desde entonces, en el asesinato del niño Nicolás Neira, con la confesión del mayor Torrijos, comandante en el 2005 del Escuadrón que descerebró al joven; el oficial, preso por narcotráfico (qué joyita) aceptó que encubrió durante todos estos años a los responsables intelectuales y materiales.

Sin embargo el problema son los vecinos, es Maduro y su pueblo que lucha con uñas, dientes y manos para quitarse de encima a los gringos, a la CIA, y a la caterva de arrodillados que exigen democracia en Venezuela, cuando a los ojos de cualquiera que tenga dos dedos de frente, es obvio que se quieren robar el petróleo del país con las mayores reservas mundiales. ¿Existe alguna razón ética y moral para que algún funcionario, servidor público o líder de los gremios capitalistas colombianos diga una sola palabra frente a las supuestas injusticias de otros países? ¿Será que en Colombia no existe un departamento llamado Chocó, y otro Guajira, en donde niños, niñas y ancianos mueren de hambre porque las élites se roban la plata? ¿Acaso se nos olvidó quiénes y cómo se vienen robando la plata de la salud y las pensiones para construir lujosas edificaciones tipo resorts?

Queridos y queridas compatriotas, a ver si despertamos y miramos un poco hacia adentro de la casa, antes de hurgar en la de los vecinos. A ver si nos damos una oportunidad de barrer la basura que aquí nos inunda.

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