Homenajes

Homenajes (1)

A diferencia de sus hermanos, Leonidas Proaño sobrevivió a la pobreza y al hambre, y así nació en 1910 en un sencillo hogar en Ibarra, un pueblo de artesanos en la provincia de Imbabura situada al norte del Ecuador. Durante su infancia, el sustento de su hogar provino del oficio de su padre de macetear sombreros, el cual el pequeño Leonidas también ejerció en largas jornadas que les sacaban cayos a sus manos y le hacían doler la espalda. Aun así, ser “compositor de sombreros” -como él mismo lo definía- fue la oportunidad para compartir la experiencia junto a su familia de una fe muy profunda y un hondo amor a sus raíces, a su pueblo. Sobre esta etapa escribiría en su autobiografía: “La dureza o la monotonía del trabajo eran suavizados por la conversación y el canto. El diálogo y el canto tienen un profundo sentido comunitario. El primero, el diálogo, es el mejor vehículo de intercomunicación personal. El segundo, el canto, es un vehículo inapreciable de armonización, a través de las voces, de los sentimientos. Y es un medio para crear alegría”.

Allí en el seno de su familia descubrió que la pobreza es un don en cuanto se tiene conciencia de ella, o en sus palabras “siempre que lleguemos los hombres a ser conscientes de nuestra congénita indigencia”, de ahí su amor por los pobres, por su capacidad de vivir lo comunitario y expresar la solidaridad. También de sus padres aprendió sobre el trabajo, la honradez y la valentía, que forjaron las semillas que luego dieron frutos en su vida.

En su juventud quería ser pintor, pero pronto la vocación lo hizo dudar de este camino, y en medio de este dilema terminó optando por el sacerdocio. “Tuvo que venir a Quito para los estudios de teología, y parece que sus padres no tenían cómo sostenerlo, y no tenían cómo viajar a Quito para visitarlo, lo veían una vez al año. Su madre hacía sus ahorritos para mandarle una tostadita, un poquito de maíz, unas papitas... Antes de ordenarse sacerdote su padre muere, y su madre queda en el peor desamparo, la viudez, la pobreza, entonces ella se vio obligada a vender el trocito de tierra y el pedacito de casa que tenían, para poder comprar la sotana y todos los requerimientos a monseñor para que se ordenará sacerdote, pero él se opuso porque no iba a permitir que su madre se quedara en la calle”, cuenta Nidia Arrobo, quien ahora es continuadora de su legado en la Fundación Pueblo Indio, que el mismo Proaño antes de morir dejó proyectada.

Una vez sacerdote empleó el método de ver-juzgar-actuar y entonces se dedicó a los jóvenes y obreros de su ciudad, Ibarra, y con ellos comenzó a trabajar para organizarlos. En este sentido apoyó la consolidación de las Juventudes obreras cristianas
-JOC-, y comenzó junto a otros amigos un proyecto de librería “La Cardijn” que continuó también con el periódico “La Verdad”, con el cual iba en su búsqueda para ser libre. Desde esta tribuna comenzaría a plasmar sus preocupaciones y posturas sobre los más pobres.

“A través de la vida hay hombres que abren caminos. Yo quiero ser uno de ellos”

No se sabe cómo, pero el nombre de este sacerdote que ya demostraba su entrega por el pueblo terminó para 1954 en la terna para ser Obispo, sin embargo al ser el tercero de la lista nadie creyó que este fuera a quedar seleccionado. La sorpresa llegó con una llamada del nuncio papal:

-Apúrese y tráigame la foto con toda la vestimenta de obispo– le dijo el nuncio molesto.

-Pero si yo no tengo nada, sólo tengo una raída sotana negra– contestó

Para solucionar esto, el nuncio terminó prestándole sus ropas, y así se tomó su primera foto como Obispo de Riobamba. El ahora monseñor se dirigía de Imbabura a Chimborazo, al centro sur del país. Mientras monseñor saludaba en un carro descapotable, se le acercó una indígena que no era distinguida de la zona, con un poncho totalmente viejo, sin zapatos y con un sombrero que casi no tenía forma de sombrero por su desgaste, y le dice: “por fin llegaste, taita amito”, haciendo referencia a los amos que todavía para esa época eran los hacendados, los curas, los obispos, y al taita que en lengua quichua quiere decir padre. Con esto lo reconoció como una figura superior pero cercana. "Eso le toca el corazón al monseñor de una forma impresionante, ya que él nunca olvidó esta frase", recuerda Nidia. De esta manera, monseñor comenzó a desmarcarse de la parafernalia y dejó de participar en los actos públicos con las autoridades.

Se dedicó a las grandes visitas pastorales por toda la diócesis, y así pudo constatar que la Iglesia de Riobamba tenía 36.000 hectáreas de tierras, fruto de la herencia colonial, y los indígenas -decía monseñor- no tenían tierra sino en las uñas y vivían como topos en chozas. También se dio cuenta de la penosa situación de los indígenas de esta región; observó que vestían de negro o gris, que tenían las muelas podridas, los cabellos desgreñados, estaban en un completo abandono por lo que eran explotados económica y socialmente, y además sufrían una de opresión psicológica, entonces decía: "Yo le quiero dar al indio tierra, trabajo y dignidad".

Antes de la primera reforma agraria en Ecuador, el monseñor Proaño comenzó a darle tierra a los indígenas de Chimborazo, pero allí no se quedó su labor, él sabía que lo más importante era que los indígenas tomaran conciencia y comenzó las escuelas radiofónicas para enseñarles el alfabeto en Quichua, valorando la lengua que es prioritaria para la identidad. También les mostró que tenían derechos, entonces los indios se comenzaron a alzar y a reclamar.

Nidia menciona que en principio, cuando él celebraba la misa, llegaban “los señores” y ocupaban las bancas, y los indígenas que habían llegado primero tenían que ponerse de pie, irse para atrás y arrodillarse en los suelos de los costados. Un día monseñor les dijo: “ustedes tienen tantos derechos como ellos, o más, porque seguramente ustedes levantaron este templo”, y con esto los indígenas comenzaron a ocupar las bancas, y los denominados señores dejaron de ir. Se armó la revolución del poncho, los indígenas de otras haciendas de Chimborazo comenzaron a reclamar también que se les devolvieran las tierras, poniendo como ejemplo la labor del monseñor Proaño. En otras diócesis comenzaron a exigir también lo mismo. Para este momento el monseñor ya era incómodo para los poderes económicos y políticos, que lo veían como una amenaza, mientras que para los indígenas él era una luz de esperanza.

Así, sin frenos ni marcha atrás, siguió la revolución, y el rumor no sólo llegó a oídos sordos, sino que también otras experiencias en el continente comenzaron a interesarse por el proceso que se gestaba Riobamba.

Monseñor Proaño es reconocido como una de las figuras que impulsó la teología de la liberación en Latinoamérica, hizo parte del Concilio Vaticano II y luego firmó el pacto de las catacumbas de Santa Domitila, en Roma, en el cual sin decirle a nadie se comprometió junto a otros sacerdotes del mundo a vivir en pobreza y en optar preferencialmente por los pobres. Luego también participó de la Conferencia Episcopal Latinoamericana -CELAM- de Medellín en 1968; en este espacio que resultaría en cultivo de organización a favor de los pobres de Latinoamérica, compartió su visión de los indígenas del Ecuador. Se encargó después del Instituto Pastoral Latinoamericano –IPLA–. Todo este trabajo trajo consigo la persecución y una contra ofensiva de los sectores de la iglesia conservadores, que entonces comenzaron a arremeter contra estas propuestas liberadoras. En el caso del monseñor Proaño, por la denuncia del nuncio y la Conferencia Episcopal Ecuatoriana, llegó un visitador apostólico de Roma para sacarlo del obispado en 1973, porque según ellos era un comunista, subversivo y estaba armando a los indios.

Antes de la llegada del visitador, Proaño le avisó a la comunidad, y esta organizó un recibimiento muy grande. Le exigieron hablar primero con ellos antes que con el obispo, entonces le mostraron la realidad en que vivían, sin armas, pero con la radio por donde aprendían. Después de esto, el visitador le dijo al monseñor que no se preocupara porque había visto una fuerte relación entre las comunidades y el evangelio. Para despedirlo, los indígenas hicieron una concentración enorme, donde una indígena de Imbabura se sacó la faja de la falda que llevaba, se la colgó al visitador y le dijo:

-Padre visitador, usted dígale al Papa santo que de aquí no saca al taita obispo, porque por el ojo ve, oído oye, boca habla, mano hace, pata no mas no quiere caminar, pero caminará.

El monseñor Proaño murió en 1988 y fue sepultado por su solicitud en la comunidad de Pucahuaico. Antes de morir reunió a un grupo de cinco personas, entre ellos Nidia, y le encomendó continuar la obra, porque entendía que desde la iglesia jerárquica no lo iban a hacer. Monseñor Proaño abrió el camino de la lucha de los indígenas en Ecuador que continúan exigiendo sus derechos, hoy en día en contra del modelo extractivista que azota a la región.

Last modified on 08/12/2017

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