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En la tienda del barrio, en las calles de las ciudades, en el transporte público y en los lugares de reunión en las veredas y pueblos, familiares, amigos y vecinos ya comenzaron la discusión: ¿Votar sí o no en el plebiscito que refrendará los acuerdos de La Habana?

Esta pregunta se ha vuelto usual en las conversaciones diarias de los colombianos. No  es para menos, tras casi cuatro años de negociación entre el gobierno y las FARC, en donde ha estado en el  ojo de la opinión pública lo que se dice en La Habana y lo que se rumora en Colombia sobre el contenido de los acuerdos. Ya existe la confianza suficiente en que este proceso de paz llegará pronto a ser una realidad, después de la firma del acuerdo de justicia, el de cese al fuego bilateral y el visto bueno de la Corte Constitucional al plebiscito para refrendar los acuerdos. A pesar de esto, en  nuestro país existe una gran parte de personas descontentas, impulsadas en gran medida por los rumores  de sectores políticos con intereses en la continuidad del conflicto social y armado pero también por una desconfianza fundamentada en la historia reciente y en  la conducción del país  por parte de personajes como Juan Manuel Santos.

Decir no en este escenario es fácil. Pero no sólo es fácil, es precisamente lo que los  dirigentes del país han tomado como bandera para conservar su  poder político; en el año 48 un disparo, motivado por los alaridos  de los dirigentes  conservadores y sectores de los liberales, dijo no a la posibilidad de que un hombre con rasgos indígenas alzara la voz en nombre del pueblo; en el año 58 el frente nacional le dijo no a cualquier otra expresión de participación política diferente al partido liberal o conservador; en el año 64  el entonces presidente Guillermo León Valencia, abuelo de la actual senadora por el Centro Democrático Paloma Valencia, dijo no al diálogo y al reconocimiento de las demandas campesinas de las poblaciones asentadas en  territorios de Tolima, Cauca y Huila y bombardeó a los reclamantes. En el año 70 Misael Pastrana, padre de Andrés Pastrana, le dijo no a una opción electoral diferente a la del frente nacional, y usurpó el lugar de presidente con el visto bueno del establecimiento. Estas reiteradas negaciones a la participación política amplia dieron como resultado el nacimiento de las guerrillas colombianas, y a un conflicto armado que se sustenta en la decisión de quienes ostentan el poder de continuar haciendo más grande la desigualdad, la pobreza y la exclusión de quienes no hacen parte las de las elites y castas regionales tradicionales.

Pero no sólo se ha ondeado la  bandera del no para la participación política, también años de mal gobierno le han negado a las mayorías del país, es decir, a los obreros, a las mujeres, a los indígenas, a los jóvenes, a  los niños, a esos que llaman pobres y clase media, la posibilidad de un Estado que favorezca las condiciones donde florezca la vida digna para todos los colombianos. En múltiples ocasiones, como en el año 74 con el Pacto  del Chicoral, los terratenientes  y la clase política del país le han dicho no a la posibilidad de una reforma agraria que redistribuya la tierra para los pequeños y más pobres campesinos; también en otras oportunidades como en el año 94 el Congreso de la Republica le dijo no al proyecto de una universidad sólida económicamente, que pudiese multiplicarse por todos los rincones del país,  con la expedición de la ley 30.

Por esto no es extraño que nuevamente  un sector de la derecha alce su voz para decir no. Pero hay que aclarar ¿a qué le dicen no?  El debate que comenzó en el país se debe decir que  en muchas ocasiones carece de argumentos y se sustenta en muchos lugares de frases comunes construidas desde oficinas de marketing político y que son replicadas por los medios masivos de información.  Esto se debe en parte porque el gobierno de Santos no ha asumido una postura radical frente a la defensa del proceso y de pedagogía de lo que se ha acordado, con las implicaciones que esto podría traer para el país.

Quienes dicen no se oponen a un acuerdo de desarrollo rural que traerá para muchos campesinos la posibilidad de acceder a servicios públicos domiciliarios o a la titulación de una finca del fondo de tierras; dicen no a un estatuto a la oposición y a unas mejores condiciones de participación política y electoral para los grupos pequeños, no sólo de las FARC; dicen no a la ruta para la sustitución manual de cultivos que para algunos campesinos puede significar el volver a su tradición y vocación agrícola, y que para el país puede ser la oportunidad de comenzar a superar la cultura narco que se ha arraigado en toda los espacios de  las esfera nacional; también dicen no a la posibilidad que tienen millones de víctimas de saber qué les pasó a sus familiares en el marco del conflicto, encontrarlos y exigir justicia y reparación. Quienes se oponen lo hacen porque son los mismos que le han dicho no a la construcción de un país digno. No será entonces extraño ver en la foto de la campaña de coordinación del no a Paloma Valencia junto a Andrés Pastrana y Uribe, quien desde que era senador fue ponente de la ley 100, con la cual se le dijo no a un sistema de salud como derecho, dejándola a merced del mercado, el ex presidente también dijo que en Colombia no existía un conflicto armado, negando a 7 millones de víctimas y desplazados. Como vemos, decir no  es fácil.

Decir sí en este contexto es difícil y ha costado muchas vidas y sueños, pero este camino significa la esperanza de la construcción de un país en el que la muerte por causas políticas o  ineficiencia del Estado no sea una costumbre. Es difícil entender que a pesar de que lo que se acuerda en La Habana es importante, no significa el fin del conflicto social y por ende valorar afirmativamente el plebiscito debe ser sólo un paso, pero la construcción de paz depende de una participación amplia, multicolor y fuerte  en donde tengan voz las mayorías relegadas únicamente a la aprobación silenciosa de las políticas nacionales. Vamos a decir sí, pero más que un voto, esta afirmación debe  ser el punto en el que nos unamos quienes creemos que la tierra, la salud, la educación, la política,  deben favorecer la vida digna de  todas las personas que habitan este país, para expresar que somos capaces desde nuestra diferencia  de construir un buen gobierno. Como vemos decir sí es difícil, pero transformador.

No sobra recordar  entonces a quienes decididamente optamos por el camino difícil las palabras de elogio a la dificultad del filósofo Estanislao Zuleta, quien afirmó que “Lo más difícil, lo más importante, lo más necesario, lo que de todos modos hay que intentar, es conservar la voluntad de luchar por una sociedad diferente sin caer en la interpretación paranoide de la lucha. Lo difícil, pero también lo esencial es valorar positivamente el respeto y la diferencia, no como un mal menor y un hecho inevitable, sino como lo que enriquece la vida e impulsa la creación y el pensamiento”. Usted a que le apuesta ¿a lo fácil o  a lo difícil?

Recientemente La Fogata y la Pajarera Libertaria, editoriales independientes de Colombia, publicaron el libro escrito por el periodista Leandro Albani, titulado Revolución en Kurdistán. La otra guerra contra el Estado Islámico. A propósito de esta publicación, Periferia (P) conversó con Albani (L.A) sobre el movimiento kurdo, el Estado Islámico, y los aportes para los procesos revolucionarios en Colombia.

 P: El prólogo del libro menciona similitudes entre las resistencias en Kurdistán y América Latina ¿Cuál cree que es el principal aporte del movimiento kurdo a las luchas sociales en Colombia y el resto del continente?

  1. A: El principal aporte es el rol de las mujeres en la lucha guerrillera y política. Más allá de las diferencias entre los dos procesos, en Kurdistán, particularmente en Rojava, las mujeres desarrollan un proceso de liberación profundo, inédito y que, por lo que se puede ver, se va tornando irreversible. Que esto ocurra en Medio Oriente es muy importante, sobre todo por el concepto patriarcal de la sociedad y por la fuerte influencia de las corrientes más retrógradas del Islam, como en Arabia Saudí o Turquía, donde la mujer es considerada un sujeto sin identidad.

 Después, los aportes son recíprocos, porque los puntos en común son los diálogos de paz y sus trabas puestas por los sectores más retrógrados, las experiencias de democracia popular y de base, el poder territorial desplegado por las insurgencias y los movimientos sociales, y el gran desafío de ingresar a la vida política institucional, que en el caso kurdo se da con el Partido Democrático de los Pueblos (HDP, por sus siglas originales) en Turquía.

 P: Son conocidas las imágenes de mujeres que protagonizan la resistencia kurda, ¿ese protagonismo se refleja en roles de liderazgo político?

  1. A: El liderazgo de las mujeres kurdas, tanto en las milicias como en la sociedad, es real y concreto. En el último tiempo ese empoderamiento se acrecentó con el proceso revolucionario que se lleva adelante en Rojava. Una característica del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) y de las organizaciones que se desprenden de él, es que todos los puestos de dirección son co-presidencias, donde las bases eligen a una mujer y a un hombre. Al mismo tiempo, dentro de la insurgencia desde hace muchos años se crearon batallones conformados sólo por mujeres y espacios de discusión en los cuales ellas definen sus políticas, que luego son aceptadas por la totalidad de la guerrilla. Siempre hay que tener en cuenta que este proceso de empoderamiento de las mujeres kurdas lleva apenas unas décadas y que todavía hay mucho camino por recorrer.

P: En el Epílogo usted plantea que se avecina una guerra total contra el Estado Islámico, sin embargo los atentados recientes, y el fortalecimiento del gobierno aliado de Turquía, ¿no permiten pensar a un Estado Islámico fortalecido?

  1. A: Tanto en Siria como en Irak el Estado Islámico recibe fuertes golpes todos los días. Sus fuerzas se vienen replegando (y muchos mercenarios y comandantes escapan en desbandada). Sin dudas, en esos dos países el retroceso militar del Estado Islámico es evidente, aunque el peligro mayor que tiene este tipo de organizaciones es su ideología, el wahabismo, corriente del Islam patrocinada por Arabia Saudí. El wahabismo no es algo reciente, sino que es diseminado por el mundo con millones de dólares aportados por el reino saudí. Y esta ideología tiene un profundo carácter reaccionario y de represión social que, vaya casualidad, es sumamente funcional al capitalismo.

 Los atentados que el Estado Islámico se adjudicó en Europa, Turquía y Líbano muestran el retroceso de la organización en Irak y Siria, pero a su vez confirman su capacidad de financiamiento para movilizar gente en otras partes del mundo y la llegada ideológica que tienen entre las personas. Por estos días se está configurando un nuevo Estado Islámico, mucho más parecido en su funcionamiento a Al Qaeda, porque en los territorios va perdiendo fuerza de manera constante. Se pensaba que el Estado Islámico iba a tomar el control de Libia bastante rápido, pero en ese país también está sufriendo muchas bajas.

 

P: La versión de que integrantes del Estado Islámico pudieran conformar una célula con capacidad de atentar en Brasil con ocasión de los Juegos Olímpicos, ¿implica un riesgo real?

  1. A: La presencia del Estado Islámico en Brasil no parece que sea tan real, más allá de las amenazas y arrestos que se realizaron. Pero igualmente, hay que tener en cuenta que el Estado Islámico tiene como línea general realizar ataques espectaculares, con un manejo mediático impecable que le permite, entre otras cosas, captar seguidores. Muchos de sus seguidores son jóvenes que no tienen para nada claro de qué se trata la religión islámica y, en bastantes casos, son personas de diferentes clases sociales con muy pocas esperanzas y perspectivas de vida. Sobre esos aspectos opera el Estado Islámico y su ideología, principalmente con los jóvenes europeos y norteamericanos.

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