Andres Idárraga y Simón Atehortua

Andres Idárraga y Simón Atehortua

Domingo, 17 Septiembre 2017 00:00

Quinta clase: hablar de cine

Estoy aquí para hablar de cine. Crónica ficción ensayo sobre el 20 Encuentro Nacional de Críticos y Periodistas de Cine, Pereira, 2017.

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Estoy aquí para hablar de cine. Estaba sentado en un avión esperando el despegue, eran las 12 del día, volaría de Bogotá a Pereira. Motivo del viaje: 20 Encuentro Nacional de Críticos de Cine. Estado civil: amanecido. Antecedentes: cinefagia. Todo bien, todo bonito. Heme ahí con mis lentes oscuros puestos, esperando que el animal mecánico despegue y sin prestar atención a las abstraídas explicaciones que daba la azafata acerca de cómo ponerse caretas y salvavidas, porque no me servirían más esas explicaciones de lo que me podría servir un alka-seltzer, además, porque no me gusta salir a pasear con miedo a morir. De repente la voz de un niño irrumpió en el hecho, quitándole solemnidad a esas gallinas uniformadas que eran para mí en ese momento las azafatas.

El niño naturalmente hablaba como si estuviera en su casa, especialmente porque dirigía sus palabras a la mamá y a la abuelita que lo acompañaban. El hogar de un niño afortunado son sus seres queridos. Yo nunca monté en avión de pequeño, mis familiares dicen que sí, pero yo no lo recuerdo. Recuerdo que siempre viajé en buses intermunicipales con la carota pegada a la ventana si era de día, o recostado al regazo de mi madre si era de noche. Me iba quedando dormido mientras las estrellas giraban dentro del marco de la ventana a medida que el bus culebreaba en los caminos que llevan a los pueblos antioqueños. Ese espectáculo que me ofrecía el cielo estrellado girando caprichosamente dentro del marco de la ventanilla de un bus era para mí como ver la mejor película; el esplendor de la naturaleza en bruto como en una película que se llama Baraka (1992, USA), que es un tipo de cine que prescinde del guion en sus formas clásicas y tradicionales para dejar que la imagen hable. Pero que la imagen hable en serio.

En esos viajes en bus, hasta ya estar grandecito, esa era mi película predilecta, la del cielo. Los otros pasajeros se dopaban y se dopan con las películas habituales de un viaje en bus: raperos gringos o estrellitas americanas ridiculizando los roles de la gente común (por ejemplo SoulPlane. 2004, USA); idiota americano tomando malas decisiones durante una hora y media de película para que triunfe una cierta inocencia capitalista (por ejemplo las películas de Adam Sandler); pareja de modelitos a prueba de todo siempre bellos y armados (por ejemplo Sr. y Sra. Smith. 2006, USA); mercenarios psicópatas que se reintegran a una sociedad psicópata (por ejemplo El Transportador. 2002, Francia), o una más de las interminables secuelas y sagas de efectos especiales y paroxismo en el montaje (por ejemplo Rápidos y furiosos 7. 2015, USA o ResidentEvil: Capítulo final. 2017, Canadá). En fin, cine comercial, cine de centro comercial, cine a dos mil pesos en el centro. En todo eso me hizo pensar la voz del niño que irrumpió en mi hecho, no tuve ni siquiera curiosidad por mirarlo, bastaba con escucharlo, era el sonido más fuerte en el avión, ni los motores estaban tan confiados como ese pequeño.

-Adiós Santi, me voy de Bogotá, me voy para Pereira! Adiós tío Pacho, me voy de Bogotá, me voy para Pereira! Adiós Manuelita… Mami ¿por qué no vino Manuelita?-, dijo el niño, o más bien lo gritó.
-Tenía varicela mi amor, por eso tampoco fue a cine con nosotros ayer-, dijo la madre, o más bien lo susurró.

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Estoy aquí para hablar de cine. Pensé. Mirando la ciudad desde un taxi, adivinando la ciudad ajena y rápidamente me percaté de que el taxi tenía cuatro velocidades y el taxista sólo dos temas de conversación: la política o las mujeres. Naturalmente le hablé de mujeres, “permítame contarle mi poética vida con las mujeres señor taxista”, pensé, pero el señor taxista se me adelantó, comenzó una larga y vulgar perorata descriptiva de cómo le gustaban las mujeres, sus palabras eran un espectáculo incómodo para mí. Hablaba de las mujeres como un arqueólogo habla de una lista de inventario: como hablando de cosas muertas y enterradas.

Yo perdí rápidamente la atención, pero dejé que el taxista siguiera hablando; me abandoné a mirar la ciudad de Pereira mientras pensaba que Medellín es la mujer predilecta, la mujer con que uno vive, la compañera, y a Medellín le somos infieles con otras ciudades. Nació en mí la pregunta:
-¿Qué clase de mujer es Pereira?
Estoy aquí para hablar de cine. No es Medellín, es el Valle de Aburrá, pensé. Pereira debe ser más territorios, concluí.
-¿Y cómo va la ciudad, compañero?-, pregunté al taxista. Y al taxista se le borró la sonrisita que traía pintada mientras recordaba sus empolvadas historias con mujeres y poniendo cara de serio pero conservando la malicia simplemente me dijo:
-Mijo, pues ya llegamos-.
Le pagué y me dijo: -En este momento estamos en fiestas-, y fue a mí al que se le dibujó una sonrisita en la cara. Ya llegamos, pensé.

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Estoy en el hotel en un cuarto que tiene cinco camas. Las probé todas y todas las almohadas. Hay ciertas cosas que yo hago cuando estoy solo en los hoteles, primero me desnudé y leí un poco de un libro que traía de Bogotá, me lo regaló una amiga que parece sacada de Todo comenzó por el fin (2016, Colombia). De repente se hizo tan notoria la ausencia de aquel frío capitalino. Entonces me bañé, cantando canciones de salsa, naturalmente. En el baño de un hotel siempre me hace falta la compañía de Latina Stereo (emisora de solo salsa en Medellín), por eso canto dos y tres y cuatro con el mismo sabor. Ya con la salsa en la cabeza puedo salir a caminar, pensé. Y efectivamente salí a caminar pero ya no pude pensar más, me dediqué fue a sentir.

La crítica cinematográfica consiste, para mí, en explicar por qué una película nos hace sentir lo que nos hace sentir. Después de saber que la película es un artificio pensado, resulta necesario para alguien con afán expresivo determinar cómo es posible que una obra de arte nos haga sentir un instante sublime. Si bien el tema del encuentro en esta ocasión era “El cine y la literatura”, lo realmente importante de este suceso es el encuentro de unos pocos buenos amigos. Si bien yo no puedo hablar de Pereira con dominio, si bien no quiero desglosar los temas, las exposiciones ni las controversias que se desataron del 18 al 21 de agosto del 2017 en Pereira, lo que sí pretendo es explicarles esencialmente lo que es este encuentro: una reunión de gente convocada por German Alberto Ossa Echeverri, director y fundador de los encuentros nacionales de críticos y periodistas de cine en Colombia; esa gente son mis colegas, o sea, sujetos que tenían clara solo una cosa cada uno: ESTOY AQUÍ PARA HABLAR DE CINE.

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Voy en un bus para Medellín, miro por la ventana el cielo estrellado, esta vez yo no reposo en el regazo, ahora una mujer reposa en el regazo mío. En ese bus seguí siendo niño pero susurraba como las madres, pensando en mis amigos.

Me iba quedando dormido mientras las estrellas giraban dentro del marco de la ventana a medida que el bus culebreaba  en los caminos que llevan a la capital antioqueña. Los amigos, en el recuerdo, eran los arrieros que me iba encontrando. Y es así como hablar de cine es hablar de la vida, esa que es más real que imaginada, que está tan presente y de la cual sentimos, palpamos y nos despedimos de los amigos.

 

Jueves, 03 Agosto 2017 00:00

Cuarta clase: Ideología de géneros

Decía Vittorio De Sica: “el mejor cine nace de continuar el camino que le es impuesto por la realidad humana y social contemporánea. Y esta realidad es la que le da la razón de ser, su carácter nacional y su valor universal”. Significaba esto que el buen cine (para De Sica) era aquel que narraba las historias y las realidades circundantes, aquellas realidades que a su vez impulsaban la inspiración y la obra de un autor, hablando de Roma, ciudad abierta (Roma, citta aperta, 1945- Roberto Rosellini) marca el camino del Neorrealismo Italiano: “la descripción descarnada de una sociedad colapsada por la guerra, empobrecida y pesimista; el uso de escenarios naturales, la presencia de actores no profesionales, rodajes con mínimos elementos técnicos”,  según el artículo “La Itália de De Sica” de Juan Carlos González.

Vittorio (y varios otros realizadores y teóricos) vieron nacer (parieron) uno de los géneros o corrientes más distintivos del cine: el neorrealismo italiano, una corriente que, como se señaló anteriormente, hizo cine con su gente y con sus uñas, narrando historias de la cotidianidad de la posguerra en un país pobre y en ruinas, asumiendo una realidad, su ética y su estética.

Un género es un conjunto de características que se repiten (más o menos) en varias obras, por lo general enmarcadas en un territorio y en un tiempo determinado (más o menos), que, sin pretenderlo dan cuenta de un momento tecnológico, estético y ético. El western (películas del Oeste), el musical, la ciencia ficción, el terror, e incluso las películas de superhéroes modernas están siendo (o fueron) testigos de momentos históricos: los musicales fueron el género por excelencia durante las guerras mundiales y servía para ser feliz y libre de preocupaciones por dos horas; el expresionismo alemán (corriente que estableció las bases del cine de terror) nació antes del auge de Hitler durante la primera posguerra mundial y la Nueva ola francesa (Nouvelle vague) fue impulsora de los años 60s, cuando los valores y las formas de mirar al mundo fueron repensadas y revolcadas.

Las categorías sirven para unificar criterios y diferenciar conjuntos de cosas. En el cine, las categorías, los géneros, las corrientes han sido además las encargadas de traducir o personalizar el devenir de la historia y la cultura; algunos musicales, aunque tengan un halo de festividad y alegría pueden estar narrando el dolor vivido durante las guerras mundiales, o las películas de vaqueros, un género que dominó por mucho tiempo el gusto del público, puede parecer a simple vista el género de acción de moda para entretener a las personas, aunque si se mira con mayor detalle se encuentra que simbolizaban también las transformaciones de la sociedad, el establecimiento de la industrialización (representado en el tren) y de unas costumbres colonizantes (la dominación del hombre industrializado sobre el indígena nativo).

Los géneros de cine se han transformado; los vaqueros por ejemplo, tienen la dicha de gozar con sub-géneros como el acid western (donde adquiere tintes psicodélicos y metafísicos, encontrando su mejor exponente en Dead man (1995) del director Jim Jarmusch) o el spaghetti western (género de vaqueros realizados por italianos). Estas reinvenciones por lo general surgen de la necesidad de narrar de manera tradicional (y con métodos típicos de algunos géneros) los nuevos aconteceres de la sociedad.

Las salas de cine en Colombia suelen considerar al cine colombiano como un género en sí, como si cada película del país no tuviera más característica que el hecho de haber sido hecha por colombianos. Lo cierto es que han existido exploraciones de género en la cinematografía colombiana y latinoamericana; corrientes como el cinema novo brasileño (el cual aspiraba a hacer un cine pobre, con los pocos medios habidos pero con la fuerza narrativa de la realidad) o el gótico tropical, género que pretendió narrar con una estética caribeña los monstruos y fantasmas de estas tierras, cambiando las sombras de los castillos, por las lúgubres casas coloniales y el sonido de las palmeras en la noche.

Los géneros le han puesto color al cine, han facilitado las narraciones y en ocasiones han servido para encubrir mensajes que por la censura no se hubieran podido difundir (como con el surrealismo que para decir lo que tenía que decir tuvo que deformar su discurso para sonar durante el franquismo), marcaron los desarrollos tecnológicos, como la llegada del sonido (que dio paso al musical) o la ciencia ficción, que siempre ha llevado la batuta (curiosamente junto a las películas de época) de los avances en el medio.

Vale la pena buscar la ideología en cada género, descubrir sus narrativas, sus discursos y sus formas, aprender a leer lo que está escrito en la imagen; descifrar en sus técnicas los mensajes que hoy difunde la televisión y los medios audiovisuales en general. Aprender a ver, es aprender a leer la imagen en movimiento.

Viernes, 07 Julio 2017 00:00

Tercera clase: las primeras películas

Hablar de las primeras películas del cine implica sepultar a las que no sobrevivieron a causa del olvido o el óxido, implica desconocer la historia como una telaraña de procesos y creer que algunas películas, icónicas por no perecer, representan el devenir real de la evolución del séptimo arte (la evolución del ver y el ser visto). Por eso a manera de introducción hay que advertir que eso que llamaremos “las primeras películas” tiene por subtítulo “que quedan”: “las primeras películas que quedan”, y es que la cantidad de cintas fílmicas que murieron en los primeros años a causa del desinterés, el desconocimiento tecnológico, la apatía y el olvido es tan enorme que reconocemos un enorme sesgo, las primeras películas que quedan no son poca cosa, pero existen porque tuvieron un valor cultural, político y artístico válido para aquellos que contaron con los medios para preservarlas, y quienes han contado con los medios para preservar su arte, su cultura, su política y sus creencias, son unos y no otros, ¿cuántas primeras películas de la periferia murieron para siempre?

Seríamos necios y radicales si no reconocemos en películas como “El acorazado Potemkin” (Sergei Eisenstein, 1925), “El hombre de la cámara” (Dziga Vertov, 1929) de Rusia o “El nacimiento de una nación” (D.W. Griffith, 1915) de Estados Unidos un avance estético, una narrativa política y una evidencia cultural de la época (aunque solo sean pistas en forma de gestos, de vestuario o palabras); pero no escribiríamos aquí si solo nos quedamos con esos orígenes, y no con los periféricos, con esas pocas películas que quedaron de unos países todavía hoy olvidados (por sus propios habitantes), como Colombia.

La primera película conocida realizada en Colombia es “La María” (basada en la novela homónima de Jorge Isaacs) de los directores Máximo Calvo Olmedo y Alfredo del Diestro en el año 1921, de ella solo quedan 25 segundos en la Fundación Patrimonio Fílmico y algunos fotogramas; sin embargo, la primera película colombiana, conocida y completa es “Bajo el cielo antioqueño” (Arturo Acevedo Vallarino, 1925), fue financiada por el magnate Gonzalo Mejía reconocido por impulsar la aviación, la construcción de carreteras desde Bogotá a Turbo y el “desarrollo” de Urabá. “Bajo el cielo antioqueño” es una película de un amor prohibido en el marco de una familia burguesa con los paisajes antioqueños de fondo.

En 1926 otra película muy diferente a las anteriores, fue hecha por PP. Jambrina, “Garras de oro” (1926), nombrada como la primer película anti-imperialista de la historia Ambientada en 1914, narra de manera explícita pero también usando la metáfora y la personificación de los valores norteamericanos encarnados en el Tío Sam, la toma del canal de Panamá (disponible en YouTube).

Cuando en Colombia el cine apenas estaba naciendo, en otros países de la región, como México, uno de los más cinematográficos, ya se habían hecho algunos cortos como “El grito de dolores o la independencia de México” (Felipe de Jesús Haro, 1097), “El san lunes del valedor” o “El san lunes del velador” (Manuel Noriega, 1906), o “El aniversario del fallecimiento de la suegra de Enhart” (hermanos Alva, 1912). Cortometrajes comúnmente cómicos influidos por los estilos franceses. Durante la revolución la producción paró pero con la finalización oficial del conflicto en 1917 hubo un auge del cine mexicano con películas que recrearon el conflicto y las realidades políticas del país, fue la antesala de lo que se conoció como la época de oro del cine mexicano, un país con una industria tan fuerte como la de Francia o incluso Estados Unidos.

En Argentina, otro país con una industria fílmica notable “La nobleza gaucha” (Humberto Cairo, 1915) es la historia de un secuestro por parte del patrón a una pobre mujer, la película se desarrolla entre el campo y la ciudad, lo que permite hoy en día reconocer la geografía y las costumbres de una parte de aquel país. Otra película icónica argentina es “Flor de durazno” (Francisco Defilippis Novoa, 1917) protagonizada por el joven Carlos Gardel.

Estos tres países, aunque no alcanzan a abarcar (no pueden hacerlo) todas las realidades de la región, expresan un común denominador: sus primeras películas reflejaron las prácticas de la burguesía, los movimientos políticos y los valores culturales de sus regiones. Todo registro visual y en especial el cine (pues sus creadores han reconocido en esta forma de arte una inmortalización del tiempo), evoca la manera en cómo se configuraban las prácticas sociales de determinado territorio, aunque no se ve cine viejo solo para estudiar el pasado, sino porque es tremendamente emocionante (cuando se estimula la mirada) y actual, los dramas narrados en el pasado por lo general son historias que se repiten en nuestros tiempos, son los conflictos prototípicos de la humanidad: guerras, tierra, alimento, sexualidad. Son temas que no cambian tanto en las sociedades, más bien se transforman y adquieren otras dinámicas. El cine del pasado es una pista de cómo somos aun cuando no nos demos cuenta.

Lo que grabamos hoy (no tiene que ser una película, los videos “caseros” hechos con celulares o cámaras compactas también son material audiovisual del presente) tiene una fuerza inimaginable en el futuro, la tecnología que abarata y facilita el almacenamiento y la grabación de imágenes audiovisuales, se ha convertido en un medio de registro que aunque manipulable y subjetivo, puede expresar con firmeza las realidades de una situación (mención especial al camarógrafo de noticias UNO que con gallardía y responsabilidad ética registró el autogolpe del subsecretario del Senado Saul Cruz, además de sus movimientos descarados haciendo lobby por su candidato a la Corte Constitucional). Hay que ser conscientes de la fuerza narrativa de las imágenes, utilizarlas para contar nuestras historias y estudiarlas para interpretarlas y entenderlas.

El cine no es la única pista de lo que fuimos (y lo que somos), especialmente porque antes era difícil preservar correctamente las cintas y se necesitaba un gran presupuesto para hacerlo. El arte en general, la literatura, la pintura y el teatro también mantienen vivo el fuego de la humanidad, las historias de las cavernas alrededor de la fogata.

Lunes, 29 Mayo 2017 00:00

Segunda clase: lo no contado

La historia no es algo tan explícito, ilustrativo y exacto como nos lo enseñan en los colegios o en documentales de televisión; suele ser una telaraña de hechos que casi siempre quedan más o menos ocultos a los ojos de la oficialidad, es decir, solo lo políticamente correcto o lo moralmente aceptable, es lo que se recuerda a través de los años y aunque esos acontecimientos visibles pueden ser representativos de lo ocurrido, con el tiempo, nuevos paradigmas y principios exigen sacar de la tumba esos lapsus con los cuales la historia cobra un mayor sentido y relevancia.

Repasemos la historia oficial: el 28 de diciembre de 1895, los hermanos Lumiere presentaron en París, Francia: el cinematógrafo, uno de los primeros (y el más famoso) aparatos para filmar  y proyectar la imagen en movimiento, la vida y la luz en una placa fotosensible que evolucionaría con las décadas hasta hacerse digital (los avances tecnológicos han facilitado y empequeñecido las cosas, pero es el mismo principio el que permite grabar la luz). En una de las primeras proyecciones estuvo la contraparte de lo que significó el cine de los Lumiere, George Melies, el mago de la luz, el inventor de los efectos especiales y contador de historias por excelencia. Melies y Lumiere son dos apellidos tan famosos que basta con hacer una búsqueda rápida en internet para descubrir su lugar y su trascendencia para la humanidad. Este artículo no tratará sobre estos indiscutibles genios, sino de dos pioneros en la sombra, una mujer de Europa y un hombre de Latinoamérica.

Alice Guy posiblemente no sea un nombre que con tanta facilidad, como “Lumiere, Scorsese, Tarantino o Godard”, remita a una idea del cine, lo cierto es que Alice fue una de esas primeras aventureras de la luz, capaz de dar su vida por algo sin futuro (en aquel entonces) como el cine, y peor aún, tener que hacerlo siendo mujer en una industria que menospreciaba (y menosprecia) su talento por transgredir la frontera de lo normal, lo típico.

Alice Guy nació en Francia el primero de julio de 1873 en una familia de padres editores, en 1894 consigue el puesto de secretaria en la Compañía General de Fotografía, de Max Richard; empresa que luego sería comprada por Léon Gaumont, quien solo vería en el cinematógrafo un aparato científico más que un medio para narrar; Alice sí predijo el universo y la magia que contenía esa “cajita” y en 1897 Gaumont le confiaría la dirección de la división cinematográfica de la compañía, "siempre que la tarea no le impidiera seguir realizando sus funciones como secretaria". Alice dirigió en 10 años (en la Gaumont) más de 100 películas, entre ellas, la primera superproducción de cine “La pasión o la vida de Cristo” (1906). Leon Gaumont escribiría las memorias de su compañía a partir de 1907, para así sepultar en el olvido a aquella mujer que lo hizo nacer.

En marzo de 1907 Alice parte hacía Estados Unidos con Herbert Blanché, su marido, y fundarían las compañías Solax en 1910 y Blanché Features en 1913 en las cuales realizaría más de 1000 películas, entre westerns, comedias, ciencia ficción, etc., antes de un estrepitoso divorcio, a partir del cual caería en el olvido; como si solo fuera posible ser “alguien” a la sombra de un hombre, Alice fue olvidada y reducida al papel secundario de secretaria o amante de los “grandes productores”, esos a los que su trabajo los nutrió de la grandeza con que aparecen en los libros de historia y portadas de libros.

Sus hijas, sus testigos, las pocas películas que sobreviven al tiempo (implacable con las mujeres solteras) están logrando que Alice recupere el lugar que merece en esta historia y como ellas, miles de caras sin rostro, de historias silenciadas, devoradas por el óxido y el olvido, escondidas por el ego de los hombres, de sus jefes, de sus señores. Alice Guy, pionera del cine narrativo, impulsora de los géneros cinematográficos que aún hoy llenan las salas de cine, una mujer que creyó en las historias, un nombre que no se puede seguir olvidando cuando se habla de los orígenes; Alice Guy, por delante de apellidos como Melies o Lumiere, y muy atrás, casi en el olvido, un Gaumont.

En la telaraña de la historia, hay otro nombre que debería ser siempre recordado, un Quijote de Itagüí, Colombia; una de las primeras personas en revelar y grabar una película a color (“Guatavita, milagro de una civilización”, 1971), con máquinas enteras pirateadas por él desde los tornillos hasta los lentes: Guillermo Isaza, niño necio, indomable, expulsado de cuatro colegios e inventor de máquinas.

Guillermo nació en 1930 y murió en el 2004, un año antes había sido reconocido con el premio “Toda una vida”, por el Ministerio de Cultura. Durante su juventud fabricó cámaras para filmar a color con manuales de la Kodak y aunque sus aportes narrativos o estéticos no dejan de ser experimentos de un inventor, su perspicacia para crear lo aparentemente inútil, y además mantener vivo el valor de lo efímero son los valores que hacen de este hombre alguien inmortal. A partir de mediados de mayo, en el municipio de Itagüí, Antioquia, comenzará el Cineclub Guillermo Isaza con el ciclo “Museos”, este será un espacio importante para recuperar las historias de aquel loco que se gastó la herencia de la tía para inventar juegos de luces y sombras.

Alice Guy y Guillermo Isaza son apenas dos de los protagonistas que por algún motivo no han salido muy nítidamente en los créditos finales de una película llamada cine, que sea esta una introducción a sus vidas y obra, porque también es cine esas películas que nadie ha visto pero que tienen un valor incalculable para la humanidad.

 

 

 

Domingo, 30 Abril 2017 00:00

Primera clase: Introducción

El cine, como la literatura, la pintura, el teatro y en general todas las expresiones artísticas, ha retratado el mundo en diferentes épocas y momentos históricos, utilizando formatos y técnicas que influyen en la construcción del significado, ¿qué sentido se hubiera construido si las primeras películas de Chaplin hubieran tenido sonido, o si las de la época dorada del cine mexicano hubieran tenido color? Las tecnologías y las tendencias han sido testigos de lo que han filmado (o grabado), y al mismo tiempo han contribuido a construir la imagen de la contemporaneidad.

El contenido audiovisual ha penetrado en la vida de los humanos por todos los flancos y en todos los momentos: la televisión, el celular y la computadora son medios en que constantemente aparece la imagen en movimiento, no siempre en forma de película, pero sí llevando un mensaje con significado. Los colores y las técnicas usadas por los directores de cine para provocar en el espectador sensaciones de malestar, miedo, felicidad o esperanza, son también las técnicas utilizadas en publicidad para provocar en el “espectador” sensaciones, que luego se convierten en decisiones de compra (o en decisiones de voto). Por eso aprender a ver es una necesidad cultural y cívica, hacerlo nos permite interpretar con ojo crítico las imágenes que nos muestran por todos los medios, y, para no tener que hacerlo con las propagandas de JJ Rendón para la campaña de Juan Manuel Santos, o con los comerciales del No en el plebiscito por los acuerdos de paz, están las grandes obras del cine, más saludables y casi siempre más sinceras.

Es por esa importancia que le tenemos al ver, que los próximos artículos de esta sección de Periferia servirán como un pequeño (pero intensivo) curso sobre el significado de las imágenes en movimiento, específicamente y para disfrutarlo, de las imágenes en movimiento en el cine, que son las que a nuestro juicio, presentan mayores valores estéticos y narrativos. Además es material cultural que sí provoca orgullo por la humanidad y tiene, en términos generales una difusión más universal que los comerciales de los partidos políticos locales. Cada artículo será además un texto crítico sobre la imagen con relación a nuestro territorio, identificando aquellas incidencias históricas y mundiales que han influido en prácticas y tendencias locales.

El curso tendrá tres bloques temáticos, en el primer bloque podrá leer aquello relacionado con los antecedentes, orígenes, corrientes y escuelas cinematográficas, los primeros formatos (cine mudo, blanco y negro) y géneros; pasando por la invención de la fotografía y de los diferentes proyectores (cinematógrafo, kinetoscopio, etc) utilizados en un principio para fines documentales (Hermanos Lumiere), luego con la firme intención de contar historias imaginadas (George Melies y D.W. Griffith), hasta el descubrimiento de Alice Guy Blanché, pionera del cine, quien mucho tiempo estuvo oculta e invisibilizada. También se explorarán las diferentes corrientes, las cuales muchas veces distinguieron a una generación y a un país, como la Nueva ola francesa (Nouvelle vague), el neorrealismo italiano, el expresionismo alemán, la época de oro del cine mexicano, el cinema novo brasileño y otras tendencias icónicas en la historia del séptimo arte. Por último, el nacimiento de los géneros cinematográficos, y el tipo de público que los mantuvo en la cima por cierto tiempo.

En el segundo bloque se desglosarán aquellos elementos que conforman una película: guion, fotografía, edición (montaje), puesta en escena, producción, etc. En definitiva, aquellos aspectos necesarios a la hora de construir un film y un significado, la evolución de estas fases a raíz de los avances tecnológicos y la realidad en la región respecto a las herramientas disponibles para realizar películas.

El último bloque cierra con el cine de cada continente, enfatizando en el latinoamericano y colombiano, el auge de los nuevos formatos (televisión, Internet, etc.), la encrucijada de la distribución y otros problemas relacionados con la actualidad del cine y el audiovisual; además de un recorrido por los festivales más importantes del mundo y Latinoamérica, sus enfoques y perspectivas, el uso del Internet para la distribución del audiovisual y las posibilidades de grabar hoy en día tan infinitas y limitadas a las vez.

La lectura de estos artículos debe ir acompañada de la mirada de películas, especialmente las colombianas que se exhiben en centros comerciales y salas de cine alternativas de las ciudades, o en los diferentes cineclubes, escenarios periféricos de difusión y discusión; por ello, al final de cada artículo haremos algunos comentarios sobre nuestros estrenos recomendados del próximo mes, enfatizando en aquellas películas que tienen pocas posibilidades de difusión (es decir las colombianas e independientes).

 

 

Miércoles, 29 Marzo 2017 00:00

La esperanza viva en el cine

La versión 57 del Festival Internacional de Cartagena de Indias –FICCI- fue inaugurada con el documental de la periodista Natalia Orozco “El silencio de los fusiles”, una mirada institucional y oficial del transcurrir del proceso de paz con la guerrilla de las FARC. Durante la noche de la inauguración los espectadores vieron a Juan Manuel Santos, a la directora y a Pastor Alape, líder de esta guerrilla en proceso de dejación de armas, sentados a escasas sillas para la proyección de este documental. Una metáfora: dos enemigos a muerte separados (y unidos) por el arte.

El silencio de los fusiles es una introducción necesaria a una de las caras del conflicto armado en Colombia, sin embargo, como tal vez no lo puede hacer ninguna producción de dos horas, no abarca la complejidad de la guerra y en algún momento se siente incompleta, por lo que cobró mayor relevancia lo que no aparece frente a la cámara, como lo es el resurgimiento del paramilitarismo silenciado por los medios oficiales, y generador de decenas de muertes a líderes sociales en todo el país luego de la firma de la paz.

También, El FICCI rindió un tributo a Eduardo Coutinho, quien falleció en el 2014 y dejó para el mundo un ejercicio cartográfico y etnográfico de un Brasil que todos sospechamos pero nunca vemos. Las fronteras invisibilizadas, su gente y sus cuerpos; su cine no es el capricho de un artista, sino la necesidad de un narrador, que se vale de la palabra para transformar y difundir la cultura. En este homenaje se proyectó “Edificio Master”, un documental de 2002 que retrata en entrevista la voz y los rostros de casi 20 personas residentes en un edificio de Copacabana, Brasil; más que darles voz, Coutinho les da un oído a las personas que llenan las ciudades, extras en otro cine, anónimos en la realidad, gente de cualquier parte, con historias cotidianas, narradores naturales de los cuentos del día a día. Sus lágrimas y sonrisas son tan sinceras como sus apartamentos, más pequeños que las playas de Copacabana pero más calurosos.

“Cabra, marcado para morir”, su película más conocida, nació en 1962 cuando Coutinho filmando una protesta en contra del asesinato del líder campesino João Pedro Teixeira decidió hacer una película al mejor estilo neorrealista, donde los protagonistas de la cinta son las mismas personas que vivieron los acontecimientos, los campesinos del pueblo y la familia de Pedro Teixeira. El 31 de marzo de 1964 tras el Golpe de Estado, fue destruido el equipo de grabación y gran parte de la cinta filmada, solo una pequeña muestra fue confiscada. El documental nació 15 años después, con Coutinho volviendo al lugar de los hechos para reconstruir desde todas las miradas lo acontecido, y dando motivos otra vez a los protagonistas para levantar la voz y para la defender la vida y la memoria. Eduardo Coutinho es una mirada sincera de Brasil y una invitación a los cineastas del mundo a hacer películas por la necesidad de contar, por las ganas de utilizar la cámara para nutrir la memoria y cantar los territorios.

En el viaje de este festival, de Brasil saltamos a Tailandia, al universo del director Apichatpong Weerasethakul, conocido como “Joe”, quien fue uno de los directores a los que el FICCI rindió tributo. De él vimos su película más laureada, “El tío Boonme recuerda sus vidas pasadas” (2010), una cinta que narra las apariciones del tío Boonme, donde mito y realidad se confunden para contar la historia de un territorio y su gente; sus películas han sido definidas como un cine de lo fantasmagórico, alejado de los estándares del cine comercial. Con un estilo propio “Joe” puede provocar sueño, distracción y hasta pereza, pero esas sensaciones se producen porque su trabajo no está hecho para entretener, sino para explorar los secretos del universo. En sus películas, la divinidad está en la diálisis a los riñones del tío, en las cavernas mágicas de luz, en la luna y en la discoteca, la divinidad está en la cotidianidad y como Coutinho, “Joe” con su cámara lo capta a cada segundo, en cada gesto, en cada instante, en cada palabra.

Luego, regresamos a Colombia, donde el documental vuelve a ser protagonista al poner en duda los límites de la realidad, porque el documental no es un género que busca la verdad, sino que toma como materia prima la vida real para la construcción de una narrativa. Sobresalen de la lista por los premios y el interés personal tres obras: “Adiós entusiasmo” de Vladimir Durán, “Amazona” de Clare Weiskopf y Nicolas van Hemelryck, y “Señorita María, la falda de la montaña” de Rubén Mendoza. Este último cuenta la historia de María Luisa, una campesina que nació siendo niño en Boavitá, Boyacá, un pueblo campesino, conservador y católico. La señorita María es una mujer que se ha confrontado toda su vida con su ser y la crudeza con que el mundo la ha tratado, amante de la Virgen María y los animales, ejemplo de esa resistencia inevitable y natural que somos todos. Tenemos la esperanza viva de ver estas películas en las carteleras de los cines en Colombia.

El FICCI en su edición 57 nos dejó un buen sabor de boca, una buena sensación en el cuerpo y las ganas de muchos pasos. Sus películas han contado ese cuerpo que es la frontera íntima de cada ser. El cine colombiano está vivo, y el del mundo, aunque escondido, recuperable.

Miércoles, 22 Febrero 2017 00:00

El festival en la ciudad de dos caras

Amanece en Cartagena y la luz del sol se esparce en una ciudad acostumbrada a que pase la gente. El 2 de marzo comenzó el festival de cine más antiguo de América Latina, el FICCI (Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias). Este festival nació en 1960 con la misión de perfilar nuevas tendencias del cine mundial, con enfoque en el cine Iberoamericano, además de propiciar la interacción entre directores, productores, actores y agentes de la industria del cine, así como entre la audiencia y medios de comunicación en un espacio profesional, académico, artístico y cultural.

Llegamos de Medellín a la heroica, del aeropuerto internacional Rafael Núñez al taxi de don Eugenio, un cartagenero cristiano que nos comparte la palabra del señor mientras nos cuenta que lo mejor del festival de cine es la cantidad de turistas que llegan a la ciudad. “Yo sí he ido a la 'película', pero casi nunca hay tiempo pa' eso varón” son frases que se repiten con otras palabras en boca de los lugareños, quienes viven de la gente que pasa. Como en los festivales más importantes del mundo el FICCI se desarrolla en una ciudad turística, la cual tiene dos caras, la parte bonita, en la que se desarrollan la mayoría de los eventos, llena de famosos y políticos elegidos; y la deperiferia, donde se invisibilizan historias y personas, comunidades que viven fuera de las murallas, acalladas por la oficialidad.

Los festivales pueden ser un escenario para fortalecer la identidad de las comunidades, permitir el desarrollo de la diversidad y diferencia con total libertad, a la vez que celebran aquellos rasgos que nos identifican como país, como ciudad o como barrio; el desarrollo de la identidad no es un conjunto de características definidas por la agenda política del gobierno de turno, es un ejercicio de resistencia y construcción que implica la reflexión y el cambio. Los festivales y carnavales son los rituales que fijan simbólicamente las ideas, los comportamientos y las maneras de ver el mundo de las comunidades. La festividad de una ciudad o una comunidad pierde su sentido cuando es impuesta por valores comerciales y se convierten en escenario de disputa politiquera y dominación cultural.
En el festival se siente en el aire salado la influencia que los medios masivos tienen sobre este, en las escarapelas de registro el logo del principal patrocinador, RCN, es indicio de que el FICCI sigue considerando en gran medida al cine como un aparato para el simple entretenimiento y no como una herramienta aliada en la construcción de los procesos de identidad y reconocimiento de nuestro territorio. En otros tiempos el cine sirvió a esa noble causa en otros lugares, en Brasil el cinema novo, el neorrealismo en Italia, incluso en la década de los 70s y 80s en el Valle del Cauca el grupo de Cali con Andrés Caicedo, Carlos Mayolo y Luis Ospina. Este último director homenajeado durante el festival, y el cual presentó su más reciente documental “Todo comenzó por el fin”, necesario para la memoria de este país y muestra de que aún el cine de nuestro país se puede inquietar por el reconocimiento de nuestra identidad.

El rumbo que toma el festival no es pues muy claro, ni perfectamente definido, a vista de pájaro uno pudiera pensar que es otro más de los beneficios de un paquete turístico de Cartagena, con poca influencia directa o indirecta de los habitantes de la región, y aunque el cine colombiano es eje central del evento brillan por su ausencia cintas que inquieten y que tengan otros estilos narrativos con lenguajes propios que provoquen a la acción.

Sin duda este festival hace parte de la agenda política del país y eso no tendría nada de malo si la agenda política de Colombia tuviera como objetivos principales el fortalecimiento cultural, el reconocimiento del territorio por parte de las comunidades y el respeto por los derechos humanos. Pero en otro sentido se siente el fervor del presidente de Colombia en la gala de inauguración, el que el cine llegue a los Oscar, o se desarrollen 20 películas en Colombia que muy seguramente no verá; su interés son los números y los reconocimientos que en el extranjero se hacen a Colombia; porque este escondido país solo existe cuando lo nombran en inglés.

Durante el FICCI conversamos con muchas personas; de Noruega, de Cartagena, venteros ambulantes, cantantes callejeros de hip hop, taxistas, realizadores de cine, otros medios alternativos de prensa, organizadores, profesores, estudiantes y trabajadores de diversos oficios turísticos como guías, y personal de hoteles; cada voz cartagenera nos contaba una misma historia del festival: “En estas épocas lo que hay es trabajo, a mí me gusta el cine pero es poco a lo que puedo ir, porque toca trabajar”. Una conclusión apresurada de esta situación puede ser que el festival a los cartageneros solo sirve para darles trabajo y, aunque es muy valioso en un país dominado por el desempleo, donde abundan las artimañas para incluir a los trabajadores de la calle o informales en las cifras de empleados (o en la cifra de los “no pobres”), donde las personas mueren porque no tienen alimentos ni agua (en uno de los países con más recursos en el mundo) no basta tener dos carreritas más en el taxi, no basta vender otra agüita de coco, no basta recibir a 5 inquilinos más. Si los festivales de cine para la gente de las comunidades sirven solo para dar un poquito más de trabajo, entonces no se necesitan para nada.

Estos espacios deberían preguntarse ¿por qué el cine sirve para construir la identidad de las comunidades? Es importante recordar que los primeros usos del cinematógrafo fueron documentales, con las antiguas cámaras se filmaban imágenes de tierras lejanas, para que los europeos, sin moverse de la silla conocieran pasajes inhóspitos (para ellos), 100 años después el cine ha llegado al espacio, a universos inimaginados o al corazón de las personas; ha sido utilizado para promover ideales de cualquier color y orientación política, las cámaras han grabado trasplantes, hombres muriendo y niños saliendo del útero de su madre; las cámaras han sido testigos directos de un siglo y poco más; han definido los estándares de la moda y han destruido a sus más grandes y brillantes estrellas; el cine estadounidense sugiere una forma pensar, ver, hacer y decir; marca los límites de lo que se descubre y lo que se oculta, coloniza mentes e ideas a la velocidad de la luz y con su gran aparato de distribución establece en las ciudades aquello que merece ser visto.

El cine es un invento artístico poderoso que en ocasiones ha sido usado por los pueblos para recordarse, reconocerse y construirse; los festivales son una de las oportunidades que tienen los países para crecer como nación, para explorar sus lenguajes y sus formas de nombrar el mundo; a un festival hermoso y viejo solo le falta un poquito más de nosotros y un poquito más de todos.

Miércoles, 22 Febrero 2017 00:00

El recuerdo que seremos

FIN. Así comienza el último documental de uno de los últimos representantes del Grupo de Cali, ese combo de locos que marcó (y marca) una época, retratando con palabras e imágenes un país transformado, trastornado y devorado por el futuro progresista y visionario (cegato y viciado) que a todos nos asecha.

Uno de sus integrantes, Luis Ospina, realizó un film titulado Todo comenzó por el fin. Es su auto-retrato, el de sus amigos y su cine; por ahí derecho es el retrato de un país en un momento de su historia: el momento de unos buenos muchachos, luego hombres viejos, que hacían películas mientras parrandeaban, con una maestría envidiable para hacer esas dos cosas bien. Sus principales representantes: Andrés Caicedo, Carlos Mayolo y, el autor del documental, director y actor de su propia vida, primero en el papel de sobreviviente y luego en el de moribundo: Don Luis Ospina.

El moribundo comienza retratando cómo a causa de un repentino cáncer, su documental debería ser terminado por dos de sus amigos; el realizador Rubén Mendoza -La Sociedad del Semáforo (2010), Tierra en la lengua (2014)- y el escritor y guionista Sandro Romero Rey. Si Luis Ospina hubiese fallecido, el documental tenía que cambiar, pero el hombre resucitó de entre sus muertos para relatarnos cómo el siempre joven Andrés Caicedo, se quitó la vida rapidísimo, luego de escribirnos la salsa y la rumba, y como Carlos Mayolo se la quitó lentísimo a punta de gótico tropical.

Las tres horas y media que dura la película se van como un suspiro de Mayolo, y pasan por los ojos una cantidad tremenda de imágenes y palabras hiladas con la maestría y el respeto de quien es protagonista por tantos años de la historia cultural y artística del país. Más importante aún, con el cuidado y el cariño de quien ama a sus amigos retratados por tantos años hasta sus muertes.

La película -como la vida- continúa, escuchamos una desconocida banda de rock en español, una frase que baila extasiada sobre los espectadores: “nosotros de rumba y el mundo se derrumba”, mientras por la pantalla pasan fotos de gente mutilada, de gente consumiendo droga, de políticos consumiendo países y violencia por doquier. Lo que vemos evidentemente no es un producto de la televisión nacional; ningún buen valor es promulgado en las imágenes de este documental, por el contrario, el objetivo es enseñar con el mal ejemplo. El grupo de Cali fue lo que quiso ser, incluso cuando participaron en televisión, ninguno se traicionó a sí mismo, no se convirtieron en modelos ni en ganadores de Oscars, no fueron seres políticamente correctos diciendo groserías solo en horario nocturno que muestran desnudos con censura; no, el grupo de Cali se desnudó frente a las cámaras y es su sinceridad lo que con más fuerza se siente por tres horas y media. ¿Qué sería de Colombia sin estos personajes de película? Tal vez seríamos la misma triste historia, pero definitivamente estos tres (estos miles) sazonan un país que hierve, este grupito es un plato fuerte, arroz con habichuela y vianda es lo que hay.

La historia de Colombia es la historia de las personas que habitan estas tierras con los pies y con el alma, la historia de Colombia pesa (¡y cuánto!) sobre la espalda de hombres y mujeres que caminan estas trochas maltrechas. El Grupo de Cali fue un combo de amigos que se retrataron en la salud y en la enfermedad y ni la muerte los ha separado porque el cine los ha unido e inmortalizado. Son la viva cicatriz de este país, víctimas y amantes de sus drogas y su cine, extasiados hasta la muerte de la luz que se proyecta sobre estas tierras. En FIN, Cineastas que por principio viven su cine, que retrataron su tierra también agonizante, y que lo hacen hasta que la muerte los separa.

El documental, que también es una creación subjetiva, personal, ha sido usado para contar la vida; Luis Ospina ha recogido la experiencia visual y sonora suya y la de sus amigos, sin vanagloriarse de nada y desmitificando lo que el tiempo ha hecho de ellos; uno va viendo y descubre que la historia de esta película es también la de una reunión de amigos que cocinan, se ríen y recuerdan. Enamora un documental que en el fondo es una muestra de cariño a unos pocos, y es porque en los rostros de aquellos personajes se reflejan los nuestros propios y los de nuestros seres queridos.
La historia se va tejiendo gracias a los testimonios de los amigos que aún viven; artistas y locos que han hecho lo que les ha salido de las entrañas y lo han disfrutado hasta las últimas consecuencias. Sandro Romero Rey, Ramiro Arbeláez, Hernando Guerrero, Vicky Hernández o Eduardo la Rata Carvajal, el hombre de la cámara, quien tanto ha retratado la realización de películas emblemáticas del cine nacional como La mansión de Araucaima (1986) o La vendedora de rosas (1998), además de las fotos más recordadas de Andrés Caicedo como en la que muy feliz, nos ofrece una cerveza. Es la Rata quien mucho filmó los detrás de cámaras y las aventuras tras bambalinas de estos muchachos.

El documental es un género cinematográfico que permite un acercamiento más directo, o más desnudo a una realidad, en el documental se privilegia la vida que pasa (como diría Luis citando a Jean Cocteau: la muerte trabajando), en la ficción la vida que se hace; en los documentales se graba la incertidumbre, es salir de pesca, esperar que frente a una cámara pase el tiempo y el espacio. Todo comenzó por el fin es el recopilado de una vida de artistas mirándose a sí mismos en un país cegado por las ganas de no mirar, estamos frente a uno de los trabajos más importantes de los últimos años en Colombia, lo particular se convierte en lo general, las vidas de muchos las podemos ver reflejadas allí: sus sufrimientos, sus dolores, su vida, su muerte, y su relación con un país que no perdona. Gracias también a la concepción con que este grupo usó y vivió el cine, toda una vida de grabarse entre amigos se constituye en un invaluable documento fílmico, en el cual se estimula la reflexión acerca de la tradición cinematográfica colombiana, una historia que al igual que la historia general de nuestro país apenas se está contando; en esta tierra donde se silencian los testimonios y se olvidan nuestros muertos, el cine debe servirnos como práctica de la memoria y apropiación de nuestras historias y nuestros protagonistas.

Luis Ospina: contestatario y políticamente incorrecto ha robado de nuestras vidas tres horas y media; cual si fuera sanguijuela del alma nos ha sentado en las butacas del cine mientras nuestros ojos se alegran, lloran y sonríen nostálgicos frente a un pasado que solo volverá en la oscuridad de la sala. De él esperamos mucha vida para que siga haciendo lo que mejor sabe: registrar y compilar las imágenes fílmicas, ese recuerdo que seremos, que nos construye y nos refleja; el mejor cine es un espejo frente a nosotros que nos mira con insolencia y nos pregunta sin cansancio. A Luis un abrazo y un aplauso sincero; a nosotros nos espera una fiesta al salir del teatro, al enfrentarnos con la vida codo a codo a los compañeros, donde cada segundo es un comienzo.

Miércoles, 22 Febrero 2017 00:00

El cine es una bomba nuclear ideológica

Hay pintores que plasman en su lienzo lo más profundo de su alma, de hecho, el artista sincero no puede hacer otra cosa. El cine, como cualquier medio artístico ha permitido retratar un sinnúmero de historias humanas, pintadas de sentimientos, emociones, aspiraciones, sueños, vivencias y miradas que, por muy fantasiosas que puedan ser, siempre hablan de la humanidad en un contexto y momento determinado.

Las películas del viejo Oeste Americano (western), aparte de haber sido un referente estético del cine estadounidense de los años 50, narraron (tal como lo entendieron en aquel entonces) el origen del “progreso y la civilización” (valores encarnados por el ferrocarril, el banco, la comisaría) sobre tierras salvajes sin ley ni orden.

Otros países con otras estéticas han contado sus versiones de los hechos; en otros lugares, otros acontecimientos han sido los protagonistas, cada rincón del mundo tiene su historia. Realidades tan recónditas como las de Nigeria, Irán o incluso Colombia encuentran proyección por medio del milagro cinematográfico. En lugares escondidos y acallados hay quienes se atreven a grabar y gritar sus realidades; el arte es el arma de las mujeres, los pobres, los homosexuales, los negros, los trabajadores y de cualquier persona del mundo que aparente ser parte de una supuesta pequeña población, “las minorías”, ante las pantallas del mundo y los medios masivos de comunicación.

El cine es una bomba nuclear ideológica; quienes han decidido qué aparece en las pantallas han corroído y oxidado lo que éstas han iluminado; pero también aquellas “minorías” se han servido de esta bomba para expresar su sentir: sin dinero, con mucha paciencia e imaginación han construido desde la escasez su propia estética, su propio cine, uno más humano, inquieto ante el misterio de estar vivos y la conciencia de la muerte.

Antes de contar con los medios tecnológicos para producir sus propias historias, muchas comunidades fueron violentadas por medio del cinematógrafo. Las negritudes han aparecido en la gran pantalla desde los inicios del cine, lastimosamente interpretando a la típica caricatura del enemigo: el malo que amenaza la tranquilidad y la fraternidad de una comunidad. El nacimiento de una nación (1915) fue sin duda una película que definió al cine como industria, atreviéndose a contar una historia en casi 3 horas (algo impensable en una época donde la duración máxima de las producciones era de 30 minutos) con un manejo del montaje (hoy en día edición) al servicio de la narración pocas veces visto hasta entonces y el uso de la grúa para construir planos con movimientos impensables hasta ese momento; su director David WarkGriffith, un sureño formado en valores típicos y radicales estadounidenses (una caricatura del gringo amante de las armas, xenófobo y patriota), hizo con esta película de manera explícita un homenaje y un canto al KuKluxKlan; al final ellos son los héroes que expulsan y persiguen a ese enemigo vil tiznado de negro. En su estreno hubo ataques en contra de la población negra de Boston, Filadelfia y otras regiones de Estados Unidos. El cine es una bomba.

Años después, se estrenaría una película con dos características que la hicieron única: la primera era el sonido integrado de la mayoría de sus escenas, una de las primeras películas con banda sonora integrada en la cinta fílmica y la segunda, aunque más importante para los fines de esta reflexión: el protagonista era negro. El cantor de Jazz (1927) narra las vivencias de un artista por los escabrosos caminos de la fama, caminos acompañados de la música que identificó una época y un contexto, el dato curioso es que la película estaba protagonizada por Al Jolson un blanco con voz de negro que tenía la cara pintada durante toda la película. Con fines prácticos a la producción, tal vez por el talento de Al Jolson como cantante, tal vez por la falta de fe en un actor negro que pudiera estar a la altura del personaje, la película hizo de su protagonista una caricatura de una persona de piel negra.

Así pues, los negros no iban a contar sus historias en la gran pantalla de aquel entonces; por lo menos su influencia ha sido convertida en un suave susurro y el recuerdo de lo mucho que “las minorías” han influido en el séptimo arte no está en los créditos de la historia del cine. El nacimiento de una nación y El cantor de Jazz son ejemplo de lo que “las minorías” significaron para el cine de aquel entonces: un espejismo donde veían caricaturas hechas con sus pieles pero que nada reflejaban su mundo interior. “Las minorías” fueron las enemigas del espíritu y los ideales norteamericanos, clichés mal hechos llenos de estereotipos y prejuicios de ese pequeñísimo y difuso grupo conocido como “la mayoría”.

Aún en el presente, el lugar que de verdad narra un sentimiento negro pocas veces domina las grandes pantallas. Es en el cine de la periferia, en festivales o en los canales regionales de televisión  donde mejor se va a expresar el sentir de una comunidad que, más que por un color de piel, es la conciencia de sus orígenes lo que los identifica: Jean Rouch en Francia, SouleymaneCissé en Malí, Spike Lee en Estados Unidos, Glauber Rocha en Brasil o Marta Rodríguez y Jorge Silva en Colombia, son estandartes de Otro cine, un cine que siendo para todos no llega a casi nadie.

Ese cine periférico ha explorado desde sus entrañas el significado de habitar un lugar y un cuerpo, y en ese camino han aportado al arte y la cultura obras de inigualable valor, explorando al mismo tiempo el alma humana como las posibilidades del lenguaje fílmico: “Yo, un negro” (1958) de Jean Rouch es una película de ficción que utiliza diálogos grabados con posteridad puestos sobre filmaciones cotidianas de los habitantes de Abidjan, Costa de Marfil. No solo los protagonistas son sus mismos habitantes, sino que las historias son confeccionadas a partir de sus vivencias reales, no hay un matiz moralizante en la narración, ni se pretende contar una historia llena de bondades de una comunidad unida sin problemas, al contrario son seres humanos retratados en su día a día, con la carga de sus cuerpos y sus lugares, en una comunidad llena de conflictos e inconvenientes, donde sus acciones no son tan simples para catalogarlas de buenas o malas.

Por otro lado, en un contexto opuesto, Spike Lee ha retratado en una de sus primeras películas “Haz lo correcto” (1989), la periferia de las grandes ciudades, la cara oculta que sostiene cada urbe. El autor en este filme no pretende vanagloriar a su comunidad (Brooklyn) recalcando valores éticos positivos, por el contrario es protagonista de la película la ambivalencia, la duda, la incertidumbre y la rabia de la negramenta de Brooklyn contra los policías blancos, los italianos dueños de la pizzería e incluso contra ellos mismos en el día más caliente del año. No se pretende educar con el buen ejemplo, son personas viviendo en sus lugares con conflictos humanos y reales, que terminan a veces de la peor manera posible.

Jean Rouch y Spike Lee son dos autores entre muchos que sirven como luz esperanzadora para un cine pequeño pero invaluable, donde las comunidades se expresen sin tapujos, sin temor y con la fuerza que caracteriza las pequeñas luchas de todos. El cine de las “minorías” es el cine donde todos nos podemos ver, un espejo que al prender no vemos nuestro cuerpo sino el del mundo. Miradas locales necesarias para estos tiempos donde las pantallas nos hablan a diario.

Miércoles, 22 Febrero 2017 00:00

¿Sin cinemateca qué?

Todo está listo para comenzar la construcción de la nueva Cinemateca de Bogotá: el presupuesto para iniciar obras está acordado, el diseño está hecho y el lote está comprado; adelantada la construcción, buscar el apoyo de los inversionistas privados para su constante funcionamiento debiera ser la única tarea faltante para tener nuestro templo del cine en la capital de Colombia.

María Claudia López, la secretaria de Cultura, Recreación y Deporte de Bogotá envió al periódico El Tiempo una carta argumentando que aunque los diseños ya están listos “no hay disponibilidad de recursos para garantizar el proyecto en su integridad” por lo que la nueva “Administración (la de Bogotá) se encuentra en la búsqueda de alianzas con el sector privado para explorar su realización y sostenibilidad en el tiempo”.

El problema subyacente en el hecho de que la administración de Bogotá inicie la búsqueda de aquellas alianzas, es que los contratos para la construcción se vencen, los dineros disponibles para la inversión se embolatan y la cinemateca puede terminar siendo un recuerdo de lo que pudo ser en un país de eternos “Dios quiera que si”. Las sospechas más pesimistas intuyen que los retrasos buscan dirigir los recursos a otros proyectos más “importantes” para la ciudad (léase: sembrar cemento para cosechar billetes). Parece pues, que en el panorama existente no se vislumbra un haz de luz que ilumine este oscuro futuro, y aunque a raíz de la presión ejercida por el gremio cinéfilo y cinematográfico, la secretaria María Claudia López aseguró que la construcción comenzará el próximo semestre, no hay claridad sobre la naturaleza de la integración con el sector privado que propone la funcionaria, tema que podría poner en riesgo el carácter público necesario para la identidad de la cinemateca. La construcción sigue supuestamente firme y con los planos que se habían pactado, solo el tiempo dirá si éste, no es uno más de los proyectos que se lleva el viento en Colombia y ante ese temor que sea así, las preguntas que nos debemos hacer son: ¿para qué sirve una cinemateca? ¿Un país sin cinemateca qué?

Una cinemateca es un recinto que alberga el material audiovisual que ha tenido un valor significativo para una comunidad y territorio específico; busca coleccionar, conservar, restaurar y dar a conocer aquellas obras que han encarnado los valores más representativos de su gente, han contribuido a la construcción de la idea de país (o territorio), o han tenido una influencia cultural, política y/o artística notable.

Colombia casi nunca ha guardado con cariño lo que ha hecho, el cine de aquí está casi condenado a la derrota; las películas colombianas que llenan salas de cine suelen ser comedias llenas de clichés estereo-típicos y caricaturas borrosas de lo que somos. Sólo son apreciadas aquellas que han sido avaladas por los criterios extranjeros y mínimamente nominadas a Oscares; ni siquiera tienen oportunidad de encontrarse con el público las cintas que son aplaudidas en otros certámenes más “independientes” como los festivales de Cannes o Berlín, e incluso las galardonadas en el Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias (FICCI) difícilmente logran dos semanas de exhibición en salas comerciales. Las películas “extranjeras” que llenan las salas son las últimas de acción y súper héroes del momento, películas divertidas, dirigidas a niños y jóvenes por lo general, hechas con súper estrellas y súper efectos especiales, destinadas a recaudar millones de dólares.

En Colombia el cine colombiano para la mayoría es, cuando no inexistente, “una novela de dos horas”, “la misma historia de siempre”, y sinónimo de un producto en definitiva, mal hecho; y puede que sí, no debe uno alabar las cosas solo por amor patrio, pero necesitamos un cajón donde se pueda guardar y recuperar ese recuerdo audiovisual que somos, mirar a la Colombia (o más bien, el cómo la vio alguien) en los rurales años veinte, en los convulsos sesentas, o en los digitales noventas; necesitamos un lugar al que llegar 50 años después para arrepentirnos de lo que fuimos, o para suponer comprender lo que somos. El cine, como nuestra historia, no tiene que considerarse “bueno” para ser guardado, ni tampoco moralmente correcto.

De la primera película hecha en Colombia, María (1922), basada en la novela de Jorge Isaacs, solo se tiene un fotograma, muchas otras están perdidas y con cada vez menos posibilidades de ser restauradas, pues, si no están guardadas como deben ser, cada año que pasa, su deterioro es mayor. Otras obras que se encuentran restauradas y tienen una fuerte influencia para el arte colombiano son prácticamente desconocidas para casi todo el mundo: pocos podrían reconocer por lo menos los nombres de un Luis Ospina, Carlos Mayolo, Víctor Gaviria, Felipe Aljure, Sergio Cabrera, entre otros; estos autores y estas películas deberían tener como última parada una cinemateca para el país, pues éste sería el sitio idóneo para su conservación y difusión.

Otro de los valores más importantes de una cinemateca es la difusión de su colección por medio de la formación de públicos o la planificación de ciclos especiales y, si bien existen escenarios cada vez más accesibles para aprender de cine: cursos virtuales, talleres promovidos por fundaciones y cineclubes; una cinemateca para el país no solo centraría muchos de esos esfuerzos, sino que además brindaría todo el material necesario para impulsar el aprendizaje del lenguaje audiovisual. La formación de públicos no solo es un objetivo necesario para promover, comprender y difundir el séptimo arte, sino también un ejercicio idóneo para la formación de individuos críticos, políticos y éticos; la cinemateca complementaria ese aprendizaje convocando y reuniendo al prójimo más cercano, promoviendo y proponiendo formación teórica, talleres prácticos, y un sinfín de posibilidades que están contenidas en la cinemateca, esa caja de pandora donde se encuentran los ingredientes necesarios para que una nación aprenda a mirarse.

La cinemateca no es pues un capricho de un gremio (solamente), como sí parece serlo los altos sueldos que ganan nuestros congresistas, los beneficios con los que cuentan los expresidentes, o las licencias ambientales que gracias a la alcahuetería del ministerio del Medio Ambiente se otorgan de manera casi indiscriminada a empresas mineras de países desarrolladísimos. Las cinematecas en el mundo son templos del conocimiento, tan valiosas como las bibliotecas más queridas o los museos más icónicos, la cinemateca deberá ser un territorio donde estén todas las memorias de Colombia, los recuerdos de aquellos que han sido olvidados, el testimonio de lo que fuimos, la constancia de lo que hemos dejado de ser, los sueños de quienes creemos que la paz también se construye con cultura y con arte. De pronto y es todo esto lo que más asusta a los que nos administran nuestro dinero.

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