Miguel Ángel Romero

Miguel Ángel Romero

El pasado sábado 9 de diciembre se llevó a cabo en Medellín el carnaval "Memoria y Autoconstrucción de la vida digna en nuestro territorio", evento que convocó a diferentes organizaciones sociales  con el objetivo  de poner sobre la agenda de la ciudad la situación de miles de desconectados y de pobladores que son desalojados a causa del modelo de esta. El recorrido de este año fue por los barrios San Pedro Lovaina, Miranda y Moravia, que según los organizadores de esta movilización "son barrios afectados por el desarrollo de varios proyectos urbanísticos especialmente por el MacroProyecto Rio Norte y Medellin Innovatión, que ponen en riesgo la permanecia de habitantes, la continuidad de sus proyectos de vida y la historia de Medellín"

Friday, 08 December 2017 00:00

El taita de la revolución del poncho

A diferencia de sus hermanos, Leonidas Proaño sobrevivió a la pobreza y al hambre, y así nació en 1910 en un sencillo hogar en Ibarra, un pueblo de artesanos en la provincia de Imbabura situada al norte del Ecuador. Durante su infancia, el sustento de su hogar provino del oficio de su padre de macetear sombreros, el cual el pequeño Leonidas también ejerció en largas jornadas que les sacaban cayos a sus manos y le hacían doler la espalda. Aun así, ser “compositor de sombreros” -como él mismo lo definía- fue la oportunidad para compartir la experiencia junto a su familia de una fe muy profunda y un hondo amor a sus raíces, a su pueblo. Sobre esta etapa escribiría en su autobiografía: “La dureza o la monotonía del trabajo eran suavizados por la conversación y el canto. El diálogo y el canto tienen un profundo sentido comunitario. El primero, el diálogo, es el mejor vehículo de intercomunicación personal. El segundo, el canto, es un vehículo inapreciable de armonización, a través de las voces, de los sentimientos. Y es un medio para crear alegría”.

Allí en el seno de su familia descubrió que la pobreza es un don en cuanto se tiene conciencia de ella, o en sus palabras “siempre que lleguemos los hombres a ser conscientes de nuestra congénita indigencia”, de ahí su amor por los pobres, por su capacidad de vivir lo comunitario y expresar la solidaridad. También de sus padres aprendió sobre el trabajo, la honradez y la valentía, que forjaron las semillas que luego dieron frutos en su vida.

En su juventud quería ser pintor, pero pronto la vocación lo hizo dudar de este camino, y en medio de este dilema terminó optando por el sacerdocio. “Tuvo que venir a Quito para los estudios de teología, y parece que sus padres no tenían cómo sostenerlo, y no tenían cómo viajar a Quito para visitarlo, lo veían una vez al año. Su madre hacía sus ahorritos para mandarle una tostadita, un poquito de maíz, unas papitas... Antes de ordenarse sacerdote su padre muere, y su madre queda en el peor desamparo, la viudez, la pobreza, entonces ella se vio obligada a vender el trocito de tierra y el pedacito de casa que tenían, para poder comprar la sotana y todos los requerimientos a monseñor para que se ordenará sacerdote, pero él se opuso porque no iba a permitir que su madre se quedara en la calle”, cuenta Nidia Arrobo, quien ahora es continuadora de su legado en la Fundación Pueblo Indio, que el mismo Proaño antes de morir dejó proyectada.

Una vez sacerdote empleó el método de ver-juzgar-actuar y entonces se dedicó a los jóvenes y obreros de su ciudad, Ibarra, y con ellos comenzó a trabajar para organizarlos. En este sentido apoyó la consolidación de las Juventudes obreras cristianas
-JOC-, y comenzó junto a otros amigos un proyecto de librería “La Cardijn” que continuó también con el periódico “La Verdad”, con el cual iba en su búsqueda para ser libre. Desde esta tribuna comenzaría a plasmar sus preocupaciones y posturas sobre los más pobres.

“A través de la vida hay hombres que abren caminos. Yo quiero ser uno de ellos”

No se sabe cómo, pero el nombre de este sacerdote que ya demostraba su entrega por el pueblo terminó para 1954 en la terna para ser Obispo, sin embargo al ser el tercero de la lista nadie creyó que este fuera a quedar seleccionado. La sorpresa llegó con una llamada del nuncio papal:

-Apúrese y tráigame la foto con toda la vestimenta de obispo– le dijo el nuncio molesto.

-Pero si yo no tengo nada, sólo tengo una raída sotana negra– contestó

Para solucionar esto, el nuncio terminó prestándole sus ropas, y así se tomó su primera foto como Obispo de Riobamba. El ahora monseñor se dirigía de Imbabura a Chimborazo, al centro sur del país. Mientras monseñor saludaba en un carro descapotable, se le acercó una indígena que no era distinguida de la zona, con un poncho totalmente viejo, sin zapatos y con un sombrero que casi no tenía forma de sombrero por su desgaste, y le dice: “por fin llegaste, taita amito”, haciendo referencia a los amos que todavía para esa época eran los hacendados, los curas, los obispos, y al taita que en lengua quichua quiere decir padre. Con esto lo reconoció como una figura superior pero cercana. "Eso le toca el corazón al monseñor de una forma impresionante, ya que él nunca olvidó esta frase", recuerda Nidia. De esta manera, monseñor comenzó a desmarcarse de la parafernalia y dejó de participar en los actos públicos con las autoridades.

Se dedicó a las grandes visitas pastorales por toda la diócesis, y así pudo constatar que la Iglesia de Riobamba tenía 36.000 hectáreas de tierras, fruto de la herencia colonial, y los indígenas -decía monseñor- no tenían tierra sino en las uñas y vivían como topos en chozas. También se dio cuenta de la penosa situación de los indígenas de esta región; observó que vestían de negro o gris, que tenían las muelas podridas, los cabellos desgreñados, estaban en un completo abandono por lo que eran explotados económica y socialmente, y además sufrían una de opresión psicológica, entonces decía: "Yo le quiero dar al indio tierra, trabajo y dignidad".

Antes de la primera reforma agraria en Ecuador, el monseñor Proaño comenzó a darle tierra a los indígenas de Chimborazo, pero allí no se quedó su labor, él sabía que lo más importante era que los indígenas tomaran conciencia y comenzó las escuelas radiofónicas para enseñarles el alfabeto en Quichua, valorando la lengua que es prioritaria para la identidad. También les mostró que tenían derechos, entonces los indios se comenzaron a alzar y a reclamar.

Nidia menciona que en principio, cuando él celebraba la misa, llegaban “los señores” y ocupaban las bancas, y los indígenas que habían llegado primero tenían que ponerse de pie, irse para atrás y arrodillarse en los suelos de los costados. Un día monseñor les dijo: “ustedes tienen tantos derechos como ellos, o más, porque seguramente ustedes levantaron este templo”, y con esto los indígenas comenzaron a ocupar las bancas, y los denominados señores dejaron de ir. Se armó la revolución del poncho, los indígenas de otras haciendas de Chimborazo comenzaron a reclamar también que se les devolvieran las tierras, poniendo como ejemplo la labor del monseñor Proaño. En otras diócesis comenzaron a exigir también lo mismo. Para este momento el monseñor ya era incómodo para los poderes económicos y políticos, que lo veían como una amenaza, mientras que para los indígenas él era una luz de esperanza.

Así, sin frenos ni marcha atrás, siguió la revolución, y el rumor no sólo llegó a oídos sordos, sino que también otras experiencias en el continente comenzaron a interesarse por el proceso que se gestaba Riobamba.

Monseñor Proaño es reconocido como una de las figuras que impulsó la teología de la liberación en Latinoamérica, hizo parte del Concilio Vaticano II y luego firmó el pacto de las catacumbas de Santa Domitila, en Roma, en el cual sin decirle a nadie se comprometió junto a otros sacerdotes del mundo a vivir en pobreza y en optar preferencialmente por los pobres. Luego también participó de la Conferencia Episcopal Latinoamericana -CELAM- de Medellín en 1968; en este espacio que resultaría en cultivo de organización a favor de los pobres de Latinoamérica, compartió su visión de los indígenas del Ecuador. Se encargó después del Instituto Pastoral Latinoamericano –IPLA–. Todo este trabajo trajo consigo la persecución y una contra ofensiva de los sectores de la iglesia conservadores, que entonces comenzaron a arremeter contra estas propuestas liberadoras. En el caso del monseñor Proaño, por la denuncia del nuncio y la Conferencia Episcopal Ecuatoriana, llegó un visitador apostólico de Roma para sacarlo del obispado en 1973, porque según ellos era un comunista, subversivo y estaba armando a los indios.

Antes de la llegada del visitador, Proaño le avisó a la comunidad, y esta organizó un recibimiento muy grande. Le exigieron hablar primero con ellos antes que con el obispo, entonces le mostraron la realidad en que vivían, sin armas, pero con la radio por donde aprendían. Después de esto, el visitador le dijo al monseñor que no se preocupara porque había visto una fuerte relación entre las comunidades y el evangelio. Para despedirlo, los indígenas hicieron una concentración enorme, donde una indígena de Imbabura se sacó la faja de la falda que llevaba, se la colgó al visitador y le dijo:

-Padre visitador, usted dígale al Papa santo que de aquí no saca al taita obispo, porque por el ojo ve, oído oye, boca habla, mano hace, pata no mas no quiere caminar, pero caminará.

El monseñor Proaño murió en 1988 y fue sepultado por su solicitud en la comunidad de Pucahuaico. Antes de morir reunió a un grupo de cinco personas, entre ellos Nidia, y le encomendó continuar la obra, porque entendía que desde la iglesia jerárquica no lo iban a hacer. Monseñor Proaño abrió el camino de la lucha de los indígenas en Ecuador que continúan exigiendo sus derechos, hoy en día en contra del modelo extractivista que azota a la región.

Friday, 08 December 2017 00:00

El taita de la revolución del poncho

A diferencia de sus hermanos, Leonidas Proaño sobrevivió a la pobreza y al hambre, y así nació en 1910 en un sencillo hogar en Ibarra, un pueblo de artesanos en la provincia de Imbabura situada al norte del Ecuador. Durante su infancia, el sustento de su hogar provino del oficio de su padre de macetear sombreros, el cual el pequeño Leonidas también ejerció en largas jornadas que les sacaban cayos a sus manos y le hacían doler la espalda. Aun así, ser “compositor de sombreros” -como él mismo lo definía- fue la oportunidad para compartir la experiencia junto a su familia de una fe muy profunda y un hondo amor a sus raíces, a su pueblo. Sobre esta etapa escribiría en su autobiografía: “La dureza o la monotonía del trabajo eran suavizados por la conversación y el canto. El diálogo y el canto tienen un profundo sentido comunitario. El primero, el diálogo, es el mejor vehículo de intercomunicación personal. El segundo, el canto, es un vehículo inapreciable de armonización, a través de las voces, de los sentimientos. Y es un medio para crear alegría”.

Allí en el seno de su familia descubrió que la pobreza es un don en cuanto se tiene conciencia de ella, o en sus palabras “siempre que lleguemos los hombres a ser conscientes de nuestra congénita indigencia”, de ahí su amor por los pobres, por su capacidad de vivir lo comunitario y expresar la solidaridad. También de sus padres aprendió sobre el trabajo, la honradez y la valentía, que forjaron las semillas que luego dieron frutos en su vida.

En su juventud quería ser pintor, pero pronto la vocación lo hizo dudar de este camino, y en medio de este dilema terminó optando por el sacerdocio. “Tuvo que venir a Quito para los estudios de teología, y parece que sus padres no tenían cómo sostenerlo, y no tenían cómo viajar a Quito para visitarlo, lo veían una vez al año. Su madre hacía sus ahorritos para mandarle una tostadita, un poquito de maíz, unas papitas... Antes de ordenarse sacerdote su padre muere, y su madre queda en el peor desamparo, la viudez, la pobreza, entonces ella se vio obligada a vender el trocito de tierra y el pedacito de casa que tenían, para poder comprar la sotana y todos los requerimientos a monseñor para que se ordenará sacerdote, pero él se opuso porque no iba a permitir que su madre se quedara en la calle”, cuenta Nidia Arrobo, quien ahora es continuadora de su legado en la Fundación Pueblo Indio, que el mismo Proaño antes de morir dejó proyectada.

Una vez sacerdote empleó el método de ver-juzgar-actuar y entonces se dedicó a los jóvenes y obreros de su ciudad, Ibarra, y con ellos comenzó a trabajar para organizarlos. En este sentido apoyó la consolidación de las Juventudes obreras cristianas
-JOC-, y comenzó junto a otros amigos un proyecto de librería “La Cardijn” que continuó también con el periódico “La Verdad”, con el cual iba en su búsqueda para ser libre. Desde esta tribuna comenzaría a plasmar sus preocupaciones y posturas sobre los más pobres.

“A través de la vida hay hombres que abren caminos. Yo quiero ser uno de ellos”

No se sabe cómo, pero el nombre de este sacerdote que ya demostraba su entrega por el pueblo terminó para 1954 en la terna para ser Obispo, sin embargo al ser el tercero de la lista nadie creyó que este fuera a quedar seleccionado. La sorpresa llegó con una llamada del nuncio papal:

-Apúrese y tráigame la foto con toda la vestimenta de obispo– le dijo el nuncio molesto.

-Pero si yo no tengo nada, sólo tengo una raída sotana negra– contestó

Para solucionar esto, el nuncio terminó prestándole sus ropas, y así se tomó su primera foto como Obispo de Riobamba. El ahora monseñor se dirigía de Imbabura a Chimborazo, al centro sur del país. Mientras monseñor saludaba en un carro descapotable, se le acercó una indígena que no era distinguida de la zona, con un poncho totalmente viejo, sin zapatos y con un sombrero que casi no tenía forma de sombrero por su desgaste, y le dice: “por fin llegaste, taita amito”, haciendo referencia a los amos que todavía para esa época eran los hacendados, los curas, los obispos, y al taita que en lengua quichua quiere decir padre. Con esto lo reconoció como una figura superior pero cercana. "Eso le toca el corazón al monseñor de una forma impresionante, ya que él nunca olvidó esta frase", recuerda Nidia. De esta manera, monseñor comenzó a desmarcarse de la parafernalia y dejó de participar en los actos públicos con las autoridades.

Se dedicó a las grandes visitas pastorales por toda la diócesis, y así pudo constatar que la Iglesia de Riobamba tenía 36.000 hectáreas de tierras, fruto de la herencia colonial, y los indígenas -decía monseñor- no tenían tierra sino en las uñas y vivían como topos en chozas. También se dio cuenta de la penosa situación de los indígenas de esta región; observó que vestían de negro o gris, que tenían las muelas podridas, los cabellos desgreñados, estaban en un completo abandono por lo que eran explotados económica y socialmente, y además sufrían una de opresión psicológica, entonces decía: "Yo le quiero dar al indio tierra, trabajo y dignidad".

Antes de la primera reforma agraria en Ecuador, el monseñor Proaño comenzó a darle tierra a los indígenas de Chimborazo, pero allí no se quedó su labor, él sabía que lo más importante era que los indígenas tomaran conciencia y comenzó las escuelas radiofónicas para enseñarles el alfabeto en Quichua, valorando la lengua que es prioritaria para la identidad. También les mostró que tenían derechos, entonces los indios se comenzaron a alzar y a reclamar.

Nidia menciona que en principio, cuando él celebraba la misa, llegaban “los señores” y ocupaban las bancas, y los indígenas que habían llegado primero tenían que ponerse de pie, irse para atrás y arrodillarse en los suelos de los costados. Un día monseñor les dijo: “ustedes tienen tantos derechos como ellos, o más, porque seguramente ustedes levantaron este templo”, y con esto los indígenas comenzaron a ocupar las bancas, y los denominados señores dejaron de ir. Se armó la revolución del poncho, los indígenas de otras haciendas de Chimborazo comenzaron a reclamar también que se les devolvieran las tierras, poniendo como ejemplo la labor del monseñor Proaño. En otras diócesis comenzaron a exigir también lo mismo. Para este momento el monseñor ya era incómodo para los poderes económicos y políticos, que lo veían como una amenaza, mientras que para los indígenas él era una luz de esperanza.

Así, sin frenos ni marcha atrás, siguió la revolución, y el rumor no sólo llegó a oídos sordos, sino que también otras experiencias en el continente comenzaron a interesarse por el proceso que se gestaba Riobamba.

Monseñor Proaño es reconocido como una de las figuras que impulsó la teología de la liberación en Latinoamérica, hizo parte del Concilio Vaticano II y luego firmó el pacto de las catacumbas de Santa Domitila, en Roma, en el cual sin decirle a nadie se comprometió junto a otros sacerdotes del mundo a vivir en pobreza y en optar preferencialmente por los pobres. Luego también participó de la Conferencia Episcopal Latinoamericana -CELAM- de Medellín en 1968; en este espacio que resultaría en cultivo de organización a favor de los pobres de Latinoamérica, compartió su visión de los indígenas del Ecuador. Se encargó después del Instituto Pastoral Latinoamericano –IPLA–. Todo este trabajo trajo consigo la persecución y una contra ofensiva de los sectores de la iglesia conservadores, que entonces comenzaron a arremeter contra estas propuestas liberadoras. En el caso del monseñor Proaño, por la denuncia del nuncio y la Conferencia Episcopal Ecuatoriana, llegó un visitador apostólico de Roma para sacarlo del obispado en 1973, porque según ellos era un comunista, subversivo y estaba armando a los indios.

Antes de la llegada del visitador, Proaño le avisó a la comunidad, y esta organizó un recibimiento muy grande. Le exigieron hablar primero con ellos antes que con el obispo, entonces le mostraron la realidad en que vivían, sin armas, pero con la radio por donde aprendían. Después de esto, el visitador le dijo al monseñor que no se preocupara porque había visto una fuerte relación entre las comunidades y el evangelio. Para despedirlo, los indígenas hicieron una concentración enorme, donde una indígena de Imbabura se sacó la faja de la falda que llevaba, se la colgó al visitador y le dijo:

-Padre visitador, usted dígale al Papa santo que de aquí no saca al taita obispo, porque por el ojo ve, oído oye, boca habla, mano hace, pata no mas no quiere caminar, pero caminará.

El monseñor Proaño murió en 1988 y fue sepultado por su solicitud en la comunidad de Pucahuaico. Antes de morir reunió a un grupo de cinco personas, entre ellos Nidia, y le encomendó continuar la obra, porque entendía que desde la iglesia jerárquica no lo iban a hacer. Monseñor Proaño abrió el camino de la lucha de los indígenas en Ecuador que continúan exigiendo sus derechos, hoy en día en contra del modelo extractivista que azota a la región.

Aquel 12 de noviembre de 1988 todo era fúnebre. Los segovianos recogían los vestigios que dejaron las balas y lavaban las marcas dejadas por los ríos de sangre al correr por las aceras. Muchas personas aún buscaban a sus familiares y el lamento era un sentir colectivo. El pueblo de Segovia se encontraba dolido y ahora se disponía a enterrar a ancianos, niños, jóvenes, hombres y mujeres, algunos militantes de la Unión Patriótica y otros sin ningún tipo de relación con este movimiento. Todos habían caído en la masacre perpetrada por el grupo paramilitar Muerte a Revolucionarios del Nordeste –MRN- la noche anterior.

Después de la ceremonia previa al entierro, la zozobra no cesó. El miedo que había invadido al parque pocas horas atrás, retornó, mientras la multitud salía en procesión de la iglesia con el retumbar de un tambor que pronto se confundió con el sonido, ya conocido, del disparo de los fusiles. En ese momento la angustia y la desesperación se apoderaron una vez más de los segovianos y todos los que habían asistido a aquel acto fúnebre corrieron despavoridos, dejando tirados en el suelo los cuerpos de las víctimas de aquella masacre. “En medio de ese desespero uno buscaba dónde refugiarse, dónde salvar su vida, yo con una bebé de 10 meses logré entrar a una casa pero con miles de dificultades porque había un perro bravo, pero eso no nos importó, tumbamos la reja y nos entramos; la gente se tiró por los solares de las casas y ese perro acabo de hacer lo que los otros no hicieron”, cuenta Rocío, quien a pesar del relato se sonríe al recordar esta situación.

Rocío nació en Girardota, Antioquia, pero en 1983 se fue a vivir a Segovia ante el rechazo de sus padres por haber quedado en embarazo. Al llegar a este pueblo se instaló en un hotel, en donde estuvo con su esposo hasta que él consiguió empleo en el bar El Minero y pudieron establecerse en un apartamento en La Banca, la calle principal por donde subían y bajaban todos los carros. Sin embargo, a pocos meses, Rocío perdió a su hijo en el Hospital San Juan de Dios, debido a la inexperiencia y al desconocimiento de los cuidados que debía tener una mujer en esta condición. Este sería el primer episodio que marcaría su historia de desarraigo.

Sus días continuaron en Segovia y la ilusión de tener un hijo se mantuvo. Tras recuperarse de aquel mal momento buscó empleo, pero pronto se enteró de la situación de Segovia, un municipio que era botín de gamonales, también con una fuerte organización social, y a su vez con influencia de las guerrillas del ELN y las FARC; para el año 86 también de paramilitares. Rocío en medio de este contexto recuerda que llegó a conocer a gente a la que, en su inocencia, consideraba policías, pero que con el tiempo se dio cuenta de que eran guerrilleros, porque según ella, en Segovia los que mandaban no eran precisamente la fuerza pública.

En una ocasión Rocío pretendió pedir trabajo en la estación de Policía como cocinera, pero fue interceptada por un hombre de civil que le recomendó que no lo hiciera “si quería seguir viviendo”, así que desistió de esto y luego consiguió emplearse en labores varias, incluso en los malos tiempos tuvo que meterse a la concurrida mina para conseguir unos cuantos "riales", que según ella no alcanzaban “siquiera pa’ el coco” con el que se lavaba en la mina. Pese a las adversidades, la vida floreció y en el año 87 Rocío logró dar a luz a su primera hija, que recuerda, fue muy robusta y pesó dos libras y media.

El 13 de marzo de 1988 se realizaron las primeras elecciones populares de alcaldes en Colombia. En Segovia fue la oportunidad para el triunfo en las elecciones municipales de la recién surgida Unión Patriótica que desplazó a la hegemonía del Partido Liberal. Estos no se quedaron quietos y entonces las paredes del pueblo comenzaron a llenarse de grafitis con mensajes amenazantes, que acusaban de comunistas y guerrilleros a los segovianos por su elección en las urnas, y de panfletos firmados por el MRN que anunciaban que acciones violentas acaecerían sobre este ya aporreado pueblo minero. De esta manera, Fidel Castaño junto con el político liberal Cesar Pérez fraguaron la masacre que ejecutarían grupos paramilitares del Magdalena Medio (ACMM) y miembros de la Fuerza Pública que se harían pasar como el denominado MRN.

El viernes 11 de noviembre, en la tarde, Rocío iba a salir a buscar empleo en compañía de una vecina, pero comenzó a llover y decidió quedarse en casa. A las 7:30 de la noche el sonido de unas detonaciones se tomó el pueblo acostumbrado a la estridente música de las cantinas. Roció salió inquieta a ver qué estaba sucediendo y alcanzó a ver unas camionetas negras en las que venía un grupo de hombres encapuchados. Todos estaban de negro, armados con fusiles y disparaban indiscriminadamente. En este momento muchas personas buscaron refugio en la iglesia, en los bares y en sus casas, pero los victimarios fueron hasta estos lugares en busca de los militantes y simpatizantes de la UP. Esta noche resultaron asesinadas 46 personas y otras 60 heridas. Las víctimas fatales igual que las lesionadas tenían diferentes adscripciones políticas; varias de ellas eran militantes de la Unión Patriótica, pero también de los partidos Liberal y Conservador, de las juntas cívicas y de las organizaciones sindicales y sociales de la época.

A la vecina que acompañó a Rocío durante esta noche le dieron un disparo en una pierna, y Rocío logró esconderse y mantenerse a salvo hasta las 9:30, cuando todos salieron a mirar qué era lo que había sucedido. Pronto la energía se interrumpió dejándolos a oscuras y una vez más todos salieron a correr y a esconderse. Al regresar la luz, la Policía empezó la investigación sin ningún afán, recuerda Rocío. En esa situación, el comando que estaba en el parque no resultó atacado y durante la masacre tampoco hubo fuego de respuesta por parte de la Policía.

Rocío vivió 12 años en Segovia hasta que terminó por irse a Medellín. Esta experiencia le hizo creer que no era conveniente que sus hijas crecieran en un ambiente de violencia, pero al llegar a la capital antioqueña se estableció en el barrio Santo Domingo Savio, desde donde le queda otra historia de violencia por contar…

 

Monday, 16 October 2017 00:00

El estudiante y la plaza

Corrían aires de rebeldía, coletazos de mayo del 68 en Francia, de los curas rebeldes junto a los tugurianos en las periferias, se agitaba el poder negro y el movimiento LGTBI en el norte. Mientras los jóvenes en el mundo exigían con espíritu antiimperialista el fin de la guerra en Vietnam, en Colombia los estudiantes comenzaban a elevar consignas por el derecho a la educación. Así iniciaba la década de  los años 70.

Luis Fernando Barrientos vivía en Caicedo La Toma, un barrio alargado y de calles apretadas en donde todos se conocen, ubicado en el Oriente de Medellín. A diferencia de sus amigos, Barrientos no era muy hábil con el baloncesto, el fútbol o en las caminatas que realizaban a Santa Elena, sin embargo era un curioso de toda clase de aparatos electrónicos. “Mi recuerdo de Fernando es el de un hombre muy bondadoso, proclive a cierta ingenuidad casi natural, en el sentido de que era muy receptivo y una persona supremamente tranquila, su aspecto coincidía justamente con esto; era regordete, pausado en habla y en la forma de caminar”, rememora Gabriel Murillo, quien fue su amigo y ahora es profesor de la Facultad de Educación en la Universidad de Antioquia.

Su familia estaba conformada por su madre, padre y hermana, a la cual –recuerda Gabriel– quería de manera especial. La situación en su hogar no era fácil, ellos dependían en gran medida de los oficios de limpieza en los que trabajaba su madre en el centro de la ciudad, quien toda su vida había sido obrera y a causa de la quiebra de la fábrica, en la que trabajó durante 17 años,  no tenía nada en sus manos. Sin embargo los esfuerzos de esta madre siempre estuvieron concentrados en sacar adelante a sus hijos, por esto se levantaba a las tres de mañana para preparar las labores del hogar, a las seis los dejaba donde una vecina y salía a trabajar. Luis Fernando era la esperanza de progreso para su hogar, sobre todo al conseguir ser admitido a Ciencias Económicas  en la universidad pública del departamento: la Universidad de Antioquia.  

En aquellos días era sencillo reconocer un estudiante, la principal sospecha recaía sobre su  juventud, la cual  era acompañada por un libro bajo el hombro porque no  eran comunes las copias ni los morrales, y esto era evidencia de que en aquella mente existía la necesidad de movimiento y transformaciones, en un país quieto y con destino confinado a los intereses del agotado Frente Nacional.

Gabriel y Luis Fernando tenían esas inquietudes en su mente, por esto junto con otros vecinos y el zapatero del barrio comenzaron un grupo de estudio en donde leían un poco sobre Lenin y Mao, y las revoluciones que aquellos hombres consiguieron a una distancia incalculable de este barrio poblado por la clase obrera, donde se había proclamado a María Cano como “La Flor del Trabajo” casi 50 años atrás.  

Para 1973 Barrientos ya estudiaba Economía, sin embargo, en sus planes estaba pasarse a Ingeniería Electrónica para darle rienda a las curiosidades que cultivaba. La ciudadela universitaria llevaba apenas cuatro años de inaugurada y era abierta y de libre circulación para la ciudad; algunos  espacios todavía estaban en construcción, por lo cual funcionaban sólo unos bloques, entre ellos  la biblioteca, refugio de muchos estudiantes que hasta tarde permanecían estudiando los libros, que en la mayoría de los casos eran su principal y única fuente de consulta.  

Pero no sólo se dedicaban a estudiar, también había espacio para las revoluciones del espíritu. Durante los intermedios de las lecturas y discusiones sobre los procesos en Rusia y China, el grupo de amigos de Barrientos escuchaba Opera en el tocadiscos del Zapatero, ya que el artesano amigo era un apasionado coleccionista y  conocedor de este género. Luis Fernando para entonces también tenía una relación amorosa en secreto con una vecina mayor que él, y esto generaba en sus amigos un tema para todo tipo de bromas.  Su madre, por su parte, esperaba con ansias tener el diploma que le concedería un título a su hijo y justificaría los esfuerzos cotidianos.

Pronto sobrevino el 8 de junio de 1973
Este día se realizó una asamblea en el Teatro Comandante Camilo Torres para conmemorar el día del estudiante caído y combativo, un homenaje a nombres como Gonzalo Bravo Páez y Uriel Gutiérrez, estudiantes asesinados a manos del Estado colombiano. Además de la conmemoración, la sesión también abordó los incumplimientos de la Universidad en el tema que desde el 71 los estudiantes venían agitando con su programa mínimo: el cogobierno. Esta discusión, recuerda Gabriel, tuvo una participación masiva del estudiantado.

Al salir del teatro el sol golpeaba con fuerza sobre la todavía anónima plaza principal de la universidad. Gabriel, junto a algunos compañeros, fue a almorzar a unas pocas cuadras de la ciudadela, y al regresar lo sorprendió la noticia en la radio que pregonaba el nombre de su amigo. Luis Fernando Barrientos resultó asesinado por un agente infiltrado del DAS, de nombre Maximiliano Zapata,  en la esquina de la avenida Barranquilla con Ferrocarril. Su cuerpo cayó luego de ser disparado un proyectil detrás de una camioneta, mientras se manifestaba a plena luz del día en un mitin y  acompañado de otros estudiantes. Este mitin, considera Gabriel, podría haber sido el primero de Fernando, pero resultó suficiente para que perdiera la vida.

Tendido sobre la calle, el cuerpo de Fernando fue levantando rápidamente por el grupo de estudiantes que pronto se multiplicó y lo cargó  hasta el escritorio del rector de la Universidad, en búsqueda de explicaciones a lo sucedido.  Allí, tal vez a causa de una bomba molotov de alguno de los estudiantes enfurecidos, el fuego se propagó y terminaría por incendiar todo el bloque administrativo. Después de esto el cuerpo de Luis Fernando desapareció. Los que decían ser autoridades intentaron sepultarlo prontamente para disipar lo ocurrido, sin embargo la madre de Luis Fernando, cual Antígona, se mantuvo terca, exigiendo que el cuerpo de su hijo apareciera. Ante su furia, el cuerpo retornó.

Al día siguiente las calles estrechas se colmaron de gentes, en el barrio de Fernando no cabía una persona más, pero tampoco había espacio para más indignación. Cuando el Ejército quiso intervenir la ceremonia en el transcurso de la tarde, fue expulsado por el grupo de estudiantes, amigos y conocidos de Barrientos, quienes con palos y con lo que tenían  a mano se enfrentaron a  la fuerza pública, hasta que esta, temerosa, decretó el toque de queda.
Ese año la universidad cerró temporalmente. Tiempo después aparecieron las cercas delimitando sus márgenes y a la plaza principal de la Universidad los estudiantes la nombraron en honor a  Luis Fernando. Su memoria se volvió una anécdota sin rostro que se cuenta por los pasillos, pero que no consiguió impedir que un hecho como este volviera a suceder.

Friday, 07 July 2017 00:00

Historias detrás del papel

Durante 13 años de existencia, el periódico Periferia ha relatado múltiples historias que resaltan las luchas y resistencias de las personas de a pie y de las comunidades organizadas. Eso nos permite afirmar que la historia de Colombia, nuestra historia, se hace y se escribe en la periferia. 

Memoria en la tinta
El 27 de abril de 2002 desapareció Luis Enrique Guerra, un taxista que se dedicaba a hacer transportes entre Cáceres y Tarazá en el Bajo Cauca antioqueño. Las versiones sobre su desaparición y asesinato señalan a las AUC como los autores, sin embargo, aún no existe claridad sobre los hechos y la verdad de su caso.

David, hijo de Luis, salió para Medellín junto a sus dos hermanas después de este trágico suceso. Su madre, Lina María Cano, se quedó un tiempo en Cáceres, luego se reencontró en la ciudad con sus hijos, y allí comenzó a trabajar con organizaciones de víctimas como las Madres de la Candelaria en la búsqueda de respuesta a lo sucedido con su esposo.

“Yo recuerdo que en mi casa había una hoja de un periódico que ya estaba como muy café, como desteñidita, y mi mamá andaba con unas carpetas con algunos documentos de la fiscalía, radicados de víctimas, un montón de cosas; en algún momento eso llegó a mis manos y junto con mis hermanas lo leímos”, recuerda David al referirse a uno de los artículos impresos de la edición de noviembre- diciembre de 2006 de Periferia, que acompañó a su familia durante varios años.

Esta historia, escrita por Nelson Orrego, fue narrada desde la voz de Lina María, esta mujer que comenzaba a juntarse con otras mujeres y madres, que también habían atravesado historias de su misma magnitud. “Lo del periódico fue a los añitos, tendríamos por ahí 9 o 10 años, el punto es que yo reconstruí mi historia a partir de lo que decía ahí, ni siquiera por la voz de mi madre, por eso no la culpo, ni se lo recrimino, porque nosotros estábamos muy pequeños”, afirma David, quien ahora estudia periodismo en una universidad de Medellín. David creció leyendo esta historia hasta que desapareció el desgatado papel.

Con el tiempo y al ver el ejemplo de su madre, David comenzó a interesarse por los temas del conflicto armado y la historia del país. Un día decidió buscar a Periferia a través de internet para tener una copia de la historia de su padre. “Lo volví a leer, se lo pasé a mis hermanas y las dos también recordaron que existió esa hoja, que ellas también leyeron, luego me nació el interés de publicar aquí mismo, donde había leído yo ese pequeño fragmento de mi vida”.

Desde entonces escribe periódicamente sobre diferentes temas de interés nacional en el periódico, para él las coyunturas nacionales deben ser explicadas de manera pedagógica ya que estas tienen mucho que decirles a las vidas cotidianas de los colombianos. "Hay que hablar de los asuntos más desde lo legal, desde lo político, uno pensaría que por ser tan públicos se deberían conocer, pero en realidad son los más mal tratados por sus propias exigencias, fuera de eso son los más necesarios, es muy importante a mi parecer por ejemplo saber que va a cambiar el sistema político", sostiene este joven periodista.

Trotamundos de la periferia
Saúl Peláez llegó a Periferia junto a Graciela Vélez y Giovanni Benavides en 2014 para denunciar la desastrosa organización y la cancelación de una de las pruebas principales del XVII Campeonato Suramericano de Atletismo Máster. Estos atletas lograron con su protesta hacer eco en los medios locales y posteriormente consiguieron la renuncia del presidente de la Asociación Suramericana de Atletismo Master.

En la edición 101 de Periferia se publicó la historia escrita por Olimpo Cárdenas, que más allá de denunciar aquel hecho en particular, mostró a través de las vidas de estos atletas las dificultades que tiene que afrontar un deportista en Latinoamérica, y sobre todo los de nuestro país, para salir a representar una bandera en los diferentes certámenes a nivel nacional e internacional. “Plastifiqué el artículo y lo pegué en una de las ventanas del tercer piso de mi casa”, recuerda Saúl, para quien las historias narradas en este periódico no eran nuevas, ya que desde 2009 compraba cada mes la edición del periódico en los bajos de la estación Parque Berrío del Sistema Metro de Medellín.

Saúl volvió a Periferia nuevamente para solicitar solidaridad en un nuevo viaje que emprendería en 2016 al Campeonato Suramericano de Ruta en Chile, y desde entonces comenzó a llevar el periódico a cada lugar al que viaja, muy pronto no sólo llevaría el periódico sino que traería consigo historias de las múltiples periferias que visita en sus eventos deportivos. Fue así como comenzó a escribir diferentes artículos, por ejemplo uno sobre la problemática del agua en San Andrés, otro sobre el paro camionero, otro sobre San Basilio de Palenque, entre otros.

“Lo que pasa con los periódicos tradicionales es que en la época de los 70 y 80 sí pasaban mucha información del atletismo con crónicas muy completas de carreras callejeras, de eventos de pista, inclusive de los locales, y hoy en día, sino es que porque “x” atleta tuvo una muy buena actuación en el exterior o porque le hicieron una entrevista especial a cierto atleta de cierto renombre que va a competir en el exterior, de resto no pasan absolutamente nada”. De esta manera también Saúl ha escrito sobre problemáticas que aquejan a los deportistas como lo es el caso de la pretensión de la privatización de los escenarios deportivos públicos en el país. Correr para Saúl es un espacio de alegría, y en este sentido los artículos que ha escrito han coincidido con circunstancias relacionadas con su vida deportiva.

Hay que aprender a leer
Jhon Jairo Grisales es un hombre de habla pausada, pero también de afirmaciones contundentes. En la edición 122 de Periferia conocimos su historia como mecánico del barrio Alfonso López en la Comuna 5 de Medellín. En aquella oportunidad conocimos los ires y venires de su profesión y también algunas de sus reflexiones sobre el ámbito social del país.

Su historia, escrita por Saúl Franco, fue publicada en la sección de Oficios de la Periferia, una recopilación de historias de vidas narradas a través de los diferentes trabajos que el pueblo colombiano realiza diariamente. Jhon Jairo afirma que fue una sorpresa salir en el periódico ya que desde el 2009 es un fiel lector de este, dice que le hace falta: “mes por mes espero encontrar otra cosita nueva que no se encuentra en los otros periódicos”.

Después de conversar un rato con él confiesa que si por azares de la vida abandonara la mecánica, le gustaría montar una café para tertuliar sobre los temas del país. “Es triste decir esto, pero el 90% de los colombianos desconocemos la mayoría de los conflictos a nivel internacional y a nivel local”, y también considera importante que se visibilicen otras historias de la gente, no solo las de la corrupción de las élites.

La esposa de Jhon Jairo tiene una peluquería, en esta aprovecha para dejar el periódico para que más personas lo lean, lo abre en los títulos más sugestivos con el objetivo de atrapar a las personas que puedan verlos, sin embargo, algunos lo ven, lo cogen y dejan tirado por ahí. Jhon Jairo insiste en que “leer no es juntar la M con la A pa' que diga MA, ni la P con la A pa' que diga PA, saber leer es tener un criterio definido acerca de un artículo. La diferencia que yo he visto en los periódicos rutinarios es que, en vez de contribuir a desapañar todo este pantanero, por el contrario, como en la torre de babel, confunden a la gente, la veces que uno los lee sabe que están en defensa de los mismos intereses que nos han tenido sumidos en tanta tristeza y tanta miseria a la vez”.

Sunday, 30 April 2017 00:00

Digna y la ciudad de márgenes

Un  día de abril Digna caminaba por el sector entre la canalización de la quebrada La Iguaná y la Universidad Nacional en Medellín, al costado del cerro El Volador. Sus recuerdos vinculados a este barrio de infancia fueron la fuente de su emoción cuando, pasando el puente de la 65, vio un espacio banqueado entre las casas que ya comenzaban a formarse por este corredor.

Con la urgencia de un lugar para vivir y criar a sus tres hijos, comenzó a preguntar  puerta a puerta por el propietario de aquel terreno que ahora parecía abandonado, a pesar de tener señas de haber sido trabajado. En su insistencia dio con una mujer que le dijo que su hija lo había banqueado pero se había ido para Cartagena, y  no vio ningún problema en cedérselo.

La construcción comenzó una vez la oscuridad fue suficiente para que Espacio Público no molestara. Eran las 2:00 de la mañana.  Digna y sus tres hijos, Juan Pablo, Anthony y Juan Esteban, acompañados por tres vecinos del sector, comenzaron la construcción en todo el borde de la canalización, una construcción de esas que se abren espacio en una estrecha ciudad como Medellín.

El clima de aquella noche no fue benévolo. Pronto la lluvia comenzó a caer, pero esto no evitó que sus vecinos siguieran levantando la casa, mientras Digna y sus hijos se resguardaban bajo un plástico. Ya agotados y con la dificultad en medio de la oscuridad, el ánimo se sobrepuso de nuevo como al inicio, cuando Diana, la vecina de al lado, iluminó con una bombilla lo suficiente para que estos tres hombres terminaran de construir la nueva casa hasta las 4:00 de la mañana. “Fue un 24 de abril, eso es algo inolvidable, uno cómo se va a olvidar de qué día hizo su casa, porque esa era mi casa, no un ranchito, es que yo soy  muy creída ¡hay que darle vida!”, recuerda Digna con su habitual manera de chancear mientras conversa.

Al fin la casa estaba lista, y esa mañana la habitó una satisfacción digna de un hogar que se hace con esfuerzo. Ahora solo faltaban algunos detalles: el piso por ejemplo había que terminarlo de aplanar, luego había que armar la cama y ubicar los pocos muebles que habían recolectado. “En principio con las tablas se veía como un ranchito, entonces volví al botadero y me encontré uno de esos tapetes de caucho que son como de carro, me encontré muchos partidos en cuadritos, y los muchachos de allá como tienen los mototaxis, y como uno maneja la energía y Dios siempre está con uno, me los  bajaron porque eso pesaba mucho. Con eso entapeté toda la casa y puse una lona que es como de carpa, ya no se veían las tablas, eran las paredes blancas, yo tenía mi casa”, cuenta  Digna Marilen Torres, de 33 años, y quien vivió los últimos cuatro en la que muchos llamaron La Comunidad Los Ranchitos, un  grupo de casitas asentadas a la orilla de la corriente de agua que aún resiste a la voraz urbanización en el occidente de la ciudad.

Desde que construyó su casa, la rutina de Digna se acomodó al barrio que habitaba. Se levantaba a las 5:00 de la mañana, a las 5:30 despachaba a Juan Pablo, su hijo mayor jugador de futbol, a las 6:30 al segundo, Anthony, quien practica taekwondo, y a las 8:00 llevaba al kínder al más pequeño y más inquieto, Juan Esteban. Luego se dedicaba a los múltiples quehaceres que implican un hogar,  al terminar con estos salía en dirección a la Plaza Minorista, a unas escasas cuadras, y allí surtía el maíz, el aceite, el azúcar y la esencia de vainilla para su negocio de arepas de chócolo.

De la boquilla de un recipiente para salsa dejaba caer un par de gotas de aceite en una  plancha que le prestaban por el Estadio. Con la experiencia conseguida hasta ahora, Digna no necesitaba de un molde para que la masa tuviera la forma ideal de una arepa. Por lo general se demoraba una hora para producirlas; una vez listas las empacaba de a cinco, y luego salía a venderlas con Anthony, a quien recogía del colegio al medio día y quien le seguía el paso por los diferentes locales cercanos a la calle Colombia, donde vendía algunos paquetes y fiaba otros. “Ojalá tuviera una microempresa” expresa Digna, quien en un buen día lograba producir 18 paquetes de arepas.

Sin embargo en el pasado, según relata, le tocó rodar. Cuando vivió en el barrio Olaya, en la comuna siete de Medellín, su hermano prestó un dinero y fue asesinado. Entonces los paramilitares del barrio le empezaron a cobrar a ella esa deuda, y la zozobra crecía igual que el último hijo dentro de su vientre. “Me daba miedo salir, me miraban y se reían”, dice. En ese momento se dedicó a vivir encerrada, con el creciente rumor de que este grupo que ejercía el control en el barrio iría tras ella por una deuda ajena. En medio de esto, y con ocho meses, nació Juan Esteban; ella recuerda que se mareaba y  le dolía la cabeza al alimentarlo. Con la preocupación por su vida y la de su hijo recién nacido, bajó de peso y llegó a ser talla seis, cuando normalmente era diez.

Un día el rumor llegó, se tenía que ir del barrio porque la iban a matar, pero ella no le prestó atención a eso, sólo  hasta que una señora  del barrio tocó su puerta e insistió en que no podía esperar. Con lágrimas en sus ojos, salió de allí apenas con un morral; adentro de este llevaba unos cepillos, los papeles, un tetero, un tarro de leche y unas pocas prendas de sus hijos; en un brazo cargaba a su pequeño y con el otro llevaba al del medio. Así comenzó a rodar.

Las tías de ella los recibieron en una casa en el barrio Belén, sin embargo allí ya vivían 11 personas y  para entonces Digna no tenía un trabajo. Aunque los primeros días todo fluyó  bien, pronto comenzaron los problemas entre tantas personas viviendo en poco espacio, así que Digna decidió mudarse de nuevo donde una amiga que le ofreció un espacio en el barrio Santa Lucía. Allí no pararon los problemas. Los conflictos entre su amiga y su esposo comenzaron a preocuparla. Durante tres meses que vivió allí le tocó ver múltiples peleas, algunas terminaron en actos de agresión y esto comenzó a afectar a su hijo Anthony, que se retraía al ver esto, “sentía que le hacía mucho daño a mis hijos”. Así llegó a dar a La Iguaná.

Al regresar a su casa de vender arepas de Chócolo, Digna le dedicaba tiempo a sus hijos. A ellos les  preguntaba por sus tareas, aunque negaban tener alguna; les ayudaba, bañaba al más pequeño y  después les preparaba la comida. A las 8:30 de la noche todos ya estaban durmiendo en su hogar. “En mi caso no hay figura paterna, entonces tengo que hacer de los dos, no todo sale siempre bien, no todo sale como uno espera, pero todo es una lucha, y con los hijos no es hasta donde uno pueda, sino hasta donde no pueda también”, afirma convencida.

El rumor de tener que partir volvió a aparecer en la vida de Digna y esta vez el miedo lo compartió con todos los vecinos de las casas autoconstruidas a un lado de la canalización. Llegó una notificación de la Alcaldía que decía que sus casas serían desalojadas,  para recuperar un espacio público que nadie reclama, pero que responde a las márgenes trazadas  en los planes de ordenamiento territorial de la ciudad. Esta vez Digna se preocupó porque además de no saber hacia dónde ir y tener que emprender una travesía forzada por la ciudad, nuevamente está esperando dar a luz.  

El desalojo, anunciado para el 28 de marzo, se llevó a cabo a pesar de la resistencia de la comunidad y la solidaridad de un grupo de estudiantes de la Universidad Nacional, que a través de un campamento pretendían impedir que este grupo de alrededor de 107 personas, entre ellos la familia de Digna, fueran dejados en la calle. La noche anterior Digna acompañó la actividad hasta tarde, y ante la insistencia de los jóvenes de que fuera a descansar por su estado de embarazo, se fue a dormir a su casa, pero muy temprano, en la madrugada, el ruido con la presencia de la Policía, el  ESMAD y  los funcionarios, la despertaron. Quisieron instalar una mesa de negociación con la administración, poner una tutela para frenar el desalojo, pero ambos intentos no dieron resultados, y optaron por sacar a la carrera los pocos enseres que podían y desplazarse hasta el coliseo de la Universidad Nacional. Allí lograron la interlocución con las entidades públicas.

Ahora, su familia se encuentra fragmentada, sus hijos mayores están viviendo con unos familiares, y Digna junto su hijo menor se encuentra en una casa de un estudiante que se volvió albergue.  Restan los días de abril para que su nuevo hijo nazca; la travesía de  Digna por Medellín persiste.

La madrugada del 12 de enero sorprendió a los habitantes de Nueva Jerusalén con la intervención de más de 700 efectivos de la Policía Nacional, Carabineros, Ejército y ESMAD, quienes acompañados por funcionarios de la Alcaldía de Bello y de Medellín,  buscaban desalojar y demoler 175 predios en donde viven entre  600 y 1.000 personas. 

“Desde las 5 de la mañana llegó el ESMAD, agrediendo a la gente porque se rehusó a salir, no porque no quisieran sino porque el municipio y el gobierno no ofrecen ninguna garantía, sólo ofrecen 3 meses de arriendo, según ellos  prorrogable, pero como ya hemos conocido otras personas que han salido y  no les han pagado el arriendo, no hemos querido salir por eso”, precisó Gloria Alzate*, quien llegó desplazada a este barrio desde Chigorodó y recientemente fue notificada de su desalojo; en su hogar viven 7 personas, quienes ahora tendrán que vivir con apenas 300.000 pesos que le ofrecen las entidades municipales. La situación de Gloria es la de cientos de familias que no saben aún como sortear un canon de arriendo tan bajo, los gastos económicos y adaptación que implica el cambio de hogar, del colegio de sus hijos y transportes.

Nueva Jerusalén está ubicado  entre  los  barrios  París,  La  Maruchenga, predios  del  Hospital  Mental  de  Antioquia y  algunas  fincas particulares; es jurisdicción territorial del municipio de Bello en el Predio denominado como El Cortado, sin embargo éste fue comprado en 1997 por la liquidada Corporación de Vivienda y Desarrollo Social –Corvide–, adscrita al Municipio de Medellín, con  el  fin  de  destinarlo a  vivienda  de  interés  social. Desde entonces este predio ha sido ocupado por familias provenientes de regiones marcadas por el conflicto social y armado. Un censo realizado en 2009 determinó que en ese lugar residían 1.118 personas en 261 grupos familiares; para el 2013 la Defensoría del Pueblo señaló que podría ascender a 2.000 el número de viviendas levantadas en este lugar, y a la fecha no hay una cifra sobre el número de personas que actualmente viven allí. La extensión de este asentamiento es de 60 hectáreas y es uno de los más grandes en la periferia de Medellín.

Según este informe de la Defensoría del Pueblo, el actual desalojo se da debido a un “fallo del Juzgado 26 Administrativo Oral de Medellín, del 14 de enero de 2013, que dispone que las personas que están a 30 metros del retiro de la Quebrada La Loca, en terrenos de  riesgo,  por  encima  de  la  cota  máxima  de  prestación  de  servicios  públicos  y  las  ubicadas  en  el polígono minero sean desalojadas”. Igualmente, el fallo indica que estas personas desalojadas deben tener alternativas de vivienda temporal y definitiva por parte de la  Administración  Municipal  de  Bello, y ordena al Municipio de Medellín titular los predios de las restantes familias que pueden quedarse en el asentamiento. Pese a esto, el manejo y comunicación de soluciones por parte de las administraciones causa desconfianza en las personas  notificadas de desalojo.

La incertidumbre ronda las expectativas de los pobladores que exigen tener una solución definitiva y formalizada de vivienda, mientras continúan las demoliciones de cada uno de los 175 hogares señalados de estar en lugar de riesgo. “Hoy me dijeron que si no salía de la casa me sacaban amarrada pa' fuera, y a los niños también, y nos tumbaban la vivienda, entonces yo empaqué todas mis cosas, ahí me dejaron esperando y nunca llegaron. A mí me parece que eso es un desplazamiento forzado”, expresa Rosa Vargas, otra de las afectadas que aún no sabe dónde dormirá mañana una vez se quede sin su casa, una pequeña construcción de madera y lata, de tres salones y un patio en cemento desde donde se divisa el Barrio Paris. Esta casa la construyó con ayuda de una fundación que intervino en el sector, y fue el lugar donde vivió con sus 7 hijos después de desplazarse desde el Chocó.

Después de los primeros días de desalojo, en los que hubo enfrentamientos entre la fuerza pública y la comunidad, donde resultaron heridas 42 personas, los habitantes de Nueva Jerusalén aún exigen a las autoridades claridades frente a su futuro. Algunas personas huyeron asustadas por las explosiones, detenciones y gases lacrimógenos que trajo consigo de manera indiscriminada el ESMAD, otras recorren las ruinas de las primeras casas demolidas buscando salvar algunos de sus enseres, o desarman sus hogares para armarlos en otro lugar o vender a bajos costos los materiales con los que estaban construidos. Otras, simplemente, se resisten a abandonarlos.

 

 

 

Saturday, 01 October 2016 00:00

Fotoreportaje: La familia Mulcué

Fotografías: Miguel Ángel Romero

Avanzan los años, atrás quedan las luchas. En el presente el trabajo es una constante, y hay que afrontarlo con un cuerpo que siente el tiempo; la vista, la memoria y la escucha, todo finito. El fogón se enciende de nuevo, la radio suena, Victor, Asunción y Bárbara Mulcué, continúan sus quehaceres del campo en Inzá, departamento del Cauca.

 

 

Monday, 22 August 2016 00:00

La esperanza está en la tierra

Las subregiones de Urabá, Bajo Cauca y Oriente antioqueño  han sido escenarios de  despojo a familias campesinas por parte de terratenientes y grupos armados, por eso tras la expedición de la Ley 1448 de 2011, Ley de Víctimas y Restitución de Tierras, son también los lugares donde se llevan a cabo gran parte de los procesos de restitución de tierras  en Antioquia. 

Rosa es una mujer cabeza de familia, tiene 42 años, trabaja en oficios varios y vive en Chigorodó; ella no ha retornado y no quiere retornar. “Una persona como yo, que sólo ha trabajado para sobrevivir, no tiene la opción de tener una casita bien arreglada o bien organizada”, afirma convencida. Su vida ha estado marcada por una serie de complejas situaciones que la forzaron a desplazarse, pero también a luchar para sobrevivir con sus hijos. Primero desaparecieron a su padre y a sus dos hermanos; luego, cuando comenzó a vivir con su pareja lejos de la finca de sus padres, su esposo fue asesinado, según ella por las FARC; a su vez, su madre vendió a muy bajo precio la finca donde creció, a causa de la presión que ejercieron grupos paramilitares.

Hasta este momento su vida había sido ver y callar, pero al llegar el 2009, Rosa decidió comenzar el trámite para la restitución de la finca que le arrebataron a su familia. En medio de este proceso, conoció muchos campesinos que como ella abandonaron o vendieron obligados su tierra. Fue allí cuando decidió junto con ellos emprender acciones como marchas que pasaban por predios ocupados por los que la ley 1448 llama “opositores”; personas o empresas que tomaron las tierras a muy bajos costos beneficiados del desplazamiento generado por paramilitares, guerrillas o el mismo ejército. Rosa sostiene que acciones como estas fueron “para que se dieran cuenta que los mismos miedos que sentimos, nos han dado valor para reclamar nuestros derechos”.

Participar de estas acciones la hicieron - sin buscarlo- líderesa. Muchos campesinos se le acercan a pedirle consejos sobre cada uno de sus casos y sobre los trámites para la restitución que van desde el registro de su predio, y si tienen como continuar el proceso, hasta el fallo de un juez. Pero esta visibilización también trajo consigo amenazas de hombres que la buscaban constantemente y la hostigaban a las afueras de su casa; intimidaban a sus hijos, y generaron nuevamente su desplazamiento por diferentes sectores del Urabá, por lo que hoy en día permanece en quietud: “¿Qué hago yo trabajando con la uñas, sin un respaldo del gobierno y yo siendo una mujer?, ¿cuál es mi defensa contra esas personas, si esas personas manejan todo?” se pregunta.

Estas incertidumbres frenan la posibilidad del retorno de Rosa. No se imagina viviendo junto a quienes, relacionados con el paramilitarismo, la han llamado a decirle que no insista más, que sus derechos ya han caducado. La restitución para ella no incluye el retorno: “Ya me arrebataron a uno de mis hijos. Uno tiene que ser realista y yo soy una de esas personas, de pronto que el gobierno me diera una indemnización por eso yo bregaría y me iría pa' otro lado y compraría. Esa gente no se va a quedar con las manos cruzadas”, insiste.

Teresa es ama de casa, tiene 70 años. Llegó aproximadamente hace 40 años, junto a su esposo, a una vereda del municipio del Bagre en el Bajo Cauca antioqueño. Cuando el conflicto se agudizó en la vereda, ella decidió salir junto con su familia. Teresa retornó, con el sueño de un colegio para que sus nietos se eduquen, sin embargo no tiene los papeles de su finca. “Queremos tener una vida mejor, queremos tener una vivienda digna; agua, luz tenemos ya, gracias a Dios” expresa.

Su desplazamiento hacía El Bagre se dio a causa de la zozobra que se vivía en la vereda, “salimos por miedo, por temor, porque pasaron muchas cosas aquí en la vereda y atrás en la finca mataron un señor, me aporrearon un hijo. Entonces estuvimos muy acongojados, fue muy miedoso, temeroso porque uno no sabe. Salimos por unos tres, cuatros días, y no volvimos a ver unos animalitos”, recuerda Teresa.

Para ella el proceso de restitución de tierras se ha convertido en la oportunidad para su familia de legalizar su predio, que paradójicamente se encuentra ubicado en una reserva forestal. Sin la existencia de esta ley, no tendría cómo tener las escrituras de su finca.

Ella se considera una mujer mayor, vieja de cuerpo –en sus palabras-, sin embargo tiene el espíritu con ganas de trabajar, “de seguir adelante”. Tiene que claro que el trabajo que le toca a una mujer en el campo es muy importante: “Nosotras trabajábamos más, atendíamos a los animales, le dábamos de comer a los marranos, atendíamos las gallinas, los pollitos”, y después de decir esto, cuestiona que el trabajo masculino en el campo tenga más valor que el de las mujeres.

Sandra es madre de tres hijos y está en espera de otro, vive en una vereda de Granada en el Oriente antioqueño, y tiene 34 años. Ella retornó y consiguió que el Estado le reconociera un proyecto productivo de ganadería. “A nosotros nos ha ido bien gracias a Dios, porque nosotros teníamos ganas en un principio de meterle a la ganadería, porque la agricultura estaba tan difícil. Entonces para nosotros era mejor vender leche, cualquier poquito de leche diario para ir sobreviviendo”.

Vivir en un corredor estratégico como lo es el Oriente antioqueño, significó para su familia la tragedia de quedar en medio del conflicto entre guerrillas y paramilitares. En el año 2000 su mamá y hermano fueron asesinados y su papá herido; a toda su familia la obligaron a desplazarse. Sus 3 hermanas se fueron a Medellín y Barranquilla, lejos de la vida rural. Ella junto a su esposo e hijos lo hicieron al casco urbano de su pueblo, a la espera de volver al campo porque según ella no veían oportunidad de sobrevivir en una ciudad. “El niño menor tenía 16 mesecitos en ese entonces, y nosotros pensábamos tanto... Era tan duro, uno estaba en una sin salida, sin tener adonde ir”, rememora Sandra con tristeza.

El entierro de su madre fue masivo porque fue asesinada junto a otros 18 campesinos. Después de esto nada volvió a ser igual, su familia se fragmentó, su padre no pudo volver a realizar tareas de agricultor porque “tenía pegado a su estómago una malla”, mientras ella, su esposo e hijos se mantuvieron en vilo sin rumbo ni hogar. Sobrevivir a esta época fue una tarea difícil. “Fue un tiempo muy bravo, si veníamos por el camino muchas veces nos encontrábamos los charcos de sangre de personas que habían matado en la carretera. Me toco encontrarme una vez con personas de esas que llevaban a otras amarraditas para matarlos”, recuerda.

En el año 2013 comenzó los trámites de la restitución, al inicio desconfiaba que alguna ayuda del Estado le pudiera llegar a una campesina como ella. Por eso, tras entregar los documentos solicitados y esperar ocho meses, comenzó a pensar que tal vez algunas personas inescrupulosas podrían quitarle su finca con las firmas y papeles entregados. Sin embargo, esta sospecha se disipó una vez recibió los primeros desembolsos para el proyecto productivo. “Gracias a Dios porque teníamos era una pesebrera pequeñita y la pudimos agrandar”; además de esto ahora tiene mora, zanahoria criolla y una huerta en su finca. “Por ahí se le revuelve alguito sino que la situación ha estado muy dura. Se nos han perdido varios sembrados por una plaga”.

Rosa, Teresa y Sandra no pierden la esperanza, saben que en la tierra están las posibilidades, para ellas y muchas campesinas de conseguir el sustento y condiciones de vida digna para ellas y sus familias.

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