Jaime Celis Arroyave

Jaime Celis Arroyave

Los pueblos originarios fueron los primeros en enfrentarse al imperialismo eurocristiano. Es decir que son los precursores, en América, de la lucha por la defensa del bien común, la democracia integral, la madre naturaleza, la libertad, la independencia, la soberanía y la paz.  En otras palabras, desde el siglo XVI, aquí, se inició el enfrentamiento entre las dos concepciones que ha manejado la humanidad, la de bien común y la de la codicia particular; enfrentamiento que aún no termina y en el que los indígenas han manejado la posición más avanzada de toda nuestra historia, mucho más de la que expresan algunas fuerzas, aparecidas desde finales del siglo XIX, que han adoptado teorías provenientes de Europa e inclusive de China.

Como un ejemplo de tantos, es preciso referirse al Cacique Toné, quien en 1557, hace 460 años, al frente de los Catíos, actuó en el suroeste de Antioquia dando sus dos más importantes batallas en lugares cercanos al actual casco urbano de Urrao, según algunos escritores. Estas son las batallas de El Escubillal y Nogobarco.

Juan de Castellanos es uno de los cronistas que en su obra, escrita en verso, Elegías de Varones ilustres de Indias, relata las hazañas de este personaje. Él y otros investigadores, como William Jaramillo Mejía en su libro Antioquia bajo los Austrias, hablan de la forma en que  Toné y su pueblo, a partir de 1539, cuando llegaron los “conquistadores” encabezados por Pedro de Frías, iniciaron la defensa de su cultura y su territorio, y dieron muerte al invasor y a sus acompañantes. Luego, entre 1541 y 1555 no cesaron de asediar la recién fundada fortaleza conocida como Ciudad de Antioquia (situada cerca al actual municipio de Ebéjico y distinta a la actual Santafé de Antioquia), hasta que finalmente la incendiaron.

Lo anterior trajo como consecuencia que el gobierno de la Real Audiencia, con sede  en Santafé de Bogotá, preocupado por semejante situación, contratara al español Gómez Fernández para que formara un ejército de “paramilitares” que enfrentara a los “subversivos” (cualquier parecido con la situación actual, no es coincidencia, sino la repetición tozuda de la historia que no queremos aprender por estar fijándonos en modelos extranjeros de lucha); el español, con su tropa, marchó contra los Catíos, quienes habían construido una fortaleza de madera en El Escubillal. Antes de iniciar el combate, y tal como era obligación en estos casos, Gómez Fernández leyó a los indígenas El Requerimiento, un documento oficial según el cual los nativos, si querían la paz, debían rendirse, pagar tributo al gobierno español, entregar sus tierras y demás riquezas y servir a sus amos. Toné, después de oír aquello, contestó, según relata Juan de Castellanos: “Llegaos un poco más acá, cristianos /por el tributo que se os adereza; /dejaremos las armas de las manos /para ponéroslas en la cabeza; /y aún de vosotros a los más lozanos /tengo de desmembrar pieza por pieza /porque si padecéis muerte prolija /la paz que me pedís quedará fija”.

Estas, aunque seguramente no fueron las palabras textuales de Toné, reflejan su pensamiento y por tanto su posición frente a la invasión, lo que entonces hace que ellas se conviertan en una declaración antiimperialista, más profunda que las declaraciones de independencia redactadas por los criollos siglos después, quienes defendían la concepción de la codicia particular y una democracia recortada al servicio de sus intereses de clase.

El asedio español a El Escubillal duró siete días, al final de los cuales en una retirada espectacular, por lo bien manejada, los Catíos se dirigieron a otra fortaleza que habían preparado de tiempo atrás, ubicada, según se dice, en Nogobarco. Allí resistieron 38 días y estuvieron a punto de vencer; sin embargo, fueron derrotados por la superioridad de las armas y las tácticas. Unos cayeron en poder de los invasores, que no vacilaron en torturarlos y matarlos, y otros escaparon, entre los que se supone estaba Toné, de quien nunca más se volvió a saber.

Declaraciones como la de El Escubillal contra el imperialismo eurocristiano se dieron durante este periodo por parte de muchos otros pueblos indígenas. También las luchas indígenas en toda América continuaron por más de cinco siglos, y continúan hoy en día con aportes de otras fuerzas, siendo las más profundas, auténticas, extensas y heroicas que se hayan dado en nuestro continente, pues avanzan buscando defender y desarrollar la sociedad que, al servicio del bien común, garantice una vida digna integrada plenamente a la naturaleza.

Para mayor información los invitamos a consultar los libros “La concepción americana del bien común”, “Historia general de Urrao” y “Diccionario geográfico urraeño”, de Jaime Celis Arroyave.

Lunes, 20 Febrero 2017 00:00

La otra mitad de nuestra historia

Ahora, cuando celebraremos un nuevo aniversario de la lucha de la mujer por sus derechos y contra la violencia, se hace necesario seguir profundizando sus orígenes y su contenido.

La historiografía burguesa quiere hacernos creer, y con mucho éxito, que la lucha de la mujer en América se inició desde finales de la época colonial, cuando se dieron los primeros pasos hacia su recortada independencia. En otras palabras, fueron las criollas, descendientes de “blancos” europeos, las únicas capaces de tal enfrentamiento, precisamente por su origen étnico y social.

Pues bien, en este tema debemos avanzar, para dar al traste con tal mentira, que tanto daño le ha hecho al movimiento femenino, en particular, y al popular, en general. Se trata entonces de recuperar no sólo nuestro verdadero pasado sino los orígenes de tan importante lucha, que representa la otra mitad de la historia.

Cuando en el siglo XVI se dio la brutal invasión imperialista eurocristiana de nuestro continente, en desarrollo de la concepción de la codicia particular, los pueblos originarios se defendieron –y siguen haciéndolo– con todo lo que pudieron, para garantizar la supervivencia de su cultura, fundamentada en la concepción del bien común. Y cuando decimos los pueblos originarios, estamos hablando de hombres y mujeres; es decir, que ellas participaron ¡y de qué manera!, contra los bárbaros invasores, utilizando variadas formas de lucha fundamentales para garantizar, por lo menos, la supervivencia.

Así que, escudriñando en la verdadera historia, nos encontramos con otra realidad: la lucha de la mujer americana se inició con las indígenas y, algo aún más importante, era y es una lucha con un objetivo político claro, pues se trata de la defensa de su cultura comunitaria, la más avanzada que se conozca. Así se explica también en el libro La concepción americana del bien común: “las indígenas son las precursoras, en América, de la lucha por los derechos de la mujer, al defender su modelo comunitario de sociedad contra el imperialismo colonialista europeo al servicio de la codicia particular”.
Son incontables las heroínas indígenas, de las cuales cabe mencionar, a manera de ejemplo, unas cuantas: Anacaona (“Flor de Oro”), cacica de los Jaraguas, en Santo Domingo; Kura Ocllo, Mama Asarpay y Micaela Bastidas, todas tres incas; La Gaitana o Guaitipán, cacica en Timaná, Colombia; Guacolda, de los Mapuches, en Chile; Urquia, de los Teques, Apacuana, de los Quiriquires y María Rha, de los Tacarigua, en Venezuela; Bartolina Cisa, de los Aymarás. Ellas son apenas una pequeñísima muestra de valerosas indígenas que todo lo entregaron por defender sus pueblos. Y qué decir de las que hoy en día mantienen la lucha en el continente, muchas de ellas violentadas, desplazadas, encarceladas y asesinadas.

Pero, la lucha de la mujer no se quedó aquí; las negras, hombro a hombro con sus compañeros, hijos, hermanos, padres y demás familiares, también se enfrentaron a los explotadores imperialistas por su libertad y demás derechos y, en muchos casos, lograron fundar palenques, avanzados “semilleros de libertad”, en donde ellas jugaron un papel protagónico. Es de destacar, por ejemplo, a Guiomar, Polonia, Juana Francisca, María Valentina y Juana Llanos, en Venezuela, a Juana Ramírez, heroína en Maturín, y a María Dolores del Valle, en Argentina.

Se suman, luego, las campesinas, quienes desde un comienzo, junto a los hombres, iniciaron la eterna lucha por la tierra y demás reivindicaciones para un digno vivir. Así mismo, entran en el enfrentamiento las mujeres de las capas populares, azotadas por las políticas dominantes, particularmente la explotación económica y sexual. Y a partir del siglo XVIII, en búsqueda de la independencia burguesa, se vinculan muchas mujeres de las llamadas altas capas sociales, exaltadas, ahora sí, por la historia de las clases dominantes; desde entonces, se pretende mostrar que este hecho es el inicio de la lucha femenina.

De todas maneras las mujeres del pueblo, las que hemos visto atrás, siguieron dando el combate, de manera heroica, y lo continúan dando hoy en día, sin que esto sea registrado por la oficialidad burguesa y, en gran medida, tampoco por gran parte de la izquierda, la cual por su dependencia a la cultura europea, persiste, como si perteneciera a las clases dominantes, en desconocer al pueblo y en este caso a la mujer.

En el siglo XX, ellas lograron ubicar y precisar una de las razones de su situación, como es el machismo, originado en la familia patriarcal cristiana y burguesa, importada del viejo continente, con sus secuelas en cuanto a explotación y violencia intrafamiliar, y lo denuncian y atacan de manera valiente y consistente, logrando importantes triunfos, entre ellos las modificaciones de las constituciones nacionales con las que se incorporaron normas que manifiestan su igualdad económica, social, cultural y política, y que por su incumplimiento, han obligado a que la lucha persista.

La mujer es la otra mitad de la historia; por tanto, sin ella nada puede construirse. Es necesario avanzar en la recuperación de la verdadera historia, si aspiramos a construir un país democrático, incluyente, equitativo, soberano y en paz, al servicio del bien común.

Desde el siglo XVI, aquí, se inició el enfrentamiento entre las dos concepciones que ha manejado la humanidad, la de bien común y la de la codicia particular, enfrentamiento que aún no termina y en el que los indígenas han manejado la posición más avanzada de toda nuestra historia, mucho más de la que expresan algunas fuerzas, aparecidas desde finales del siglo XIX, que han malcopiado teorías provenientes de Europa e inclusive de China.

Como un ejemplo de tantos, nos queremos referir al Cacique Toné quien,  en 1557, es decir hace 460 años,  al frente de los Catíos, actuó en el suroeste de Antioquia, dando sus dos más importantes batallas en lugares cercanos al actual casco urbano de Urrao, según algunos escritores: El Escubillal y Nogobarco.

Juan de Castellanos es uno de los cronistas que en su obra, escrita en verso, Elegías de Varones ilustres de Indias, nos relata las hazañas de nuestro personaje. Él y otros investigadores, como William Jaramillo Mejía en su libro Antioquia bajo los Austrias, hablan de la forma en que   Toné y su pueblo, a partir de 1539, cuando llegaron los primeros paramilitares, eufemísticamente conocidos como “conquistadores”, encabezados por Pedro de Frías, iniciaron la defensa de su cultura y su territorio, dando muerte al invasor y sus acompañantes. Luego, entre 1541 y 1555, no cesaron de asediar la recién fundada fortaleza conocida como Ciudad de Antioquia (situada cerca al actual Ebéjico y distinta a la actual Sanfa Fé de Antioquia), hasta cuando, finalmente la incendiaron.

Lo anterior trajo como consecuencia que, el gobierno de la Real Audiencia, con sede  en Santafé de Bogotá, preocupado por semejante situación, contratara al español Gómez Fernández para que formara un ejército de paramilitares que enfrentara a los subversivos (cualquier parecido con la situación actual, no es coincidencia, sino la repetición tozuda de la historia que no queremos aprender por estar fijándonos en modelos extranjeros de lucha); el ibero, con su tropa, marchó contra los Catíos, quienes habían construido una fortaleza de madera, en El Escubillal; antes de iniciar el combate, y tal como era obligación en estos casos, Gómez Fernández leyó a los indígenas El Requerimiento, un documento oficial según el cual los nativos, si querían la paz, debían rendirse, pagar tributo al gobierno español, entregar sus tierras y demás riquezas y servir a sus amos. Toné, después de oír aquello, contestó, según Juan de Castellanos: “Llegaos un poco más acá, cristianos/por el tributo que se os adereza;/dejaremos las armas de las manos/para ponéroslas en la cabeza;/y aún de vosotros a los más lozanos/tengo de desmembrar pieza por pieza/porque si padecéis muerte prolija/la paz que me pedís quedará fija”.

Es claro que estas no fueron las palabras textuales de Toné, pero, de todas maneras, reflejan su pensamiento y, por tanto, su posición frente a la invasión, lo que, entonces, hace que ellas se conviertan en una declaración antiimperialista, más profunda que las declaraciones de independencia redactadas por los criollos, siglos después, quienes defendían la concepción de la codicia particular y una democracia recortada al servicio de sus intereses de clase.

El asedio español a El Escubillal duró siete días, al final de los cuales, en una retirada espectacular, por lo bien manejada, los Catíos se dirigieron a otra fortaleza que habían preparado de tiempo atrás, ubicada, según se dice, en Nogobarco; allí resistieron 38 días y estuvieron a punto de vencer; sin embargo, fueron derrotados por la superioridad de las armas y las tácticas, cayendo unos en poder de los invasores, que no vacilaron en torturarlos y matarlos, escapando otros, entre los que se supone estaba Toné, de quien nunca más se volvió a saber.

Es necesario precisar que declaraciones como la de El Escubillal, contra el imperialismo eurocristiano, se dieron por parte de muchos otros pueblos indígenas, pero la historia oficial se ha encargado de borrarlas, ya que no le conviene mostrar la realidad.

Además, debe quedar claro que las luchas indígenas, en toda América, continuaron por más de cinco siglos, y continúan hoy en día, con aportes de otras fuerzas, siendo las más profundas, auténticas, extensas y heroicas que se hayan dado en nuestro continente, pues avanzan buscando defender y desarrollar la sociedad que, al servicio del bien común, garantice una vida digna integrada plenamente a la naturaleza. Recuperar este legado es el camino más acertado si queremos una América, equitativa, soberana y en paz.

Para mayor información los invitamos a consultar los libros “La concepción americana del bien común”, Historia general de Urrao y Diccionario geográfico urraeño, de Jaime Celis Arroyave.

COMENTARIO APARTE. Además de lo que se ha dicho sobre los aportes de Fidel Castro, nos parece conveniente señalar como uno de los más importantes tiene que ver con el hecho de que su revolución se apartó de los moldes de otros continentes y mostró que nosotros, los americanos, tenemos y podemos hacer los cambios que necesitamos, fundamentados en nuestra propia historia y desarrollo. Es decir, enseñó que tenemos identidad y autenticidad. 

Lunes, 05 Diciembre 2016 00:00

Ellos

Ellos, quienes vienen del más profundo pasado al servicio de la codicia particular; los que conforman la casta más cerrada, autoritaria y excluyente que se conozca, integrada por insaciables terratenientes, poderosos ganaderos, grandes especuladores financieros y altas jerarquías religiosas (con algunas excepciones); los que manipulan la religión de acuerdo a sus intereses individualistas; los que se autoproclaman elegidos por Dios, es decir, dueños de los demás y de todo; los fanáticos que se creen “administradores de la ira de Dios” contra quienes se opongan a sus designios como explotadores; los de doble moral que rezan y matan; los mejores herederos de los bárbaros invasores eurocristianos; los que se creen “blancos” y, como tales, superiores a cualquiera; los que imponen la familia patriarcal y el machismo en contra de los derechos de la mujer y la población LGTBI; los que discriminan económica, social, política y culturalmente; los emparentados políticamente con los más grandes genocidas hispanoamericanos, como Franco, Batista, Trujillo, Pérez Jiménez, Pinochet, Videla, Somoza, Laureano Gómez, entre muchos otros; los autores de calumnias, tergiversaciones y mentiras, al mejor estilo nazi, para manejar la opinión pública a través de sus poderosos medios de comunicación.

Ellos, los promotores, con el apoyo del gobierno de Estados Unidos y sus diferentes agencias, del terrorismo de Estado, según las políticas de la “Seguridad nacional” y el “Enemigo interno”, cuya máxima expresión ha sido la “Seguridad Democrática”, el más ominoso programa en contra de los derechos humanos, verdadero hito en cuanto recoge lo más violento de la represión en toda la historia, y en el que sobresalen acciones como: bíblicas y tétricas masacres, (inclusive en las cárceles, como lo acaba de denunciar Renán Vega Cantor en la edición 122 de Periferia), valiéndose de motosierras, descuartizamientos, caimanes, serpientes, hornos crematorios, fosas comunes, “casas de pique”; también, asesinatos selectivos, torturas, desapariciones, ejecuciones extrajudiciales, “falsos positivos” (todo lo cual ha producido más víctimas que cualquiera de los regímenes dictatoriales del cono sur), modernización de los aparatos represivos, como el ejército, la policía y el Esmad, “chuzadas”, guerras sin fin, creación y financiación, junto con el imperialismo neoliberal, de bandas criminales que, alimentadas por el narcotráfico y la extorsión, tienen como objetivo central impedir el desarrollo de fuerzas de avanzada, tanto en el campo como en las ciudades, con la mirada cómplice de las autoridades locales y nacionales (Medellín es ejemplo “narcoparaneoliberal”; por algo, de allí son Pablo Escobar y Álvaro Uribe).

Ellos, los que expiden leyes neocoloniales y neoliberales a favor de las empresas transnacionales y en contra de las comunidades, utilizando parapolíticos tan corruptos, que han llegado a repartir el dinero de los colombianos entre sus altos dirigentes; los violadores de los derechos y conquistas de los trabajadores y del pueblo en general; los despojadores de humildes campesinos; los amigos de narcos y todo tipo de mafias; mafiosos ellos, de muchas formas, como la que tiene que ver con el lavado de dólares; los que exigen que se le aplique la ley a los demás, pero no a ellos y a sus secuaces; los capaces de engañar a más de seis millones de personas, estos sí honestos trabajadores y cristianos, para que voten contra la paz; los que pretenden, nuevamente, embaucar a sus seguidores, al país y al mundo, haciéndoles creer que van a renegociar los acuerdos de La Habana, cuando en realidad pretenden sabotearlos, para continuar con sus negocios derivados de la guerra.

Ellos, más conocidos como fascistas o ultraderechistas, son los peores enemigos del pueblo y, por consiguiente, merecen toda nuestra atención teniendo en claro que, para superarlos, debemos desarrollar y mantener alianzas muy amplias con los sectores de avanzada, e inclusive, en los actuales momentos, acercamientos parciales a sectores de la burguesía que aún conservan elementos democráticos, así sean recortados, pues la tarea prioritaria es defender lo conseguido en Cuba que, aunque no es la solución a nuestros problemas, por lo menos es un paso de mucha importancia para las futuras transformaciones que necesita nuestro país y América, en cuanto a la construcción colectiva de modelos sociales al servicio del bien común, tal como nos lo enseñaron nuestros pueblos indígenas. Esto requiere de un mayor esfuerzo en cuanto a continuar trabajando con las bases y la movilización, una propuesta que garantice nuestra verdadera independencia política frente a los dueños del poder.

Para finalizar, recordemos a Piero, quien magistralmente canta: “Basta de muerte, basta de morir, morir; que se vayan ellos, que no dejaron hacer y vivir, que encarcelaron, que torturaron, que asesinaron, los que te prohibieron gritar libertad”.

Jueves, 03 Noviembre 2016 00:00

Sigamos construyendo paz

El pueblo colombiano, una vez más, y tal como lo viene haciendo desde hace 520 años, ha adelantado de manera cada vez más madura y seria una importante lucha que, en esta ocasión, culminó victoriosamente, con la firma de paz en La Habana; y lo hizo como tenía que ser y lo enseña la historia: acudiendo a las alianzas con todos los sectores de avanzada e inclusive, con la burguesía neoliberal, dirigida por el presidente Santos.

Sin embargo, un escollo de mucho cuidado se presentó este dos de octubre, cuando la ultraderecha logró ganar el plebiscito, así fuera pírricamente y con todo tipo de engaños, oponiéndose a dichos acuerdos. Es una situación que nos muestra cómo, a pesar de lo logrado, el camino hacia la paz es más largo de lo que habíamos pensado.

Es un momento propicio para que las gentes del pueblo profundicemos en el análisis de lo ocurrido y, como consecuencia, logremos ubicar nuestras perspectivas, cercanas y lejanas, y concretar las tareas que en tal sentido tendremos que adelantar.

En primer lugar, deberemos tener en cuenta que el fascismo, como la expresión más violenta, antidemocrática y refractaria de un sector de la burguesía, en el caso americano, es heredera de los más atrasados elementos de la bárbara invasión eurocristiana a nuestro continente, fundamentados en la concepción de la codicia particular en su etapa capitalista, colonialista, tales como: autoritarismo, estado todopoderoso, mafioso y terrorista, dirigentes mesiánicos intérpretes de la divinidad, fundamentalismo religioso, moralismo, violencia, guerra, represión, patriarcado, machismo, exclusión, discriminación, segregación y odio en lo étnico, social, religioso, sexual y político, mentiras y calumnias para infundir miedo, explotación y despojo al máximo, en los trabajadores.

Además ha estado presente, abierta o soterradamente, en nuestro devenir, teniendo básicamente dos grandes momentos en cuanto a la toma del poder; primero, en 1950, cuando con Laureano Gómez al frente, apoyado por un grupo de la clase dominante, como la alta jerarquía católica, los terratenientes, la recientemente consolidada burguesía financiera, y no pocos engañados, principalmente conservadores, además de la ayuda internacional ofrecida por el dictador Francisco Franco, de España, logró ser presidente de Colombia, a “sangre y fuego”, gracias a la acción del ejército, la policía y los “pájaros” (organizaciones armadas por fuera de la ley), en uno de los hechos más vergonzosos de nuestra historia; por entonces, se utilizó el mentiroso argumento del “ateísmo liberal”, como la gran amenaza contra la “patria”; ahora, en 2002, con la llegada a la primera magistratura de Álvaro Uribe Vélez, quien se rodeó de prácticamente los mismos actores, utilizando de nuevo la violencia ejercida también por grupos armados regulares e irregulares (estos últimos narcoparamilitares), para lo cual obtuvo el apoyo de Estados Unidos que no ha permitido su judicialización; la consigna central fue y sigue siendo defender la “patria” de la amenaza de los “narcoterroristas” de las Farc y los comunistas en general.

Los dos intentos de fascistización fueron finalmente derrotados gracias a la presencia de fuerzas que, aunque con intereses encontrados, supieron aunar voluntades para vencer semejante engendro; de una parte, el pueblo en general, quien logró entender el peligro en que se encontraba su futuro; dentro de él se han movido diferentes expresiones, siendo la más sobresaliente la corriente de avanzada, cuyos orígenes en nuestro continente se remontan a la concepción del bien común construida por nuestros pueblos indígenas durante milenios; dicha corriente ha logrado recuperar buena parte de su historia y, por consiguiente, entender lo que ocurre. Es claro que las luchas adelantadas por el pueblo, de muy diversas maneras, han sido el factor determinante para las derrotas propinadas a semejante enemigo.

De otra, la burguesía liberal, cuyos orígenes también se encuentran en la invasión eurocristiana, pero que defiende la democracia recortada que logró imponer con la Independencia de España, utilizando engañosamente al pueblo para quedarse con el control del gobierno, y que entiende cómo la violencia extrema del fascismo puede llevar a la heroica resistencia de las comunidades y, por tanto, a su organización definitiva para la toma del Estado. Por eso, en ambas ocasiones, este sector de la burguesía, temeroso de perder el poder, se la jugó, en el primer caso, acudiendo al golpe de estado abierto y, en el segundo, llevando a una de sus fichas neoliberales, Juan Manuel Santos, a la presidencia. Así se explica por qué la negociación de los acuerdos de paz logró el apoyo del imperialismo mundial.

El pasado dos de octubre, con los resultados del plebiscito, avanzó de nuevo, y desafortunadamente, el fascismo. El triunfo del voto por el no, que en esta ocasión obtuvo el apoyo de organizaciones religiosas diferentes a la católica, nos ha mostrado con evidente claridad, cómo en nuestro país, tal como viene sucediendo en buena parte de América y del mundo, la ultraderecha se ha fortalecido y amenaza con arrasar las pocas conquistas de los trabajadores y demócratas en general; entonces, la paz firmada en La Habana que, aunque recortada, significaba un gran avance para el pueblo, ha quedado en vilo, pues es evidente que la renegociación que propone el Centro Democrático es un sofisma de distracción detrás del cual se oculta la intención de prolongar la guerra que tanto favorece, económica y políticamente, a sus máximos dirigentes; esto significa, ni más ni menos, que deberemos redoblar nuestro trabajo si no queremos perder semejante conquista, fruto del esfuerzo de una gran coalición de avanzada.

Pero además, es necesario que profundicemos una propuesta de paz, integral y plena, que solamente será posible si está fundamentada en la construcción colectiva de un modelo de sociedad equitativo y soberano, en la que participen pueblos originarios, mujeres, negritudes, campesinos, obreros, capas populares, demócratas e intelectuales. Claro está que lo anterior debe estar acompañado por un permanente y profundo trabajo para que las comunidades puedan desarrollar sus propias iniciativas, que contribuirán a fortalecer una visión justa, soberana y pacífica del futuro.

Dichas iniciativas, según nos enseña la historia, deberán girar básicamente alrededor de tres puntos: la defensa de la vida, de la madre naturaleza y del bien común. Aspectos de origen americano, por lo tanto fiel reflejo de nuestra realidad, que nos pueden llevar no solo a trabajar conjuntamente, desterrando el gamonalismo, la politiquería, la corrupción y la burocracia, sino, además, a pensar y construir un modelo de sociedad comunitario, con paz plena, y a lograr la unidad americana, tal como lo enseñó Bolívar y hoy en día lo pretenden muchas fuerzas de avanzada que, inclusive, han llegado al poder.

Martes, 20 Septiembre 2016 00:00

Bien común y paz

La historia es testimonio de vida; su análisis objetivo es un camino imprescindible para llegar a la equidad, la libertad, la soberanía, y por consiguiente a la paz integral; por el contrario, su desconocimiento nos lleva inexorablemente a la esclavitud, en cualquiera de las formas que esta adopte. Ella, en el caso americano, nos permitirá finalmente entender el origen de la injusticia y por tanto, de la violencia y la guerra, que se basan en la implementación de la concepción de la codicia particular, impuesta a sangre y fuego por la “culta, civilizada y cristiana Europa”, en su etapa capitalista del imperialismo colonialista.

A la vez, nos mostrará que la solución la han tenido desde siempre los pueblos indígenas, con su concepción del bien común, construida durante miles de años y defendida heroicamente por ellos en los últimos cinco siglos, la cual, bien sea por la actitud de las clases dominantes en cuanto a esconder la realidad, o de la corriente de avanzada en cuanto a imitar lo europeo, no ha querido ser tenida en cuenta como el fundamento de nuestras luchas.

Ahora, cuando se acaban de firmar los Acuerdos de La Habana, que deberemos refrendar masivamente si queremos tener un escenario que nos permita avanzar en mejores condiciones hacia la paz integral, y golpear las posiciones guerreristas que tanto daño le han hecho al pueblo, es un buen momento para hablar de la historia, ya que entendemos que la paz no es posible sin el conocimiento de esta. Y es un buen momento, además, por cuanto nuestras clases dominantes pretenden hacerla desaparecer en aras del desarrollo neoliberal, mientras que -y esto es lo más grave- quienes aspiramos a un modelo social para el buen vivir, embelesados en buena medida con los procesos electorales, apenas si la mencionamos; solamente algunos investigadores independientes, pacientemente, buscan profundizarla y darla a conocer. Cabe anotar, en tal sentido y con el ánimo de aportar, lo siguiente:

La historia indígena: Los pueblos originarios de nuestro continente, como debía saberse, construyeron en miles de años y hasta nuestros días un modelo de sociedad basado en la concepción del bien común; la más avanzada conocida hasta ahora y el mayor aporte de América a la humanidad. Por tanto su cultura, incluida la historia, ha sido desarrollada de manera integral por toda la colectividad, sin exclusiones. Dicha historia ellos la han recogido, conservado y socializado permanentemente por medio del relato oral, la leyenda, la religión, el baile, la música, y en algunos casos, la escritura. En los últimos tiempos, muchos indígenas han obtenido un título universitario que les ha permitido avanzar de manera científica y metódica en el rescate de su pasado.

La historia recortada: La bárbara invasión capitalista de los imperios eurocristianos a América, en su etapa colonialista de los siglos XVI y XVII, se constituye en uno de los más vergonzosos episodios de la historia mundial. Esto no solamente por la violencia ejercida contra los naturales, sino básicamente, debido a la imposición a sangre y fuego de la concepción de la codicia particular, origen de su modelo de explotación, con consecuencias realmente desastrosas que llegan hasta nuestros días. La depredación de la vida en general, y del ser humano y de la naturaleza en particular, la iniciación de la violencia de los explotadores sobre los explotados, el genocidio físico y cultural, el robo de la propiedad colectiva y su privatización, la explotación inmisericorde de los trabajadores, la imposición de elementos culturales atrasados por cuanto estaban al servicio de intereses individuales, como religiones, lenguas y modelos familiares patriarcales y machistas, la exclusión étnica, social, económica, política, de género y de sexo, son los aspectos centrales más dañinos de dicha concepción, hoy combatidos por todas las gentes que buscan un modelo social comunitario.

En cuanto a la historia, establecieron una recortada, primero por medio de sus cronistas, y luego por las academias de historia, ya que solamente habla de las “hazañas” de las clases dominantes, dejando por fuera las realizaciones populares o tergiversando lo poco que han dado a conocer de ellas.

La historia invisible: Nos referimos a una nueva corriente que busca el desconocimiento total de ella y que se ha desarrollado en dos momentos; inicialmente, cuando el gobierno nacional, profundamente preocupado por las investigaciones que venían adelantando sectores de avanzada que estaban poniendo en jaque su amañada historia recortada, y que permitían el acercamiento a la realidad de buena parte de la población, decidió expedir el decreto 1002, de 1984, por medio del cual la historia, la geografía y la educación para la democracia serían diluidas en una sola área. Más tarde, con la imposición de la política neoliberal que presionaba a los diferentes gobiernos para que se pusiera fin a la enseñanza de la historia, buscando que los pueblos neocolonizados perdieran su identidad y asumieran sumisamente la cultura del consumismo. En tal sentido, en la enseñanza han jugado un papel preponderante la imposición de los estándares y las pruebas saber, que impiden la libre expresión de las comunidades educativas y dan mayor importancia a las ciencias físicas, desconociendo el papel vital de las humanidades.

La historia real: Tiene como precedente y punto de partida la aborigen, así como las expresiones y luchas de la mujer, las negritudes, los campesinos, las capas populares, los obreros, los estudiantes y los intelectuales, bien sea con relatos orales o escritos, y cuya búsqueda, en los últimos tiempos, ha corrido por cuenta de investigadores y entidades tanto independientes como de izquierda y no pocos de derecha.

En consecuencia, para avanzar hacia la paz integral que anhelamos, es necesaria una historia que recupere la concepción indígena del bien común como punto de partida y de llegada de nuestro proceso económico, social, político, ideológico y cultural. Que muestre cómo la contradicción central de dicho proceso en América, a partir del siglo XVI, se ha dado entre la concepción del bien común, iniciada por los indígenas, en defensa de la vida, la naturaleza, la libertad, la soberanía y la independencia, y la concepción de la codicia particular impuesta violentamente por los invasores eurocristianos, origen del capitalismo imperialista y colonialista, el mayor depredador del mundo conocido hasta ahora. Que continúe desarrollando y dando a conocer las investigaciones realizadas sobre nuestra realidad. Que sea enseñada a profundidad en los establecimientos educativos. Y de manera fundamental, que sea trabajada con y a partir de las comunidades.

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