Super User

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Por Juan Alejandro Echeverri

La familia campesina está completa. Todas las delegaciones esperadas pernoctaron ayer en la sede del Sindicato de Palmeros de San Alberto, Cesar. Provenientes del sur, el norte, el oriente, y el occidente del país han llegado representantes de los 61 procesos adscritos al Coordinador Nacional Agrario (CNA).

Después de tres días de viaje desde el municipio chocoano de Tadó, Luz Piedad Mosquera llegó a la Asamblea con una sonrisa resplandeciente. “Este evento es muy importante porque le brinda respaldo a las organizaciones para salir de la crisis”, aseguró.

Ni la estigmatización, ni los retenes de la Fuerza Pública fueron impedimento para que Eleonor Quintero y su delegación asistieran al evento. El representante del Movimiento de Trabajadores Campesinos del Cesar espera que “el CNA crezca y se fortalezca al finalizar la Asamblea”. Eleonor también manifiesta la alegría de recibir el abrazo fraterno de viejos conocidos. “Aquí, todas las regiones del país somos un solo equipo de lucha y resistencia. Venimos con el objetivo de reorganizar algunas cosas y darle un buen destino a nuestra organización”. 

 

Aunque el encuentro asambleario tiene un propósito deliberativo, también es un momento oportuno para festejar; cuando el campesino se encuentra con sus pares de otras regiones sobran motivos para festejar la vida y convertir las angustias en alegrías.

Durante la noche anterior se resaltó la riqueza y la diversidad cultural de las diferentes regiones. La música y el baile fueron los protagonistas de la mística campesina. Alonso Moreno viajó durante dos días desde el Nordeste antioqueño para asistir a la Asamblea. Este integrante del Comité de Integración Agrominero destacó la importancia de la música y la oralidad en la idiosincrasia campesina: “Hasta con un verso se saluda… el pilar y el fundamento de nuestros territorios es la poesía. El latido de un perro, el cantar de un becerro… hasta la lagrima más amarga se vuelve canción”.

Por un sistema acorde a las necesidades y exigencias populares; por unas condiciones dignas de subsistencia; por el reconocimiento del campesino como sujeto de derechos, 600 delegados debatirán durante seis días la ruta que determinará el horizonte político del Coordinador Nacional Agrario.

 

Por Pedro Marín | Revista Ópera - Brasil

El día empieza a las ocho de la mañana. Llegamos a Pacaraima, en cuyas calles, aunque brasileñas, emana el sonido hispánico de todas las bocas, de todos los rincones. Al bajarnos del carro, un señor se acerca ofreciendo cambio: 4500 bolívares por cada real. Joach, el venezolano que nos acompaña desde que nos conocimos en el aeropuerto de Boa Vista, hace cuatro horas, niega la oferta. “Muy poco”, dice él.

Para sellar nuestros pasaportes, nos dirigimos a la oficina de la Policía Federal, en la frontera. Ella es constituida por dos cuidades: la ya mencionada Pacaraima, al lado brasileño, y Santa Elena de Uairén, al lado venezolano.

La primera es caótica: vive –o sobrevive– en función de la exploración mayoritariamente ilegal de yacimientos de oro, y del traslado de brasileños y venezolanos; así pues, en función del contrabando. Las calles son agitadas, y las contadoras de billetes, en las pequeñas tiendas que venden azúcar, macarrones, crema dental, champú y pañales, hacen el cambio del bolívar al real, del real al bolívar, para viajeros que vienen o se van para lejos, y quizá encontrarán alguna confortación al final del viaje. Vendedores ambulantes y cambistas están por todas partes, pendientes del movimiento.

Santa Elena de Uairén, a su vez, está envuelta en tensión. Cruzamos la ciudad en un taxi, compartido con una brasileña de Pacaraima, cuyos hijos, nos cuenta orgullosa, estudian Medicina en Isla Margarita, Venezuela. Las armas de la prensa apuntan hacia otro lado que no es el suyo: hasta los cambistas y contrabandistas venezolanos, o hasta los trabajadores comunes que vienen a Brasil, y que así aseguran algún bienestar a sus familias o a sí mismos en Venezuela. Son la cara de la pobreza impuesta al pueblo por “la dictadura de Maduro” –cuando no se convierten, es claro, en “perseguidos políticos”–. Los brasileños que en este infierno bolivariano encuentran la oportunidad de estudiar Medicina, por otro lado, simplemente no existen. Es imposible también no acordarse del brasileño Antonio, en Boa Vista, que trabaja como extractor de metales al norte de Brasil: vestía una chaqueta adornada con los colores de la bandera venezolana y el día siguiente ingresaría a la República Bolivariana para distribuir copias de un CD con canciones autorales –en las voces de otros artistas, las letras van, poco a poco, conquistando ciudades rumbo a Caracas–.

De cualquier manera, Santa Elena es una ciudad tensa. Por ella pasamos para sellar nuestros pasaportes e ingresar al país, en un puesto de la Guardia Nacional Bolivariana, a camino de la terminal de buses local. La estación –una pequeña construcción redonda– es circundada por calles de tierra. El ambiente es de Viejo Oeste: los rostros miran el suelo, pero los ojos, erguidos, miran siempre otros ojos. Decenas de conductores se alinean en sus carros, en un puesto de PDVSA, para llenar los tanques de gasolina y después venderla a brasileños por un precio superior. “Tenemos la gasolina más económica del mundo y al lado tenemos un país con la tercera gasolina más cara del mundo. Lógicamente es un atractivo para aquellas personas que quieren vivir de una manera fácil”, declaró en marzo de este año el alcalde de Gran Sabana, Manuel de Jesús Valles. Aquí encontramos otro personaje curioso: un taxista brasileño que se hace pasar por venezolano y que se sostiene trabajando en la ruta para Santa Elena, con una cooperativa de taxistas de la ciudad, hablando español de forma clara y perfectamente adaptado al acento de la región, a pesar de su figura –un hombre alto, blanco y barbado– que contrasta con la venezolana.

¿Por qué me urge resaltar estas escenas? Porque es evidente para los que recorren ese camino que a lo largo de él no hay solo pobrecitos o santos –ni solo demonios o tramuyeros–. Sobre todo, es manifiesto que provienen de las dos naciones los ciudadanos que se benefician de la frontera, aunque sean de una sola los que sirven de muleta ideológica para periodistas y periódicos oportunistas, que escupen en la verdad pisoteados por los botines de sus editores y patrones.

Los venezolanos que cruzan rumbo a Pacaraima son los que, frente a la crisis económica y sin perspectivas, intentan beneficiarse financieramente de esta posibilidad –como los millones de mexicanos, o incluso brasileños, que todos los años ingresan a Estados Unidos para trabajar, sin papeles–. ¿Serían estos los tristes frutos del capitalismo en nuestro país? ¿Del subdesarrollo del continente, impuesto por el norte? Sin dudas. Pero de este problema –que pertenece a nosotros, brasileños– no se oye hablar. ¿Cómo podríamos imaginar cuáles son sus raíces?

Cuando se trata de Venezuela, por otro lado, los medios de comunicación no se callan. El escarceo producido acerca de los venezolanos que cruzan las fronteras para “huir del hambre” es notorio. En cambio, grita el silencio sobre la guerra económica iniciada por Trump contra el país.

Ingresamos a Venezuela, por lo tanto, con una visión clara: la de que los personajes que vimos y conocimos en este trayecto son utilizados en una campaña ideológica contra el Gobierno venezolano –campaña que nadie hace contra nuestro gobierno o contra el de cualquier país alineado, aunque los personajes criados por estos sean similares– y este parece ser el caso en la mayoría de las veces –aún más sombrío–. Este es un aviso para los próximos días: mirar con tenacidad, pensar con claridad, escribir con honestidad. Más que todo, llegar al destino sin olvidar a Brasil y nuestra propia condición.

Saturday, 04 November 2017 00:00

Itinerarios de María Efigenia

Por Elizabeth Otálvaro*

Como todos los domingos, ese ocho de octubre, las seis hermanas Vázquez Astudillo se levantaron junto a sus padres, Luis Vázquez e Ilda María Astudillo, en el resguardo indígena de Kokonuko, del municipio de Puracé, Cauca; unas más temprano que otras, pero, como siempre, juntas. Solanyi Vázquez, de 27 años, salió ese día desde las cuatro de la mañana a darle de comer a los pollos en la finca ubicada en el sector de Piedra de León, propiedad de su familia y a la que tarda, en carro, un par de horas desde el resguardo. No se despidió y lamenta no haberlo hecho, pues hasta ese día eran seis hermanas, ahora, falta la mayor: María Efigenia Vázquez Astudillo, de 31 años.

Solanyi se fue en la madrugada porque, según dice, el Escuadrón Móvil Antidisturbios (Esmad) les estaba impidiendo el paso hasta la finca. Esto ocurre desde que el Estado, a través de un fallo del Tribunal Administrativo del Cauca y ratificado por el Consejo de Estado, decidió defender, con el poder de la fuerza, el derecho al trabajo y a la vida del señor Diego Angulo –propietario del predio Aguatibia–, por encima del proceso de recuperación de la madre tierra que reclama la comunidad indígena de Kokonuko, para quienes esta fracción de tierra hace parte de su territorio ancestral.

Ese ocho de octubre María Efigenia no se despertó tan temprano como Solanyi, pero lo hizo justo a tiempo para hacerle el desayuno a sus tres hijos y a su esposo. Le alcanzó la mañana para ir tras una de las gallinas que estaba perdida; como ella las criaba, sabía bien que la extraviada gallina estaría poniendo sus huevos. Cuando la encontró, María Efigenia la dejó al alcance de su vista, se sentó en unas piedras y junto a su hermana Vilma, de 29 años, se dispuso a bañar uno de los perros: “echémosle frutiño para que huela rico”, le dijo a su hermana, y minutos después se fue diciendo: “Se me está haciendo tarde. Me voy para allá arriba que están atacando muy feo a mi pobre gente”.

Era casi el medio día cuando María Efigenia subió desde el resguardo hasta la vía de acceso al centro recreacional Aguatibia en el municipio de Puracé, el territorio que tiene, actualmente, a dos soberanías en disputa: la indígena y la estatal. Allí, y a esa hora, el enfrentamiento entre el Esmad y la comunidad se encontraba en su punto de mayor tensión. Pasadas las dos de la tarde, un disparo hirió a María Efigenia en su pecho. Fue trasladada al hospital San José de la ciudad de Popayán donde murió. Según el informe de medicina legal, sufrió: “herida por proyectil de arma de fuego de carga múltiple, que produce herida cardiaca, lesión suficiente para explicar la muerte”.

Itinerario de una hija, madre y hermana
En los cumpleaños de la familia Vázquez Astudillo, Vilma Vázquez, la tercera de las hermanas, asegura que nunca hacían falta los pollos para el almuerzo. Siempre los aportaba María Efigenia, pues ella los criaba. Era muy buena cocinera y así lo recuerda su hermana, a quien apenas superaba por dos años de edad. El pringapata, una especie de sopa de maíz, papa y cuy, era su especialidad, pero a ella, también, le encantaban las papas fritas y el arroz con pollo.

De los cumpleaños, Solanyi no puede olvidar que Efigenia lideraba la recocha. Se convirtió en ritual lanzarle huevos a quien estuviera de aniversario, así como arrojarlo al Río Grande, que no es otro que el Río Cauca, pues el pueblo Kokonuco se ubica en la margen derecha de su cuenca alta. El próximo 14 de diciembre era el aniversario 32 de María Efigenia; ella no estará para recibir los huevos ni ser bañada en el río. Pero, seguro, su familia y las más de 600 personas que asistieron a su sepelio, sí tendrán para ese día el recuerdo intacto de la mujer que hasta el último día demostró que por los suyos habría de luchar.

De lunes a miércoles repartía su tiempo entre la cosecha de fresas y el cuidado de sus hijos. El jueves, así como el fin de semana, se dedicaba solo a ellos: a Geraldine que pronto cumplirá sus 16 años; a Dayana, de 11; y a Bayron, de 8; “les exigía bastante que se dedicaran al estudio”, señala Solanyi. El viernes, María Efigenia regresaba a la finca de su padre, donde también hay vacas, papa y olluco. Y aunque las fresas que le vendía al señor Carlos Valdez, intermediario entre la cosecha y la comercialización en Cali, se robaban casi todo su cuidado y empeño, ella tenía tiempo para su huerta: “le gustaba mucho sembrar cebolla”, dice Vilma.

Itinerario de una comunera en defensa de los pueblos originarios y la recuperación de la madre tierra
Desde el mes de abril el resguardo indígena de Kokonuko enfrenta una disputa real y firme con el empresario de Popayán Diego Angulo, propietario del predio donde está construido el Centro de Turismo y Termales Aguatibia y terreno que según Isneldo Avirama, gobernador de este resguardo indígena, hace parte del territorio ancestral que les pertenece. “Nosotros tenemos un título colonial que nos confirma la legalidad de estos territorios y data de 1773”, dice el gobernador del resguardo Kokonuko.

A pesar de que las querellas por la tierra no son un problema nuevo para las comunidades indígenas, la última se encargó de cobrar la vida de María Efigenia Vásquez. Su trabajo político era decidido y disciplinado, así lo destacan quienes la conocieron; por eso, entre el 2010 y el 2012 hizo parte de la Guardia Indígena.

El actual gobernador, Avirama, dice con rabia y dolor que este acto no es nada distinto al silenciamiento de una voz de protesta. El vacío se hará evidente en su comunidad. La recuerda en las mingas, en los congresos, en las protestas, en todas las actividades organizativas y comunitarias, ahí, dispuesta a trabajar en colectivo y, sobre todo, capaz de comunicar su propia lucha, la misma que heredó de su padre y de los ancestros del pueblo Kokonuko.

Itinerarios de una comunicadora
El seis de octubre fue la última vez que se escuchó la voz de María Efigenia Vázquez a través de Renacer Kokonuko, una de las once emisoras indígenas del Cauca. Ese viernes, en el dial 90.7 FM, pudo oírse entre las cuatro y las seis de la tarde el programa “Guitarras de mi pueblo”, uno de los que realizaba la comunicadora comunitaria que ya no está para recordarle a sus compañeros lo que tanto les repitió: “no nos sentemos detrás de un computador, detrás de un micrófono a hacer radio, porque eso no es radio, radio es salir a investigar, conocer el ambiente en el que vivimos, de esa manera somos comunicadores indígenas, sino solamente vamos a ser programadores de música”.

El comunicador indígena deberá entender como principio básico que, a diferencia de la comunicación convencional, la indígena se da entre los seres humanos y todos los seres de la naturaleza y, a su vez, entre los referentes espirituales del territorio. Y en ello fue formada María Efigenia a través de la Escuela de Formación Intercultural del CRIC, a la que llegó hace 14 años, después de una convocatoria que escuchó en radio Renacer Kokonuko.

***
No parece claro de dónde provino la bala que silenció a Efigenia. Mientras la comunidad, en cabeza de su gobernador, Isneldo Avirama, acusa al Esmad de asesinarla, el comandante de la Policía Metropolitana de Popayán, coronel Pompy Arúbal Pinzón Barón, en sus declaraciones a los medios ha sugerido que las armas hechizas de los indígenas pudieron ser las causantes de la muerte de la comunera.
Ahora, la investigación está en manos de La Fiscalía. Por lo pronto, y como puede entenderse al leer los carteles que se levantaron durante el sepelio de Efigenia, la memoria de la comunera perdurará en una comunidad que se dispone a continuar la defensa de la madre tierra. “Efigenia: tu sonrisa y tu lucha no se apagarán, serán el camino para la libertad de nuestros pueblos”, dicen los comuneros.

*Perfil completo publicado originalmente en Hacemos Memoria

Saturday, 04 November 2017 00:00

Ese día que nos marcó la vida

Por Sara Dávila

Me desperté muy asustada, escuchaba mucho ruido y sentía una gran agitación y brincos. No entendía muy bien lo que las personas decían a mi alrededor, ya que el ruido de las voces se camuflaba con el de disparos y gritos de angustia, no sabía ni comprendía bien lo que sucedía, pero presentía que no era algo bueno. Sentía que me revolvía, estaba totalmente desconcentrada, de un momento a otro esa agitación en la que estaba se detuvo. Ahora las voces las escuchaba más claras, entre 30 y 40 personas estaban allí conmigo, al interior de un bus; algunas hablaban, otras lloraban, sus voces se escuchaban tristes y apagadas y yo aquel 23 de diciembre de 1999 seguía sin entender qué pasaba. Poco a poco me fui quedando dormida.

Cuando me desperté, algo se sentía diferente. Se sentía más ruido de ese que hacen los carros y fue allí cuando me di cuenta que ya no estábamos en nuestra casa en el campo de Concepción - Antioquia y no sabía cuándo volveríamos.

Sentía una voz muy familiar que escuchaba muy a menudo, una voz gruesa que siempre me hablaba con cariño, con un tono tranquilizante que me hacía sentir en paz. De repente sentí muchas voces que nunca había escuchado, pero que hablaban en un tono amable y cariñoso,comencé a sentir cómo me estripaban y luego me soltaban repetidas veces.Poco a poco aquellas voces se sentían más familiares, las escuchaba con mucha frecuencia y se referían a mí con cariño.

El tiempo fue pasando y vi la luz por primera vez, pude ver las personas que emitían aquellas voces tan familiares, el lugar donde vivía, la perra que ladraba y los ruidosos carros, todo era tan maravilloso y tan abrumador que me desconcentraba. Cada día nuevas cosas, nuevos sentimientos se apoderaban de mí, aprendía cosas nuevas y conocía nuevas personas en el municipio de Itagüí – Antioquia.

Dos años después, mientras jugaba con mi muñeca favorita en el apartamento, mi padre estaba en la cocina preparando el almuerzo, cuando se escuchó un ruido muy fuerte como una explosión. Mi padre corrió hasta mí, me tomó en brazos y saltó por el balcón, yo no entendía qué estaba pasando, me sentía muy asustada y no dejaba de pensar que algo no estaba bien.

Nunca había visto a papá tan asustado, y más tarde en una conversación con mi mamá escuché que decía "creí que pasaría de nuevo". Al principio no sabía de qué estaba hablando, pero luego recordé un ruido similar al que me pareció haber escuchado antes; ese horrible ruido del 23 de diciembre del 1999.

Dieciséis años después decidimos ir a visitar el lugar que antes había sido nuestro. De camino mamá me contaba lo que había sido ese lugar, una hermosa y grande casa donde vivían muchas personas que mi padre ayudaba gracias a su trabajo, con amplios prados, ganado, hermosos caballos y grandes cultivos. Me contaba también que había crecido cerca de ese lugar en la molienda que pertenece a mis abuelos. Se le iluminaban los ojos al recordar aquellas cosas.

Al llegar comenzamos a subir lo que parecía ser un camino viejo y ya cubierto por la hierba. Pude ver a lo lejos el techo de una casa y supe que ya estábamos llegando, me di cuenta que esto no se parecía en nada a lo que mi madre me había descrito.

La casa ahora era solamente paredes con grandes huecos, sin puertas ni ventanas, cables partidos, tuberías dañadas y el techo a medio caer. De los muebles y lindas alfombras que mencionó mi madre ya no había rastro, pues adentro no había más que escombros y suciedad. De los prados y grandes cultivos ya no había nada; la hierba había crecido libremente por todos lados y no sabía ni qué pisaba al caminar.

Mi madre miraba todo con mucha melancolía y no pudo contener las lágrimas en sus ojos. Aún no olvido lo que me dijo ese día: "Qué lástima que no pudieras ver y disfrutar de lo hermoso que era esto, ni pudiste conocer a tu prima, a tu tío, ni a mi tía con la que viví más joven para poder estudiar”.

*Estudiante del grado 11° de un colegio oficial en el municipio de Itagüí.

Los colombianos nos encontramos en un contexto de cierre definitivo del conflicto armado, lo cual nos llena de alegría y esperanza. Los impactos por el silenciamiento de los fusiles son evidentes, especialmente los relacionados con el derecho a la vida: las cifras de violencia producto de la confrontación bajaron en más de un 90%. Eso ya es un hecho histórico que no podemos desconocer, así como agradecer a sus protagonistas.

Sin embargo, paradójicamente los asesinatos contra defensores y defensoras de derechos humanos no han parado; las cifras son contundentes. Eso significa que hay una guerra contra estos activistas. De ahí la preocupación de muchos sectores de la sociedad, la comunidad internacional, e incluso, de instituciones del Gobierno y Estado colombiano, responsables de proteger a los activistas de DDHH.

En consecuencia, desde el Programa Somos Defensores quisimos ir más allá de las cifras y análisis coyunturales para indagar sobre qué elementos subyacen para que el fenómeno se mantenga. Para ello, nos fuimos a las entrañas mismas del Estado colombiano, como el garante de derechos que es, y a través de informes especiales, identificamos tres elementos (ya descritos en las páginas de Periferia hace varios meses) que a nuestro entender son problemáticos y ponen en cuestión la legitimidad del Estado frente a su responsabilidad de garantizar la vida y libertad de estos activistas.

EPISODIO I. La impunidad contraataca
Analiza 458 casos judiciales de líderes y lideresas sociales asesinados entre los años 2009 y 2016, periodo que lleva el Proceso Nacional de Garantías, espacio de interlocución entre el movimiento de DDHH, el Gobierno y Estado colombiano, acompañado por la comunidad internacional, y que coincide también con los dos mandatos del presidente Juan Manuel Santos.

Con información de la misma Fiscalía General, el Episodio I da cuenta en detalle sobre los avances judiciales en los casos referidos. La primera conclusión es que 397 casos (87%) se encuentran en la impunidad. La segunda, que en tan solo 28 casos (6%) hay esclarecimiento, es decir cuentan con sentencias en firme, pero una cifra muy baja para el elevado número de asesinatos. Adicional a ello, la Fiscalía no hizo mayor esfuerzo; la Oficina de Naciones para los Derechos Humanos en Colombia, fue quien ayudó a documentarlos.
Por otra parte, el 63% de los casos se encuentran en etapa de indagación, lo cual es grave en la medida que en muchos de los hechos han pasado varios años desde su ocurrencia y las pruebas se han perdido.

El análisis de los casos esclarecidos tampoco da cuenta de los responsables intelectuales de los crímenes, se queda en autores materiales sin ninguna conexión con grupos paramilitares o agentes de la Fuerza Pública, a lo sumo con disidencias de las guerrillas. Tampoco profundiza en modus operandi, ni patrones de ataques.

Otra gran conclusión que refiere el Episodio I es que con estos resultados tan precarios, la Fiscalía no tiene elementos suficientes para afirmar que detrás de los homicidios contra defensores y defensoras no hay sistematicidad, pues ello sólo se puede deducir de altos niveles de investigaciones sentenciadas.

EPISODIO II. El lado oscuro de la fuerza
Se adentra en un aspecto espinoso de tratar en un país como Colombia, donde indagar sobre el papel de los servicios de inteligencia en el contexto de violencia socio política, además de reservado, es un tema tabú. Pues bien, este Informe Especial logra hacer una línea de tiempo que da cuenta de cómo se crearon y crecieron los servicios de inteligencia en el país, sus intereses, apoyos económicos, docilidad de acuerdo a los intereses de los mandatarios de turno, el fortalecimiento de la tecnología para el seguimiento –legal o ilegal– sin control alguno por parte del resto de ramas del poder público, de tal manera que han podido criminalizar al movimiento social y de DDHH, en total impunidad.  

Para ilustrar cómo la inteligencia oficial ha sido utilizada para perseguir, estigmatizar y desprestigiar a organizaciones sociales y activistas, se describen casos de Cali, Medellín, Barrancabermeja y Bucaramanga, y también el caso más conocido por lo mediático, el del Departamento Administrativo de Seguridad, DAS.

A lo largo del Informe también se desarrolla la tesis según la cual las Fuerzas Militares, desde que crearon la teoría del enemigo interno para perseguir a las insurgencias, ampliaron esta concepción para combatir también al movimiento social, de DDHH, opositores políticos y todo estamento que consideraran crítico del Estado colombiano. Bajo este concepto naturalizaron la persecución a través de sus servicios de inteligencia y llegaron a tales grados de criminalización.

EPISODIO III. La amenaza fantasma
Contrario al papel cumplido por las instituciones anteriores, este Informe muestra cómo los Gobiernos nacionales, especialmente a través de entidades como el Ministerio del Interior, Vicepresidencia y Consejería para los DDHH, sí se preocuparon por mecanismos de protección para personas en riesgo alto o extremo, lo cual se refleja en una extensa normatividad desarrollada a lo largo de estos años. Sin embargo, tales esfuerzos han sido insuficientes, pues la problemática de ataques al liderazgo social persiste y pareciera crecer.

En ese sentido, el hallazgo principal del Episodio III se centra en describir que el “pecado” del Gobierno nacional radica en haberse dedicado a generar mecanismos de protección únicamente físicos, materiales e individuales, sin tener en cuenta el fondo de los contextos, donde han jugado un papel determinante las dos problemáticas descritas en los Episodios I y II, lo cual convirtió la protección en un instrumento aislado de las causas, factores y actores provocadores de los crímenes contra defensores y defensoras de DDHH. En otras palabras, los Gobiernos nacionales pusieron el acento en proteger personas de manera individual como en una “burbuja aséptica” de la violencia socio política, pero sin trascender a resolver las causas estructurales que alimentan la persistencia del fenómeno.

Así las cosas, decir que si en el actual contexto, el Estado y Gobierno colombiano están realmente comprometidos con la búsqueda de la paz, es necesario que frenen de raíz la criminalización contra tantos hombres y mujeres que se levantan diariamente a luchar por los derechos de sus comunidades. Para ello las políticas provenientes de las diferentes instituciones y ramas del poder público deben ser sistémicas y responder al fondo del problema y dejar de responder a la presión social y mediática a través de directrices e informes efectistas, espontáneos y coyunturales. Sólo así recuperarán la legitimidad perdida como garante de los derechos humanos de los colombianos.

*Directora de la Asociación MINGA. Coordinadora del Programa Somos Defensores

La capital del Valle es una de las ciudades con más fuentes hídricas del país, rodeada  y atravesada por cinco ríos: Cauca, Cali, Meléndez, Lili y Cañaveralejo. Estos ríos surten de agua potable a la ciudad, en especial el río Cauca, que aporta el 76% del recurso. Pero este gigante hídrico sufre contaminaciones en grandes cantidades tanto por las industrias como por los asentamientos que se encuentran en su rivera.

Algunos de los factores contaminantes son: los agroquímicos utilizados en la industria de la caña, los cuales se filtran por el subsuelo llegando hasta el río, y contienen agentes dañinos para el ser humano; los desechos farmacéuticos de sustancias toxicas para los seres vivos que llegan a provocar malformaciones de quienes consumen esta agua, y la minería a gran escala de oro y platino, la cual no solo destruye la rivera del Cauca sino que además utiliza mercurio, un elemento altamente cancerígeno. Lo anterior afecta a todo el ecosistema, como se reporta en el monitoreo que tiene la Corporación Autónoma Regional del Valle del Cauca – CVC en 19 estaciones a lo largo de unos 200 kilómetros del río a su paso por el Valle.

Pero no solo las industrias privadas son responsables de este crimen. Las entidades públicas encargadas del tratamiento del agua en la ciudad han provocado estragos en el río por falta de gestión. Existen déficits en las plantas de tratamiento de agua potable de Puerto Mallarino y Río Cauca, y una infraestructura incapaz de limpiar efectivamente al agua que se regresa al caudal del río, es decir que los componentes orgánicos son depurados, pero los metales pesados y demás agentes dañinos como el plomo y el mercurio son imposibles de separar. Por otro lado, es responsable la entidad encargada de la recolección de basura, por su mal manejo de residuos sólidos; estos eran llevados al antiguo basurero de Navarro, el cual quedaba rodeado por barrios, y aunque este fue cerrado ya hace 10 años, sigue generando  lixiviados (líquidos tóxicos por la degradación de la basura) que han atravesado las geomenbranas y filtrado en el agua subterránea que desemboca en el Cauca. Es decir que no solo los residuos orgánicos  no son separados del agua como debería ser para regresar al río, sino que además el río sale de la ciudad con una contaminación letal, gracias a las industrias con niveles que duplican los parámetros internacionales permitidos.

Por otro lado, el río Meléndez también ha sufrido los estragos de la sustracción de oro, platino, carbón y hasta la tala indiscriminada del roble negro, utilizado como carbón vegetal. La comunidad de Villacarmelo, un corregimiento a las afueras del occidente de la ciudad, en las puertas del Parque Nacional Natural Farallones, por medio de la Asociación Campesina Gotas de Lluvia, integrada por adultos, jóvenes y niños, ha estado desde finales de los noventa resistiendo a estas prácticas que acaban con el ecosistema que se nutre del río Meléndez. Su trabajo va desde la creación de proyectos de construcción de pozos sépticos, en colaboración con entidades privadas, para las familias que no pueden solventar estos costos; la denuncia a terratenientes que explotan de manera indiscriminada la montaña; las campañas de reforestación, hasta la acción directa en la que han creado comités de protección ambiental, deteniendo a las volquetas que transportan el carbón.

En la actualidad los censos que se realizan al río Meléndez a la altura del corregimiento marcan 0% de mercurio, lo que influye en el turismo de forma positiva en la zona. Pero aguas abajo, el Meléndez, como si no fuera el mismo, se torna oscuro y delgado, con una contaminación “aceptable” según el Departamento Administrativo de Gestión del Medio Ambiente - Dagma.

Aunque el agua en lo alto del Meléndez sea cristalina, las dificultades no se han terminado, los campesinos siguen trabajando y desdoblando su amor por su territorio a niñas, niños y jóvenes. La lucha se mantiene no solo con las empresas mineras y la tala, sino también con las entidades públicas como el Dagma, la CVC y Parques Nacionales, porque como dice Jaime, habitante del corregimiento, “no hacen, ni dejan hacer”.

*Este artículo fue producto del taller de Comunicación y Periodismo dinamizado por Periferia en el marco de la Escuela de Comunicación Uramba.

Largos, fríos y sorpresivos eran los caminos que soportaban los chuecos pies de las y los abuelos nariñenses; es común escuchar las historias de sus travesías, varias horas caminando, expuestos al sol, la lluvia, la oscuridad y los temores. “La escuela quedaba a dos horas de camino, yo me levantaba a las cuatro de la mañana para poder llegar a clases, con una pequeña linterna empezaba la caminata, a veces me daba miedo el ruido del río y los matorrales, pero llegaba contento al salón, cuando salía me iba corriendo para quedarme con mis amigos un rato en el río”, recuerda Mauricio Grijalba,  nariñense que terminó sobreviviendo en la selva de cemento.

Ahora las anécdotas de los recorridos no van más allá de los estresantes trancones, accidentes o peligros en el transporte tradicional. Es por eso que los recuerdos envuelven a las nuevas generaciones, que anhelan quizá poder vivir aunque sea solo instantes las caminatas rigurosas e inciertas.

Hoy, cientos de pastusas y pastusas, sumidos en los afanes y rutinas de las labores cotidianas, hacen uso del famoso bus urbano; el matutino proceso consiste en correr cada mañana a la esquina a esperar su ruta, abordar, remover el metal y el papel en el bolsillo, despojarse de estos y postrarse a merced del celular durante el recorrido, de los apuntes olvidados para el parcial, del maquillaje, o simplemente atento a sostenerse porque tocó colgado en la puerta.

Todo parece normal y tranquilo, el inconveniente surge al saber que son cuatro las veces que se tiene que usar este transporte en el día, pues las dinámicas de los horarios y tiempos así lo determinan. Esto implica un costo diario de seis mil pesos, de acuerdo a ello el análisis presupuestal se clasifica por sectores. Por ejemplo Brayan Moya, estudiante de la Universidad de Nariño, comenta que sus gastos se calculan entre doce mil y quince mil pesos diarios, de los cuales invierte la mitad en los costos del transporte.

“Como no tengo empleo toca reducir gastos, en las noches camino las dos horitas, así guardo para las copias y uno que otro tinto y un cigarro”, afirma Yurany Nataly Cuaran, estudiante de Artes Visuales. Además señala que su hermana estudia en la misma institución, involucrando los mismos gastos. Estas dos chicas dependen de su madre, quien además de ser cabeza de hogar, debe sostener su núcleo familiar con algo menos de un salario mínimo mensual.

Hagamos cuentas
Los 48.262 pesos que aumentó el salario mínimo son arrasados en dos semanas si se utiliza el bus urbano dos veces al día, pero solo dura ocho días si su transporte es de cuatro turnos; ahora, un padre de familia gasta el indignante aumento en menos de una semana.

Es por situaciones como estas que Brayan, Yurany, estudiantes de las universidades de la ciudad y estudiantes de secundaria han decidido organizarse en un solo bloque, vinculando de igual manera a las y los pastusos en general. Después de arduas jornadas de estudio y debate, a este grupo amplio le han llamado Movimiento Que le Bajen al Bus.

Con la angustia de que cada semestre la situación económica se convierte en ese ladrón silencioso, concluyen que es indignante tragarse los abusivos aumentos de la tarifa del transporte en la ciudad, triste empezar cada año recibiendo decretos embaucadores, y que es más triste reconocer a los protagonistas de tales procesos, que se burlan de la confianza que los ciudadanos les otorgaron  con sus valiosos votos. Es desde este espacio donde se solicitó y concertó una mesa de negociación con Avante, empresa encargada del sistema estratégico de transporte público de Pasto, y con el Alcalde del municipio.

En este espacio están trabajando temas relacionados con el exagerado aumento a las tarifas del transporte público, entre ellos: tarifa diferencial para estudiantes; derogación del decreto 0675 del 7 de diciembre del 2016, que especifica el aumento a mil quinientos pesos la prestación del servicio de transporte; congelación de la tarifa; extensión de los horarios del servicio; movilidad y coberturas en algunas zonas de la ciudad.

Este proceso ha venido avanzando con diferentes actividades, movilizaciones, plantones, entrevistas y algunos acuerdos que se han forjado con la administración encargada. Se ha logrado hasta el momento la congelación del precio para estudiantes de las universidades. También se consensuó un presupuesto de noventa millones para que el Centro de Estudios Regional de la Universidad de Nariño (CEDRE) realice el proyecto económico que avale la tarifa diferencial para estudiantes, adultos mayores y personas con discapacidad. Este gasto será dividido en 44 millones que pondrá la Universidad de Nariño y 53 millones que van por cuenta de la Alcaldía.

Este proceso es largo, en busca de mayores ganancias y beneficios para la población pastusa. Se espera el apoyo de la ciudadanía, para que miles de chicas, chicos, señoras y señores puedan por lo menos movilizarse con un pesito más en el bolsillo.

*Este artículo fue producto del taller de Comunicación y Periodismo dinamizado por Periferia en el marco de la Escuela de Comunicación Uramba.

Por Estefanía Ocampo

En el año 2015 se iniciaron los proyectos hidroeléctricos en el municipio de Sonsón, Antioquia. Las empresas dueñas de estos proyectos afirmaron que no serían perjudiciales para el medio ambiente ni para las comunidades, sin embargo a medida que avanzan las construcciones, las afectaciones también lo han hecho.

 

En un principio los empresarios llegaron con las manos llenas de ilusiones, augurando desarrollo y valorización del territorio; prometieron construir carreteras que, al parecer, fomentarían la conexión entre las comunidades y el área urbana, y generar empleo, para evitar que habitantes del sector se desplazaran a otras localidades. Actualmente se adelantan procesos en dos de las ocho microcentrales eléctricas que se planean construir en el municipio, Aures Bajo S.A.S E.S.P e Hidro Arma E.S.A E.S.P, ambas ubicadas en el corregimiento de Alto de Sabanas; las otras seis aún se encuentran en estudios ambientales.

Las comunidades que habitan las áreas de impacto de estos proyectos han reportado enfermedades respiratorias, daños en los cultivos y contaminación del agua, a causa de la polvareda que se extiende a través de las carreteras que comunican la vía principal con las microcentrales. Dada la topografía escarpada y pendiente del lugar, se han reportado deslizamientos sobre y en los predios de los habitantes del sector, dañando sus cultivos y viviendas. En la parte baja, a orillas del río, los deslizamientos de tierra se han llevado a su paso el bosque nativo. Además se encontró que gran parte de la tierra removida en las construcciones ha sido lanzada al río para evitar el trabajo de trasportarla a otros sectores, y aunque se sabe que el código de recursos naturales prohíbe estas prácticas, las empresas han hecho caso omiso de ello, incluso Cornare conoce el proceso, pero no ha hecho nada para evitar que se continúen vulnerando los derechos de los ríos Aures y Arma.

Carmenza Carmona, directora de la Veeduría Ciudadana Ambiental del municipio, afirma que el caso de Sonsón no ha sido aislado al de varios municipios del Oriente antioqueño ricos en fuentes hídricas y minerales, como Guatapé, San Carlos, El Retiro y San Rafael, en los que también se han construido microcentrales eléctricas. Añade que estos proyectos debilitan el tejido rural, puesto que los campesinos al cambiar su labor de campesino a obrero, abandonan el oficio que han ejercido durante generaciones. Generalmente dichos proyectos atraen gente de diferentes lugares que alteran las costumbres y economía de la región. En cuanto al medio ambiente comenta que las repercusiones serán vistas en el cambio de los ecosistemas, la disminución y contaminación del caudal del río, la deforestación y explotación minera.

Cabe traer a colación que Sonsón tiene 94 títulos mineros. Como es bien sabido, la explotación minera necesita grandes cantidades de energía como las que se pretende generar con dichas hidroeléctricas, ubicadas estratégicamente en lugares ricos en bienes naturales.

La comunidad ha acudido en repetidas ocasiones a las autoridades locales como: Cornare, la Inspección de Policía y la Personería municipal para denunciar lo que está sucediendo, sin embargo, según relatan, todos se pasan la pelota unos a otros, excusándose en que no son la autoridad pertinente para solucionar dichas problemáticas y que solo pueden recibir las quejas y enviarlas a otra oficina. Generalmente las quejas recibidas son enviadas a la sede principal de Cornare, ubicada en el municipio del Santuario, donde se han demorado tanto tiempo para responder, que la comunidad en compañía de la Veeduría Ciudadana Ambiental y el MOVETE (Movimiento social por la defensa del agua, la vida y el territorio del Oriente antioqueño), ha tenido que adelantar acciones legales como derechos de petición, comunicados y denuncias ciudadanas para que se agilicen los procesos.

Aures bajo: será que por fin le responderán a los campesinos
Como se mencionó anteriormente, la construcción de la hidroeléctrica Aures Bajo S.A.S E.S.P ha provocado varias afectaciones en el territorio. Gran parte de ellas giran en torno a las carreteras de las veredas Naranjal y La Loma que conectan la vía principal con la sede de la empresa, pues aparte de la contaminación ambiental y los daños en los cultivos y viviendas de los campesinos, se descubrió que la carretera de la loma fue construida sin ser autorizada la licencia ambiental ni comprados los predios por donde fue trazada.

En contraposición a lo anterior, la comunidad se ha manifestado durante lo que ha corrido del presente año con actos no violentos como el cierre de la carretera, denuncias en los medios de comunicación regionales y derechos de petición expedidos a Cornare.

En respuesta, el 4 y 7 de julio del presente año se reunieron los campesinos afectados, los representantes legales de la empresa, el Alcalde municipal Obed Zuluaga, Cornare, MOVETE y la Veeduría Ciudadana Ambiental para hablar de la problemática, enfatizando en cómo la empresa no había respondido por los daños y perjuicios que se han venido presentando a raíz de la construcción de la carretera. Después de entrevistar a algunos de los líderes, nos enteramos que la empresa se está reuniendo con los campesinos de manera individual para llegar a un acuerdo legal. Y en cuanto a la carretera que fue trazada ilegalmente, ya fue expedida la licencia ambiental por parte de Cornare, a pesar de las fallas estructurales y geológicas que posee.

Por Lina Álvarez - El Cuarto Mosquetero

Hace más de 60 años sus familias habitan allí, en esas fincas llenas de diversos cultivos que se distribuyen por todo el Meta; son campesinos, orgullosos de su descendencia, de los caños que surcan sus territorios y la variedad de fauna y flora. Por esto llevaban más de un año intentando interlocutar de manera pacífica con Ecopetrol, empresa que pretende desarrollar el proyecto Trogón I. Sin embargo, se vieron obligados desde hace seis meses a crear un campamento permanente para no permitir la entrada de los funcionarios. Aun así, estos desconocieron el rechazo a la extracción petrolera por parte de los habitantes Pio XII en Guamal y con apoyo de las fuerzas represivas del Estado, lograron irrumpir en sus predios.

Inició el conflicto
Todo empezó hace cuatro años, cuando Ecopetrol llegó a la vereda Pio XII intentando comprar predios. Todos son pequeños propietarios, viven de los procesos agropecuarios, quieren su territorio y por ende, rechazaron las ofertas; pero no se imaginaron que una habitante que al parecer se dedicaba a las urbanizaciones piratas y a quien se le presentaban problemas a la hora lotear el terreno (en el que en algún momento se pretendió desarrollar un proyecto de interés social), vio como salvadora a la empresa y se lo vendió. Así, esta comunidad enfrentó su primera derrota, y aunque no podría decirse que era la comunidad más organizada, desde ese momento se lo propusieron. Muchos de ellos incluso estaban impidiendo que continuara la plataforma Lorito 1 en su municipio, y tenían muy claro por qué no querían extracción de petróleo allí, por más que les dijeran que Guamal tendría más “oportunidades” laborales.

En Trogón I se buscará confirmar el potencial del bloque CPO-9 que cuenta con su respectiva licencia, sin importar que allí existe uno de los acuíferos subterráneos más grandes de la región, del cual se surten acueductos comunitarios o municipios como Castilla La Nueva y la vereda Humadea. Pero ni la riqueza hídrica que debería ser protegida como lo establece la sentencia T-652/13 respecto al derecho fundamental del agua potable, logró ser argumento suficiente para que no continuaran con el proceso de “socialización”.

En repetidas ocasiones intentaron mostrar el respaldo de la comunidad al proyecto, convocando al parecer a habitantes de los alrededores de Guamal (más no de Pio XII) para que lo aprobaran. Aunque la comunidad denunció las irregularidades, como no ser convocados, que el espacio fuera insuficiente para que todos pudieran participar, o que se respaldaran en las oportunidades laborales pero no hablaran del verdadero impacto que finalizaría con su vocación agrícola, Ecopetrol siguió avanzando, sin tener en cuenta su inconformismo.

La comunidad empezó a manifestarse
Cuando el Concejo Municipal emitió una resolución en la que cambiaba la naturaleza del uso del suelo de la vereda Pio XII que históricamente había sido de tradición agropecuaria a zona de ampliación urbana, facilitando lo planeado por Ecopetrol, la comunidad sintió desfallecer. Sin embargo, con la ventaja legal de llegar a sus predios, los habitantes de esta zona decidieron realizar un plantón permanente y pacífico para impedir el ingreso a los funcionarios. Durante más de seis meses hicieron turnos, ollas comunitarias, durmieron en hamacas bajo un improvisado techo de plástico. Su defensa parecía segura, pero la fuerza pública empezó a hacer presencia en múltiples ocasiones, ultrajándolos, amenazándolos, hasta que una madrugada llegaron con el Esmad y no pudieron enfrentarlos más.

“Llegó el Esmad, recogió todas las sillas que teníamos en la propiedad, se acomodó con los escudos y comenzó a empujar la gente”, comenta un habitante de la tercera edad quien se encontraba en el campamento, quien además denuncia que no es la primera vez que los golpean. Justamente a él, un supuesto contratista de Ecopetrol le dio un planazo en la espalda hace algunas semanas, y las denuncias fueron en vano.

Ellos no esperaban la pronta llegada Esmad, como le señaló una de las lideresas del sector a los funcionarios: “Nosotros nos comunicamos con el ingeniero Juan Naranjo y acordamos respeto (…) Nosotros somos de aquí, llevamos más de 60 años, yo creo que lo primordial es que se comuniquen con nosotros, y venir aquí a decirnos tenemos licencia pero sin dejarnos leer no es válido (…) Nosotros nos hemos leído las 300 hojas de esa licencia y sabemos que ustedes no pueden estar aquí en este momento”, ya que además esperaban que llegarían a los predios después del pronunciamiento del Tribunal frente a la acción popular que presentaron. Exponen además que ni siquiera hubo presencia de la Defensoría Pública o personal de derechos humanos.

Interpusieron la acción popular porque aparte de los múltiples derechos que les han vulnerado durante el proceso, consideran que la exploración de Trogón I es inviable: “Entendiendo que esta vereda es una zona de alto riesgo, estamos ubicados a una altura de 570 metros sobre el nivel del mar; la Licencia 466 de la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales- ANLA señala en sus páginas 16 a 21 que 23 de los 29 municipios del departamento presentan riesgo a los 575 metros de altura por estar ubicados en la falla geológica de Villavicencio”, manifiesta Diego Enrique Salcedo Ladino, miembro de la comunidad. En esta falla también están los municipios de Acacías, Guamal y Cubarral que además presentan especial riesgo aún por debajo de los 575 metros, “es por esa razón que las comunidades atendiendo la precaución nos manifestamos en contra de ese proyecto”.

Por ahora siguen organizándose, cuentan con el apoyo del movimiento ambiental y se apoyan entre ellos para no caer en la desesperanza; Ecopetrol con el apoyo del Esmad continúa entrando maquinaria y los elementos necesarios para llevar a cabo el proyecto. Ya perdieron la ilusión de recibir ayuda del Alcalde, pues en múltiples ocasiones intentaron hablar con él, pero este no se ha interesado en apoyarlos. La solución pacífica al problema que les está representando el proyecto Trogón I, les ha traído represión por parte del Esmad, militarización de la zona, incluso consideran una falta de respeto que los soldados estén acampando en las inmediaciones del colegio.

Todavía realizan turnos las 24 horas, diferentes actividades para fortalecer el tejido social, como jornadas lúdicas, cine plantón, compartires, y en general procesos para culturalizar y entender la problemática que están viviendo y la importancia de resistir: “Nosotros estamos hasta el final, porque estamos luchando por una causa justa; por el agua, por la vida y por el medio ambiente, entonces seguiremos aquí, a pesar del abuso de las autoridades municipales y departamentales seguiremos ahí, en la lucha, hasta que mi diosito nos dé fuerzas”, comentan los habitantes de esta vereda.

Thursday, 07 September 2017 00:00

Una visita al abuelo Macuna

Desde los cielos del Amazonas, la selva extensa y densa llamaba nuestra expectativa a un nuevo territorio colombiano por conocer.

El tiempo esperado se acercaba y luego de estar durante días en el municipio de Leticia, el calor producía el intenso sudor de siempre, las aves nos despertaban dulcemente de la misma forma que siete días atrás. Era martes 11 de julio de 2017. A las 10:00 a.m. tomamos un Tuk Tuk (moto-carro) hacia el kilómetro 11, y media hora después iniciamos el recorrido entre la selva amazónica, caminando por un sedero entre árboles nativos; algunos mochileros, loros y oropéndolas nos escoltaban hacia el lugar. Allí estaba, después de atravesar el último puente, una gran Maloca.

Un hombre de piel oscura y gruesa nos sonreía, nos invitaba a pasar y a tomar un descanso antes de iniciar. Él regresaba de su trabajo en la chagra (el lugar del cultivo); sudando se quitó la camisa para arreglarse. Nosotros lo saludamos y le pasamos un paquete con algunas cosas que le ofrecimos por su recibimiento: fariña (harina gruesa a base de yuca), café colombiano y azúcar.

Sin saber nada aún sobre lo que iba a pasar, sentía que al lugar le faltaba algo. Mientras Gustavo se refrescaba y se ponía con delicadeza uno a uno sus collares con piedras, semillas y colmillos, yo me preguntaba internamente, ¿dónde está su esposa?, ¿dónde están su hijos?, ¿no hay otro Macuna más? Sólo lo acompañaba un señor que lo ayudaba en sus labores y que mientras nosotros esperábamos el encuentro más cercano con Gustavo, llegaba con leña y la comenzaba a ubicar en lo que parecía ser la cocina del lugar. Esta estaba ubicada dentro de la Maloca hacia una esquina; en la otra esquina había una especie de altillo que parecía ser el lugar donde alguien dormía. Por dentro la Maloca era muy amplia, un comedor largo de madera dividía el lugar, allí nos sentamos; a un lado colgaban varias hamacas en la que por algo de dinero podíamos pasar la noche. El lugar estaba impregnado de tranquilidad y buena energía, y nosotros de ansiedad por descubrir lo que se escondía tras este hombre; habíamos llegado allí por la necesidad de conocer mundos ocultos y olvidados de la periferia de nuestro territorio colombiano, y aquí estábamos, pacientemente esperando.

Gustavo Salgado se sentó más allá del comedor de madera y mientras acomodaba a su lado una máscara, unos recipientes y otros elementos de su cultura, nos invitó a sentarnos frente a él en unos troncos de madera firme; nos recibió en su casa que no llama Maloca sino casa del abuelo “Ukuabiri” en lengua Macuna, que significa: la casa que construyen los abuelos con mucha sapiencia y espiritualidad para organizar a su comunidad; eso nos dice después de ponernos a deletrear la palabra “Ukuabiri” lentamente frente a la grabación de la cámara de nuestros celulares. Cuenta que a partir de sus siete años de edad se empoderó de sus ideas, que hacen parte de una cultura ancestral guiada por su madre, padre y abuelo a quienes menciona constantemente con respeto y admiración; ideas que hoy nos cuenta para mantener viva su cultura que poco a poco se ha ido extinguiendo.

Tal vez Gustavo sea el último abuelo de este lugar, sus hijos y sus nietos no quieren continuar sus tradiciones; la contaminación del hombre blanco ha hecho desviar sus caminos hacia un mundo civilizado “entre trago, mujeres y tecnología”, nos dice. En este momento se respondieron mis preguntas sobre la ausencia de las otras personas; él ya no hace parte de un resguardo indígena, y cuenta que aquí sólo vive junto con cinco personas más. Insiste que el mundo de hoy está perdido: “no sabemos a quién creerle, no sabemos para dónde vamos, quién nos está engañando a nosotros”, repite, por eso Gustavo viene “a compartir con el mundo entero”.

Hoy a sus 66 años de edad transmite con cariño, sabiduría y espiritualidad solo unos puntos de esta muy grande y dinámica historia. Su cultura viene de la orilla del río Amazonas y otros lugares que atraviesan los ríos Comeña, Pirá, Apaporis, Mirití-Paraná, Caquetá, Putumayo, San Rafael y La Chorrera. Él explica que el ser humano de donde quiera que venga debe tener claro cuatro ideas o principios para la existencia de la vida:

Herencia
La herencia es la sangre de nosotros, es totalmente intangible y se teje entre el trabajo de toda una comunidad; una herencia que se multiplica y se forma. “Multiplicar y formar”, repetía con constancia. Según Gustavo, la sangre nos mantiene vivos y sanos. Y si la herencia es la sangre, la existencia de las comunidades indígenas depende de la conservación de esa herencia.

Trabajo
Gustavo dice: “El mundo entero no está hablando de trabajo, habla mucho chéchere y le hace falta trabajo”.
Un trabajo sin ganancia económica que no necesitaba ninguna forma de comercio. Un trabajo vinculado al campo, a la construcción y el fortalecimiento de una comunidad. Gustavo nos contó que antes no tenían las herramientas que tenemos ahora, no había machetes, ni palas, pero sí mucha fuerza física, el trabajo era de la casa a la chagra y de la chagra a la casa. El trabajo es hacer la casa, sembrar y organizar la comida, sin distracciones, ni pagos que hacer, ni ocupaciones banales que alejan al ser humano de la naturaleza. Enfoca su principio en no manejar ideas ajenas, y lo repetía con voz de consejo durante su charla.

Comunicación
“Hay que mejorar la oración y mejorar el habla”, recalca Gustavo. Con sus palabras Gustavo nos enseña que la comunicación es respeto, es mantener una conexión transparente con la persona que miras, sonríes, compartes y vives. Él nos cuenta que existían las bancas de oración para la comunicación de sus abuelos y padre con la espiritualidad. Dice que el habla es poderosa y por eso hay que hablar bonito, no pronunciar palabras que traigan una espiritualidad negativa.

Sudor de los amigos
Es trabajo en equipo pensando en todos. Gustavo nos cuenta que durante la construcción de su “Ukuabiri” fue importante hacer las bases fuertes para evitar accidentes que pudieran afectar al otro. El sudor de los amigos es tener claro que no trabajamos solos y que construimos con todos un mundo para todos. “Blanco al indígena y el indígena al blanco, cuando el blanco no puede, el indígena puede y cuando el indígena no puede el blanco puede. Todos somos hermanos”, decía manifestando un mensaje de paz.

Gustavo hoy transmite su cultura para que sea sentida en unas pocas horas. Pero es imposible apropiarse de ella en tan poco tiempo, por lo que hay mucho que heredar aún. De Gustavo heredemos el amor al trabajo, la buena comunicación con nuestro entorno, la capacidad de valorar el sudor de los amigos trabajando en equipo, sonriendo siempre como sonríe él.

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