Tuesday, 19 June 2012 16:19

La tragedia de doña Blanca y la Indolencia del Estado

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Doña blanca es una testigo de la realidad que se vive en la comuna 8, donde están los barrios La Sierra, Villatina y el Ocho de Marzo, unos de los más pobres y violentos de Medellín. Ella le contó a Periferia que tuvo que renunciar a todo por huir de la violencia y el control social que ejercen los paramilitares allí. Según doña Blanca, la política municipal de participación ciudadana ha sido una forma de financiación de los paramilitares, que se roban los recursos, amenazan y asesinan a quienes intenten denunciar los robos, como le pasó a Pacho habitante del sector de la Arenera, a quien le tocó salir del barrio no sólo para conservar su vida, sino también la de su familia.{jcomments on}

El problema de nuestra familia es que Pacho ha sido muy imprudente y no ha sabido hacer bien las cosas, por eso ha tenido muchos enfrentamientos con los paracos. Él siempre ha tenido mucha iniciativa y por eso se desenvolvía como el fiscal de la Junta de Acción Comunal, siempre está presente donde se estén tratando las problemáticas del barrio; pero con sus denuncias nos ha puesto en peligro, hasta el punto de tener que salir huyendo del barrio.

Los paramilitares siempre han amedrantado a los miembros de la Junta de Acción Comunal y como consecuencia no permiten ningún desarrollo en el barrio la Arenera, pues los paramilitares se roban el dinero que le corresponde a la comunidad y por eso es que la gente decía que los de la Junta de Acción Comunal se robaban la plata.

Angustia por las peripecias de Pacho
El problema empezó con los dineros que quedaban del reciclaje de las basuras, pues este era para los viejitos; Pacho se peleaba ese dinero, decía que ese dinero era de los adultos mayores, cosa que no les gustaba a los paracos. Los de la Junta tuvieron problemas con Edwin Tapias, un antiguo líder paramilitar de La Sierra, porque ellos se querían quedar con el dinero del presupuesto ciudadano del 2008, que eran como 100.000 millones de pesos; como mínimo querían quedarse con 58 millones de pesos y el resto para las necesidades de la comunidad. Ahí fue donde empezaron las enemistades. Cuando pasó eso Pacho se había ido a trabajar a Nechí, Antioquia, y en esos días se hizo la reunión de presupuesto participativo; momentos después fue que mataron al presidente de la Junta, que era Augusto. Menos mal Pacho no andaba por acá; ese día, antes de que mataran a Augusto, había venido a mi casa un señor al que le decían Juan Diablo, con el que nunca me había hablado porque me caía mal; toco a mi puerta y todo amable dijo que me necesitaban en una reunión de la Acción Comunal.

- Qué pena- le respondí-, pero yo no he escuchado el megáfono ni he visto carteles.
- No - dijo él-, es que es una reunión con Empresas Varias.
Entonces yo le dije que no quería ir. Yo era socia de la Junta, pero no me gustaba hacer parte de la mesa directiva, por eso no iba a las reuniones. Pero este tipo me insistió mucho y al final acepté. La reunión era a las 5 pm y ya eran las 4:45; faltando 10 para las 5 me organicé; fue en ese momento cuando escuché unos rafagazos: eso no era otra cosa que bala. Cuando ya iba a salir de la casa, llegó todo asustado el vecino del primer piso y casi sin aire me alcanzó a decir: ¿ya supo que mataron a Juan Diablo?
- Pero tan raro – le contesté-. Si él estaba acá hace un momentico.
-
La verdad era que habían matado al presidente de la junta, no a Juan Diablo. Entonces caí en cuenta de que lo que quería este mal aparecido era que yo estuviera allá en la reunión para llevarme a mí también. Como Pacho no estaba, diría, entonces tirémosle a esta vieja también.

La vecina del frente, Teresa, tenía temor porque en la plancha de su casa se escondían los paracos. Lo triste es que la comunidad se presta para esas matanzas. Para matar a Augusto le pagaron a un pelado de la comunidad, quien tenía la tarea de darle la mano, como saludándolo, para poder señalarlo de que ese era que se iba a morir ese día. Todo eso ocurrió un sábado.

Como a los 15 días de esa tragedia, Pacho volvió a la casa. Cuando se dio cuenta de la situación, amenazó con denunciarlos y así fue: los convocó a todos; trajo gente de derechos humanos, a la Fiscalía y a varios de ellos, eso fue hasta televisado, con lo que hizo pública todas las denuncias. Pero horas antes de esta reunión, como a las 8 de la mañana habían llamado a la casa amenazando de que si Pacho fuera a esa reunión lo mataran, la reunión era a las 9 a.m.

Jaime Henao y un señor que le decían Elías animaron a Pacho para hacer las denuncias, encararlos y señalarlos en la reunión. Se sentían con los pantalones puestos para darles dedo. Don Elías porque le habían matado el hijo, o sea Augusto, y el otro porque se creía súper verraco. Pero cuando le tocó a hablar a Jaime Henao se acobardó y lo que hizo fue hablar de cosas diferentes.

Pacho me había dicho que fuera a esa reunión, pero yo no quise y también le dije que no fuera porque yo sabía las consecuencias de esa reunión. A mi me importa más mi familia que la comunidad, porque ninguno de ellos tenía los pantalones bien puestos para afrontar a esa gente. El día de la reunión todo el barrio se enteró, porque hablaban por megáfono, se escuchaba decir que Pacho estaba loco, porque era el único que los señalaba y los responsabilizaba de los robos y los homicidios.

Aunque yo no haya participado de esa reunión, decidí hacer un escrito donde yo decía que no estaba de acuerdo con lo que Pacho hacia y responsabilizaba a la Corporación Acción Democracia por todo lo que nos pudiera pasar. Lo llevé a la escuela, que era donde estaban haciendo la reunión. Jorge Ceballos, el jefe de Derechos Humanos de la Personería de Medellín en ese momento, me dijo: usted quiere que lo leamos internamente, o que lo hagamos público frente a las cámaras. La reunión la iba a transmitir Teleantioquia. Yo le dije que mejor internamente. Los paracos que asistieron a esa reunión firmaron el documento que yo escribí, de eso hay copia en secretaria de gobierno y en derechos humanos.

Luego de la reunión, se puso en discusión todo lo que sucedía. Yo discutí acaloradamente con el alcalde de ese entonces, que era Alonso Salazar, pues lo único que nos sabía decir era que no nos preocupáramos, que ellos nos iban a dar protección. Y la protección que nos dieron fue la presencia al frente de mi casa de unos soldados durante 20 días. Y es que los policías y los soldados son la misma mierda, sólo llegan cuando ocurren los hechos, cuando ya no se puede hacer nada.

Entonces Pacho salía con miedo. Luego de que los soldados ya se habían ido, empezaron a llamar a amenazar que si Pacho no se fuera lo matarían, que se fuera del barrio. Ellos se mantenían rodeándonos al lado de mi casa. En una plancha amanecía gente armada, se veían a cualquier hora en el cafetal. Me levantaba yo a la una o dos de la mañana y ahí estaban vigilándonos; ya no solo hacían presencia si no que se pasaban y nos amenazaban. Yo no me aguantaba esa situación y decidí decirle a Pacho que se fuera de la casa, que nos iba a hacer matar a todos, que en cualquier momento iban a tumbar la puerta y nos iban a matar a todos. Pacho no se quería ir entonces yo pelié con él, pues mis hijas sufrían mucho cuando venían a buscarlo a él los encapuchados. Estafany se les arrodillaba, les suplicaba que no les fueran a hacer nada. A veces venían muchos y nos señalaban con sus fusiles; mi otra hija, Sonia, una vez se quedó paralizada de ver ese fusil tan cerca de su cara.

Entonces yo sí llame a la hermana de Pacho y le dije que me ayudara a convencerlo, porque él no se quería ir. Si se quedaba lo mataban a él o a nosotros. Y al fin lo hicimos ir. Menos mal, porque ya había venido una vieja a la casa como tres veces a preguntar por él, decía que tenía un problema con la electricidad de su casa y yo no sé qué otras cosas y que lo necesitaban. Yo le decía que estaba trabajando; le preguntaba donde vivía y no me sabía decir bien. Nosotros ya sospechábamos que lo buscaban era para matarlo. En esos días cuando Pacho ya se había ido, le resultó muchos trabajos: eso lo llamaban todo el día, pero yo siempre les decía que estaba trabajando y que no sabía a qué horas venía. Llamaron durante mucho tiempo, hasta que poco a poco lo dejaron de buscar.

Olor a traición
Pacho se había ido como desplazado a unos refugios ubicados en Prado Centro, en Medellín. Él de vez en cuando se encontraba con Jaime Henao. Y yo creo que el mismo Jaime Henao lo mandó a matar, pues a Pacho le hicieron dos atentados mientras estuvo con él: le dieron unas puñaladas y le hicieron una persecución en una moto. Se logró escapar, y ya con esto se lo llevó la Fiscalía para Bogotá. Cuando ya la cosa empezó a ponerse todavía más difícil, porque Memin, uno de los paracos que se perjudico mas con las denuncias que le hizo Pacho, empezó a buscarlo como loco, y a su familia también.

La Fiscalía tomó la decisión de brindarnos protección, pero debían llevarnos para Bogotá. Nos prometieron que todo iba a ser igual, que mis hijas Estefany y Sonia iban a tener educación, y todo lo que necesitaríamos. Pero nunca se vio, se hicieron los pendejos haciendo promesas que nunca cumplieron diciendo que lo que teníamos acá lo íbamos a tener a allá.

Mala voluntad del Estado
Cuando llegamos allá nos metieron en un hotel de seguridad muy lujoso, nos alimentaban muy bien, el desayuno, almuerzo y comida era buffet, teníamos salud; pero también nos limitaron la libertad. Por otro lado no cumplieron con el estudio. Ya cuando capturaron a todos los paracos que Pacho había denunciado, entonces lo que hicieron ellos fue sacarnos del programa con la intención de no hacer más gastos y sin cumplir todas sus obligaciones. Tuvimos problemas, pero por culpa de la misma fiscalía.

A Daniel, mi hijo mayor, lo tenían que llevar a tratamiento psiquiátrico y darle medicamentos, porque a él le dio unos trastornos mentales, pero no cumplieron tampoco. Nunca nos dijeron que no podíamos recibir visita de la familia, y cuando fueron mi hija Isabel, que es la mayor, y su abuela, amenazaron con sacarnos del programa. Pero era una excusa para retirarnos los beneficios de la protección. Y, efectivamente, un día llegaron con el acta de salida; nos llamaron 2 días antes para que tuviéramos tiempo de entregar la casa, y nos ofrecieron 1.400.000 pesos. Yo no los recibí, porque no quería limosnas, eso no alcanzaba para nada cuando éramos 6 personas, mucho menos ahora. Aun así nos sacaron las pocas cosas que teníamos a la calle, un domingo 8 de agosto del 2008.

¿Cómo pretendían ellos excluirnos del programa sabiendo que yo no tenía ni idea de las reglas? Nunca me las dijeron. Por otra parte, Pacho también era muy terco y su desobediencia tuvo incidencia para que nos retiraran la protección, porque él se iba lejos a buscar trabajo y venía cuando le daba la gana. Una de las cosas que más me ofendió fue que hubieran sacado a Juan Esteban del programa de rehabilitación en hogares Claret de Sasaima, ubicado a 2 horas de Bogotá. Él se encontraba recibiendo rehabilitación para controlar su adicción y estaba respondiendo súper bien.

Otro problema es que nosotros estamos todavía en el programa, porque yo no firme la salida. Afortunadamente, hubo una organización de la iglesia, fundada por el Monseñor Rubiano, que se llama FINCONPAZ, y nos ayudó mucho; nos ayudó a conseguir un lugar donde quedarnos, también le consiguieron trabajo a Estefany en un almacén; por lo menos todo se equilibró un poco.

Debido a todo lo sucedido, yo hice una acción de tutela. Pues nos estaban violando un derecho fundamental que era el de la vida y la dignidad humana después de habernos sacado así del programa. Pero el magistrado que la contestó no sabía nada, era un incompetente; lo único que hizo fue pegar lo que yo había escrito y me la devolvieron a la casa en Medellín. También tengo que denunciar eso, porque con lo que hicieron me calentaron con los muchachos, porque además habían puesto denuncias que yo no había hecho, una cosa era Pacho y otra yo y mis hijos.

A mi hijo lo asesinó un policía
Mi tragedia mayor en Bogotá fue que asesinaron a mi hijo Juan Esteban, el mismo que tenía problemas de adicción. Ese día me llamaron de la alcaldía, y me dijeron que ellos eran los encargados de enterrar al señor Juan Estaban Martínez, pero les dije que yo tenía ya una funeraria; aun así ellos insistían en que teníamos que utilizar los servicios que ellos nos ofrecían. ¡Pero qué raro!, pensaba yo, porque la alcaldía no entierra a las personas que matan en los barrios. Luego me llamó una mujer de la funeraria y me ofreció un paquete funerario. Yo les dije que no, y ante mi negación decidieron darnos lo que necesitáramos para el entierro. Yo sospechaba que ellos tenían responsabilidad en el homicidio de Esteban y la cosa era peor porque legalmente todavía nos encontrábamos en el programa de protección. Entonces me puse en la búsqueda de un abogado para demandar al Estado, porque todo apuntaba a que fue un policía quien lo asesinó.

Según testigos, el homicidio lo hizo un policía en compañía de otro tipo a quien averiguando pudimos saber que es de apellido Casas. Por matar a un enemigo que tenía el policía, mató también a Juan Esteban. Lo que nos dijeron fue que el policía primero mató a Juan con el tiro de gracia en la sien y al otro le descargaron todo el proveedor. A los ochos días de la muerte de Juan Esteban, me llamaron por teléfono del CTI. Decían ellos que tenía que ir, pero yo les decía que no quería asomarme por allá. De una forma autoritaria me lo ordenaron; fui entonces a la Fiscalía y allá ellos me leyeron unas cosas muy malucas de Juan Esteban: me decían que era de una banda, sabiendo que él estaba trabajando, aunque en esos días el se había retirado y estaba esperando la liquidación para irse para Medellín donde su hija. Entonces yo me puse a pelear con el CTI, pues como así que mi hijo era un delincuente, eso no era cierto, que me llevara a donde decían eso, o que fuera por la casa y peguntara quien era mi hijo.

Hasta ahora no ha ocurrido nada, ya hace meses nos vinimos de Bogotá con mis hijas y Pacho se quedó en Bogotá, pero a mí no se me olvida nada y tengo la esperanza de hacerle pagar al Estado todo lo que nos hizo vivir y por la muerte de mi hijo.

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