“Causa justa”, otro crimen de los Estados Unidos en nuestra América

El lunes 29 de mayo de 2017 murió el ex dictador Manuel Antonio Noriega, quien se convirtió en el primer gobernante en ser, al mismo tiempo, derrocado por una invasión militar de los Estados Unidos, capturado en forma ilegal, juzgado y condenado por un tribunal de la primera potencia mundial. Como si fuera poco, la invasión que sufrió Panamá el 20 de diciembre de 1989 se constituyó en la piedra inaugural del nuevo desorden mundial, tras la caída del Muro de Berlín, un hecho que había acontecido semanas antes.

Para derrocar a Noriega, los invasores de Estados Unidos llevaron a cabo la operación denominada “Causa Justa”, por parte del gobierno de George Bush I, quien ordenó la invasión de Panamá, que fue también la de toda nuestra América, aunque de eso no exista mucha conciencia. A raíz de la muerte de Manuel Antonio Noriega vale la pena recordar la invasión de 1989, el hecho principal que debería subrayarse, pero que no se menciona o se señala como algo anecdótico, para quedarse en chismes secundarios sobre la vida de Noriega que ocultan las verdaderas razones de la acción criminal de Estados Unidos.

Manuel A. Noriega era un militar común y corriente, formado en la Escuela de las Américas (la fábrica anticomunista de dictadores de los Estados Unidos), que hizo parte de la nómina de agentes secretos de la CIA, cuando esta era dirigida por George Bush, quien luego fue presidente de los Estados Unidos y el encargado de dar la orden de invadir a Panamá. Noriega no se diferenciaba de los militares formados en los Estados Unidos para servir al “mundo libre”, hegemonizado por el imperio del norte, en labores de contrainsurgencia. Cometió el error, no de meterse en el negocio del narcotráfico, porque eso en verdad poco le interesa a los Estados Unidos, sino de distanciarse de sus antiguos amos y asumir una postura independiente, sobre todo en lo relativo a los procesos de paz de América Central a finales de la década de 1980. Esto disgustó profundamente al Gobierno de los Estados Unidos, que planeó su derrocamiento para entronizar en su lugar a un títere incondicional, cuyo nombre no vale la pena recordar, y asegurarse el control del Canal de Panamá.
Para realizar la invasión se esgrimió el pretexto de que Noriega era un dictador –como si eso le importara a los Estados Unidos– y estaba involucrado en negocios de narcotráfico, en alianza con el cartel de Medellín. Se adujo textualmente, con todo el cinismo del caso, que la invasión a Panamá se hacía para "proteger las vidas de los ciudadanos estadounidenses presentes en el país, defender la democracia y los derechos humanos, combatir el narcotráfico y asegurar la futura neutralidad del canal". Para lograr su captura, Estados Unidos organizó una sangrienta invasión en la que participaron unos 25 mil militares, en la mayor campaña llevada a cabo en el mundo por los Estados Unidos, luego de la guerra de Vietnam.

Las tropas de asalto que venían de las bases militares de Estados Unidos solo tuvieron que realizar un corto recorrido para ocupar el territorio soberano de Panamá. Portaban armas contundentes y experimentaron con nuevos artefactos bélicos, como aviones, helicópteros, ametralladoras, cañones, vehículos de asalto –que luego van a usar en Irak, Yugoslavia, Afganistán…–, arrasando con lo que encontraban a su paso. Su devastadora acción dejó una cifra de siete mil panameños muertos, de los barrios más pobres de Ciudad Panamá, como aconteció con El Chorrillo, que fue bombardeado en forma inmisericorde.

Tras la invasión brutal y a medida que caían los reductos militares que enfrentaban a los ocupantes, quedó en evidencia que Noriega no contaba con respaldo popular, por lo que en últimas se vio obligado a refugiarse en la sede del Nuncio Apostólico. El Vaticano, encabezado por Juan Pablo II, no le concedió asilo y lo entregó finalmente a las tropas de los Estados Unidos en los primeros días de enero de 1990, como muestra del “sentido humanitario” del papa anticomunista. Noriega, que era pusilánime y cobarde, no enfrentó a los invasores hasta sus últimas consecuencias, ni tampoco tuvo la valentía de suicidarse como lo hizo, por ejemplo, Salvador Allende. En razón de esa cobardía se convirtió en el botín que justificaba la invasión a los ojos de Estados Unidos.

Noriega cayó en manos de los Estados Unidos en una forma relativamente fácil, sin mucha resistencia, aunque el costo humano de la invasión haya sido terrible para los panameños, puesto que dejó miles de muertos y heridos, así como la destrucción de barrios enteros de la capital panameña. Noriega fue capturado por los invasores, trasladado a los Estados Unidos, donde fue juzgado como narcotraficante y condenado a 40 años de cárcel. Permaneció en prisión durante 20 años en las cárceles de los Estados Unidos, luego de lo cual fue entregado a Francia y por último a Panamá.

Con este proceder quedó establecido un grave precedente a nivel mundial en términos de derecho internacional, puesto que un país –los Estados Unidos– no solamente se arroga el proceder arbitrario y unilateral, que le da su fuerza y su poder, de condenar por anticipado al mandatario de un país al que considera como su enemigo, sino que dispone invadir un territorio, masacrar a sus habitantes y destruir su infraestructura, con el pretexto de capturarlo. Luego de que lo hubo logrado puso en lugar de Noriega a un títere incondicional, y juzgó y condenó a su antiguo socio de la CIA, en un juicio secreto, para que nadie escuchara las posibles denuncias de Noriega sobre sus vínculos poco santos con los estadounidenses.

Estados Unidos, actuando como el sheriff del oeste, cumplió la función de ser acusador, dictar sentencia y ejecutarla a su antojo, sin el más mínimo respeto por el derecho internacional, a pesar de que actuó contra un antiguo miembro de la CIA, lo que demuestra que Estados Unidos nunca tiene amigos sino intereses. Un antecedente funesto que debe recordarse en la actualidad, para referirse a los acontecimientos de Venezuela, y cuando las acusaciones y mentiras de los medios de desinformación contra el Gobierno legítimo y constitucional de ese país lo catalogan como una “dictadura”, y el Comando Sur de los Estados Unidos recomienda su derrocamiento. Esto indica que los acontecimientos de Panamá, a finales de 1989, fueron la antesala inaugural de lo que ha sucedido en las últimas tres décadas, cuando la primera potencia del mundo se ha convertido en un régimen criminal e ilegítimo, un peligro para cualquier país soberano e independiente.

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Renan Vega Cantor
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