Soy Azul pero me dicen Violeta

En el colegio mis amiguitas se burlaban de mi nombre, Violeta, por eso nunca me gustó, y cuando apenas tenía cinco años les dije a mis padres Luis Santiago y Claudia que quería cambiármelo. Ellos se sorprendieron, era solo una niña y ya tomaba determinaciones sobre mi vida, ¿y cómo quieres llamarte? Azul les dije, era mi color preferido.

Mis padres, amorosos, siempre cuidaron de mis dos hermanos y de mí, pero no tanto para prohibirnos soñar, jugar y volar por cuenta propia, como dice mi padre. Él cree que los humanos somos como las aves: a los pichones siempre los cuidan, les dan de comer y les enseñan lo básico, luego deben volar por cuenta propia y ahí los padres casi siempre terminan su tarea. Ellos se esmeraron por nuestra educación, no tanto para que obtuviéramos buenas calificaciones sino para que aprendiéramos y fuéramos buenas personas con capacidad de tomar decisiones.

Por eso nos levantamos libres, bueno, hasta donde el cuidado de nuestros padres nos lo permitía. Siempre estábamos con papá y mamá, a donde quiera que fuera mi padre por razones de su trabajo allá estábamos los cinco; mi padre es el mejor ingeniero mecánico del país, eso dice él orgulloso y yo le creo, se graduó como yo de la Universidad Nacional, pero él lo hizo cuando yo ni siquiera estaba en sus planes, por allá en el año 81. Es un antioqueño muy buena gente, humano, buen lector, amante de Dostoievski, y del ajedrez, hasta lo practicó en competencia. Ha trabajado en las principales obras viales del país y es experto en ventilación de túneles; aunque ya se pensionó aún lo llaman para asesorías. A veces peleamos por las ideas políticas, confieso que yo soy más radical que él. Mi padre cree que es tan mala una dictadura de izquierda como una de derecha. Yo lo pongo en duda.

Mi madre es adorable. Aunque se graduó en la Universidad de Cundinamarca y es tecnóloga agrícola, desde que nació mi hermano mayor no tuvo más vida sino para nosotros. Ella es la que nos transfirió el carácter fuerte, la solidaridad y la capacidad del equilibrio, nunca uno de nosotros tuvo más que el otro; mi madre nos conoce en lo más profundo y sabe de qué somos capaces y de qué no, ella sabe que somos incapaces de caminar senderos de injusticia. Nunca se queda callada y discute siempre que considera que tiene argumentos; además es una artista, hace con sus manos casi lo que quiera: con la madera, con las telas, con las agujas, con las pinturas; sus manos saben amar y en especial saben transformar.

Y mis dos hermanitos… ellos son libres, igual que yo, y nos amamos. Todos terminamos nuestras carreras universitarias con enfoque humanista, y cada uno se ha tomado en serio lo que escogió ser y hacer. El mayor, aunque vive lejos, nunca se ha ido, siempre quiso saber de dónde proviene nuestra especie y las razones de sus comportamientos culturales, además escribe muy lindo; y el menor es increíble, nunca quiso estudiar formalmente, ni asistir a clases en el colegio, pero ante la angustia de mis padres se comprometió a graduarse y lo hizo, al estilo de Estanislao Zuleta. Estudió por su cuenta y obtuvo uno de los mejores resultados en las pruebas Icfes; ahora se empeña en prepararse para transformar el sistema educativo del país.

No sé qué decir de mí, es tan difícil hablar de una misma. No sé si es importante haber tenido una gran memoria desde muy niña, y haberme aprendido las 32 banderas de los equipos del mundial de futbol del año 98 en Francia, o haber leído un libro maravilloso que me regaló mi padre, “los niños del mundo”; aún lo recuerdo, todavía me impresiono con las imágenes de los niños de Brasil de la zona de la Amazonía, sus pies siempre descalzos permitían que sus dedos crecieran diferente a los míos, tanto que servían como las manos para agarrar cosas. Nunca fui la mejor estudiante, pero sí una de las más destacadas, quería estar en todo, lo discutía todo, incluso el día de mi graduación de bachiller exigí hablar en la despedida pública en el teatro, pese a que no estaba en el protocolo.

Tal vez sea importante contar que siempre me irritó la injusticia, en todos los casos, las discriminaciones, las desigualdades sociales, nunca pude con eso. Tengo grandes amigas y amigos, muchos de ellos gracias a que en un momento tuve el valor de defenderlos justo cuando eran agredidos, como Alejandro que era víctima de la homofobia de sus compañeros. Cuando terminé la secundaria ya sabía lo que quería estudiar, para eso me formé toda la vida al lado de los que amo, para ayudar a cambiar el mundo, y también en el colegio tuve la oportunidad de encontrar mi vocación de socióloga. Me presenté a la Universidad del Rosario, por si acaso no pasaba a la Nacional, pero pasé, y nunca tuve duda que era allí donde quería terminar mi carrera. Y así lo hice este año, en 2017, antes de que mi vida y la de mis seres queridos se volviera casi un infierno por cuenta del atentado cobarde del Centro Comercial Andino.

Jamás negaré mi pensamiento crítico, ni mis autores preferidos como Fals Borda o Estanislao Zuleta; admiré sus vidas rebeldes y en especial sus actos rebeldes, siempre atados a las transformaciones sociales, al humanismo. Para eso estudié, por eso trabajé muchas veces durante mi carrera con comunidades de diferentes regiones del país; conozco de primera mano sus ausencias y sus carencias, las viví con ellos, no me pueden engañar con cuentos. Por eso hice mi tesis con las comunidades de Suárez, en el departamento del Cauca. Por eso escojo a mis amigos entre los que como yo quieren transformar estas injusticias. Por eso jamás sería capaz de cometer un acto infame que cegue la vida de personas que igual que yo son víctimas de un sistema decadente.

La vida de mis padres, de mi familia y de mis amigos cambió desde el 24 de junio de 2017 a las 7:30 pm, ocho días después del atentado del Centro Comercial Andino. En casa estaba mi padre solo, enruanado, apaciguando el frío de la noche bogotana. Cuando abrió la puerta tras los golpes, recibió tal vez el impacto más grande de su vida. Le increparon, le entregaron la orden de allanamiento, y le enrostraron que yo, Violeta, su hija, tenía una orden de captura por intervenir en el atentado del Andino. Solo de imaginarme el momento, siento el mismo frío y desolación que él sintió. Los agentes fueron por los rincones de la casa, buscaron quién sabe qué, era la casa de mis padres, no la mía. Le quitaron su celular, se llevaron cuatro computadores, dos torres viejas, y dos discos portátiles en desuso, todos de mi padre, y hasta unas USB publicitarias sin usar que le había entregado una compañía española en la que presta asesoría. Luego abandonaron el lugar sin grandes hallazgos.

Los medios insisten en que hay pruebas contundentes contra mí, y contra los chicos que fueron seguidos con sigilo y detalle y capturados casi al mismo tiempo. Sin embargo, hoy nadie da crédito a las supuestas pruebas, pasó la fiebre mediática, el desenfreno. Nadie volvió a preguntar por la señora que vio a un tipo extraño en el baño de mujeres el día del atentado, ni por la ausencia de las cámaras de seguridad y los perros antiexplosivos justo ese día, ni por las autoincriminaciones del Clan del Golfo. Mucho menos se volvió a preguntar por el infierno que se presentaba en casa de una familia que veía cómo su entorno se derrumbaba, cómo los amigos de la casa se alejaban temerosos, cómo el teléfono dejó de sonar, y cómo las visitas dejaron de llegar.

Ahora mis padres discuten entre sí, evitan hablarse o lo hacen por señas, tienen paranoia, sienten que todas las comunicaciones están interceptadas y que los vecinos del frente en realidad son agentes que los observan y los escuchan. Ya no ven ni oyen noticias, en estas casi siempre quieren mostrarles a un monstruo en vez de a su hija alegre y amorosa; están mamados de la frase “pruebas contundentes” que usaban a toda hora los “periodistas” de Caracol y la W.

La última vez que nos vimos con mis padres fue en mayo. Desde entonces no siento el calor de sus brazos en mi cuerpo. Sufro por ellos, y aunque no me siento culpable de nada, desearía que todo esto jamás hubiera sucedido. Sus vidas les cambiaron, tienen miedo que involucren a sus otros hijos en toda esta farsa. Soportaron seguimientos descarados, amenazas de nuevos allanamientos. Les ha tocado cambiar hábitos, y hasta acudir a los psicólogos para superar todo este trago amargo. Desde mayo no saben de mí, y no quiero que lo sepan, es mejor así. No puedo volver y eso me revienta por dentro, siento que no tengo garantías, los medios de comunicación me condenaron antes de que yo pudiera siquiera demostrar mi inocencia.

Confío en mis padres, en su fuerza, en su amor y tengo la seguridad que convertirán la adversidad en una nueva etapa de resurgimiento. Ellos seguirán yendo al psicólogo para que les ayude a soportar la angustia, se ayudarán con el tabaco y las oraciones; al final pasarán por encima de todo gracias a la fuerza del amor.

Me llamo Violeta, no soy terrorista, quiero ser azul como el cielo, y libre como el viento.
*La voz de la protagonista de esta historia fue reconstruida a partir de las declaraciones e historias de sus padres.

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