De visita por el velorio

Allí me encontraba, sentado al lado de doña Teresa, una señora de 70 años, de baja estatura y una joroba muy notoria. La verdad no sabía bien qué estaba haciendo en estas circunstancias; si bien con Willy compartí parte de mi infancia, no habíamos hecho una gran amistad, ni cercana, es más, él era de esos niños maldadosos y se sentía superior a los demás.

Hacíamos un círculo alrededor del féretro; a mi derecha estaba Mauricio el hermano de Willy y al otro lado se encontraba su madre doña Teresa. – ¿Qué fue lo que le paso?–, le pregunte a Mauro. –Se puso a jugar borracho con un arma y se pegó un tiro en la cabeza–, me afirmo al oído. –Qué vaina, es la peor forma de morir–, le dije con tono de consolación. La verdad nunca he sido bueno para dar ánimos.

Quien más me intrigaba era la mamá de Willy, me dijeron que ella no se había dopado, porque a pesar la muerte su hijo se notaba tranquila. Por lo que me contaron, sí que lo había sufrido en vida. Recuerdo a mi madre hablar de ella; decía que a doña Teresa el marido le había dado muy mala vida, la golpeaba y solía irse por mucho tiempo dejándola con sus hijos sin nada de comida. Luego le tocó con Willy. Tal vez por eso casi nunca sonreía.

Estar allí me hizo devolverme en el tiempo, a mi barrio añorado que me vio crecer, de niño fui muy feliz a pesar de la pobreza. Doña Teresa, quien era muy amiga de mi madre, a veces la pasaba peor que nosotros, y por eso aunque yo estaba muy pequeño, cuando me caían algunos pesos los compartía con ella.

Camila, la hija menor de doña Teresa, había llorado toda la noche. Se le notaba en sus ojos cansados e irritados; a pesar de que peleaba mucho con Willy, Camila era de una personalidad muy afectuosa. Esa noche se sentía algo en el ambiente, como un alivio, no sé por qué.

– ¿No tenían otra foto?, esa que pusieron no me gusta, no era la apropiada para el sepelio de Willy– afirmé atrevidamente, a lo que Camila contestó: –no teníamos más fotos de él.  

Esa foto enmarcada de Willy, puesta en la cabecera del féretro, me llamaba la atención; posaba como un típico bandido, parecía no haber dormido en días, también se le veía pensativo, con el rostro acabado. Tenía una mirada abrumadora y abismal, tan penetrante que daba la sensación de haber visto terribles cosas y que conociera los misterios del mismísimo infierno.

Seguía llegando gente, todos iban más por curiosidad que por otra cosa. Así son todos los velorios, asiste hasta el que no conoce al difunto. Solo vi a una niña que lloraba desconsoladamente. – ¿Quién ese ella?–, le pregunte a Mauricio. –Esa es la hija de Willy–, me dijo Mauro. –Cuéntame un poco, ¿cómo paso todo? Yo aún no puedo creer que él esté muerto–, exclamé. –Nada parce, llegó de una farra a las tres de la mañana, toda la noche se había drogado y había tomado guaro, se sentó al lado de la cama de la cucha y se puso a jugar con la pistola, en esas se le disparó en el lado derecho de la cabeza, arriba de la oreja–. Le interrumpí para pedirle que saliéramos un rato.

La casa de doña Teresa estaba ubicada a las orillas de una quebrada. Para salir a la calle teníamos que subir unas escalas muy angostas atrapadas por dos muros, por lo que la genta hacía fila para poder ver a Willy. Eran alrededor de las siete de la noche, afuera no pasaba nada, las motos iban y venían como de costumbre en los barrios populares, sin embargo, adentro de esa casa había otra dimensión, por así decirlo. A pocos velorios he ido en mi vida y este era el más extraño de todos; mientras subía con Mauro pensaba, reflexionaba sobre la vida, me sentía raro en ese ambiente, no sé si en verdad esa dura despedida más bien era una celebración secreta. Disfrutando del aire frío de la noche veía las semejanzas de mi barrio villa Turbay con este, las calles mal pavimentadas, casas de tabla, de adobe y de todas las formas, una encima de otra, hacia arriba comenzando la montaña.

Ya habíamos cruzado varias calles, todo un laberinto. Llegamos hasta el puente sobre la quebrada ubicada detrás de la casa del velorio. –Mauro ¿entonces qué pasó? ¿Alcanzaron a llevarlo al hospital?–, le pregunté mientras divisaba la quebrada desde el puente por el que estábamos pasando. –Sisas, él aún estaba vivo, el primo y yo lo llevamos mientras repetía constantemente que no lo dejáramos morir. Cogimos un taxi. Estando en el hospital en urgencias nos hicieron esperar, mientras él se nos desangraba. Al cabo de una hora lo atendieron, a la madrugada nos dieron la inesperada noticia de que no pudieron hacer nada, dijo el médico que se le había ido sangre al cerebro–. Me estremecía ese relato espantoso.

-Oe parce, acá lo estamos esperando, está toda completa–, le gritaban desde el extremo del puente unos tipos, sentados en unas escalas muy improvisadas mientras levantaban la botella de ron. Sin decirme nada él se dirigió hacia ellos, yo no lo iba a esperar entonces me seguí. Luego de estar allí adentro me tomé un tinto y escuchaba la oración fúnebre. A pesar de las circunstancias sonreía en mi interior; me sentía contento de saber que aún tengo a mi madre viva, aunque su salud siempre tiene un pero.

–Maicol ¿cómo está tu mamá?–, me pregunto doña Teresa. –Bien, gracias a Dios–, contesté sonriendo. –Hace tiempo no la veo, tú estás muy grande, te pareces mucho a tu papá, aunque él era más alto. –Camila, doña Teresa, ya me voy a ir, me alegra haberlos visto, lástima la situación. Lamento mucho lo de  Willy–, dije. –Bueno Maicol, gracias por la compañía, me saluda a su madre, dígale que no se pierda tanto–, respondió Camila con una lágrima rodando por sus mejillas rosadas, con la voz entre cortada.

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Diego Martinez
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