Saturday, 03 February 2018 00:00

Editorial 135: Un año interesante

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Aunque se hayan visto en las redes sociales las imágenes de Vargas Lleras cabalgando a sus anchas con asesinos y mafiosos; aunque los jefes de los grupos paramilitares como “don Mario” hayan cumplido el compromiso de denunciar sus crímenes y en ellos involucren a Álvaro Uribe y a su hermano Santiago; así se haya descubierto toda la red de mermelada que el ex procurador Alejandro Ordoñez distribuía entre familiares y amigos; aun conociendo el poder corruptor y malicioso del Fiscal General, y sus vínculos con transnacionales que han defraudado al Estado; aunque escuchemos el cinismo del Ministro de Defensa planteando que a los líderes sociales los asesinan por líos de faldas, las noticias que toman fuerza en los grandes medios son otras, graves también, pero no de semejante magnitud. Una labor seria, responsable y honesta de estos medios seguramente daría al traste con la maquinaria aceitada de los politiqueros. Por el contrario, los implicados en los escándalos siguen orondos su carrera hacia la presidencia de Colombia en este 2018.

El tema de paz continúa siendo un asunto de segunda o tercera línea para el Gobierno, la oposición de ultraderecha y para los intereses de los grupos económicos más poderosos, en los que se debe incluir a los grandes medios masivos de comunicación. Eso sí, el proceso de paz se vuelve muy importante cuando presenta problemas y entra en crisis, ya que le sirve a los jefes y asesores de las campañas electorales, no para clamar por apoyo a la paz, sino para enfilar su discurso guerrerista en contra de este. Al Gobierno la crisis también le sirve para mostrar su enojo por el daño a la infraestructura y el impacto a la inversión extranjera, a la vez que ignora la muerte de cientos de humildes a manos de fuerzas armadas de todo tipo, engendradas por su histórica estrategia de guerra. Todo esto junto, y perversamente manejado, sepulta la podredumbre que hiede en el mundillo de la clase política y sus poderosos padrinos, los de aquí y los forasteros.

Pocas campañas incluyen la paz como asunto central; algunas como la de Coalición Colombia, liderada por Fajardo, o la de Humberto de la Calle, proponen darle continuidad a la implementación del burlado acuerdo de La Habana, pero en materia de desigualdad, pobreza, salud y desempleo, entre otros, tienen propuestas cosméticas y algunas son más de lo mismo; otra, como la de Gustavo Petro, considera que la paz implica una transformación social y se atreve a tocar asuntos estructurales del modelo económico en materia de salud y pensiones, por ejemplo. Los demás candidatos de la derecha mantienen su idea de resolver el conflicto social, político y armado con más violencia. Como sea, para el pueblo no habrá paz sin empleo, salud, educación, soberanía alimentaria, etc.

Mientras se mantenga el argumento amañado de que resolviendo la confrontación armada con las guerrillas se solucionan los obstáculos “que impiden el desarrollo y el progreso”, y se oculten los verdaderos intereses de la clase política y sus patrocinadores en los meganegocios con las transnacionales, que les dejan jugosas coimas como ocurrió con Odebrech, Isagen, Reficar, Ruta del Sol, entre otros, se podrían suscribir muchos acuerdos de paz entre las guerrillas y los gobiernos para que las armas vayan a un oscuro container, pero nada va a suceder que favorezca las vidas de los millones de compatriotas que padecen penurias, indignidades y ausencias.

Lejos está de acabarse la guerra y el conflicto armado que cobra vidas en los territorios. Miremos no más la situación humanitaria en departamentos como el Chocó, Nariño y Cauca, donde al parecer se incrementaron los grupos armados delincuenciales, el narcotráfico y otros negocios criminales, en la mayoría de los casos con la participación de las honorables fuerzas militares, o ante su omisión. Además, en Cauca y Nariño se han asesinado sistemáticamente a la mayor cantidad de personas cuyo trabajo digno y admirable es el de construir organización social y democracia, por la vía de la protección ambiental, los proyectos de economía campesina, la defensa del territorio, los derechos humanos y la paz, entre otros asuntos de gran valor humano que los colombianos deberíamos apreciar, practicar y defender de manera unánime.

Sin embargo, 2018 es un año interesante. A pesar de la estrategia de bajarle la temperatura al ambiente de corrupción y crimen practicado por la clase política tradicional, a la cual pertenecen los principales partidos y candidatos aspirantes a la presidencia como el Centro Democrático, partidos Liberal y Conservador y Cambio Radical, se siente un ambiente de rabia y desprecio general que no los deja muy bien parados en las encuestas. Es posible que en esta oportunidad y con un poco de dignidad extra, los colombianos y colombianas nos abstengamos de entregarle nuestra cuota de soberanía a estos pillos, tanto en las elecciones de Congreso como en las presidenciales.

Lo otro interesante sería reforzar los actos de protesta que dejan resultados prácticos para las comunidades y brindan ejemplo a las demás, como las consultas populares, la creación de proyectos de economía propia, la construcción de zonas de reserva campesina, afro e indígena, o de territorios campesinos agroalimentarios, las recuperaciones de tierras, entre otras iniciativas que vayan engendrando lo que llaman el poder popular… así se quedarían los politiqueros hablando solos.

También es necesario apoyar a los candidatos y candidatas con experiencia en la lucha social y comunitaria; a los que sus esfuerzos por causas sociales les dan carta de presentación; al menos de esta manera los espacios institucionales se van descontaminando de la hediondez dejada por la clase política tradicional.

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