Homenajes 2017

Porfirio sigue siendo majestuoso e inmediato en la referencia de la condición humana. Cuentan los que han escrito de él que fue un soldado del ejército conservador en la triste guerra de 1886, la de los Mil días. Este hombre de expresión agreste sobrevivió al enfrentamiento fratricida y luego se hizo maestro de escuela; en el oficio de la enseñanza era muy bueno, compartía sus ingresos con la gente más necesitada y también los usaba para refaccionar los daños de la edificación de la escuela.

No es una excepción que un soldado,  un maestro, se sienta opacado en un país tan estrecho y busque una salida. Para Porfirio esta salida era necesaria para continuar escribiendo sus sentires sobre la vida. Entonces comenzó el viaje, decidió bajar hacia el río Cauca, luego al río Magdalena, y siguió hasta Puerto Colombia en Barranquilla. Allí continuó sus quehaceres intelectuales, e intentó comenzar un periódico. Pero pronto miró al Norte y nuevamente emprendió el camino.

Llegó a México, siempre asilo de los incomprendidos en Colombia. En ese momento la tierra de la revolución lo protegió, porque allí a la gente la respetaban por su opinión. Buscó este refugio porque no tenía espacio para desarrollar su obra en Colombia, dada la rigidez impuesta básicamente por el Partido Conservador de la Iglesia católica romanista, eso no necesita explicación.

Era un hombre que estaba asfixiado en un territorio mandado por un pacto con el Vaticano. Ya sabemos el poder político de la Iglesia católica; en esos momentos la escuela colombiana era un instrumento más de la Iglesia católica. Era un hombre que sabiamente entendió que no podía quedarse aquí porque aquí se moría; tenía que irse a un lugar que le diera garantías para hacer su ejercicio de la libertad.

Miguel Ángel Osorio, como aparece en los registros oficiales, es y murió siendo un iconoclasta, un hombre pensante de la justicia. Tuvo una grandiosa amistad con Federico García Lorca, otro monstruo de la poesía. Todo su esplendor periodístico y literario fue en Ciudad de México, en la República Mexicana. Cuentan también que hizo periódicos en Guatemala, en Nicaragua, en El Salvador.  

Podríamos resaltar su grandeza, su majestuosidad, que sigue siendo perenne como la que podemos ver siempre en la Canción de la Vida Profunda. Era un buscador de la libertad y creo que sigue siendo vigente porque él reivindicó las libertades, las libertades democráticas por las que tantos perecieron en este país y por las que aún pueden perecer.

Porfirio tiene su peso, su sitial de honor, dentro de la poesía latinoamericana y mundial. Retrató la vida y al ser esplendoroso que busca el sol, que busca la libertad, que hace el ejercicio de ser inmensamente crítico. En él encontramos la destrucción de la hipocresía, en él encontramos el ser pleno, el ser en su ejercicio maravilloso.

Su obra habla sola, entra en el concepto de lo universal, de lo atemporal, de lo perenne. Lo grandioso de Porfirio Barba Jacob es que fue un hombre de mucha inteligencia, que supo evadir el conflicto que se le cernía en Colombia.

Aunque volvió al país, fue una cosa de entrada por salida, porque fue un hombre de mucho conflicto individual, familiar y personal por su condición personal de ser. Desafortunadamente en esos momentos no se disfrutaba de las libertades democráticas que podemos disfrutar ahora, no queriendo decir que estemos en un paraíso; pero él necesitaba de un lugar esplendoroso donde se valorara su creación y no se le persiguiera.

Su obra se reconoció en vida, pero no con la majestuosidad de ahora, porque de todas maneras en estos momentos hay más valoración y más conocimiento de su obra. Es que estamos hablando de una Colombia de principios de siglo XX y de un México también a principios de 1900, que no tenía las facilidades que hay ahora, estamos hablando de que en esos momentos se hacía prensa con lingotes, igual que los libros. Ahora los medios de comunicación masifican cualquier evento o cualquier elemento; él no disfrutó de estos momentos. Hacer poesía y periodismo en esa época implicaba estar sometido a linotipo, a la tecnología disponible en esa época.

Su poesía es un pregón de la libertad, otros la llaman que es el cinismo poético. La poesía de Barba Jacob es un grito angustiado que busca entender la opresión contra el hombre, contra el ser, es un grito que busca la libertad, que quiere un espacio para el ejercicio vital de existir. A través de toda su obra, podríamos decir que es la autenticidad andando; de los seres más auténticos que haya dado nuestra América es Porfirio Barba Jacob. Allí se refleja el ser buscando las respuestas al dolor, a la opresión, a la mentira. Esa es la grandeza de este señor. Releerlo es redescubrirlo.

El cronista de la revolución

La escuchas y la vuelves a escuchar,una y otra vez. Es esa canción que ha sonado desde los años 60, y que ha sido traducida en distintos idiomas. No sabes si ponerte de pie y buscar una pareja para bailar, o simplemente encontrar tu propia sombra y bailar con ella,o quedarte sentado para dejarte encantar por esa cancióny evocar el sentimiento que una guitarra, con sus seis cuerdas, sobre el pecho y muy cerca del latido del corazón, le hacía vibrar a su intérprete. A un lado de él, Santiago Martínez, Rafael Lorenzo y Pedro Sosa, uno de ellos con otra guitarra marcando el ritmo, unas maracas moviéndose al vaivén de las olas del mar cubanas,y el percusionista con una lata de betún golpeando el piso, como un cencerro recordando el paso libertario de aquellos hombres y mujeres que un día bajaron de la Sierra Maestra al ritmo de la revolución.

Ese son musical develó el sentimiento más profundo de amor hacia el pueblo, de aprendizajes del Caribe que le transmitió a otros pueblos para entonar la libertad como esperanza y verdad; un amor profundo de los bardudos a las personas sencillas, a los campesinos a todo el pueblo cubano, en esa voz ronca y gruesa de Carlos Puebla y su conjunto Los Tradicionales que fundó en 1953.



…Aprendimos a quererte
desde la histórica altura
donde el sol de tu bravura
le puso cerco a la muerte…


Esas crónicas convertidas en ritmos tradicionales del Caribe le dijeron al pueblo cubano y atodo el mundo, especialmente a su vecino del norte, que nadie ni nada podría detener la gran marcha hacia un mundo mejor, iniciada un primero de enero de 1959. Carlos como muchos cubanos vivió el cambio de sistema político al ver llegar una nueva estrella a su país.

Nació en Manzanillo, una ciudad ubicada en el oriente de Cuba en la provincia de Granma un 11 de septiembre de 1917, día que coincide, curiosamente, con el golpe de Estado al presidente socialista Salvador Allende en Chile en 1973, a quién unas coplas también le escribió (Elegía a Salvador Allende), y con el atentado a las Torres Gemelas en los EEUU en 2001.

Carlos: cómo no aprender tanto de él en sus canciones, cuando cantaba con la cadencia del ritmo cubano, sintiendo el calor del otro en las manos,moviéndose a este ritmo en el baile. Ya sabía muy bien cómo expresarlo antes de la revolución, cuando desde sus inicios como músico popular y tradicional del folklore cubanosus canciones eran especialmente boleros, canciones de amor. Luego del triunfo, Carlos siguió cantándole al amor, a un amor revolucionario; fue insistente en hacer música los hechos triunfantes en la voz y el sentir del pueblo.En esas canciones narraba la nueva vida para el pueblo cubano, y las letras descubrían la importancia de las reformas educativas, agrarias, culturales, etc. Esas canciones aún siguen mostrando el porvenir y la esperanza.

Una vez leí que desde muy niño se dedicóde forma autodidacta a aprender música, primero con la armónica y luego con la guitarra;además que tuvo que trabajar en esa época en distintos oficios: carpintero, zapatero, azucarero, entre otros más, y por ello sabía muy bien cuál era el camino para hacer la revolución con su voz y guitarra.Eso hasta que pudo dedicarse a la música por completo en 1953, en La Habana. Enla Bodeguita del Medio entonaba las canciones que tanto recorrieron el mundo por las radios y los LP, como una especie de afrodisiaco musical.


Sin duda, las letras de todas las canciones siempre estaban cargadas de poesía y como decía Gabriel Celaya “la poesía es un arma cargada de futuro”, era y es música para hacer el amor en su marcado compás caribeño: en las reuniones de amigos, en las tertulias, en la intimidad y soledad de la casa, en el recorrido hacia el lugar de estudio, en los café-bar de salsa y boleros, en todas partes canciones como: Hasta siempre Comandante Che Guevara, Canto a mi Pueblo, Cuba que linda es Cuba,Duro con él, La Bola, Soy del pueblo, Queremos vivir en paz, Que pare un momento el Son, Soy del pueblo, Todo por la reforma agraria, YankeeGo Home,  Mira yanqui como nos reímos, Y en eso llego Fidel, esta última una de las más sonadas.


Aquí pensaban seguir
ganando el ciento por ciento
con casas de apartamentos
y echar al pueblo a sufrir

Se acabó la diversión,
llegó el Comandante
y mandó a parar (Bis)



En eso llegó Fidel, describe claramente cómo era cuba antes de la revolución,la “diversión” simboliza el casino, la lotería, el juego, lo que se había convertido la isla, como el patio trasero de diversión para los gringos, con el amparo de los gobiernos cubanos.

Pasamos la vida escuchando canciones, y esta se va transformando en la medida que estas ondas sonoras se integran al latido del corazón, ese que está al lado izquierdo y tiene la sangre roja. Carlos Puebla como muchos de la generación de músicos de los años 60, que comprendían movimientos como la Nueva Trova Cubana, la Nueva Canción, la Nueva Canción Chilena, Canción Social, tenían tres cualidades particulares, independiente del país: un gran amor por las personas más humildes y sencillas del país, porque muchas veces no tienen cómo expresar sus necesidades, querer mejorar las condiciones sociales, especialmente de las zonas más vulnerables para que no haya desigualdad, y un respeto profundo por la cultura, sus tradiciones, su lenguaje sencillo, sus instrumentos y la forma de relacionarse. Como se repetía luego de las elecciones en Chile un 4 de septiembre de 1970, luego del triunfo de la Unidad Popular liderado por Salvador Allende: "No puede haber una revolución sin canciones".

Y nada más sencillo que Carlos Puebla, como lo escribió el mismo para su epitafio:
Yo soy esto que soy
un simple trovador que canta.

Mujer de letras tomar

Trasegando por las calles de Cochabamba el pasado 14 de agosto observé con atención un monumento; paré por curiosidad pero pensando que sería un monumento más. Para sorpresa mía, lo que tenía enfrente era un monumento exaltando la memoria de una mujer de la que hasta ese instante no tenía conocimiento particular.

Esa mujer se llama Paz Juana Plácida Adela Rafaela Zamudio Ribero, simplemente para sus amigos y conocidos Adela Zamudio, o según sus publicaciones poéticas Soledad o “La Alondra Solitaria”, más relacionada por su larga y fina soltería.  ¿Y quién es Adela Zamudio? Nacida en Cochabamba el 11 de octubre de 1854 y fallecida en la misma ciudad el 2 de junio de 1928, a sus más de 73 años y a secas una mujer de letras tomar; esa es su esencial y majestuosa característica.

Poeta, escritora, maestra, dibujante, artista plástica y activista social con un común denominador en su impronta de vida, y totalmente relacionada en sus seis actividades: la lucha por la defensa de los derechos de la mujer y por su bienestar social integral. Si empezamos a detallar cada situación de su vida no se ha de estar lejos en ese sentir.

Lo primero, sus estudios básicos de primaria llegaron hasta el tercer grado en la Escuela Católica de San Alberto, lo más que las mujeres podían llegar en esa época en cuanto a su educación, y por tanto Adela siguió su instrucción por su propia cuenta a través de la lectura permanente. A partir de eso propuso una educación de corte laico en condiciones de equidad e igualdad que hasta entonces era patrimonio masculino por completo.

Lo segundo, su abierto desafío a las costumbres católicas retrógradas, a la cerrada y privilegiada sociedad machista donde el rol esclavista de la mujer como ama de casa y cuidadora de los niños es moneda corriente para ese entonces, y lo denuncia audazmente tal como se denota en un verso de su poema “Nacer Hombre” así:


Ella debe perdonar
si su esposo le es infiel;
más, él se puede vengar;
(permitidme que me asombre)
en un caso semejante
hasta puede matar él,
porque es hombre.

A través de este y otros versos, bajo su picante arrojo y desparpajo, lo mismo en otras formas literarias aunque menos prolijas y fecundas que la poesía, Adela propone para esos tiempos dentro de la sociedad boliviana y que hoy ya es realidad, la instauración del matrimonio civil, el derecho al divorcio y la separación de poderes entre el Estado boliviano y la iglesia católica.

Lo tercero, Adela nunca se conformó y mucho menos se quedó con los brazos cruzados. Teniendo en cuenta que la sociedad se regía por cánones de comportamiento exclusivistas por parte de los hombres, y por las formas de gobierno de índole conservadores tanto por el Estado como por la iglesia romana, si para esa época ser propositiva era difícil, para el emprendimiento de proyectos concretos y reales sí que era mucho más.

Sin embargo, Adela lo realizó sin claudicar y en ese sentido le fue muy bien: ser maestra de la Escuela Católica San Alberto en 1899, lugar donde en principio hizo su formación primaria inicial. Luego, fue fundadora de la Escuela Fiscal de Señoritas de la cual se jubilaría de forma obligada más adelante, y donde predicó con gran pasión su propuesta educativa de corte laico, siendo esta la primera bajo este modelo en Bolivia. Fundó también dos escuelas de pintura en 1911: una para señoritas y otra para niños en barrios más pobres de Cochabamba. No dejó duda alguna de que su labor pedagógica sigue siendo ejemplar y fiel a sus principios y fiel a su convicción.

Es por esto y por mucho más que dentro de tantos homenajes y reconocimientos hechos tanto en vida como póstumos, el más importante de todos ellos y en su honor se instituyó bajo el decreto ley 07352 del 11 de octubre de 1965, durante el gobierno de René Barrientos Ortuño el día de la mujer boliviana, celebración que precisamente se hace cada año el día de su natalicio. Además, bajo el mandato de la presidente Lidia Gueiler Tejada con el decreto supremo 17081 del 2 de octubre de 1979 se les concedió a todas las mujeres trabajadoras en cualquier actividad una jornada de descanso y agasajo. Todo esto aparte de la celebración internacional del 8 de marzo.

Para la faz de la tierra y en especial para el pueblo boliviano y latinoamericano Adela Zamudio, Soledad o La Alondra Solitaria es sinónimo de lucha, libertad, revolución de las ideas; es constructora de un entorno social más digno. Con su valentía y coraje animó la emancipación de la mujer en todos los aspectos vitales. Si bien eso no fue fácil, ha llegado más, no solo en favor de la lucha por defender el género femenino en sí, sino también aportando a las nuevas generaciones de mujeres, niños y jóvenes su legado de entrega, amor y pasión para cumplir los sueños de la humanidad de vivir en armonía con dios, la naturaleza y el prójimo.

Un arquitecto de sueños

Quienes conocieron a Rodrigo Saldarriaga lo recuerdan como un hombre comprensivo, cariñoso, supremamente tierno, y también, supremamente fuerte y obstinado. Contra viento y marea forjó su carrera política y sobre todo artística, con la que sembró muchas semillas y construyó muchos sueños.

A sus 20 años, cuando estudiaba arquitectura en la Universidad Nacional en Medellín, y militaba en el Movimiento Obrero Independiente Revolucionario -MOIR-, descubrió que lo suyo era el teatro. Omaira Rodríguez, actriz y amiga incondicional de Rodrigo, lo conoció unos seis años después de que naciera Anacleto Morones, de Rulfo, la primera obra escrita y dirigida por Rodrigo, donde las viejitas rezanderas, cuenta Omaira, fueron interpretadas solo por hombres. Con esta obra se despidió del MOIR y fundó el Pequeño Teatro, en el año 1975. También desistió de su carrera como arquitecto, aunque nunca dejó de serlo.

“Yo estaba en quinto de bachillerato. Allá llegó un profesor que se llamaba Jorge Villa. Él nos decía que allá en el Pequeño Teatro había un mono barbado que dictaba clases de lectura, entonces llegamos, yo me madrugaba, venía acá de uniforme y todo. Yo no sé Rodrigo cómo hizo para encarretar a un señor, el dueño de esta casa. Ese señor se enamoró de Rodrigo porque vio que le gustaba Shakespeare, porque lo vio muy interesado en que esta casa era para teatro. El señor era muy intelectual, afortunadamente, entonces (en 1987) Rodrigo le entregó la cédula, y él le entregó las llaves de la casa, con el compromiso que le íbamos pagando de a poquito”, relata Omaira, quien además recuerda a Rodrigo, ese hombre de barba y pelo largos, como un padre.

Algunas de las anécdotas que contaba, y que recuerda Rodríguez, es que comenzando su carrera teatral, Saldarriaga fue expulsado de la Universidad de Antioquia porque se tomaba el teatro Camilo Torres para ensayar sus obras. Pero él ni siquiera era estudiante. “Me expulsaron de una Universidad donde yo no estaba ni inscrito”, decía. Años después, esta Universidad le dio el título honoris causa como Arquitecto, pues aunque abandonó su carrera, toda la vida dibujaba, diseñaba y soñaba con los escenarios. Era una de esas pasiones e ideas obstinadas que tenía Rodrigo, y muchos teatros de la ciudad y de algunos municipios fueron diseñados por él.

Rodrigo estaba empecinado en que las salas del teatro se llenaran. “Hace 15 años estábamos presentando una obra, y resulta que ese día solo vinieron dos niños de un colegio, para hacer una tarea. Habían comprado boletas de estudiante. Rodrigo les decía que entraran a ver la obra, y ellos decían “no, pero es que estamos solos”. Él les dijo, “vayan tranquilos que ellos hacen la obra para ustedes”. Entonces los acompañó y se sentó con ellos a ver la obra”, cuenta Omaira. Fue luego de este episodio cuando a Rodrigo se le ocurrió implementar la idea de entrada libre y aporte voluntario, inspirado en el teatro a la gorra que se hace en otros países. Y así fue, a la semana siguiente empezaron a repartir boletería, y la obra a la que antes habían asistido dos niños, estaba llena.

“Al principio daban monedas, como cuando van a la iglesia. Pero era normal, porque no había educación, entonces iniciamos la formación de públicos”, relata Omaira con alegría, pues esto significó un gran crecimiento para los actores. Ellos buscaban hacer teatro para la gente, y no para las sillas vacías, porque como decía Rodrigo, “una silla no llora, una silla no ríe, una silla no siente”.

A Rodrigo le gustaba leer, cocinar, dibujar, y contemplarse. Era además un gran amigo para quienes estuvieron cerca de él. Gabriela, su primera esposa y madre de su hijo, fue su confidente hasta el final de sus días. También fue así con Cristina Toro, integrante del Águila Descalza, con quien convivió durante 16 años. Rodrigo le huyó muchas veces a la muerte. Su imaginación y su personalidad activa no se detuvieron ni cuando tuvo un derrame cerebral, causado por la presión de las deudas que en algún momento tuvieron en el Pequeño Teatro, ni cuando tuvo problemas de la próstata, o cuando desmayó en el escenario por un problema en el corazón.

Cuando Saldarriaga empezó a recoger los frutos de su carrera teatral, quiso dedicarse a la política porque tenía el sueño de poder cambiar y ayudar a la gente desde este escenario. Fue candidato a la Gobernación de Antioquia en dos ocasiones, y aunque obtuvo mucha votación de amplios sectores alternativos, culturales y sociales del departamento, no lo logró. En el 2014 lo intentó de nuevo, pero esta vez para la Cámara de Representantes, y resultó electo.

Meses antes de viajar a Bogotá para asumir su cargo, a Rodrigo le descubrieron un cáncer linfático y cayó enfermo. Su salud empezó a deteriorar, y días después, a sus 64 años, falleció. Sus últimos deseos fueron que se firmara el compromiso legal, en los estatutos del Pequeño Teatro, para que ese lugar nunca se destine a algo diferente al arte; también deseó ser cremado para que con sus cenizas se sembrara un árbol. Y así fue. Hoy alimenta la vida de un guayacán amarillo que apenas crece en el cerro El Volador.

Rodrigo era un humanista, pensaba en un país donde todos tuvieran los mismos derechos; era un idealista. Siempre, desde los diferentes escenarios donde estuvo, luchó por los obreros, por los campesinos, por la gente pobre. Según Omaira, el principal aporte de Rodrigo fue “crear y dejar este legado, crear este pensamiento de que tenemos que seguir, a través del teatro, manifestándonos, diciendo cosas, tocando corazones, tocando al pueblo; seguir enseñando, a nivel sensitivo y de reflexión”.

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