Edición 135 Febrero 2018

No puedo recordar a Carlos Pedraza Salcedo como un individuo, porque cada decisión que tomó lo hizo en colectivo. Esto lo corroboro al darme cuenta de todos los grupos de personas con los que mantenía relaciones. Su interés por transformar la realidad hizo que su facilidad para relacionarse con todas las personas fuera una fortaleza política y social, ya que pudo converger en la construcción de los sueños de distintas personas en varios espacios, como el familiar, el universitario, el popular, el político, etc.

No es posible recordar a Carlos sin hacer referencia a la Universidad Pedagógica Nacional, pues en este lugar fue forjando sus mayores pasiones y obsesiones: la política, la pedagogía y la historia. Aunque fue un líder estudiantil prometedor del Colectivo Pensamiento Crítico, su interés era el trabajo popular en los barrios del sur de Bogotá, especialmente en Ciudad Bolívar y Rafael Uribe Uribe. Varios fueron los días y las noches organizando libros para llevar a bibliotecas comunitarias, ensayando presentaciones artísticas para las comparsas de los carnavales populares, organizando acciones artístico-políticas para convocar a las marchas, haciendo ollas comunitarias para alimentar a las personas que participan en las largas jornadas de estudios, trabajo popular y fiestas.

Carlos consideraba que la formación política era un elemento fundamental en la lucha social, por eso se convirtió en un formador político en todos los rincones del país, desde la Universidad Pedagógica, el barrio en donde vivía, hasta las regiones cercadas por la guerra. En estos espacios aprendió a ser un educador popular, convirtiendo la palabra en un recurso para la conciencia, la charla cotidiana en su salón de clase, las calles en su laboratorio de experimentación y la experiencia en su maestra inseparable.

Además del trabajo popular, la defensa de los derechos humanos a través de la memoria colectiva de los pueblos fue también su gran pasión, es por esto que le apostó al trabajo en el Proyecto Colombia Nunca Más –PCNM–. Allí documentó casos de crímenes de Estado, e investigó el genocidio político como práctica estatal para acabar con la oposición política. De este trabajo comprendió que luchar tiene riesgos, pero que vale la pena enfrentarlos. Siendo parte del Movimiento de Víctimas de Crímenes de Estado –MOVICE–, fue crítico a los ejercicios de memoria que desconocen las apuestas políticas de las personas asesinadas o desaparecidas, de ahí que prefiriera utilizar la memoria como un vehículo para materializar los proyectos políticos de estas personas a las que no le permitieron hacerlo con sus propias manos.

Carlos fue forjando su carácter en medio de la lucha popular; su sencillez iba de la mano con la radicalidad. No importaba en dónde estuviera trabajando, siempre lo hizo con el interés de organizar al pueblo. Trabajó en la Asociación de Educadores Populares, Entre Redes, el Movimiento Político de Masas de Centro Oriente colombiano y el Congreso de los Pueblos. Ser parte de estas organizaciones le permitió aprender la importancia de las particularidades de las luchas de las mujeres, indígenas, campesinos y jóvenes, sin embargo, reconoció que las luchas más importantes se hacen en unidad. Además, evidenció que en todas las zonas geográficas del país, existen sujetos de carne y hueso realizando acciones de resistencia con una convicción enorme, que no desfallecen y que siguen adelante pese a las adversidades.

Carlos fue asesinado hace tres años, y aún seguimos preguntándonos quiénes fueron los responsables y por qué lo hicieron. Además de no encontrar respuesta, corroboramos que no existe voluntad del Estado para resolver las circunstancias de este y otros crímenes que enlutan al movimiento social. Se mantiene el dolor por la impunidad frente a su muerte, y la sensación de rabia sigue creciendo al presenciar la manera violenta en que fue alterada la cotidianidad de una familia humilde, que tiene que soportar además de la muerte de su ser querido, el exilio como alternativa para mantenerse en vida, pues en Colombia, luchar por la justicia es una actividad de alto riesgo.

No obstante, con su muerte sigue floreciendo la esperanza y quedan varias enseñanzas. La primera, reconocer y valorar en vida el aporte que cada persona entrega para la transformación social. La segunda, reconocer que su cualidad más grande, quizás con la que logró ganarse el cariño de muchas personas, fue mostrando que el mejor método de formación es el ejemplo, esto significa recordar que cualquier acto (hasta el más minúsculo) es político, y el discurso debe ser coherente con la práctica. La tercera es que su vida ha terminado siendo una inspiración para que otros sujetos sigan en la lucha. Y finalmente, pelear por hacer realidad lo que con sus propias palabras decía: “que los milenarios segundos que preceden este momento y estos minutos del presente y aun los millares de segundos de vida, siempre tengan no un día, sino todos los días llenos de alegre rebeldía”.

El espíritu de Carlos, sus proyectos, metas y utopías no mueren mientras sigan existiendo personas como su familia, compañeros, compañeras y demás, que tomen su memoria como una inspiración para todos los días pelear por un mejor mañana para el pueblo. Porque para aquellos que por una u otra razón conocemos el horror de la muerte, siempre existirá la posibilidad para alzar la voz contra toda injusticia. Porque la memoria de Carlos seguirá promoviendo la esperanza de los sujetos que pelearán por un mañana más digno para todos y todas, inspirará la alegre rebeldía juvenil en la escuela, las calles, las universidades y los barrios populares, sembrará las semillas de la justicia para las víctimas de crímenes de Estado, motivará el levantarse todos para inventarse la manera de acabar con cualquier forma de desigualdad social, y ayudará a fortalecer la voz de quienes gritarán: ¡No más impunidad!

Aunque se hayan visto en las redes sociales las imágenes de Vargas Lleras cabalgando a sus anchas con asesinos y mafiosos; aunque los jefes de los grupos paramilitares como “don Mario” hayan cumplido el compromiso de denunciar sus crímenes y en ellos involucren a Álvaro Uribe y a su hermano Santiago; así se haya descubierto toda la red de mermelada que el ex procurador Alejandro Ordoñez distribuía entre familiares y amigos; aun conociendo el poder corruptor y malicioso del Fiscal General, y sus vínculos con transnacionales que han defraudado al Estado; aunque escuchemos el cinismo del Ministro de Defensa planteando que a los líderes sociales los asesinan por líos de faldas, las noticias que toman fuerza en los grandes medios son otras, graves también, pero no de semejante magnitud. Una labor seria, responsable y honesta de estos medios seguramente daría al traste con la maquinaria aceitada de los politiqueros. Por el contrario, los implicados en los escándalos siguen orondos su carrera hacia la presidencia de Colombia en este 2018.

El tema de paz continúa siendo un asunto de segunda o tercera línea para el Gobierno, la oposición de ultraderecha y para los intereses de los grupos económicos más poderosos, en los que se debe incluir a los grandes medios masivos de comunicación. Eso sí, el proceso de paz se vuelve muy importante cuando presenta problemas y entra en crisis, ya que le sirve a los jefes y asesores de las campañas electorales, no para clamar por apoyo a la paz, sino para enfilar su discurso guerrerista en contra de este. Al Gobierno la crisis también le sirve para mostrar su enojo por el daño a la infraestructura y el impacto a la inversión extranjera, a la vez que ignora la muerte de cientos de humildes a manos de fuerzas armadas de todo tipo, engendradas por su histórica estrategia de guerra. Todo esto junto, y perversamente manejado, sepulta la podredumbre que hiede en el mundillo de la clase política y sus poderosos padrinos, los de aquí y los forasteros.

Pocas campañas incluyen la paz como asunto central; algunas como la de Coalición Colombia, liderada por Fajardo, o la de Humberto de la Calle, proponen darle continuidad a la implementación del burlado acuerdo de La Habana, pero en materia de desigualdad, pobreza, salud y desempleo, entre otros, tienen propuestas cosméticas y algunas son más de lo mismo; otra, como la de Gustavo Petro, considera que la paz implica una transformación social y se atreve a tocar asuntos estructurales del modelo económico en materia de salud y pensiones, por ejemplo. Los demás candidatos de la derecha mantienen su idea de resolver el conflicto social, político y armado con más violencia. Como sea, para el pueblo no habrá paz sin empleo, salud, educación, soberanía alimentaria, etc.

Mientras se mantenga el argumento amañado de que resolviendo la confrontación armada con las guerrillas se solucionan los obstáculos “que impiden el desarrollo y el progreso”, y se oculten los verdaderos intereses de la clase política y sus patrocinadores en los meganegocios con las transnacionales, que les dejan jugosas coimas como ocurrió con Odebrech, Isagen, Reficar, Ruta del Sol, entre otros, se podrían suscribir muchos acuerdos de paz entre las guerrillas y los gobiernos para que las armas vayan a un oscuro container, pero nada va a suceder que favorezca las vidas de los millones de compatriotas que padecen penurias, indignidades y ausencias.

Lejos está de acabarse la guerra y el conflicto armado que cobra vidas en los territorios. Miremos no más la situación humanitaria en departamentos como el Chocó, Nariño y Cauca, donde al parecer se incrementaron los grupos armados delincuenciales, el narcotráfico y otros negocios criminales, en la mayoría de los casos con la participación de las honorables fuerzas militares, o ante su omisión. Además, en Cauca y Nariño se han asesinado sistemáticamente a la mayor cantidad de personas cuyo trabajo digno y admirable es el de construir organización social y democracia, por la vía de la protección ambiental, los proyectos de economía campesina, la defensa del territorio, los derechos humanos y la paz, entre otros asuntos de gran valor humano que los colombianos deberíamos apreciar, practicar y defender de manera unánime.

Sin embargo, 2018 es un año interesante. A pesar de la estrategia de bajarle la temperatura al ambiente de corrupción y crimen practicado por la clase política tradicional, a la cual pertenecen los principales partidos y candidatos aspirantes a la presidencia como el Centro Democrático, partidos Liberal y Conservador y Cambio Radical, se siente un ambiente de rabia y desprecio general que no los deja muy bien parados en las encuestas. Es posible que en esta oportunidad y con un poco de dignidad extra, los colombianos y colombianas nos abstengamos de entregarle nuestra cuota de soberanía a estos pillos, tanto en las elecciones de Congreso como en las presidenciales.

Lo otro interesante sería reforzar los actos de protesta que dejan resultados prácticos para las comunidades y brindan ejemplo a las demás, como las consultas populares, la creación de proyectos de economía propia, la construcción de zonas de reserva campesina, afro e indígena, o de territorios campesinos agroalimentarios, las recuperaciones de tierras, entre otras iniciativas que vayan engendrando lo que llaman el poder popular… así se quedarían los politiqueros hablando solos.

También es necesario apoyar a los candidatos y candidatas con experiencia en la lucha social y comunitaria; a los que sus esfuerzos por causas sociales les dan carta de presentación; al menos de esta manera los espacios institucionales se van descontaminando de la hediondez dejada por la clase política tradicional.

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