Colectivo Camilo Vive

Colectivo Camilo Vive

En los postulados de la teología de la liberación, los empobrecidos siempre han estado presentes en la iglesia de América Latina. Siguiendo esta opción, y entendiendo los difíciles contextos por los que ha atravesado la sociedad latinoamericana, muchos, a partir de ciertas motivaciones religiosas, posibilitaron la construcción de un movimiento que propendiera por una forma nueva de vivir la iglesia con relaciones más fraternales y solidarias, y de paso aportar a la construcción de un continente y una sociedad más justa y solidaria.

La avanzada teológica del Concilio Vaticano II (realizado entre 1962 y 1965), la muerte de Camilo Torres Restrepo en febrero de 1966, Golconda y la conferencia de Medellín (CELAM) en 1968, fueron algunos acontecimientos que sin duda posibilitaron la consolidación, en palabras de Pablo Richard, de uno de los fenómenos más importantes de la iglesia latinoamericana: las llamadas Comunidades Eclesiales de Base  (CEBs).

Bajo este panorama, Medellín se convirtió en un escenario por excelencia en la configuración de un movimiento autónomo, liberador, que incentivado por la desigualdad social emprendió caminos de construcción de procesos organizativos alrededor de la Teología de la Liberación. Las denominadas CEBs aparecieron en el vasto territorio del Valle de Aburrá con la firme intención de luchar junto al empobrecido, humillado y excluido por las dinámicas comerciales y delincuenciales presentes en las décadas de los 80 y 90 de la “tacita de plata”. En su composición, las CEBs eran más que una corriente de pensamiento y se configuraban como una forma de la iglesia en el movimiento popular que buscaba no solo reivindicar el papel del empobrecido dentro de la iglesia, sino también su papel protagónico en la construcción de barrio, comuna, país y sociedad.

La experiencia de las CEBs en Medellín tiene su historia, en ocasiones revitalizadora, en otras martirizada, pero que puede ser observada en aras a manifestar su influencia en la vida y  construcción de los diferentes barrios y procesos sociales que hoy componen la ciudad. Su papel protagónico desde las apuestas educativas populares, la defensa de la vida, la comunicación popular, la economía popular, la construcción de comunidad, entre otras, hizo de las CEBs una opción de vida y de búsqueda de solución de los problemas concretos de las comunidades en los barrios de la metrópoli.

Su concepción de lo popular trasegaba por la búsqueda de una vida digna para todos los empobrecidos,  tanto así que fueron organizaciones pioneras en la conformación de los movimientos sociales y populares que hoy existen en Medellín y en todo el territorio nacional. Su abanderada de siempre, la vida misma, hizo que emprendieran múltiples luchas por lo que ellas mismas denominan la salvación y la liberación, condiciones humanas necesarias para vivir en la tierra y destruir un capitalismo salvaje que imparte muerte a diestra y siniestra.

La apuesta de las CEBs por construir desde el amor eficaz -inspirados en Camilo y su sueño de justicia-,  buscó hacer visible la situación de injusticia causada por una violencia institucionalizada por la que atraviesan los empobrecidos. Esa situación de injusticia expresa una situación de pecado, que no puede dejar de ver el que ha de llamarse “cristiano/a”, ya que es allí mismo donde se encuentran esas injustas desigualdades sociales, políticas, económicas y culturales, donde hay un rechazo del don de la paz de Dios.

Esta forma de ver la realidad, ligada a eso de lo popular, permitió a las CEBs erigir una tripleta por defensa/promoción/valorización de la vida y la preservación de los valores, proponiendo un método que incluía el ver, juzgar y actuar; ver por sí mismos elementos para juzgar, y exigencias para actuar, eligiendo la cultura popular como herramienta para la liberación de los pobres.

Así, la búsqueda infalible de las CEBs es buscar que lo popular engendre sinceros cristianos dispuestos a suprimir la explotación del hombre por el hombre y a luchar por la distribución justa de la riqueza social, la igualdad, la fraternidad y la dignidad de todos los seres humanos, es decir, ser portadores de la conciencia política, económica y social más avanzada, construyendo así  el reino de Dios en la tierra.

Los pilares sobre los que se levantan las CEBs en nuestros territorios siguen siendo los sin voz, los oprimidos, los trabajadores y las trabajadoras, los habitantes de las periferias urbanas, las comunidades indígenas y campesinas expropiadas de sus tierras, las mujeres, los estudiantes, y en sí misma la clase empobrecida.

Se ha dicho mucho sobre la “extinción” de las CEBs, pero allí mismo, donde la injusticia arrecia en Medellín y toda Colombia, las CEBs siguen su camino,  desenmascarando todos los efectos de la globalización, el neoliberalismo, el patriarcado, la pobreza, la exclusión y el pensamiento único, que han oprimido y explotado históricamente a la clase empobrecida de toda Nuestra América.

Hoy como ayer, la memoria de Camilo Torres Restrepo vuelve a ser foco de tensión, de contradicción, así como de diferentes reacciones ante su legado tras cumplirse 50 años de su muerte en combate, siendo un insurgente del ELN.

 

Tras las exigencias del pueblo colombiano y de diversos sectores sociales de que sea entregado el cuerpo de Camilo Torres, muchos han salido presurosos a tratar de invisibilizar ese testimonio vivo que se ha convertido en símbolo para Colombia y toda América Latina. Por otra parte, diferentes sectores de la sociedad como los movimientos sociales, organizaciones comunitarias, campesinas, sectores de la iglesia católica, movimientos ecuménicos y en suma, la clase popular, lo han mantenido palpitante como un referente ético, político y espiritual, por su opción comprometida y su coherencia entre el hacer y el pensar; por ser un símbolo de unidad, e incluso, por ser un signo de reconciliación nacional, como lo señala el Arzobispo de Cali, Darío de Jesús Monsalve, lo que plantea nuevas lecturas para transitar la construcción de paz.

La manipulación mediática que hace la burguesía de su memoria -que es la memoria del pueblo colombiano-, a través de sus medios de comunicación, parece evidenciar que la clase minoritaria esconde otros fines al ponerlo en la opinión pública. Sin embargo, esto no es algo nuevo bajo el sol, pues desde que Camilo decidió amar eficazmente a su pueblo, buscaron menospreciarlo, desprestigiarlo y eliminarlo del corazón de quienes creyeron en su mensaje. Camilo fue calumniado y a través de “sesudos” análisis, fue puesto en duda su compromiso con las mayorías empobrecidas; también lo tildaron de títere, de ingenuo, de lobo vestido con piel de oveja, y un sinfín de remoquetes que no lograron, ni han logrado en el devenir de los tiempos, desvirtuar la coherencia entre su pensamiento y su práctica.

Después que Camilo cayó muerto en las montañas de Patio Cemento (Santander), no sólo volvieron a pulular las infamias, las mentiras triunfalistas con la que los usurpadores del poder trataron, inútilmente, de reducir su importancia histórica. Esta vez, lo mostraron como el cura descarriado que se había equivocado de camino al irse a la guerrilla y quisieron borrarlo para siempre de la memoria del pueblo, desapareciendo su cuerpo inerte, al que consideraban un trofeo de guerra. Creyeron ver en ello la oportunidad de enviar un mensaje a los luchadores y luchadoras populares, pues si Camilo había perecido en la búsqueda de las transformaciones sociales, todo aquel que lo siguiera en su ejemplo correría el mismo destino.

A partir de este momento se instauraron una serie de prácticas de terror que se repiten en la historia de nuestro país, y que buscan no sólo eliminar físicamente al contradictor político, sino también borrar su memoria. Luego de endilgarlo de fracasado en numerosas ocasiones, especialmente cuando se conmemoraba algún aniversario de su muerte, salían los coristas del reduccionismo a vociferar que ya solo un puñado de “desganados” lo recordaban, tal como lo muestra un artículo escrito en 1986, “Camilo: el cadáver de la izquierda”. También quisieron suprimirlo de la historia del pueblo colombiano, usando la estrategia de no mencionar siquiera su nombre. Pero Camilo Torres siguió teniendo vida, resonando en la memoria popular, resistiendo ese silencio bullicioso de quienes han visto en su legado un peligro contra sus intereses. Y si no era esa omisión la que se ponía en marcha, era usada la estrategia de encajarlo con el remoquete del cura guerrillero. Su vigencia es muestra de que no hay nada más alejado del sentir popular.

Suprimir al opositor y desaparecer su cuerpo es un acto que nunca más se debe repetir en Colombia, si en realidad queremos alcanzar la paz con justicia social. Por eso, el hecho de que podamos encontrar los restos de Camilo, tras cincuenta años de esa ignominia que es haber escondido su cuerpo al pueblo, a su madre, quien falleció sin poder lograr que se lo devolvieran, debe poner de relieve que esa práctica perversa no puede volverse a repetir jamás.

Para la clase popular colombiana, que devuelvan el cuerpo de Camilo Torres no sólo constituye la oportunidad de darle una cristiana sepultura a sus cenizas, sino sobre todo, recuperar su testimonio vivo, legado al pueblo colombiano: la necesidad de llevar la lucha hasta las últimas consecuencias. Es decir, mantener una opción ética y política que busque transformar de raíz la violencia estructural del Estado colombiano.

En el momento actual, como dice el refrán popular, “vuelve la burra al trigo”, pues los medios des-informativos vuelven a tratar de distorsionar la memoria, buscando con ello oficializarla y perpetuar las mentiras de ayer, hoy y siempre. Desviaciones abyectas con afirmaciones que dislocan los hechos, propenden por oficializar una mirada sobre este ejemplo que es, fue y será Camilo.

Para traer sólo un ejemplo a colación, basta mirar algunas noticias publicadas en medios como El Espectador, en donde apareció recientemente una titulada “Santos confirma que autorizó búsqueda de restos del cura guerrillero Camilo Torres”, en donde el solo titular ya demuestra un sesgo, pues si sus restos son buscados no es por una autorización del presidente, sino porque la presión política de algunos sectores de la sociedad lo han llevado a ese punto. Además, el viejo epíteto de cura guerrillero también es una mirada estrecha y reduccionista para un ser integral como lo fue él. En esa misma noticia, como si fuera poco, se hace una afirmación no menos recargada, en la que se dice que el ELN “le solicitó al Gobierno ubicar los restos de uno de los fundadores de esta guerrilla”. Y esto no es sólo una desfachatez, una falta de rigor investigativo, sino un engaño con fines políticos, pues cómo es posible que afirmen que él sea un fundador del ELN.

Es en este sentido que vale recordarle a la burguesía que aunque traten de usar la memoria de Camilo no son poseedores de ella, ya que los movimientos sociales, el pueblo colombiano, son quienes la han mantenido vigente, viva, palpitante en todas sus reivindicaciones y luchas. Es la clase popular la que por cincuenta años la ha vivido, la ha vuelto camino de liberación. Así lo confirma el hecho que en este cincuentenario diversos sectores sociales estén conmemorando la vigencia de su legado; que estudiantes, católicos, ecuménicos, organizaciones comunitarias, sociales, culturales, y un largo etcétera, a través de manifestaciones artísticas, producciones audiovisuales, acciones callejeras, tertulias, y entre muchas otras actividades que conforman la agenda nacional, estén celebrando que Camilo Vive.

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