Editorial 128. Ojalá dejen de burlarse

El primero de mayo de 2017 se cumplieron doce años del vil asesinato en Bogotá del adolescente Nicolás Neira a manos del Escuadrón Móvil Antidisturbios, Esmad. Para su familia y sus amigos era tan solo un niño de 15 años, para el Esmad seguramente un peligroso delincuente, a juzgar por la violencia desatada contra su pequeño cuerpo. Nicolás fue descerebrado y aún no se sabe si fue a causa de los golpes de bolillo que recibió en su cabeza o presuntamente por un disparo de lanza granadas que desde entonces acostumbran dirigir los armagedontes contra las muchedumbres.

Como director del periódico Periferia, fui citado por el fiscal quinto de derechos humanos a declaración jurada con el fin de que diera datos precisos sobre los autores de las fotografías y las declaraciones publicadas en 2005 y 2009 en el periódico; allí se observa claramente al Esmad, a Nicolás desvanecido y a otros jóvenes arrebatándoselo a las fieras. Pero estas pruebas y muchas más ya habían sido aportadas hace 12 años al proceso, que ha pasado de fiscal en fiscal sin resultados hasta ahora. Aún no se sabe concretamente quién o quiénes fueron los que provocaron la muerte de Nicolás, pero lo que está claro, incluso para el fiscal, es que hubo encubrimiento de altos oficiales de la policía, tal como ocurrió en la muerte del joven grafitero Diego Felipe Becerra en 2016, también asesinado por la policía en otras circunstancias todavía más absurdas, y también encubiertas y desviadas.

Esta tragedia no solo acabó con la vida de Nicolás, sino que destruyó literalmente su hogar: casi le cuesta la vida a Yuri Neira, su padre, quien recibió atentados, fue amenazado, exiliado y hostigado presuntamente por agentes del Estado que se incomodaron con su férrea lucha por esclarecer el crimen contra su hijo. Así mismo sufrieron y se destrozaron las vidas de los familiares de Diego Felipe, del indígena Belisario Camayo, de Oscar Salas, de Jonhy Silva, y de decenas de víctimas bajo la brutalidad policial y militar en general. Esto llevó al representante a la cámara Alirio Uribe a solicitar el desmonte del Esmad, basado en la escalofriante cifra de 448 agresiones con el resultado de 3905 víctimas. De los miles de casos de falsos positivos a manos de las fuerzas militares ni hablar.

Recientemente el columnista del periódico El Colombiano de Medellín, Michael Reed Hurtado, reflexionaba y condenaba la actitud del Ministro de Defensa, cuando “sonriente” acompañaba la libertad del cabo Elvin Andrés Caro y el soldado Luis Emiro Sierra, beneficiarios de amnistía a pesar de haber incurrido en crímenes atroces, probados en varias instancias por la justicia. Uno de tantos asesinatos en los que participaron los militares amparados por el fuero y la autoridad militar fue el del joven de 17 años Samir Díaz, a quien hicieron pasar por muerto en combate. También aquí como en los más de cinco mil casos de falsos positivos, organizaron todo para simular un combate, en esta oportunidad en una cancha de futbol de Bello, Antioquia.

Hasta dónde ha llegado la perversidad de las élites que gobiernan este país, para elevar a la categoría de héroes a los militares y policías que ejecutan miles de crímenes, y hasta dónde la sociedad es cómplice y se come el cuento completico.

La insensibilidad de la sociedad toca fondo. Es increíble que casi nadie se ponga en el cuerpo y alma de las víctimas y hagan el ejercicio de comprender cuánto daño les hace toda esta burla. Se burlan el Ministro de Defensa y los altos oficiales, se burla el presidente de Fedegan, quien cínicamente niega la existencia de los ejércitos anti-restitución que asesinaron a 68 reclamantes de tierra, y se burla también del informe detallado del investigador Ariel Ávila que demuestra que el mayor porcentaje de despojo de tierra fue contra los más pobres y a manos del paramilitarismo; se burlan Uribe y todos los del Centro Democrático cuando niegan el conflicto armado y sus orígenes, así como el genocidio de la Unión Patriótica; se burla el Gobierno negando la sistematicidad de los 160 asesinatos de líderes y lideresas sociales en los últimos 14 meses. Todos se burlan de las víctimas y del pueblo humilde.

Se burlan las élites descaradamente al saquear el erario público, al manipular la opinión y conducir todo el odio acumulado contra otra Nación como Venezuela. Se burlan del proceso de paz con las FARC y tratan de hacer lo propio con el ELN. Se burlan de la paz, porque en lugar de cambiar la doctrina militar del odio contra los pobres, en vez de reducir el tamaño de las fuerzas militares, acabar con sus cuerpos élite de criminales y con el ambiente de guerra, lo incentivan con publicidad, con recursos y con matrices mediáticas que ponen a los militares como ejemplo de ser humano a seguir.

Se burlan los medios masivos de comunicación, como por ejemplo Caracol Televisión, cuando en su noticiero del medio día, el 12 de mayo, transmitió una nota dedicada a las madres resaltando la loable tarea de dos mujeres, Cristina y Nicole, pertenecientes a los escuadrones del Esmad, quienes con las mismas manos que acarician a sus pequeños hijos, usan la violencia contra las legítimas protestas de las comunidades, contra los humildes despojados, contra otras madres. Notas como esas alimentan en el que sin importar quién sea, desde que vista un uniforme y se muestre rudo o ruda, es un héroe o heroína. Notas que no hacen pedagogía de paz sino de guerra.

Los pobres de Colombia siguen poniendo los muertos y también a sus victimarios, mientras la élite se burla. La ruleta rusa que tienen que jugar los más humildes en repetidas oportunidades se ha encargado de dar lecciones de vida. Sería terrible que un día esos niños y niñas, hijos de militares, terminaran siendo víctimas de sus acciones criminales, de sus perversidades, de sus encubrimientos. Sería terrible que un día un Esmad, un militar u otro agente del Estado cegara la vida de uno de sus hijos o hijas, y peor si sucediera en medio de la defensa de una causa justa. Tal vez así entenderían el dolor de las madres y los familiares de tantas víctimas del conflicto y de la ignorancia que por necesidad o voluntad, nos arroja a los brazos de la muerte. Tal vez así algunos de ellos dejarían de burlarse.

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