Un grito de indignación que seguirá retumbando

Octubre nos dejó una nueva jornada de indignación en el país. Miles de hombres y mujeres del campo y la ciudad decidieron lanzarse de nuevo a calles y carreteras para mostrar su descontento con las políticas del gobierno de Juan Manuel Santos, pero no solo de él sino de lo que han sido históricamente las decisiones y acciones de quienes han hecho del ejercicio del poder un mecanismo para saciar sus propios privilegios.

La exigencia de mejores condiciones de salud y educación, del cumplimiento de los acuerdos firmados por los distintos Gobiernos con las comunidades, más la lucha por garantías para la participación, la denuncia y visibilización del asesinato de líderes y líderesas sociales y defensores de derechos humanos, el rechazo al modelo económico extractivista, y la exigencia de la implementación de los acuerdos del Gobierno y las FARC y de la participación social en la mesa conel ELN, estuvieron entre las razones que enarbolaron campesinos, indígenas, mujeres, estudiantes, trabajadores y trabajadoras estatales, maestros y pobladores urbanos, para levantar en un solo tono su grito de Indignación.

La indignación se mantiene y avizora mayores luchas
Esta nueva jornada evidencia que el descontento de amplios sectores sociales se mantiene. Si bien estas jornadas de la indignación no tuvieron la fuerza de la Minga del 2016 ni de los paros agrarios, mineros y de transportadores que le precedieron entre el 2013 y el 2015, es significativo que, pese a la criminalización de la protesta social con la entrada en vigencia del nuevo Código de Policía, más la represión ilegal ejercida por el neoparamilitarismo sembrando el terror, la incertidumbre y el desconsuelo entre las comunidades organizadas, aún persista la dignidad popular y se manifieste en las calles expresando que no se dejará amedrentar en su lucha por la paz con justicia social.

En esta ocasión, ante el evidente esfuerzo de los medios masivos de comunicación alinderados al poder de las élites, se movilizó la comunicación alternativa y popular para visibilizar las acciones de las comunidades en los territorios; la voz de campesinos, indígenas y mestizos se hizo escuchar por los diferentes medios que las mismas comunidades y organizaciones sociales impulsan para expresar sus problemáticas, sus luchas y sus propuestas. También surgieron creativas y alegres maneras de movilizarse, con batucadas, comparsas, danzas, y cantos cargados de indignación y alegría como un acto de rebeldía contra quienes quieren seguir sembrando de guerra los territorios.

Más importante aún es que esta jornada que tuvo su momento cúspide en la movilización del 12 de octubre, permitió que múltiples sectores que han actuado solos durante estos años, se juntaran para hacer más fuerte su grito, agrupados en la Cumbre Agraria, Campesina, Étnica y Popular, la Coordinadora de Organizaciones Sociales y el Comando Nacional Unitario, en una jornada que deja nuevos escenarios de lucha, organización y movilización para el campo popular.

Que el descontento se transforme en indignación y rebeldía
Son varios los retos que tiene ahora la movilización popular. En primer lugar, dar continuidad a los esfuerzos de movilización y organización de cada sector, y mantener y nutrir los espacios de articulación, asunto indispensable para elevar los niveles de movilización y acción de las organizaciones sociales, sindicales y políticas de la clase popular.

Un reto mayor está en tener la capacidad de traducir el descontento generalizado, tanto con el Gobierno nacional como con la clase política dirigente que históricamente ha gobernado, en indignación popular y rebeldía. Para nadie es un secreto que en las esquinas, en los buses, en las cafeterías, en el cultivo, en la obra y hasta en la casa, la voz de cada hombre, mujer, joven y viejo, expresa su inconformismo, su queja permanente por el costo de vida, por los precios de los alimentos, por el pésimo servicio de salud, por la nefasta movilidad de las ciudades, por la mala y costosa calidad de la educación pública, por las altas tarifas de los servicios públicos, y por la inseguridad generalizada producto de las desigualdades sociales. Pero todo ese descontento no necesariamente se ha traducido en acción transformadora por parte de la gente de a pie. Al contrario, tal molestia generalmente se ha traducido en conformismo que lleva a la quietud; claro está que ello es producto de los hábiles mecanismos que las clases dominantes desarrollan para mantener adormecida a la gente, lo que no libra de responsabilidad a los sectores organizados que luchamos por la transformación social, de nuestra incapacidad para seducir, enamorar y acercar a las mayorías descontentas.

De allí que un tercer reto esté en la capacidad de generar nuevas y variadas formas organizativas, que trasciendan las que comúnmente conocemos y que en muchos casos no resultan atractivas para la gente trabajadora de este país.

Desatar la participa-acción para que la indignación dé sus frutos
Si bien los acuerdos alcanzados entre el Gobierno nacional y las FARC no son todo lo que esperaríamos para mejorar las condiciones de vida del pueblo colombiano, allí existen muchos elementos cuya implementación es necesario defender. Muchas de las cosas allí plasmadas pueden contribuir a garantizar unos derechos mínimos que cualquier sociedad medianamente democrática debería tener. Exigir al Gobierno que cumpla lo pactado, que no le haga más trampas a la implementación ni le tuerza el cuello a lo firmado, es una obligación para el movimiento popular.

Y es también una oportunidad y una tarea del campo popular disputarse el escenario de participación que abren los diálogos del ELN y el Gobierno nacional. Allí tendremos que meternos, desatar la participación no solo de quienes ya están organizados, sino de todos y cada uno de los colombianos que tienen algo para decir y exigir, y proponer cambios que posibiliten la construcción de la paz con justicia social. Se trata entonces de defender la implementación de lo acordado en La Habana, y de luchar para que en los futuros acuerdos en la mesa de Quito se pueda lograr mucho más.

Pero la participación no puede limitarse a los escenarios de implementación y negociación con las insurgencias. Es necesario que se trascienda del debate, la discusión, el diagnóstico de problemáticas y la lluvia de propuestas. La participación tiene que desatar la acción transformadora, que lo que la gente dice que tienen que ser los cambios para construir la paz, sea a su vez la acción que realicemos colectivamente para lograrla. No bastará con decir que nos oponemos al modelo minero-energético, hay que ser capaces de frenar su implementación en los territorios; no bastará que digamos que la salud y la educación están mal, si no nos organizamos y movilizamos para que se garanticen como bien social; no bastará que digamos que nuestros gobernantes son pésimos, sino somos capaces de elegir a otros que salgan de nuestros procesos. No bastará con indignarnos, será necesario transformar.

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