El último librero

Marcación de espacio - tiempo: Centro de Medellín, 9 de enero, 2018. Nota diagnóstica: antídoto para el olvido. Ser humano: don Fernando Navarro

De pie, jugando yoyo en el semáforo de Sucre con la playa, meditaba acerca de cuál sería mi nuevo empleo; amortiguando un poco la ansiedad, en cada sube y baja imaginaba los diferentes escenarios. Estaba harta de ser mesera aguantando borrachos y horarios extremos para poder terminar la universidad.

Como una bruma de sol, recordé mi anhelo de trabajar en una librería, rápidamente me fui del semáforo a buscar un internet. Buscando librerías de la ciudad, encontré una que me llamó la atención por un fragmento de su portafolio: “Venta de textos con énfasis en promover la educación del pueblo colombiano…”. Se trataba de la Librería América, que para mi sorpresa había sido fundada en el año 1944. Me dije: ¡carajo! 74 años en la ciudad, allí es donde quiero laborar.

Al día siguiente, con mi currículo en mano, tomé rumbo a la Librería América, ubicada en el pasaje Boyacá. Me recibió un señor muy amable de ojos tenues y sonrisa contagiosa: don Fernando Navarro; me preguntó qué necesitaba, le respondí: “quiero trabajar en su librería”. El caballero esbozó un huracán en su rostro y dijo: “mija por dios, cierro en tres meses”.

Me quedé un poco paralizada y triste. Creo que don Fernando notó mi desanimo y trató de alegrarme diciendo: “no puedo darte empleo pero puedo enseñarte del oficio de ser librero y todo lo que quieras saber de esta librería”. Di un saltico interno y le respondí: “¿en serio?, ¿cuándo podemos comenzar?”, “de inmediato”, aseveró don Fernando.

Antes de iniciar sus historias y enseñanzas, don Fernando preguntó cuál era mi interés por trabajar en una librería; le respondí que siempre había soñado con un trabajo donde pudiera aprender y leer durante la jornada y no aburrirme. Después de mi respuesta, don Fernando inició a contarme: “para ser un buen librero es necesario tener una memoria prodigiosa para recordar los títulos y sus autores, ser paciente y de mente muy abierta para escuchar las diferentes opiniones, a todos no les gusta lo mismo; además comprender que vender libros no es como vender zapatos, el libro se debe sentir como un portal a otros mundos, sentir la curiosidad por las letras en sus páginas, no percibirlo como un objeto sin vida. Un libro es un antídoto para el olvido. El oficio de ser librero se va construyendo con aprendizaje y magia, magia para inducir a los lectores en pasajes secretos que los ayude a formarse y a divertirse”.

Luego agregó: “Me convertí en librero hace 55 años por herencia de mi padre, Jaime Navarro, un gran hombre enamorado de la lectura, fundó esta librería el mismo año en que yo nací; cumplimos los mismos años cada vuelta al sol, la librería y yo”. Lo interrumpí con un leve ademán para preguntarle qué clases de libros vendía, cómo era la comercialización de los libros cuando inició su oficio y si había conocido muchos escritores.

“En la librería América se encuentran toda clase de libros en idioma español, desde filosofía, medicina, novelas, hasta textos escolares. Las editoriales exportadoras en lengua hispana provienen de España, Argentina y México en ese orden de importancia. Cuando inicié este oficio los encargos de libros se hacían por correspondencia, las editoriales mandaban sus catálogos con las novedades y tocaba hacer pedidos grandes que justificaran el costo del transporte, ya que se traían en barco desde España, en avión era muy costoso; al año se hacía máximo dos pedidos. Ahora es muy sencillo, en pocos días puedes tener el libro que quieras, antes las personas debían esperar hasta ocho meses para obtener un libro y además cubrir los altos costos del transporte.

Las librerías en mi época y hasta más o menos los años 90 nos encargábamos de enriquecer y renovar el inventario de libros de las bibliotecas públicas de la ciudad; actualmente ellas se contactan directamente con las editoriales, perdimos esa labor con las instituciones.

Muchos intelectuales y escritores me visitaban. Personas como el señor Aguirre, Joaquín Vallejo, Gonzalo Arango, Aura López, William Ospina, venían a realizar sus compras de libros y a enterarse de las novedades. Me gustaba ayudar a los escritores que no eran tan conocidos ofreciendo sus obras y promocionándolas, solía decirles en muchas ocasiones una frase que inventé para animarlos y sacarles una sonrisa: no sé quién es más Quijote, si usted que los escribe o yo que los vendo”.

Me reí al instante por la frase. Estaba sorprendida con cada detalle que iba escribiendo aquel personaje con su voz: un sobreviviente, un verdadero maestro. Sentía que leía un libro con mis oídos, con mis ojos, al escuchar sus palabras, al observar sus gestos dispersos en el aire.

Le pregunté con insistencia, ¿don Fernando, las librerías de tu época aún existen? ¿Por qué motivo vas a cerrar la tuya? “Mija, las librerías que fueron fundadas en el centro, contemporáneas con la América ya no están; la Nueva, la Pluma de Oro, la Continental, la Omega, la Aguirre, la Anticuaria… todas ellas cerraron; la América es la última de mi época que queda en la ciudad. Y esta librería no es la única que he cerrado, tal vez sí la ultima; tuve otras dos librerías asociado con familiares por este mismo sector, una se llamaba Don Quijote y la otra América 2, ambas las cerré hace unos quince años.

Voy a cerrar la librería porque ya no tengo cómo sostenerla, las ventas no compensan los gastos. Además van a vender el local, no podría pagar una renta. Son diversos los factores que conllevan a esta crisis. En primera instancia el deterioro del centro, anteriormente, este pasaje lo llamaban la Calle Real, hoy es la Calle del bullicio, las personas dejaron de venir, ya no es un espacio agradable para visitar; por otro lado, tenemos la piratería, los bajos salarios de las personas en Colombia para acceder a los libros, el costo del papel, la devaluación de la moneda colombiana en referencia a los libros exportados, el poco interés de las personas por la lectura en nuestro país, la revolución digital, esa sí que nos ha afectado a todos los libreros; pero de algo si estoy seguro, el libro impreso no va a desaparecer, es más saludable para los ojos, práctico para portarlo y no se descarga.

Es una tristeza inmedible, es inexpresable la sensación que me produce el cierre de mi última librería. Lo mejor es no pensar, que se acabe el pensamiento. He querido tanto este lugar y mi labor; el poder aportar a las generaciones un conocimiento. Ser librero es de los oficios más bellos que he conocido, te visitan personas con diferentes formas de pensar y te dejan sus inquietudes, sus huellas impregnadas en sus mentes por las páginas leídas”.

“Tal vez no sea la última librería que vas a tener, don Fernando”, le dije, “de pronto encontremos apoyo de organizaciones para conseguir un espacio donde tener la librería, y de paso yo pueda cumplir mi sueño de ser librera”.

 

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Liezel López
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