En la frontera venezolana, todas las armas de la prensa

Por Pedro Marín | Revista Ópera - Brasil

El día empieza a las ocho de la mañana. Llegamos a Pacaraima, en cuyas calles, aunque brasileñas, emana el sonido hispánico de todas las bocas, de todos los rincones. Al bajarnos del carro, un señor se acerca ofreciendo cambio: 4500 bolívares por cada real. Joach, el venezolano que nos acompaña desde que nos conocimos en el aeropuerto de Boa Vista, hace cuatro horas, niega la oferta. “Muy poco”, dice él.

Para sellar nuestros pasaportes, nos dirigimos a la oficina de la Policía Federal, en la frontera. Ella es constituida por dos cuidades: la ya mencionada Pacaraima, al lado brasileño, y Santa Elena de Uairén, al lado venezolano.

La primera es caótica: vive –o sobrevive– en función de la exploración mayoritariamente ilegal de yacimientos de oro, y del traslado de brasileños y venezolanos; así pues, en función del contrabando. Las calles son agitadas, y las contadoras de billetes, en las pequeñas tiendas que venden azúcar, macarrones, crema dental, champú y pañales, hacen el cambio del bolívar al real, del real al bolívar, para viajeros que vienen o se van para lejos, y quizá encontrarán alguna confortación al final del viaje. Vendedores ambulantes y cambistas están por todas partes, pendientes del movimiento.

Santa Elena de Uairén, a su vez, está envuelta en tensión. Cruzamos la ciudad en un taxi, compartido con una brasileña de Pacaraima, cuyos hijos, nos cuenta orgullosa, estudian Medicina en Isla Margarita, Venezuela. Las armas de la prensa apuntan hacia otro lado que no es el suyo: hasta los cambistas y contrabandistas venezolanos, o hasta los trabajadores comunes que vienen a Brasil, y que así aseguran algún bienestar a sus familias o a sí mismos en Venezuela. Son la cara de la pobreza impuesta al pueblo por “la dictadura de Maduro” –cuando no se convierten, es claro, en “perseguidos políticos”–. Los brasileños que en este infierno bolivariano encuentran la oportunidad de estudiar Medicina, por otro lado, simplemente no existen. Es imposible también no acordarse del brasileño Antonio, en Boa Vista, que trabaja como extractor de metales al norte de Brasil: vestía una chaqueta adornada con los colores de la bandera venezolana y el día siguiente ingresaría a la República Bolivariana para distribuir copias de un CD con canciones autorales –en las voces de otros artistas, las letras van, poco a poco, conquistando ciudades rumbo a Caracas–.

De cualquier manera, Santa Elena es una ciudad tensa. Por ella pasamos para sellar nuestros pasaportes e ingresar al país, en un puesto de la Guardia Nacional Bolivariana, a camino de la terminal de buses local. La estación –una pequeña construcción redonda– es circundada por calles de tierra. El ambiente es de Viejo Oeste: los rostros miran el suelo, pero los ojos, erguidos, miran siempre otros ojos. Decenas de conductores se alinean en sus carros, en un puesto de PDVSA, para llenar los tanques de gasolina y después venderla a brasileños por un precio superior. “Tenemos la gasolina más económica del mundo y al lado tenemos un país con la tercera gasolina más cara del mundo. Lógicamente es un atractivo para aquellas personas que quieren vivir de una manera fácil”, declaró en marzo de este año el alcalde de Gran Sabana, Manuel de Jesús Valles. Aquí encontramos otro personaje curioso: un taxista brasileño que se hace pasar por venezolano y que se sostiene trabajando en la ruta para Santa Elena, con una cooperativa de taxistas de la ciudad, hablando español de forma clara y perfectamente adaptado al acento de la región, a pesar de su figura –un hombre alto, blanco y barbado– que contrasta con la venezolana.

¿Por qué me urge resaltar estas escenas? Porque es evidente para los que recorren ese camino que a lo largo de él no hay solo pobrecitos o santos –ni solo demonios o tramuyeros–. Sobre todo, es manifiesto que provienen de las dos naciones los ciudadanos que se benefician de la frontera, aunque sean de una sola los que sirven de muleta ideológica para periodistas y periódicos oportunistas, que escupen en la verdad pisoteados por los botines de sus editores y patrones.

Los venezolanos que cruzan rumbo a Pacaraima son los que, frente a la crisis económica y sin perspectivas, intentan beneficiarse financieramente de esta posibilidad –como los millones de mexicanos, o incluso brasileños, que todos los años ingresan a Estados Unidos para trabajar, sin papeles–. ¿Serían estos los tristes frutos del capitalismo en nuestro país? ¿Del subdesarrollo del continente, impuesto por el norte? Sin dudas. Pero de este problema –que pertenece a nosotros, brasileños– no se oye hablar. ¿Cómo podríamos imaginar cuáles son sus raíces?

Cuando se trata de Venezuela, por otro lado, los medios de comunicación no se callan. El escarceo producido acerca de los venezolanos que cruzan las fronteras para “huir del hambre” es notorio. En cambio, grita el silencio sobre la guerra económica iniciada por Trump contra el país.

Ingresamos a Venezuela, por lo tanto, con una visión clara: la de que los personajes que vimos y conocimos en este trayecto son utilizados en una campaña ideológica contra el Gobierno venezolano –campaña que nadie hace contra nuestro gobierno o contra el de cualquier país alineado, aunque los personajes criados por estos sean similares– y este parece ser el caso en la mayoría de las veces –aún más sombrío–. Este es un aviso para los próximos días: mirar con tenacidad, pensar con claridad, escribir con honestidad. Más que todo, llegar al destino sin olvidar a Brasil y nuestra propia condición.

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