Editorial 134: Todo por ganar

El mal de todos no puede seguir siendo el consuelo de los tontos. Este año 2017 ha sido uno de los más frustrantes para la sociedad colombiana en general. Lo que podría haber sido la ventana para ver asomos de democracia y cambios, resultó ser un roto en la pared por el que se asoma un panorama lúgubre; en materia social y económica el balance no puede ser peor para los más humildes que no ven en los planes de los que conducen el país, y que se lo roban descaradamente, la posibilidad de mejorar su calidad de vida.

La paz, como hemos dicho en otros editoriales, en vez de ser la esperanza de cambios democráticos de un país que ha sido testigo de la desigualdad, la injusticia y los horrores de la guerra durante 200 años, y de los atropellos de las élites a través de la muerte y el despojo, se ha convertido en la herramienta discursiva de las mismas élites para continuar disfrutando el botín burocrático del poder político. Pero este año al menos la reacción social en los territorios tuvo mayor impacto, mejor contenido, y desde las comunidades podría estarse encubando una suerte de opinión política alternativa interesante. Algo cualitativamente mejor a lo que ocurrió años anteriores.

Esta opinión política, moldeada en medio de la lucha y la movilización, y afianzada en reivindicaciones concretas que tocan el nervio de la gente pobre, como su necesidad por el agua potable, y por derechos fundamentales como la salud, la educación y el empleo, sería el paso que esperamos muchos hacia una base social capaz de engendrar una cultura política crítica, que produjera golpes claves sobre las instituciones corruptas de la vieja política. El voto castigo en contra de los partidos tradicionales y las facciones de derecha y ultraderecha, padres de todos los males y corruptelas, podría ser su primera manifestación concreta en las elecciones de 2018.

Es que todo el 2017 las calles y carreteras de ciudades y regiones colombianas estuvieron ocupadas de manifestantes de diferentes gremios como los transportadores, arroceros, magisterio, comunidades en contra de la minería y por la defensa del agua, campesinos, cocaleros, además de paros cívicos de más de 20 días en Chocó y Buenaventura, paros campesinos y barriales, mingas de la Cumbre Agraria, consultas populares en defensa del agua y el territorio; es decir acciones combinadas de corte extrainstitucional y también institucional. En la práctica los resultados no son muy diferentes a los de los años anteriores, el Gobierno logró apaciguar las protestas con promesas y posteriores incumplimientos, pero los paros cívicos y las consultas son elementos para observar con mayor interés y detenimiento.

En el caso de los paros cívicos, se nota un fortalecimiento de la protesta en el marco de una visión territorial regional, así es como el Occidente colombiano, o sea el Pacífico, se hizo sentir con reivindicaciones que lograron cautivar el apoyo del país y volcar la mirada centralista hacia la región, hacia la periferia nacional. Los pueblos afros e indígenas le recordaron al resto de colombianos que allí había unos compatriotas sufriendo las perversidades del centralismo y el clasismo de las élites. Este elemento no es de poca monta, porque con seguridad fortaleció la autoestima y el autoreconocimiento de los habitantes del Pacífico, y eso no va a parar ahí, menos en medio de un polvorín como el que se vive con la presencia de otros grupos armados, claramente encubados y financiados por los estamentos del Estado, como son los paramilitares, neoparamilitares, o como ahora los quieran llamar, disputándose esos territorios en donde todo el mundo tiene puestos sus ojos.

Por su parte, las consultas populares son luchas exitosas que le están ganando el pulso a las transnacionales, al Gobierno y a los grupos armados; y por otro lado le están torciendo el cuello al modelo neoliberal, el mismo que el Estado dice que no cede ni en un milímetro en las negociaciones de paz con las insurgencias. El tema es tan importante que el mismo Estado ha tenido que recurrir a su estructura jurídica, política y constitucional para burlar los resultados.

Esto lo que va a provocar es mayor indignación y fortalecimiento de la unidad de diferentes sectores de base que ya han demostrado que son capaces de pasar por encima de la disciplina de sus partidos. De hecho, es común ver a uribistas o vargaslleristas trabajando con fervor y de la mano con izquierdistas, ambientalistas, verdes, entre otros, en las consultas contra la minería y en favor del agua, aun en contra de sus jefes del Centro Democrático, Partido Liberal, o Cambio Radical.

Ante las trampas institucionales y la desfinanciación de las consultas, la gente viene ejecutando actividades colectivas para recoger los recursos necesarios para financiarlas. Esto evidencia la crisis de los partidos. Sin lugar a dudas el 2018 va a tener record en materia de consultas y sin riesgo a equivocarnos, todas las va a ganar la gente, el pueblo, las comunidades.

Estos son saltos cualitativos que deben ser atendidos por los sectores democráticos que luchan por el cambio. Las recientes audiencias de participación, acordadas en la mesa de Quito, aunque desarrolladas en la oscuridad y el aislamiento de la sociedad, ofrecieron gratos resultados. Entre las más de 200 exposiciones de los sectores populares y algunos institucionales representados allí, hubo consensos importantes que muestran que la sociedad se está cansando de las prácticas políticas tradicionales, y de las políticas excluyentes del Estado. Por ejemplo, casi todas las voces coincidieron en la necesidad de la participación amplia, plena, desde los territorios, de abajo hacia arriba, con capacidad de decisión, y en muchos casos exigiendo que la negociación de paz debe ser en Colombia y de cara a la sociedad.

Lo que le falta a la gente es creer en sus propias capacidades de participación y transformación; en la posibilidad de ejercer soberanía y decidir cuál es el país que quiere. Así, en el 2018 podríamos elevar la consigna del voto castigo contra los de siempre, o sea los uribistas, los santistas y los vargaslleristas, también contra los que se camuflan con otros nombres, pero son los mismos; luchar contra la cultura de “toca votar por el menos malo”. Hay posibilidad de construir nuevos referentes políticos, así se pierda en esta oportunidad electoral, ir acumulando hacia el 2022, y llegar a segunda vuelta con propuestas de cambio, de impacto social. Al fin y al cabo, después de padecer a las mismas élites durante 200 años, nada tenemos que perder y sí todo por ganar.

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