Tambores y balas retumban en la memoria de Segovia

Aquel 12 de noviembre de 1988 todo era fúnebre. Los segovianos recogían los vestigios que dejaron las balas y lavaban las marcas dejadas por los ríos de sangre al correr por las aceras. Muchas personas aún buscaban a sus familiares y el lamento era un sentir colectivo. El pueblo de Segovia se encontraba dolido y ahora se disponía a enterrar a ancianos, niños, jóvenes, hombres y mujeres, algunos militantes de la Unión Patriótica y otros sin ningún tipo de relación con este movimiento. Todos habían caído en la masacre perpetrada por el grupo paramilitar Muerte a Revolucionarios del Nordeste –MRN- la noche anterior.

Después de la ceremonia previa al entierro, la zozobra no cesó. El miedo que había invadido al parque pocas horas atrás, retornó, mientras la multitud salía en procesión de la iglesia con el retumbar de un tambor que pronto se confundió con el sonido, ya conocido, del disparo de los fusiles. En ese momento la angustia y la desesperación se apoderaron una vez más de los segovianos y todos los que habían asistido a aquel acto fúnebre corrieron despavoridos, dejando tirados en el suelo los cuerpos de las víctimas de aquella masacre. “En medio de ese desespero uno buscaba dónde refugiarse, dónde salvar su vida, yo con una bebé de 10 meses logré entrar a una casa pero con miles de dificultades porque había un perro bravo, pero eso no nos importó, tumbamos la reja y nos entramos; la gente se tiró por los solares de las casas y ese perro acabo de hacer lo que los otros no hicieron”, cuenta Rocío, quien a pesar del relato se sonríe al recordar esta situación.

Rocío nació en Girardota, Antioquia, pero en 1983 se fue a vivir a Segovia ante el rechazo de sus padres por haber quedado en embarazo. Al llegar a este pueblo se instaló en un hotel, en donde estuvo con su esposo hasta que él consiguió empleo en el bar El Minero y pudieron establecerse en un apartamento en La Banca, la calle principal por donde subían y bajaban todos los carros. Sin embargo, a pocos meses, Rocío perdió a su hijo en el Hospital San Juan de Dios, debido a la inexperiencia y al desconocimiento de los cuidados que debía tener una mujer en esta condición. Este sería el primer episodio que marcaría su historia de desarraigo.

Sus días continuaron en Segovia y la ilusión de tener un hijo se mantuvo. Tras recuperarse de aquel mal momento buscó empleo, pero pronto se enteró de la situación de Segovia, un municipio que era botín de gamonales, también con una fuerte organización social, y a su vez con influencia de las guerrillas del ELN y las FARC; para el año 86 también de paramilitares. Rocío en medio de este contexto recuerda que llegó a conocer a gente a la que, en su inocencia, consideraba policías, pero que con el tiempo se dio cuenta de que eran guerrilleros, porque según ella, en Segovia los que mandaban no eran precisamente la fuerza pública.

En una ocasión Rocío pretendió pedir trabajo en la estación de Policía como cocinera, pero fue interceptada por un hombre de civil que le recomendó que no lo hiciera “si quería seguir viviendo”, así que desistió de esto y luego consiguió emplearse en labores varias, incluso en los malos tiempos tuvo que meterse a la concurrida mina para conseguir unos cuantos "riales", que según ella no alcanzaban “siquiera pa’ el coco” con el que se lavaba en la mina. Pese a las adversidades, la vida floreció y en el año 87 Rocío logró dar a luz a su primera hija, que recuerda, fue muy robusta y pesó dos libras y media.

El 13 de marzo de 1988 se realizaron las primeras elecciones populares de alcaldes en Colombia. En Segovia fue la oportunidad para el triunfo en las elecciones municipales de la recién surgida Unión Patriótica que desplazó a la hegemonía del Partido Liberal. Estos no se quedaron quietos y entonces las paredes del pueblo comenzaron a llenarse de grafitis con mensajes amenazantes, que acusaban de comunistas y guerrilleros a los segovianos por su elección en las urnas, y de panfletos firmados por el MRN que anunciaban que acciones violentas acaecerían sobre este ya aporreado pueblo minero. De esta manera, Fidel Castaño junto con el político liberal Cesar Pérez fraguaron la masacre que ejecutarían grupos paramilitares del Magdalena Medio (ACMM) y miembros de la Fuerza Pública que se harían pasar como el denominado MRN.

El viernes 11 de noviembre, en la tarde, Rocío iba a salir a buscar empleo en compañía de una vecina, pero comenzó a llover y decidió quedarse en casa. A las 7:30 de la noche el sonido de unas detonaciones se tomó el pueblo acostumbrado a la estridente música de las cantinas. Roció salió inquieta a ver qué estaba sucediendo y alcanzó a ver unas camionetas negras en las que venía un grupo de hombres encapuchados. Todos estaban de negro, armados con fusiles y disparaban indiscriminadamente. En este momento muchas personas buscaron refugio en la iglesia, en los bares y en sus casas, pero los victimarios fueron hasta estos lugares en busca de los militantes y simpatizantes de la UP. Esta noche resultaron asesinadas 46 personas y otras 60 heridas. Las víctimas fatales igual que las lesionadas tenían diferentes adscripciones políticas; varias de ellas eran militantes de la Unión Patriótica, pero también de los partidos Liberal y Conservador, de las juntas cívicas y de las organizaciones sindicales y sociales de la época.

A la vecina que acompañó a Rocío durante esta noche le dieron un disparo en una pierna, y Rocío logró esconderse y mantenerse a salvo hasta las 9:30, cuando todos salieron a mirar qué era lo que había sucedido. Pronto la energía se interrumpió dejándolos a oscuras y una vez más todos salieron a correr y a esconderse. Al regresar la luz, la Policía empezó la investigación sin ningún afán, recuerda Rocío. En esa situación, el comando que estaba en el parque no resultó atacado y durante la masacre tampoco hubo fuego de respuesta por parte de la Policía.

Rocío vivió 12 años en Segovia hasta que terminó por irse a Medellín. Esta experiencia le hizo creer que no era conveniente que sus hijas crecieran en un ambiente de violencia, pero al llegar a la capital antioqueña se estableció en el barrio Santo Domingo Savio, desde donde le queda otra historia de violencia por contar…

 

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Miguel Ángel Romero
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