Comunicación popular para la construcción de paz

En 2015 la Federación Colombiana de Periodistas –FECOLPER– y Reporteros Sin Fronteras pusieron de manifiesto una verdad que para entonces ya era evidente: en Colombia existe una escandalosa concentración de los medios de comunicación en manos de 10 grupos y familias, quienes son propietarios de canales de televisión, emisoras, periódicos, revistas y medios digitales. A través del proyecto “Monitoreo de la Propiedad de Medios” pudimos constatar que las empresas mediáticas del país hacen parte de  grandes grupos económicos como lo son la Organización Luis Carlos Sarmiento Angulo, la Organización Ardila Lulle y el Grupo Empresarial Santo Domingo- Valorem, quienes no sólo concentran gran parte de las audiencias sino que también tienen empresas en otros sectores.

Por solo tocar un ejemplo, la Organización Luis Carlos Sarmiento, dueña de medios como El Tiempo, también ostenta inversiones en empresas de otros sectores como la agroindustria, energía y gas, la infraestructura, la hotelería, la minería e industria, y el financiero e inmobiliario. Es por esto que las líneas editoriales de los medios de cada grupo empresarial se han alineado a los intereses económicos de sus negocios. Esta relación pone de presente el problema de una opinión pública que se busca construir, no desde los intereses de los ciudadanos, sino desde los intereses de los grandes empresarios.

En el 2008 Periferia y un grupo de estudiantes de comunicación popular hicimos el ejercicio de preguntarle a transeúntes en las calles de Medellín por temas de interés nacional y luego por las problemáticas en sus cotidianidades. Cuando se indagó por temas gruesos, como el papel que estaba jugando el Gobierno de esa época, y por sus políticas de seguridad democrática y confianza inversionista, en principio las personas respondían con una actitud positiva, hasta fanática en algunos casos, pero al continuar indagando por su conocimiento sobre su contenido y alcances, las respuestas comenzaron a carecer  de argumentos propios: “la seguridad democrática y la confianza inversionista son muy buenos porque han mejorado la situación del país”. Era la voz de los medios masivos en boca del pueblo. Lo que ellos expresaban correspondía entonces a información  que los medios que consumían les proporcionaban.

Al continuar indagando por otros temas con más cercanía a sus realidades cotidianas, afloró un panorama menos alentador: la mayoría nos manifestó su inconformidad por la manera en la que funcionaba el sistema de salud, el sistema educativo, el desempleo, y mientras nos acercábamos a temas como el precio de la canasta familiar y los servicios públicos más aumentaba la indignación de estas personas. Sin embargo en este caso y a diferencia de los temas gruesos (seguridad democrática y confianza inversionista), ninguno de ellos o ellas conectaba la relación entre Gobierno, administración pública, y situación social y económica. No le asignaban la responsabilidad a nadie. ¿Cómo explicar esto? ¿Por qué estas personas estaban a gusto con un Gobierno cuya prioridad no eran los asuntos sociales? ¿Por qué no responsabilizaban al Gobierno de las carencias, esas sí bien conocidas y padecidas por estos humildes, y  ante las cuales reaccionaban con indignación?

La respuesta la conseguimos al preguntar por su opinión sobre  los medios de comunicación que consumían, que como ya dijimos eran las grandes empresas mediáticas. Estas respuestas expresaron cansancio frente a los temas y a los formatos de televisión, prensa y radio, pues consideraron que estos medios siempre hablaban de lo mismo. Si esto lo relacionamos entonces con el contexto de concentración mediática anteriormente enunciado, podemos entender que las agendas de los grandes medios en lugar de pensar en los problemas de la gente, están centrados en las agendas y los intereses políticos y económicos de los poderosos.

Ante este problema la pregunta por quiénes somos los representados y cómo somos representados en los medios de comunicación cobra una  importancia central, sobre todo si vamos a hablar de una comunicación para la paz. En el caso de las empresas mediáticas, el otro, diverso, es ignorado y utilizado desde el estereotipo; en estas no hay espacio para los debates de Jairo, el mecánico del barrio Castilla en Medellín, para las luchas de la comunidad de Guamal, Meta, en contra de la explotación petrolera, o para la de María, presidenta del sindicato de trabajadoras domésticas.  Y menos si Jairo, María, o las comunidades de Guamal están organizados y poniendo en debate asuntos políticos y sociales que cuestionan el estado de cosas injustas.

Por ello, para hablar de un periodismo para la paz, debemos hablar del oficio por visibilizar el país diverso que es nuestra Colombia, y la tarea de los medios de comunicación popular, entonces, es la de arraigarse a los territorios y construir en conjunto con las comunidades apuestas comunicativas que partan de sus propias necesidades, con miras a construir una conciencia pública que responda a las necesidades de las mayorías, en lugar de una opinión pública que responda a los intereses económicos de unas minorías.  

Esta es la tarea que iniciamos hace 13 años con el periódico Periferia, la de aunar voces con apuestas por un país justo y con dignidad para la gente de a pie, pero también la de enunciar las violaciones a los derechos humanos y las injusticias que se dan en un país como Colombia, donde mientras se asesinaban más de cinco mil personas, la mayoría jóvenes desempleados de zonas rurales y barrios periféricos, para engrosar y maquillar las cifras de la guerra contrainsurgente,  los medios masivos de información callaban y replicaban las voces oficiales que ofrecían relatos exitosos sobre el triunfo militar de los “héroes” de Colombia sobre los terroristas. Vale la pena para nuestra labor recordar a Paulo Freire citando a Marx en la pedagogía del oprimido cuando escribió: "Hay que hacer la opresión real todavía más opresiva, añadiendo a aquella la conciencia de la opresión, haciendo la infamia todavía más infamante, al pregonarla".

De la guerra a la construcción de paz
La comunicación, como proceso social y humano, atraviesa nuestra cotidianidad individual y colectiva. Como lo dice Erik Torrijo en su texto “Emancipar la comunicación para sustentar la paz”, es gracias a los vínculos comunicacionales que toda sociedad se constituye, dado que estos hacen posible la expresión, la interacción y el entendimiento en el sentido del diálogo. Estos últimos son también los fundamentos culturales para la paz, por lo que Torrijo sustenta que la comunicación es paz, aunque no toda la paz dependa de ella.

Sus argumentos nos llevan a preguntarnos por el papel que las empresas mediáticas han jugado en la construcción de la guerra y la paz en nuestro país, cuando estas han limitado la comunicación a un ejercicio informativo, instrumental e impositivo, que visibiliza a unos e invisibiliza a otros, según sus necesidades e intereses económicos y políticos. Mientras la comunicación esté cautiva en unos pocos, y no le pertenezca a todo el colectivo de la sociedad, la paz será el relato de esos pocos que la tengan cautiva.

En el marco del conflicto armado esta situación para las clases populares no tiene un tinte diferente. La relación entre los poderes económicos y políticos con los actores del conflicto han impuesto una única versión de lo sucedido, en donde ellos son víctimas amenazadas, y en peligro latente. Esta tensión se traslada a toda la sociedad, especialmente a los más pobres que son la mayoría. En esta labor el periodismo ejercido desde las empresas mediáticas ha jugado el papel de arraigar una cultura del conflicto, del enemigo interno, y del miedo. En este marco la postura oficialista se irriga por toda la sociedad y se convierte en su relato. En el corazón de ese relato está la venganza, la militarización del pensamiento, y la consecuente violencia generalizada.

En la época del conflicto bipartidista a mediados del siglo pasado, la prensa señaló de bandoleros a los campesinos alzados en armas para defenderse en diferentes regiones del país de la violencia estatal y paramilitar (pájaros), y se dedicó a cubrir el despliegue de las operaciones militares. ¿Qué país tendríamos si la gente del común hubiera conocido las razones de estos campesinos? ¿Si el Gobierno hubiera escuchado sus reclamos? Esto no lo sabemos, pero la historia demuestra que la negación del otro solo favoreció el incremento y transformación de los ciclos de violencia.

Igualmente, las estadísticas, los partes de guerra y los resultados del actual conflicto se cubrieron a partir de los comunicados de prensa de las instituciones oficiales, y la otra parte, como las víctimas que producía  este conflicto, quedaron a un lado de las noticias. Se llegó a negar la existencia del conflicto; el discurso del enemigo interno se tomó los titulares de prensa, la televisión y la radio.

Se logró descontextualizar las causas, los orígenes y las razones de los diferentes actores armados, metiéndolos a todos en un mismo costal, de manera que para la sociedad daba lo mismo una masacre paramilitar que una toma guerrillera; daba lo mismo 10 muertos que 100, y daba lo mismo que se hubieran asesinado a las víctimas con sevicia y cometiendo vejámenes  en medio del combate.  Finalmente, la cereza del pastel sería la justificación pública, en horario triple A y por televisión, a cargo del jefe de Estado, de los crímenes en donde estaban involucrados los miembros de las fuerzas militares, llamados falsos positivos de manera eufemística. “No eran angelitos… no estarían recogiendo café”, refiriéndose a los jóvenes asesinados.

Ahora, en cuanto al proceso de paz en La Habana  entre la guerrilla de las FARC y el Gobierno, este se adelantó en medio de un modelo de aislamiento y secretismo, orientado a que la sociedad perdiera cualquier interés en ellos. Una vez alcanzados los acuerdos de paz, medios como RCN optaron por obstaculizar su desarrollo, afianzando discursos en contra de lo que las partes acordaron y maximizando las voces contra este. Sin embargo esto es otro ejemplo de los intereses que existen detrás de la información, porque RCN hace parte de la Organización Ardila Lule, de la cual también hace parte la empresa de gaseosas Postobón, quien tiene investigaciones judiciales por supuesta financiación a grupos paramilitares.  Detrás de la oposición o de la invisibilización de los procesos de paz, como pasa con el actual proceso en Quito entre el ELN y el Gobierno, existe un interés claramente político para ocultar las causas del conflicto, y evitar que algunos actores expresen su visión sobre la solución política y en especial sus propuestas de cambio.

Por estas razones, hay que volver al libro “La violencia en Colombia” de Germán Guzmán Campos, Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña Luna, un libro de testimonios, donde se recogen las voces, imágenes de víctimas y testigos de la cruel historia de la violencia bipartidista. En el ejercicio periodístico no hay que olvidar a esas fuentes inagotables que hacen de la memoria una revelación de testimonios que nos impulsa a poner punto seguido a la historia, a seguir escribiéndola, pero que a su vez también favorecen ejercicios de visibilización y posteriormente de justicia.

En medio de esta “horrible noche” diferentes apuestas de memoria han comenzado la tarea de tejer iniciativas que busquen la verdad de lo sucedido. Muchos son los casos en los que hemos trabajado de la mano con personas que han resultado víctimas del conflicto. Narrar sus historias a través de un medio ha permitido ejercicios de darle un orden lógico a lo sucedido, y poder transmitirlo a otras personas y familiares, quienes muchas veces sólo se enteran de lo sucedido a través de un recorte de periódico, porque para muchas de estas personas narrar de su viva voz la historias resulta doloroso.

También ser publicados en un medio ha servido en procesos judiciales, como sustento de que aquellos aterradores sucesos sí existieron, por lo cual  es un deber del Estado garantizar la justicia y verdad en estos casos. La verdad en muchas oportunidades sale a flote gracias a la vocación honesta de un comunicador o comunicadora popular, o la de un periodista.

Hay que manifestar que el conflicto armado ha generado una restricción para nuestra labor. También  ha generado un miedo que se sustenta en el asesinato a periodistas que ejercen una rigurosa labor en las regiones, cubriendo temas relacionados a las alianzas del poder, las violaciones de derechos humanos, las víctimas. Quienes han cubierto la otra versión del conflicto han sido señalados y estigmatizados. Este miedo busca generar límites para un periodismo  como ejercicio vivo, independiente y  sin sometimientos al  poder económico.  

Ante el actual contexto y desde nuestro ejercicio podemos afirmar que no existirá paz mientras se mantengan los conflictos sociales. La paz no es la ausencia de guerra ni el silencio de los fusiles. Así esta sea ya una frase que parece de cajón.

Por ello creemos que las transformaciones sociales son un imperativo. En el caso de la comunicación es necesario que afloren y se mantengan medios que sean la voz de  las comunidades como protagonistas. Pero esto solo puede darse a partir del reconocimiento de las organizaciones sociales y de las mismas comunidades de la necesidad de vincular en todas sus apuestas, procesos y proyectos la comunicación como eje estratégico, pero una comunicación que camine hacia la construcción de una nueva visión del mundo, del poder político y de la justicia social, que sea humanista, democrática, con valores solidarios. Es decir, una comunicación para la paz.

Como hemos dicho anteriormente, la comunicación popular es núcleo de la autonomía, porque les da la herramienta a las comunidades para que se autorreconozcan, y para que valoren sus propios esfuerzos, sus luchas y sus propuestas sociales y políticas, para que se vean como protagonistas de su propio presente y futuro, y no como gregarios de las apuestas de otros.

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