Tercera clase: las primeras películas

Hablar de las primeras películas del cine implica sepultar a las que no sobrevivieron a causa del olvido o el óxido, implica desconocer la historia como una telaraña de procesos y creer que algunas películas, icónicas por no perecer, representan el devenir real de la evolución del séptimo arte (la evolución del ver y el ser visto). Por eso a manera de introducción hay que advertir que eso que llamaremos “las primeras películas” tiene por subtítulo “que quedan”: “las primeras películas que quedan”, y es que la cantidad de cintas fílmicas que murieron en los primeros años a causa del desinterés, el desconocimiento tecnológico, la apatía y el olvido es tan enorme que reconocemos un enorme sesgo, las primeras películas que quedan no son poca cosa, pero existen porque tuvieron un valor cultural, político y artístico válido para aquellos que contaron con los medios para preservarlas, y quienes han contado con los medios para preservar su arte, su cultura, su política y sus creencias, son unos y no otros, ¿cuántas primeras películas de la periferia murieron para siempre?

Seríamos necios y radicales si no reconocemos en películas como “El acorazado Potemkin” (Sergei Eisenstein, 1925), “El hombre de la cámara” (Dziga Vertov, 1929) de Rusia o “El nacimiento de una nación” (D.W. Griffith, 1915) de Estados Unidos un avance estético, una narrativa política y una evidencia cultural de la época (aunque solo sean pistas en forma de gestos, de vestuario o palabras); pero no escribiríamos aquí si solo nos quedamos con esos orígenes, y no con los periféricos, con esas pocas películas que quedaron de unos países todavía hoy olvidados (por sus propios habitantes), como Colombia.

La primera película conocida realizada en Colombia es “La María” (basada en la novela homónima de Jorge Isaacs) de los directores Máximo Calvo Olmedo y Alfredo del Diestro en el año 1921, de ella solo quedan 25 segundos en la Fundación Patrimonio Fílmico y algunos fotogramas; sin embargo, la primera película colombiana, conocida y completa es “Bajo el cielo antioqueño” (Arturo Acevedo Vallarino, 1925), fue financiada por el magnate Gonzalo Mejía reconocido por impulsar la aviación, la construcción de carreteras desde Bogotá a Turbo y el “desarrollo” de Urabá. “Bajo el cielo antioqueño” es una película de un amor prohibido en el marco de una familia burguesa con los paisajes antioqueños de fondo.

En 1926 otra película muy diferente a las anteriores, fue hecha por PP. Jambrina, “Garras de oro” (1926), nombrada como la primer película anti-imperialista de la historia Ambientada en 1914, narra de manera explícita pero también usando la metáfora y la personificación de los valores norteamericanos encarnados en el Tío Sam, la toma del canal de Panamá (disponible en YouTube).

Cuando en Colombia el cine apenas estaba naciendo, en otros países de la región, como México, uno de los más cinematográficos, ya se habían hecho algunos cortos como “El grito de dolores o la independencia de México” (Felipe de Jesús Haro, 1097), “El san lunes del valedor” o “El san lunes del velador” (Manuel Noriega, 1906), o “El aniversario del fallecimiento de la suegra de Enhart” (hermanos Alva, 1912). Cortometrajes comúnmente cómicos influidos por los estilos franceses. Durante la revolución la producción paró pero con la finalización oficial del conflicto en 1917 hubo un auge del cine mexicano con películas que recrearon el conflicto y las realidades políticas del país, fue la antesala de lo que se conoció como la época de oro del cine mexicano, un país con una industria tan fuerte como la de Francia o incluso Estados Unidos.

En Argentina, otro país con una industria fílmica notable “La nobleza gaucha” (Humberto Cairo, 1915) es la historia de un secuestro por parte del patrón a una pobre mujer, la película se desarrolla entre el campo y la ciudad, lo que permite hoy en día reconocer la geografía y las costumbres de una parte de aquel país. Otra película icónica argentina es “Flor de durazno” (Francisco Defilippis Novoa, 1917) protagonizada por el joven Carlos Gardel.

Estos tres países, aunque no alcanzan a abarcar (no pueden hacerlo) todas las realidades de la región, expresan un común denominador: sus primeras películas reflejaron las prácticas de la burguesía, los movimientos políticos y los valores culturales de sus regiones. Todo registro visual y en especial el cine (pues sus creadores han reconocido en esta forma de arte una inmortalización del tiempo), evoca la manera en cómo se configuraban las prácticas sociales de determinado territorio, aunque no se ve cine viejo solo para estudiar el pasado, sino porque es tremendamente emocionante (cuando se estimula la mirada) y actual, los dramas narrados en el pasado por lo general son historias que se repiten en nuestros tiempos, son los conflictos prototípicos de la humanidad: guerras, tierra, alimento, sexualidad. Son temas que no cambian tanto en las sociedades, más bien se transforman y adquieren otras dinámicas. El cine del pasado es una pista de cómo somos aun cuando no nos demos cuenta.

Lo que grabamos hoy (no tiene que ser una película, los videos “caseros” hechos con celulares o cámaras compactas también son material audiovisual del presente) tiene una fuerza inimaginable en el futuro, la tecnología que abarata y facilita el almacenamiento y la grabación de imágenes audiovisuales, se ha convertido en un medio de registro que aunque manipulable y subjetivo, puede expresar con firmeza las realidades de una situación (mención especial al camarógrafo de noticias UNO que con gallardía y responsabilidad ética registró el autogolpe del subsecretario del Senado Saul Cruz, además de sus movimientos descarados haciendo lobby por su candidato a la Corte Constitucional). Hay que ser conscientes de la fuerza narrativa de las imágenes, utilizarlas para contar nuestras historias y estudiarlas para interpretarlas y entenderlas.

El cine no es la única pista de lo que fuimos (y lo que somos), especialmente porque antes era difícil preservar correctamente las cintas y se necesitaba un gran presupuesto para hacerlo. El arte en general, la literatura, la pintura y el teatro también mantienen vivo el fuego de la humanidad, las historias de las cavernas alrededor de la fogata.

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