Las casas de cartón: propuesta de Enrique Peñalosa

En Bogotá, como  en la mayor parte de las ciudades de Colombia, se ha presentado una explosión demográfica desde la segunda mitad del siglo XX, que ha  obligado a las instituciones del Gobierno a proyectar planes de ordenamiento territorial y soluciones de vivienda para la gran cantidad de personas que se desplazan a los centros urbanos.  En el caso de la capital, los habitantes empobrecidos se han ubicado en la periferia de la ciudad (principalmente el sur), debido a que en su momento fueron lugares deshabitados o que carecían de propietarios.

Ante este fenómeno, durante la primera alcaldía de Peñalosa (1997-2000) se propuso la Vivienda de Interés Social (V.I.S) como un mecanismo para solucionar la demanda de vivienda en  Bogotá, y que perseguía el supuesto objetivo de organizar en forma planificada y eficiente el espacio urbano. Luego de casi dos décadas es posible observar las implicaciones reales de este experimento para las personas que habitan el sur de la capital.

La entidad encargada de planear, desarrollar y ejecutar las soluciones de vivienda propuestas por el entonces alcalde, fue Metrovivienda. Los proyectos consistieron básicamente en construir grandes ciudadelas en los márgenes de la ciudad; el costo de la vivienda era financiado a 10 o 15 años por entidades bancarias, y solo podrían acceder a él las personas que tuviesen trabajos formales o que se encontraran bancarizadas de alguna forma.

En esa medida,  el “gran gerente”  no solo vendió en la opinión pública la idea que había resuelto el problema de la vivienda  en la ciudad, sino que concretó un negocio fabuloso para los bancos, pues según registró el diario El tiempo en junio del 2000, les otorgó la no despreciable cifra de 30.000 deudores para un tiempo de quince años o más, para lo que correspondió a la primera fase de ejecución del proyecto de vivienda, tiempo en que quienes lograron acceder a este “beneficio” terminarían pagando una cantidad considerable en solo  intereses a dichas entidades bancarias.

Los terrenos destinados para la construcción de los proyectos de V.I.S en Bogotá, se ubicaron en los extremos finales de la ciudad: en la localidad de Bosa en límites con el municipio de Mosquera, y en Usme casi que en su parte rural. En ese sentido, la solución de vivienda propuesta por la institucionalidad obligó a los habitantes desposeídos a  marginalizarse geográficamente. Vale la pena señalar que no solamente la planificación del terreno es errónea  por las distancias geográficas, sino que la vocación del suelo es otra. En el caso de Usme, esta es una zona eminentemente agrícola, y Bosa es, nada más y nada menos que la zona inundable del río Bogotá.

Con la intención de esconder y disfrazar la inequidad en la ciudad, la administración Peñalosa en su primera versión también desconoció todos los principios ambientales de los terrenos donde se erigirían los proyectos de vivienda. El caso de la ciudadela El Recreo en Bosa es de resaltar, por la negligencia con la que se actuó, pues sin escuchar a la comunidad de la localidad y a las entidades de orden ambiental, se construyeron parques, colegios y 90.000 viviendas a escasos 100 metros del río Bogotá. Esto supuso que en el 2011, con razón a los desbordamientos periódicos (y naturales) del río, la ciudadela se anegara por completo, causando una importante crisis económica, ambiental y sanitaria para la capital.

Pero además de ubicarse sobre terrenos no aptos para la vivienda, estos proyectos lesionan la intimidad y la dignidad de los seres que allí habitan. El frente de las casas es de 2.50 metros, con 18 metros de largo, espacio insuficiente para familias que en promedio tienen cinco integrantes. Es decir que en un espacio de 500 metros cuadrados conviven cerca de 1150 personas. A esto debe sumarse que las casas comparten todas las estructuras físicas y de servicios, es decir, paredes y redes de servicios públicos, por ende, cuando hay alguna afectación en un domicilio, suelen verse afectados muchos más. Al respecto señala un habitante de una de estas viviendas, que “a pesar de estar separadas, prácticamente se convive con los vecinos en un mismo espacio, ya que uno logra escuchar incluso cuando alguien enciende una luz”.  

Así mismo, en diálogo con Camilo Gaitán, habitante del sector de El Recreo, encontramos que los desplazamientos al trabajo o a los centros de educación y de regreso a casa, tardan en promedio 2:50 horas al día. Con un cálculo básico, se podría decir que un  habitante de Bosa emplea casi 300 horas al año en desplazamientos, eso quiere decir que quince días de su vida por año las pasa al interior de un bus o un servicio de transporte público. Según Gaitán, “es irónico que poder salir de la localidad sea lo más tortuoso, El Recreo da la imagen de ser un embudo, ya que hay muchas casas construidas pero las vías de acceso son mínimas y esto convierte en un problema el hecho de pensar salir de aquí”. Esta situación afecta las posibilidades de explotar en forma efectiva el potencial artístico, social, académico  y afectivo de los seres humanos que allí habitan.

Evidentemente, la oferta institucional dista mucho de poder considerarse como una opción válida para la vivienda de los y las explotadas en Bogotá, razón por la cual en el ejercicio de construcción de ciudades para la vida diga, es necesario que la vivienda sea pensada desde las necesidades reales y la perspectiva de la dignidad de las comunidades, y no desde la lógica excluyente y económica del mercado, lo cual debe dar paso a otras soluciones a estas problemáticas, y por qué no, empezar a volcar la mirada hacia propuestas alternativas a la expansión urbana.

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