Ese día que nos marcó la vida

Por Sara Dávila

Me desperté muy asustada, escuchaba mucho ruido y sentía una gran agitación y brincos. No entendía muy bien lo que las personas decían a mi alrededor, ya que el ruido de las voces se camuflaba con el de disparos y gritos de angustia, no sabía ni comprendía bien lo que sucedía, pero presentía que no era algo bueno. Sentía que me revolvía, estaba totalmente desconcentrada, de un momento a otro esa agitación en la que estaba se detuvo. Ahora las voces las escuchaba más claras, entre 30 y 40 personas estaban allí conmigo, al interior de un bus; algunas hablaban, otras lloraban, sus voces se escuchaban tristes y apagadas y yo aquel 23 de diciembre de 1999 seguía sin entender qué pasaba. Poco a poco me fui quedando dormida.

Cuando me desperté, algo se sentía diferente. Se sentía más ruido de ese que hacen los carros y fue allí cuando me di cuenta que ya no estábamos en nuestra casa en el campo de Concepción - Antioquia y no sabía cuándo volveríamos.

Sentía una voz muy familiar que escuchaba muy a menudo, una voz gruesa que siempre me hablaba con cariño, con un tono tranquilizante que me hacía sentir en paz. De repente sentí muchas voces que nunca había escuchado, pero que hablaban en un tono amable y cariñoso,comencé a sentir cómo me estripaban y luego me soltaban repetidas veces.Poco a poco aquellas voces se sentían más familiares, las escuchaba con mucha frecuencia y se referían a mí con cariño.

El tiempo fue pasando y vi la luz por primera vez, pude ver las personas que emitían aquellas voces tan familiares, el lugar donde vivía, la perra que ladraba y los ruidosos carros, todo era tan maravilloso y tan abrumador que me desconcentraba. Cada día nuevas cosas, nuevos sentimientos se apoderaban de mí, aprendía cosas nuevas y conocía nuevas personas en el municipio de Itagüí – Antioquia.

Dos años después, mientras jugaba con mi muñeca favorita en el apartamento, mi padre estaba en la cocina preparando el almuerzo, cuando se escuchó un ruido muy fuerte como una explosión. Mi padre corrió hasta mí, me tomó en brazos y saltó por el balcón, yo no entendía qué estaba pasando, me sentía muy asustada y no dejaba de pensar que algo no estaba bien.

Nunca había visto a papá tan asustado, y más tarde en una conversación con mi mamá escuché que decía "creí que pasaría de nuevo". Al principio no sabía de qué estaba hablando, pero luego recordé un ruido similar al que me pareció haber escuchado antes; ese horrible ruido del 23 de diciembre del 1999.

Dieciséis años después decidimos ir a visitar el lugar que antes había sido nuestro. De camino mamá me contaba lo que había sido ese lugar, una hermosa y grande casa donde vivían muchas personas que mi padre ayudaba gracias a su trabajo, con amplios prados, ganado, hermosos caballos y grandes cultivos. Me contaba también que había crecido cerca de ese lugar en la molienda que pertenece a mis abuelos. Se le iluminaban los ojos al recordar aquellas cosas.

Al llegar comenzamos a subir lo que parecía ser un camino viejo y ya cubierto por la hierba. Pude ver a lo lejos el techo de una casa y supe que ya estábamos llegando, me di cuenta que esto no se parecía en nada a lo que mi madre me había descrito.

La casa ahora era solamente paredes con grandes huecos, sin puertas ni ventanas, cables partidos, tuberías dañadas y el techo a medio caer. De los muebles y lindas alfombras que mencionó mi madre ya no había rastro, pues adentro no había más que escombros y suciedad. De los prados y grandes cultivos ya no había nada; la hierba había crecido libremente por todos lados y no sabía ni qué pisaba al caminar.

Mi madre miraba todo con mucha melancolía y no pudo contener las lágrimas en sus ojos. Aún no olvido lo que me dijo ese día: "Qué lástima que no pudieras ver y disfrutar de lo hermoso que era esto, ni pudiste conocer a tu prima, a tu tío, ni a mi tía con la que viví más joven para poder estudiar”.

*Estudiante del grado 11° de un colegio oficial en el municipio de Itagüí.

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