BRICS, Alba y la deconstrucción del multilateralismo

Desde el fin de la Guerra Fría, no vemos un esfuerzo tan grande del capital externo en financiar, organizar, espiar y desestabilizar gobiernos, por más democráticos y legítimos que sean.

Quince años después de haber sido lanzado el acrónimo BRICS, que une grandes Estados en desarrollo, de vastos territorios y población (Brasil, Rusia, India, China y África del Sur), su creador, su lógica, y hasta sus críticas, se tornaron bastantes conocidas. Sin embargo, lo que poco se debate, por lo menos de manera abierta, es lo que hizo que esa convergencia de elementos importe de tal manera, que pase a ser el objetivo a ser combatido. La soberanía es lo que incomoda.    

En tiempos de hegemonía del proyecto neoliberal para el mundo, pos crisis de la alternativa socialista, la última barrera a la expansión del capitalismo fueron los pocos focos de soberanía que subsistían. Llegaron las crisis cíclicas de los años 1990 y, pese al desmonte de muchas economías, la respuesta al avance del imperialismo (por urnas o no) fue exactamente el crecimiento de proyectos nacionales para reforzar las respectivas soberanías; tal vez ese sea el hecho más importante de la geopolítica en la primera década del siglo XXI.

No había, aún, concertación política que uniese los cinco Estados capaces de, con el tiempo, contraponerse a los intereses de los Estados centrales en virtud del potencial para crecer, competir y hasta  disputar la atracción de capital y generación de conocimiento. Pero no demoró, como era natural, que se organizaran y  pasaran juntos a debatir cuestiones de interés político común.

A partir del 2009, los Estados de los BRICS pasaron a organizar cúpulas anuales. Un año antes, el G-20 había organizado su primer encuentro. En el mismo año, es rebautizado el ALBA en su forma actual como mecanismo de integración propuesto por Chávez  y seguido por países progresistas, enfocado en programas de cooperación económico y social de alto impacto para la población de los países miembros; así mismo, se crea y va consolidándose paralelamente la Articulación Continental de Movimientos Sociales hacia el ALBA (ALBA Movimientos) que favorece la unidad de lucha de los pueblos de Nuestra América. La creación de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) y de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) también contribuyó para las nuevas ropas de la integración latinoamericana y caribeña.

No hay coincidencias en la Historia. Se llegaba al auge del multilateralismo.  En este sentido, la construcción de un contexto que dé voz, por la primera vez, a intereses no sólo imperialistas como también periféricos. Mejor organizados en bloques significativos, con fuerza suficiente para intentar imponer sus intereses, o al menos para frenar los avances del neoliberalismo y la aniquilación de la poca soberanía que les restaba. Llegamos, en aquellos años, posiblemente, al más cercano de la utopía que se soñó en la segunda pos-guerra mundial.

Escribió el antropólogo Darcy Ribeiro, en su libro El Pueblo Brasileño (1995), sobre la formación social del Brasil, que “las elites dirigentes, primero lusitanas, después luso-brasileña y, al final, brasileña, vivieron siempre y aún viven sobre el pavor pánico del alzamiento de las clases oprimidas”. Para el pobre, organizarse es defensa. Sabemos bien, no hay movimiento social de base que no esté sujeto a la constante tentativa de criminalización.

Lo mismo sucedió en la geopolítica. A partir del momento en que los Estados periféricos pasaron a organizarse en torno de sus propios intereses y proyectos, surge casi concomitantemente la necesidad urgente de combatir estas iniciativas. Ya hay muchas informaciones disponibles denunciando el foco de las acciones militares y de espionaje contra gobiernos y gobernantes que se colocaron entre los intereses de las economías centrales y proyectos nacionales que inviabilizan estas ambiciones.

En ese contexto, se comprende el cerco de la Organización de Tratado de Atlántico Norte (OTAN) a Rusia, por sobre territorios esenciales a su defensa, como la base de su flota en el Mar Negro. O el golpe dado a la presidenta Dilma Rousseff, en la explícita tentativa de privatizar la mayor reserva de petróleo de Brasil, más que documentado en el lobismo del actual ministro interino de Relaciones Exteriores José Serra, en representación a los intereses de una multinacional norteamericana, bien como en las extensas denuncias realizadas sobre el espionaje de Estados Unidos al gobierno del Partido de los Trabajadores (PT) y a la estatal petrolera brasileña Petrobras.

Son innumerables los ejemplos recientes. Como la región latinoamericana es próxima al mayor y más imperialista de todos los Estados, no es de espantarse que los Estados del ALBA estuvieron sujetos a la misma suerte de ataques, como viene ocurriendo en Venezuela. Más aun, habiendo sido creada con el propósito específico de proponer una alternativa a la hegemonía estadounidense. 

Hay así una concentración de esfuerzos por vulnerar cualquier forma de organización entre los Estados latinoamericanos que se coloque frente a los intereses del capital externo. No vemos, desde el fin de la Guerra Fría, un esfuerzo tan grande del capital externo en financiar, organizar, espiar y desestabilizar gobiernos, por más democráticos y legítimos que sean, substituyéndolos por lo que hay de más nocivo a la soberanía nacional. En otras palabras, representa la vuelta de la misma burguesía que, históricamente, ha gobernado América Latina, en representación a la injerencia externa y en beneficio propio.

Así cayó Manuel Zelaya (Honduras), Fernando Lugo (Paraguay) y, cuando acreditábamos que apenas las democracias menores estaban en peligro, la ola se transformó en un tsunami, derrumbando buena parte de los proyectos de soberanía nacional, instituyendo gobiernos conservadores y neoliberales, de forma democrática o no, en Perú, Argentina, Venezuela y Brasil, sin señales de que la tendencia llegue a su fin. 

Lo que siempre asustó a los Estados centrales no fue exactamente el modelo económico, el alineamiento o no a las doctrinas de izquierda, en el período de la Guerra Fría. Lo que nos torna más vulnerables y aun sujetos a las investidas del capital, sea por el barril de un financial hitman, sea por el acuerdo entre una horda de políticos corruptos que atienden a los intereses de nuestros pueblos.

*Tatiana Berringer es profesora de Relaciones Internacionales de la Universidad Federal del ABC (Brasil) y Rodrigo do Val Ferreira es abogado socio-fundador de la consultora Ala Holding Group (China).

**Traducción: María Julia Giménez

 

 

 

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