Don Omar: un liderazgo de tiempo completo

Don Omar Elías Quintero tiene 74 años de edad, es un  hombre lúcido,  de frente ancha donde se albergan profundos deseos de transformación social,  con manos firmes por donde aún señala el camino a seguir, y de cuerpo deteriorado por los años y por las consecuencias  de  las persecuciones y las torturas.  Él nunca se ha rendido  a pesar de la fuerte represión ejercida en su contra y la de  su familia. Ahora trabaja en la Junta de Acción Comunal de un humilde barrio  en la ciudad de Pereira, donde está planificando, orientando y aglutinando los adultos mayores para continuar con sus ideas reivindicativas, que como dice él: “solo la muerte me las quitará”. Ahora se trata de alimentación, techo y vida digna para los adultos mayores de la ciudad.
 
Sus luchas no son de ahora, su sensibilidad hacia las problemáticas sociales viene gracias a los valores de trabajo colectivo y solidaridad  inculcados por su padre. Desde sus tempranos 16 años en las veredas de Balboa, Risaralda, donde se crió  con sus hermanos,  empezó a crear conciencia desde el inicio de las Juntas Veredales, para poder hacer así  las vías de acceso al pueblo y sacar  los alimentos producidos en las fincas. A través del contacto con el pueblo y sus necesidades empezó para don Omar una larga lucha por la sobrevivencia contra el abandono del Estado. “Organización y lucha”, ha  sido  la consigna de don Omar desde su adolescencia.

Entre convites y movilizaciones de campesinos, organización de trabajadores, estudiantes y docentes,  transcurrió su vida, hasta encontrar una solución de consecuencia a todos sus anhelos sociales en la Asociación Nacional  de Usuarios Campesinos (ANUC), de la cual fue fiscal a nivel departamental.  En ese entonces se desarrolló en San Jacinto, Atlántico,  un congreso de la ANUC, en el cual confluyeron diversas organizaciones obreras, campesinas, estudiantes, artistas e intelectuales, entre ellos Orlando Fals Borda, quien tuvo contacto con don Omar. Este le habló de los procesos regionales en el Eje cafetero. Fals Borda, desde su visión académica, pero también práctica, alentó  las luchas desarrolladas  allí.

En la región se siguieron llevando luchas frente a la recuperación  de tierras y de vivienda, donde participaban campesinos, estudiantes y trabajadores de todos los sectores. Recuerdos especiales tiene con respecto a la recuperación de una finca en Quinchía, propiedad del terrateniente Alejandro Toro, bajo la consigna: “La tierra pal que la  trabaja”.  En su voz pausada, grave y reflexiva, rememora don Omar que: “Esa era la consigna y el Incora se vio obligado a dar los títulos a los campesinos. No importaba que los grandes terratenientes realizaran congresos paralelos a los de las asociaciones del pueblo. Era el tiempo heredado   de la dictadura del Frente Nacional, y se empezó a perseguir, desaparecer, encarcelar y a torturar muchos compañeros… nos mataron a muchos”.

En esos tiempos candentes, por allá en 1974, un año después del Congreso, alguien tocó en horas de la noche su puerta, al abrir se encontró que era el académico con quien compartió en el Congreso. Él era Orlando Fals Borda,  quien había quedado con la dirección de su casa.  Bajo los lentes de don Omar se ven sus ojos negros, grandes y llenos de vida cuando recuerda Fals Borda como un “hombre humilde e inteligente que me orientó, alentó y felicitó por tan ardua y significativa lucha”. Quien desarrollaría la metodología de la Investigación y Acción Participativa   estuvo solo una noche en su casa,  pero bastó para  alimentar más en don Omar ese deseo de transformación social necesaria para Colombia.

Se apoya fuerte con su mano sobre la mesa para pararse lentamente  e ir por un vaso de agua,  como para destapar el nudo que se hace en su garganta. Así empieza a narrar lo  transcurrido en los años  80s, cuando empieza la terrible, negra y larga  noche para la ANUC, sus bases y sus dirigentes. Recuerda a Sinforoso Navarro y Rubén Darío Grajales,  dirigentes en Risaralda quienes serían los primeros en caer producto de la violencia paramilitar que despuntaba en esa década.  Con el dedo índice sobre sus labios, como reclamando silencio, recuerda que “se empezó a asediar por fuerzas oscuras el trabajo de las pre cooperativas de producción en el campo, en lo maderero y de mercadeo. Desde ahí se desarrollaban las reivindicaciones de la ANUC en la Virginia, Risaralda”.

Con la mano derecha empuñada y su mirada perdida en esos tiempos, cuando empezaron  a ver caer sus compañeros, me dice don Omar: “ese trabajo no era ningún delito,  se hacía en vista de la falta de derechos y el olvido del Estado y nos  empezaron declarar como elementos fuera de la ley”.

Con el foco en sus objetivos, este hombre siguió orientando el trabajo y aglutinando la gente, siempre buscando el bienestar para todos porque, como dice, “el trabajador del campo ha sido muy olvidado y  nunca ha tenido ni prestaciones ni ningún otro tipo de garantía”. Las consecuencias llegaron y estuvo detenido, afortunadamente  solo fueron 15 días,  gracias al apoyo de la comunidad y a un grupo de abogados. Baja un poco su voz  y mira por encima de sus lentes, mientras comenta que “se me acusó de ser miembro del EPL,  fui torturado e interrogado, querían que cantara lo que no sabía”. Desde ese entonces este luchador social quedó  afectado de su columna y sus brazos, producto de las torturas… por eso su caminar lento pero firme.  Las denuncias puestas en la Procuraduría fueron en vano porque le exigieron reconocer a los captores, pero él tenía vendados los ojos y las voces de sus torturadores eran oscuras, atronadoras  e irreconocibles, lo único que sabe es que eran agentes del Estado.

A pesar de los hostigamientos, detenciones masivas, asesinatos y desapariciones, la lucha siguió, ahora en Quinchía, Risaralda,   a donde se  trasladó con la familia a iniciar una nueva vida siempre ligada a los procesos reivindicativos. Allí nuevamente fue amenazado, recuerda que “fue por medio de un panfleto, donde me daban dos horas para salir del pueblo, además recibí varias llamadas donde me daban esas dos horas y  sino pagaría también toda mi familia”. No tuvo más remedio que abandonar en horas de la madrugada su nueva vivienda.

Aun tratando de huir del terror, pero no de  la lucha, este llegó hasta su familia. Fue un 22 de junio de 1988 cuando  su hermano Herman Quintero fue detenido 20 días  por la Octava Brigada del Ejército en un barrio de la ciudad de Pereira. El  18 de agosto de 1988  fue desaparecido. Él, igual que don Omar, fue acusado de ser dirigente del EPL. Con voz pausada y melancólica  recuerda: “mi hermano era únicamente dirigente de la ANUC”.  Posterior a  su  desaparición las demandas puestas por la familia Quintero ante este hecho han sido nulas.

Aun sabiendo que sus antiguos captores siguen sus pasos,  don Omar  continúa  con su voluntad de lucha intacta, siempre pensando en mejorar la calidad de vida de las personas.  Espera que con la asociación del adulto mayor, constituida con personería jurídica, pueda ver materializada algunas de sus luchas.  

“¿Qué hay de malo en ser un luchador social?”, se pregunta don Omar.  Espera un cambio digno para las nuevas generaciones, que se haga memoria de los caídos y desaparecidos, producto de la violencia paramilitar que se inició en la década de los ochentas y no termina todavía. Sus demandas de casi una década han sido invisibilizadas,  pero sabe que no serán en vano. Ahora rescatar  la memoria de su hermano desparecido y de sus asesinados excompañeros,  es una lucha más en su agitada vida.

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Edwin Cortés Jiménez
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