1er Festival de Cine de Jardín: “Solo se perdona lo imperdonable”

El cine es fruto de la industrialización, fue protagonista de las grandes ciudades, escenario típico para el entretenimiento y testigo de la evolución de las urbes más emblemáticas; en el principio exhibir películas era una labor que exigía la movilización de grandes cantidades de energía: proyectores peligrosos, propensos a quemar las cinta fílmicas, tan enormes y pesadas que exigían de alguien capacitado para su manipulación, salas lo suficientemente grandes y llenas para que la proyección fuera rentable y una capacidad de distribución necesaria para movilizar los rollos de los filmes por aire, mar y tierra.

El mundo ha cambiado, los proyectores tristemente en su mayoría ya no reproducen cinta fílmica sino discos duros que albergan de manera digital las películas, las películas físicamente pueden pesar 0 Gramos y la distribución se hace por internet; los cables de energía e internet llevan por aire, mar o tierra lo que antaño llevaban los humanos.

Lo cierto es que las facilidades tecnológicas han permitido la proliferación de aquellos escenarios que alimentan el amor por el séptimo arte: cineclubes nacen en cada cuadra cual iglesias de garaje con feligreses de ojos rojos adictos a la luz de la sala. Y con las ganas de algunos académicos dispuestos a realizar festivales, los pueblos se atiborran de jóvenes y viejos enfermos de cinesífilis. Uno de estos escenarios fue el que se llevó a cabo en el Suroeste antioqueño donde sucedió el 1er Festival de Cine de Jardín, organizado por la Corporación Antioquia Audiovisual cuyo presidente es el director Víctor Gaviria, reconocido por su cine de periferia, de esos límites humanos y físicos que siempre es necesario reconocer como nuestros. El tema de este primer encuentro llevado a cabo entre el primero y el cuatro de julio tuvo como eje principal “el posconflicto” y su eslogan “solo se perdona lo imperdonable” fue común denominador de conferencias y proyecciones.

Como invitados especiales figuraron personajes emblemáticos del cine colombiano como Ramiro Meneses (protagonista de la película Rodrigo D - No futuro[1990]) o el director Lisandro Duque (Los niños invisibles [2001], los actores del conflicto[2008]) y otros importantes rostros de la cinematografía latinoamericana como Miguel Littín de quien pudimos ver su última película “Allende en su laberinto (2014)”, lastimosamente en unas condiciones de proyección que hacen extrañar los esfuerzos antiguos por lograr una imagen perfecta; las intervenciones de los conferencistas fueron el plato fuerte del encuentro y sacudieron por cuatro días a un pueblo que ha vivido en carne propia las vicisitudes de un conflicto al que apenas se le ve una pequeña luz final.

Todavía no sabemos qué significa un festival de cine para una población como Jardín, de hecho, seguimos sin saber qué significa un festival de cine para cualquier ciudad turística o patrimonial, común denominador de todo evento cinematográfico; tal vez la dupla patrimonial cine/ciudad convoca gente e invita a reconocer el territorio; creemos y esperamos que su impacto vaya más allá del siempre egoísta comportamiento del turista que visita los lugares para aprovechar la lejanía para con tranquilidad dañar y ensuciar el hogar de otros; esperamos que la influencia cultural que debe tener un evento de esta magnitud germine en los jardineños y en todos los visitantes el verdadero sentido que pretende: amor al cine, amor por nuestra memoria, y conciencia crítica de los procesos colectivos que atraviesa nuestra sociedad.

Aunque el cine es una actividad que debe hacerse en el silencio sepulcral de la oscuridad cual rito de iniciación, su tarea debe ser la de convocar y reunir a los amigos; el cine es ese lugar donde nos podemos encontrar todos a conversar, la curiosidad debe ser un carrete de hilo para tejer nuestras preguntas con las agujas del arte; porque el arte no es un animal que se esconde en una cueva para poder existir, sino una esponja que se infla de realidad como materia prima para transformarla en anhelos, sueños y temores expresados en formatos físicos y eléctricos, con luces y sombras, sonidos y silencios; el arte no debe ser un anexo en los procesos hacia el posconflicto, es un catalizador de la vida magullada, redirige las vivencias por un matiz para mirarlas otra vez y de otra forma, da sentido a la vida y transforma los procesos individuales en encuentros colectivos devolviendo la fe en la comunidad, valor necesario para construir una verdadera paz.

En la conferencia “El conflicto a través del arte es progreso social”, Lisandro Duque comentaba a modo de charla que los taxistas cuando iban a pelear ya no sacaban cruceta sino el celular para grabar... y que eso era muy importante, pasar de las armas que dañan y matan, a las armas que, como la tinta, pueden ser contenedoras de símbolos capaces de transformarnos; los festivales y encuentros de cine deben ser la evidencia de que la sociedad utiliza cada vez otras herramientas para expresar sentimientos, y que el arte puede ser una de las formas en las que construimos sociedad y país.

Los festivales de cine, además de películas, invitados de honor y conferencias, deben ser el escenario ideal para tejer nuestras relaciones alrededor del arte; ninguna manifestación cultural debe estar desligada de su gente ni de su realidad histórica, los festivales deben ser el lugar donde la expresión de una comunidad se hace manifiesta, donde los temores del conflicto, las alegrías del cambio, la desazón de la pérdida se conviertan en colores, imágenes, sonidos y luz.

El de Jardín ha sido uno de los primeros, y los esfuerzos muy seguramente han sido epopéyicos, y aunque las dificultades o contratiempos se deben transformar en oportunidades, este hermoso pueblo del Suroeste antioqueño por primera vez, de manera formal, ha reunido la gente del cine y de Colombia y nos ha invitado a reflexionar a la velocidad de la luz del proyector.

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