Tocó esperar las volquetas

Volquetas

Levantarse temprano, antes que el sol salga, ponerse la ropa de trabajo, las botas y el sombrero se está convirtiendo para muchos campesinos que viven en los alrededores de la ciudad de Medellín en historia del pasado. Y no es producto de las nuevas tecnologías agropecuarias, sino que esa vocación campesina de sembrar cuando la luna indique el cuarto creciente, podar,  desyerbar o abonar en menguante ha cambiado para los nuevos campesinos. A ello los ha forzado el precio tan bajo de sus productos en el mercado y las “oportunidades”, que abre para las fincas campesinas los nuevos planes de ordenamiento territorial –POT-, que intenta convertir lo urbano en suburbano.

En uno de los cinco corregimientos que tiene la ciudad de Medellín, en una de sus veredas, los campesinos han cambiado su vocación campesina y han convertido sus fincas en depósito de todo aquello que la ciudad genera en su “desarrollo”: escombros, tierra amarilla, todos los desperdicios de la construcción. Uno de estos campesinos nos relata cómo se ha dado el cambio:

Eso de sembrar legumbre sigue siendo fácil para nosotros, pero cuando llega el momento de la cosecha nos vamos para atrás. Los de las tiendas y legumbrerías nos preguntan por qué lo vendemos tan caro, y dicen que la gente que compra prefiere la economía; que en una cadena de supermercados encuentran los mismos productos por menos de la mitad de precio. O compran las famosas bolsitas de todo a mil.

Entonces, ¿qué hace uno? Rebúscarsela como sea. Todo inició con un amigo que maneja una de esas volquetas. Él sabía que yo vivía en una finca y que las únicas entradas que teníamos eran unos marranitos y varias vacas lecheras; sabía también que hace años dejamos de cultivar. Cuando mi papá estaba aliviado esta finca producía de todo: café, moras, cebolla de rama, que da harto por acá, y mucha legumbre. Como mi papá empezó a enfermarse, todo eso se acabó. Para nosotros era mucho trabajo, y solo daba problemas a la hora de querer venderlos por un precio justo.
Mi amigo me contactó un día y me ofrecíó $40.000 por cada volqueta que descargara en la finca. Eso era muy poquita plata, pero al momento de insistirme decía que no era solo una volqueta, que lo mínimo que ellos manejaban en un día eran 10. Me puse a sacar cuentas y sumaba $400.000, solo en un día, sin tener que hacer mucho esfuerzo; solo había que indicarle dónde echar la carga. Convencí fácil a mi papá, pues él sabía que necesitábamos esa platica. Al viejo le tocan todos los gastos de la finca, en especial el pago del impuesto predial, que es mucha plata para nosotros bien pobres.

Así, pues, nos metimos en el asunto. Había fines de semana en que se formaban filas de volquetas para entrar a la finca a descargar. Lo que más traían eran escombros; con eso alcanzamos a llenar un hueco. Lo malo de meter tanta volqueta fue que, como ellas pasaban por un costado de la casa, se le rajó el piso y se hicieron unas grietas en las paredes. Pero le tapamos los huecos y listo. Está casa está muy bien hecha para que se vaya a caer así. Sin embargo, como usted sabe que no falta el envidioso, nos aventaron a la inspección de policía y no pudimos seguir con eso.

Mi amigo me convenció que esperáramos unos meses para que se calmara la cosa en la inspección. Luego de tres meses, me empezó a llamar al celular solo los domingos y los feriados, porque esos días hay menos controles para las volquetas. El pasado lunes festivo en las horas de la mañana vaciaron 12 volquetas llenas de tierra.

Hay escombros que vienen de las construcciones de los nuevos apartamentos que están haciendo en la parte baja del pueblo. Por allá se está llenando de edificios, y los constructores no saben qué hacer con la tierra y los escombros que sacan para realizar los terraplenes. Y para que les quede más plata a los volqueteros y a los constructores mismos buscan las fincas más cercanas. Por donde usted mire cuando sube en bus hay letreros con las nuevas ofertas de apartamentos.

Es una rentica con la que uno no cuenta, una platica extra. El miércoles pasado me llamaron como a las 9:00 pm. Yo estaba en el parque principal con unos amigos, y, claro, los dejé para indicarles a los volqueteros dónde echar ese poco de tierra. Esa noche, en menos de dos horas, subieron 5 volquetas, una detrás de otra. Yo estaba muy contento, pues no contaba con esa platica.

Tengo sabido que más debajo de mi casa hay un vecino que también hace lo mismo. Allá sí es a cualquier hora, porque a él no lo joden, parece que le dieron un permiso ambiental para echar los escombros y demás de una construcción grandísima que está haciendo el municipio de Medellín por el Parque Biblioteca.

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Arturo Buitrago

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