Editorial 98 Agosto-Septiembre ¿A Quién le preocupa el posconflicto?

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Quince días antes de su posesión para el segundo periodo de gobierno, el presidente Santos ratificó en su cargo al ministro de defensa Juan Carlos Pinzón. Era una forma de tranquilizar a la élite y a toda la derecha de este país mostrándoles que aquí hay mano dura para rato, pues se ha hecho evidente que el ministro frente al proceso de paz camina como rueda suelta y parece más empeñado en mantener el clima de guerra que en preparar las condiciones para la reconciliación. Al día siguiente todos los medios oficiales de este país lo entrevistaron y no faltó la pregunta, aunque hecha como al desgaire, sobre qué iba a pasar con el presupuesto de las fuerzas militares en el posconflicto, pues dado que la guerra llegaba a su fin no tenía sentido sostener uno de los presupuestos en seguridad más altos de América Latina, y un pie de fuerza sencillamente escandaloso. Contrario a lo que pudiera esperarse, el ministro insistió en que el presupuesto ni el pie de fuerza podrían reducirse, pues un Estado fuerte se evidencia en la fortaleza de sus fuerzas militares y en todo caso los “enemigos de la patria” siempre estarán atentos para aprovechar cualquier descuido de la fuerza pública.

 

La ratificación de Pinzón como ministro de defensa y su discurso monolítico nos muestran palmariamente lo que la élite de este país está diseñando para un supuesto escenario de posconflicto. Es claro que no habrá disminución en el gasto militar, de manera que pueda canalizarse en una mayor inversión social por parte del Estado, elemento fundamental para una verdadera paz con justicia social como reclamamos todas y todos los excluidos, oprimidos y explotados de este país. Y más allá de eso, se nos echa encima una pregunta aterradora: en el caso de un eventual cese del conflicto armado, de la desmovilización de las organizaciones insurgentes, si el presupuesto, las armas y el pie de fuerza del estamento militar no se mengua sino que se fortalece ¿contra quién irán dirigidos?

La respuesta a esta pregunta no está muy lejos, la ponen en evidencia el ministro de defensa y todos los militares en cada discurso, en la puesta en escena de su doctrina militar aprendida en la Escuela de las Américas, donde se incuba permanente el odio contra todo lo que amenace o cuestione el statu quo, los privilegios de los poderosos y, en general, la organización mercantil de la sociedad, donde se aprende el miedo y odio maniaco a todo lo que huela a izquierda.

La expresión más clara de esto la encontramos en una columna del Brigadier General (retirado) Jaime Ruiz Barrera, publicada en la revista Semana el 2 de mayo de este año. En ella, el oficial manifestaba sin ambages lo que después iba a repetir con más rodeos el ministro de defensa. “Se equivocan quienes creen que en caso de un eventual posconflicto nuestras fuerzas armadas deben ser reestructuradas en cuanto a su pie de fuerza y en cuanto a las funciones constitucionales que les compete en materia de soberanía nacional, tanto en el frente interno como en el frente externo”. Pero, ¿Cuáles son los enemigos internos que deben combatir las fuerzas militares cuando no exista insurgencia armada? La respuesta del oficial no se hace esperar.
“No nos preocupa el posconflicto. Nos preocupa sí, que fuerzas oscuras conformadas por grupos políticos de extrema izquierda radical que han venido actuando exitosamente en contra de la institucionalidad y de los pilares básicos de nuestra democracia, resulten en esta etapa fortalecidas y se consoliden abiertamente como amenaza permanente contra el país, y particularmente contra el estamento armado de la República”. ¿A qué podría referirse un militar con este texto tan ambiguo? ¿Cuáles son esas fuerzas oscuras de extrema izquierda y cuál ha sido su acción exitosa contra la institucionalidad? De nuevo, este militar, fiel representante de la doctrina de las fuerzas armadas, no nos deja atormentarnos la cabeza con preguntas que tienen respuestas tan sencillas y evidentes:

“La guerra política, tal como lo hemos dicho, se está materializando por la acción sistemática y persistente de diferentes ONGs que habitualmente se identifican como supuestas defensoras de derechos humanos, y por otras de carácter eminentemente político, comprometidas directamente con corrientes neocomunistas y con movimientos socialistas o progresistas de reciente aparición, tales como el llamado Foro de Sao Paulo y la Coordinadora Continental Bolivariana”.

Una de las estrategias de los “enemigos de la democracia”, según este alto oficial, consiste en utilizar las investigaciones y estudios que buscan reconstruir la “memoria histórica” desde las víctimas como instrumento jurídico para futuros procesos y juicios de responsabilidad contra las jerarquías de la fuerza pública, “En especial contra quienes hayan sido exitosos en la lucha contra el terrorismo”. Como se ve, es ya una estrategia de parte del estamento militar, bien reproducida por los medios masivos de comunicación, que busca deslegitimar la lucha de las víctimas de crímenes de Estado y se vincula bien con la cruzada que ha desarrollado el ministro de defensa por blindar a los militares y policías frente a esta lucha jurídica que es ya la única posibilidad que les queda a las víctimas de resarcir sus derechos, pisoteados sistemáticamente por ese estamento militar. Ahora resulta que las verdaderas víctimas de esta guerra son los policías, soldados y agentes del Estado que han perpetrado crímenes de lesa humanidad.

Pero la verdadera guerra política la librarán, y la están librando desde ya, según este oficial, las redes de ONGs y organizaciones de izquierda, que crecerán y “asediarán” a los miembros de la fuerza pública. Uno pensaría que está bien que la sociedad civil ejerza un control y vigilancia permanentes sobre la fuerza pública, sobre todo en un país donde ésta ha propiciado y cometido sistemáticamente masacres, desaparición forzada y desplazamiento. Pero para el brigadier general esta es la principal amenaza para la democracia, porque el “asedio” frenará y le impedirá paulatinamente a la fuerza pública ejercer su acción legítima. “Tal circunstancia (el crecimiento y el fortalecimiento de las redes de ong y organizaciones políticas de izquierda), sin duda alguna, abrirá el camino para el fortalecimiento del neo comunismo o socialismo progresista del siglo XXI en busca del poder por la vía democrática”. Como quien dice, el propósito de las fuerzas militares en el posconflicto será impedir que se fortalezcan las redes de ongs y las organizaciones políticas de izquierda. Y la verdadera amenaza que deben combatir estas fuerzas armadas, para lo cual necesitan más presupuesto, más armas y más efectivos, es que organizaciones afines ideológicamente al comunismo o al socialismo puedan tomarse el poder, aunque esto ocurra por la vía democrática.

Y nosotros que creíamos que la superación del conflicto armado era importante sobre todo porque permitiría un ejercicio limpio de la política, porque la sociedad acogería dentro de su seno la pluralidad y el debate ideológico y asumiría que era posible que las organizaciones de izquierda llegaran al poder y reorientaran el Estado en función de un modelo de sociedad distinto, siempre y cuando lo hicieran dentro de los canales de la institucionalidad democrática. Eso sería lo normal en un país civilizado. Pero el nuestro está muy lejos de serlo, y por eso aún en un eventual escenario sin confrontación insurgente (Que la derecha y los medios masivos están haciendo lo posible por impedir a menos que se trate de la rendición de la guerrilla), el Estado se aprestaría para dirigir el presupuesto y las armas más poderosas que tuviera a su alcance contra las organizaciones y los pensamientos que huelan a izquierda, que se atrevan a defender un ideal de sociedad no mercantilizada y afinquen su lucha en la construcción de un hombre y mujer nuevos. Así que bien hará el movimiento social en comprender esta situación y prepararse para ella, fortaleciendo no sólo sus vínculos de unidad interna sino con el movimiento social internacional. Sobre todo vale la pena entender que la élite no está pensando en un posconflicto sino en el recrudecimiento de la guerra contra los pobres, pero ya sin el estorbo de la insurgencia.

Modificado por última vez el 02/09/2014

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