72 horas y un panfleto

Escena 1
La mañana está fresca y augura un bonito día. Pero no será así para el joven que acaba de salir a tomar taxi aquí en Ecuador con Cuba, donde yo espero a que lleguen unos amigos para iniciar un taller de crónica. El joven se ve rozagante, recién bañado y carga una bolsa negra llena de alguna mercancía; pero antes que se detenga el taxi al que le está poniendo la mano, lo interceptan dos policías que se bajan de una moto.

No alcanzo a escuchar lo que hablan, el ruido de los carros que empiezan a bajar con el cambio del semáforo se traga sus palabras. Puedo ver que el muchacho está tranquilo, saca de la bolsa algunas camisetas sencillas, de diversos colores y con estampados domésticos, y se las muestra a los agentes.

Es domingo 3 de Agosto y en Medellín estamos en plena Feria de las Flores. Aún no son las diez de la mañana y yo puedo adivinar que el muchacho salió temprano para aprovechar la muchedumbre que convoca la Feria y vender su mercancía. Pero los policías lo deben estar acusando de vender contrabando. No puedo dejar de recordar el artículo que realicé para la edición pasada en dónde Fernando Quijano nos explicaba que entre el miércoles y el domingo entraban a Medellín muchos camiones llenos de contrabando para los almacenes del Hueco, no solo a la vista de la policía sino de la administración municipal, que desde el piso doce de la Alpujarra se hacía de la vista gorda.

En ese momento se bajó Adriana de un taxi, y antes de abrir la puerta del sitio donde íbamos a realizar el taller me preguntó, al verme tan concentrado en la escena, qué pasaba.

-Es que parece que me van a llevar para la Fiscalía- escuchamos los dos que le decía el muchacho a alguien por teléfono.

Yo creí que estaba exagerando, o que quizá los policías le estaban metiendo miedo. Pero, efectivamente, a los dos minutos llegó una patrulla de la policía, en la que obligaron a montarse al joven, a pesar de que un hombre adulto, acaso el mismo al que había llamado el muchacho, había salido de un apartamento cercano y estaba intercediendo por el muchacho.

-¡Siempre se lo llevaron estos degenerados!-solté yo a manera de respuesta a la pregunta de Adriana.
- ¿Y qué estaba haciendo?- preguntó ella de nuevo
-Nada. Que se enamoraron.
- Pues sí- repuso ella-. Tiene que ser enamoramiento, porque en cambio cuando pasa algo de verdad por aquí, la policía no aparece.
Este sector de Prado Centro se volvió muy peligroso. A cualquier hora le toca a uno ver un atraco, de gente armada y motorizada, pero la policía no se ve por ninguna parte.


Escena 2
Casi está anocheciendo y las sombras empiezan a inundar la ciudad. El parque de Boston, sin embargo, está como deshabitado. Unos policías están entretenidos castigando a un joven, que grita y suplica que por favor no le peguen. Los transeúntes pasan por allí de largo, sin detenerse, con miedo de interrumpir el festín de los uniformados. Pero Oscar, que pasa por allí con su hija, no se siente capaz de seguir de largo.

-¿Qué pasó con el muchacho?- se atreve a preguntarles a los agentes. ¿Por qué lo golpean así?
-Señor, mejor siga en lo suyo y no se meta en lo que no le importa.
-Claro que me importa, señor agente. No ve que yo también soy ciudadano, y en todo caso, lo único que estoy es preguntando qué hizo el muchacho.

El joven sangraba por la nariz y al parecer tenía rota la cabeza, acaso por un bolillazo. Miraba a la pareja recién llegada como si fuera su salvación, pero no se atrevía a decir nada.
-Es que el tipo no se dejó requisar- informó otro agente menos agresivo-. Y eso ya lo hace muy sospechoso.
- Pero por sospechas no tienen que lastimarlo así.
- Y hasta podemos encerrarlo por 72 horas, solo por sospecha -insistió retador el agente que había hablado primero-; para que aprenda a respetar a la ley.
-Pero entonces llévenselo, no lo aporreen así- insistió Oscar.

Después se arrepintió de haberlo dicho. Pero tampoco tenía mucho que discutir, pues era el Manual de Convivencia Ciudadana de la Alcaldía de Medellín el que le propiciaba a la policía la arbitrariedad de encerrar a alguien por simple sospecha.

Escena 3
-¿Ustedes han visto el panfleto que sacaron los comerciantes?- pregunta Camilo, en una de las tertulias improvisadas que hacemos al final del día-. Dicen que se van a cargar a todo miembro de las Convivir que se encuentren por ahí, que no van a dejar vivo ni uno.

Yo no he visto el panfleto, pero esta noticia me anima a buscarlo. No encuentro, sin embargo, la información que suelta Camilo. En el internet lo que veo es un pobre informe en donde la misma Alcaldía se declara muy molesta por un panfleto que está circulando e invita a los comerciantes de Barrio Triste a armarse para defenderse de las bandas armadas (todos saben que son Convivir) que los están extorsionando y sembrando el terror en los alrededores.

Me da rabia tanto cinismo. Todos sabemos que fue un sector de los comerciantes el que le dio vida a las Convivir para que cuidaran sus negocios en un ejercicio ilegal de seguridad privada. Pero me da más rabia el cinismo de la Alcaldía y de la Policía. En las denuncias que Fernando Quijano y el portal de Análisis Urbano han estado haciendo reiteradamente se evidencia con datos y cifras que una parte importante de la policía (y no solo patrulleros) está comprometida con la pervivencia de las Convivir en Medellín. Pero se denuncia sobre todo que la Administración ha cedido buena parte de la seguridad a los grupos ilegales y ha permitido que los delincuentes organizados resuelvan sus problemas a su manera mientras no afecten sus rendimientos. El secretario de seguridad de la Alcaldía, el coronel retirado Sergio Vargas Colmenares, sin embargo, dice que “ningún ciudadano ni los comerciantes pueden tomarse la justicia por sus propias manos”, pues “es a las autoridades a las que les corresponde esta tarea”. Parece un chiste. Las autoridades en este momento deben estar encerrando por 72 horas sospechosos en otra parte.

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Ruben Darío Zapata

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