Despúes de apretar el gatillo

gatillo

Queda la vida extendida, y el suspiro agonizante, los testigos se pasman, atónitos, les cuesta reaccionar, sus oídos se ensordecen y su sistema se paraliza, temen que el arma apunte a ellos. Queda la confusión, la frustración, el llanto y el grito desesperado, amargo y sin eco en la soledad, en busca de ayuda para el cuerpo que ya sin fuerzas es abandonado por el alma. Los nervios se hacen dueños de la voluntad, los movimientos son inseguros, torpes y lentos.

Queda el vacío, la enorme ausencia y miles de ¿por qué? sin respuestas, en las familias, en los amigos, en los compañeros. ¿Por qué lo mataron? ¿Por qué no se dejó robar? ¿Por qué se fue por ahí? ¿Por qué no había policías? ¿Por qué no se les escapó? ¿Por qué murió tan joven?; y las respuestas a esto son sólo autoconsuelos.

 

Después de apretar el gatillo quedan madres desoladas, hermanos estupefactos, incrédulos de lo que ven y oyen, padres dubitativos, pasmados, ahogados con un nudo en la garganta que desearían expulsar. Se paran los relojes, se pierde la noción del tiempo y se vuelve atrás para recordar que el cuerpo que yace inmóvil y la voz silenciada tuvo una historia: amó, odió, renegó, sonrió, lloró, hizo parte de la historia de todos.

Queda cierto coraje, rabia y frustración, ataques repentinos de tristeza, un inmenso vacío, la sensación de haber sido arrancado de la realidad, del espacio y del mundo, la mente y la razón unen lo que pasa, sólo con las fotografías, los objetos habitados y los lugares comunes; mientras los ojos se encharcan y por las mejillas se deslizan en silencio algunas lágrimas.

Después de apretar el gatillo, la fría soledad cobija el alma, el dolor pone en agonía el ser y de vez en vez el cuerpo se dobla, la mirada se pierde como buscando una razón a la existencia y la voz se quiebra; los abrazos y las compañías se hacen pocas, no igualan el abrazo del que estuvo vivo. Quedan las madres con los brazos abiertos en medio de la nada, hombres que lloran como niños, cabizbajos y perdidos.

Cuando se aprieta el gatillo en algunos queda sembrada la semilla del rencor, del temor y del odio. La razón busca recrear momentos, diálogos y frases para menguar el dolor que sintió un cuerpo, ahora inerte, y que se ha regado en los seres más cercanos y de cuando en cuando se les rasga el alma bajo el recuerdo de momentos vividos y sobre todo de la esperanza perdida y de los planes arrebatados después de apretar el gatillo.


El cinco de julio de 2014 a las tres de la madrugada, en el barrio Caicedo, después de una persecución mientras iba un sujeto apretó el gatillo contra el cuerpo de Daniel, un joven de 20 años, para robarle una moto NKD 125 en la que iba a tomar el turno para conducir un alimentador del SITVA (Sistema Integrado de Transporte del Valle de Aburrá). La moto la había comprado con el dinero que ahorró por varios años, trabajando con su papá en el oficio de la albañilería y vendiendo bicicletas en un almacén, al tiempo que estudiaba y ayudaba como voluntario en la Corporación Proyectarte y la biblioteca Nadino de La Sierra, en un barrio donde mucho niño aprenden a manejar una moto y apretar el gatillo antes de aprender a leer y escribir.

El dedo que apretó el gatillo ignoró que Daniel se iba en las tardes por su barrio con muchos niños en bicicletas, que les enseñaba junto con su hermano a picarlas, a soltarse de las manos y que los animaba a conocer el mundo sobre ellas. En esta tarea, cualquier barranco, falda o morro de tierra era un obstáculo que hacía más divertido el recorrido.

Cuando el dedo apretó el gatillo olvidó borrar los recuerdos de cada amigo que gozó y rabió con sus descaches y apodos sin sentido; no quebró los cuidados que prodigó a los animales que amaba, tanto o más que a sus hermanos; la bala traspasó su cuerpo pero no los objetos y lugares que estimulan la memoria en los que se contarán las historias de Alex el eterno.

Modificado por última vez el 02/09/2014

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Saúl Franco

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