Omaira Montoya Henao: primera detenida desaparecida en Colombia

mural omaira

Soy dueña de estos recuerdos y estas vivencias, que más parecen destellos entre las sombras del tiempo por lo cortos, interrumpidos y profundos. Se iniciaron una tarde cualquiera de marzo del año 76, cuando llegué a Medellín para iniciar un proyecto alfabetizador, y terminaron el 14 de septiembre de 1977, día en que la radio solo hablaba de muertes y detenciones masivas en todo el país como consecuencia del Paro Cívico Nacional, esa jornada gigante de protesta popular: “…. Suben a 37 los muertos en Bogotá… Ya hay más de mil sindicalistas presos… Órdenes de captura contra los subversivos… La democracia no se puede mancillar! …”

Es decir que conocí a Omaira en el último tiempo de su vida, suficiente porque su manera de ser y actuar, sus palabras o sus silencios, sus gestos o su humor hacían reflexionar; por ejemplo, esa tarde de marzo cuando la conocí y salió a recibirme con los brazos abiertos, la sentí cálida y sincera. Luego vi con admiración lo que estaba haciendo, algo que años más tarde relaté así en un libro:

“Llevaba 10 horas en una labor agotadora: desempacar diferentes medicamentos de sus estuches difíciles de abrir y volver a empacarlos sencilla, ordenadamente y con exceso de cuidado en envases de plástico herméticamente cerrados. Me explicó que los campesinos y las gentes de un barrio popular eran los destinatarios y había que pensar en que ellos no estaban acostumbrados a empaques tan difíciles. Incluía además su uso adecuado en letra clara, y todas las recomendaciones necesarias” (“Desde Adentro”, página 71. Bogotá. Edición 1984).

Después fui con ella a ese barrio y a ese campo. Los vecinos la conocían porque era a ella a quien acudían cuando tenían un enfermo para que les consiguiera alguna medicina o posibilidad de una cama en el Hospital San Vicente de Paúl, donde trabajaba. “No imaginas –me decía- lo que es ver morir a alguien por física pobreza, a las puertas de un hospital”. Pero yo sí imaginaba qué sentía ella: se radicalizaba al ver la miseria de la gente, y sus atributos. El inconformismo y la indignación frente a los atropellos, le permitían enfrentarse a la injusticia; esa fuerza para luchar. Era su causa.

Tenía 35 años, era bacterióloga, pero ante todo era una maestra, una maestra de vida dotada de conocimientos y capacidades; se preocupaba por la situación de sus compañeros –activistas como ella– y articulaba cada historia personal con la historia social que todos tenemos, para entender comportamientos y actitudes. Ellos… y ellas, que sabían de la afección de su corazón, la cuidaban, y ante su entusiasmo decían: mírenla… es como ver a un ser desbordando juventud pero con la experiencia y la paciencia de un viejo.

Se hizo cargo de dos niños huérfanos de guerra que no conocían escuela ni juguetes, pero les enseñó a leer y a pensar con el libro de M. Ilin, “Un paseo por la casa”, explicándoles cómo se había forjado una campanita que tenían, cómo se talaba la madera con la que se hacían puertas, ventanas y trompos, o cómo, quiénes y de qué manera se hacían los ladrillos para construir las casas. Luego los llevaba a buscar en la naturaleza, y de esa manera todo se convertía para ellos en una fascinación.

No era un dechado de tolerancia: Omaira odiaba este capitalismo depredador, detestaba los lujos ostentosos de los curas, los discursos fariseos de los politicones, la usura de los bancos; no aceptaba las abismales desigualdades sociales y menos aún que se atropellara la dignidad humana; para ella la dignidad integraba a todos los seres humanos –así se lo oí decir–. De ahí su categórico rechazo a los métodos inhumanos y degradantes que conocimos en el siglo XX, situaciones históricas que ella vivió y no dudó en enfrentar. Pero… con una salvedad: respetar en ellos, lo que ellos no respetan en los demás. Se trataba de una discusión de aquellos tiempos: cuando todavía no se hablaba de humanizar la guerra, Omaira permanecía fiel a su convicción de lo que ella misma llamaba moral revolucionaria.

El siglo XX que Omaira conoció, en el que transcurrió su vida y la de su generación estuvo en Estado de Sitio durante 43 años, hasta 1991. La expresión equivale a Estado de Guerra y se decretaba hasta por 90 días, lapso en el cual debían levantarlo para volver a decretarlo, con una progresiva militarización del aparato estatal, que tenía la facultad de juzgar a los civiles en Cortes Marciales o Consejos de Guerra.

Un segundo punto que se dio en vida de Omaira fue el de la preparación del famoso Estatuto de Seguridad, implantado en el siguiente mandato del Sr Turbay, por considerar que el país se ahogaba en la inseguridad y para contrarrestar a los insurgentes. Desde antes y como preámbulo de su imposición, empezaron las prohibiciones a todo lo que fuera reclamos, posibilidad de huelgas, trabajos educativos o expresiones culturales, y se configuró el delito de “Pánico”: cinco años de prisión para quienes pusieran letreros o dibujaran en paredes o sitios públicos, obstaculizaran vías o actividades sociales. Se permitió, además, que más civiles fueran juzgados por militares.

A su vez, aquellos años estuvieron marcados por el compromiso de muchos sectores populares, intelectuales, sindicales, culturales y estudiantiles que en medio de una lucha cotidiana por sobrevivir, reflexionaban sobre la posibilidad de cambiar al país por otro distinto y mejor. Omaira estaba allí, impulsando actividades generadoras de cambio, en una época en que se sentía el avance que se operaba en la mentalidad de las mujeres por el auge de su afluencia a las universidades, a los espacios sindicales, culturales y al mundo de la rebelión. Ella fue la suma de todos esos mundos.

Finalmente, llegué al parque a cumplirle una cita, no imaginé que fuera la última. Estaba con los dos niños huérfanos y su pequeño perrito, tan diminuto que lo confundían con un perro de felpa. En medio de un centenar de palomas blancas nos silenciamos. Las despedidas son tristes cuando han existido lazos inolvidables… En la esquina volví la cabeza y vi su mano blanca despidiéndose… no quise pensar que fuera la última vez.

El 9 de septiembre de 1977 estaba Omaira en Barranquilla, colaborando, con todo su compromiso, en las tareas preparatorias del Paro Cívico Nacional que el 14 se habría de extender por el país entero. Ese día 14, yo escuchaba la radio con atención y el locutor decía: “…han muerto varias personas … Dicen que hay más de 500 manifestantes heridos a bala por la fuerza pública … En Bogotá, 3.000 manifestantes están detenidos en el estadio el Campín y en la plaza de toros … Se sabe que en las demás ciudades del país hay detenciones”. Ese día era ya una noticia nacional lo sucedido cinco días atrás: “En Barranquilla una mujer detenida por la policía sigue sin aparecer, su nombre es Omaira Montoya Henao”. La primera detenida desaparecida que se registra en Colombia.

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María Tila Uribe

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