La pervivencia de la cultura indígena: un proyecto antiélite en Risaralda

Fotografía: Carlos Mario Marín

En el noroccidente del departamento de Risaralda se encuentra ubicado el Corregimiento de Santa Cecilia (municipio de Pueblo Rico), limitando con el departamento de Chocó. Es un territorio de asentamiento triétnico, con un clima tropical húmedo, bastante caluroso, enclavado en medio de hermosas montañas, de una vegetación exuberante, y bañado por un sinnúmero de ríos cristalinos. Allí, en medio de las montañas, de la paz y de la evocación de un paraíso perdido para la mayoría de la humanidad, viven las etnias indígenas Emberá Chamí y Emberá Katío.

 Estas etnias que superan el 80% de la población asentada allí, conviven diariamente con personas de descendencia afrocolombiana y mestiza. Aunque se relacionan en términos económicos, culturales y políticos, es poca la incidencia que tienen como población sobre las definiciones que afectan sus vidas y su territorio, y mínimo el fortalecimiento interétnico para la convivencia con perspectivas de un plan de vida común. Aunque la incidencia de la política indígena tiene características de fuerza de hecho, debido a sus identidades y a su unidad cultural y étnica, no han asumido una política propia que sea incidente y definitoria desde su cosmogonía particular. Esto, debido a la intervención de la politiquería tradicional y de sus gamonales corruptos; de las prácticas antidemocráticas y criminales de quienes se venden para hacerle el mandado a dichos gamonales y de las élites económicas que nada tiene que ver con el mundo interétnico, ni con su historia, ni con su territorio. Pero las comunidades indígenas avanzan en sus asambleas, en la discusión de sus asuntos y en la defensa de sus intereses históricos.

La Educación Propia transversaliza toda la vida

La organización de las comunidades, su pensamiento político, cultural y sus procesos económicos (en donde la agricultura es predominante) no se separan de la educación propia. En la escuela se enseñan las formas ancestrales de organización, se mantiene la lengua, las consideraciones políticas de cada territorio y sus habitantes, como también se enseña a sembrar y a cosechar.

Las etnias Emberá persiguen mantener y consolidar la educación propia, que basa sus cimientos en la familia y la comunidad, encargando la "orientación" posteriormente a sus maestros. No comparten el concepto de Etnoeducación que desarrollaron los gobiernos Kapunías (término con el que hacen referencia al hombre blanco) porque no tiene en cuenta la diversidad de miradas de los distintos pueblos originarios, e intenta "estandarizar" el proceso educativo en esquemas que no se compadecen con la riqueza de un país de naciones, como lo defendía el maestro Orlando Fals Borda. Además de ello, el gobierno encasilla la educación para estas comunidades a través del esquema de Escuela Nueva, cuyo material pedagógico es editado en español pero sin traducción a su lengua. Muchos de los conceptos en español no son fáciles de asimilar para estos maestros indígenas y por lo tanto imposibles de transmitir a sus alumnos. Las condiciones de aulas, escuelas y pupitres son deplorables, como también las condiciones de vinculación de sus maestros al magisterio.

Es de resaltar que estos pueblos insisten en la importancia de la educación para sus niños y para sus comunidades, como una forma de mantener sus costumbres, su cultura y su lengua, fortaleciéndolas, pero también preparándose para la interrelación con otros mundos y otras etnias. Reconocen la necesidad de conocer la estructura educativa mestiza, para poder desenvolverse en un mundo que intenta apabullarlos, siempre buscando la pervivencia de su cultura propia sin desconocer la ajena.

Los maestros son una figura fundamental y muy respetada en las comunidades. Trabajan el aspecto educativo de la mano de madres y padres, de los Jaibaná (Sabios) y de las parteras. La mujer indígena ha iniciado un proceso creciente de incidencia política, particularmente al asumir el rol de educadora. Ejemplo de ello son las profesoras Miriam Cheché, Hortensia Restrepo Guasiruma y Aderlinda Restrepo Querágama.

El Territorio es la vida

Los ríos que bañan con gran generosidad estos territorios, limpian el cuerpo, proveen alimento y conectan a las comunidades con sus ancestros, con su historia. La tierra cumple la misma función y es la expresión mística de su existencia. Allí nace la felicidad y están los sitios mágicos donde se conversa con los espíritus ancestrales, se les consulta y se proyecta el porvenir de las comunidades.

El Cabildo Unificado Emberá Chamí tiene hermosos territorios como Santa Rita, Dokabú, Bajo San Juan, entre otros. Las Comunidades Emberá Katío por supuesto habitan territorios exuberantes y hermosos como Bajo Gitó.

Sin embargo, la presencia de intereses económicos de tradición eurocentrista atenta contra la naturaleza y la vida. La minería a gran escala y los intentos de implantar el monocultivo destinado al modelo de mercado, contaminan el agua, destruyen la tierra y ponen en peligro las prácticas agrícolas para garantizar la soberanía alimentaria tanto indígena como de toda la comunidad triétnica. El trabajo agrícola deben realizarlo en tierras con condiciones de acceso difíciles, y sin ningún tipo de apoyo estatal que potencie una productividad agrícola respetuosa con las prácticas ancestrales, que conserve la naturaleza, la tierra, el agua, y que privilegie la soberanía alimentaria antes que las decisiones del mercado capitalista.

Proyecto histórico Antiélite

Aunque no se define de forma expresa, estas formas de vida constituyen un proyecto histórico antiélite por las características múltiples de su interrelación, por la defensa del proyecto de vida propio, por el reconocimiento de la cultura diversa y por la asunción de un ordenamiento territorial basado en las afinidades culturales, étnicas e históricas en contraposición de los intereses economicistas de la élite tradicional. 

Se observa la decisión de generar un rompimiento en las relaciones de dependencia, se da un proceso más calificado de la acción social y política en términos de reconocimiento mutuo de los pueblos y etnias, y en el avance unificado sobre plataformas de interés común (aún en forma deficiente). Uno de los mayores logros del proceso social interétnico, es precisamente entender que cada pueblo (de los muchos que conforman el pueblo colombiano) tiene derecho y necesidad de una cultura propia.  Porque la cultura popular con toda su riqueza, exalta la autonomía y la creatividad y se opone a la colonización sectaria de la cultura elitista que es de origen foráneo, herencia del atropello, el saqueo, la violación y la violencia. Esta cultura es extranjerizante e impone grupos foráneos que minimizan el aporte histórico de los nuestros.

Modificado por última vez el 19/04/2016

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Carlos Mario Marín Ossa

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