Gracias a la vida conocí a Violeta

Hasta que por fin la conocí. La había escuchado de lejos, ni siquiera la ubicaba en el mapa, la confundía de vez en cuando y hasta desconocía que era la autora de esa canción que tararean miles y que inmortalizó la fenomenal Mercedes Sosa “Gracias a la vida”. 

 

Tuve que ir a Chile para encontrarla y aunque eso no era necesario no me arrepiento ni me avergüenza, sé que la habría podido escuchar en los cientos de temas de su autoría o en las décimas que iba escribiendo a diario en donde es más fácil saber lo que sentía;  solo bastaba pedirle al todopoderoso que me permitiera conocerla, dando un clic al cursor. Pero creo que al pisar las calles del centro de Santiago, seguir sus huellas y respirar su mismo aire, pude mirarme en sus ojos y entender su obsesión. La encontré en las librerías, en sus canciones, en la portada de viejos libros y en las libretas delicadamente elaboradas por los artesanos, en las casetas de los vendedores ambulantes del barrio tradicional de bellas Artes; en las 180 páginas de un libro bien escrito por Patricia Stambuk y Patricia Bravo, dos estudiantes de la Universidad de Chile que entendieron la intensión de su profesor Bernardo Subercaseux de considerar el testimonio como un género periodístico. 

Gracias a ellas, a las que solo conocí por su obra “Violeta parra, El Canto de Todos”, que fue investigada y compilada entre 1971 y 1972, pude adentrarme en la vida de Violeta y conversar con su madre, con sus hermanos, sus hijos y con las viejas campesinas chilenas y así pude recorrer Chile de norte a sur de oriente a occidente, entre cuecas  y  periconas.

Pude recorrer las estrechas calles de San Carlos, en el centro – sur de Chile, en donde la pequeña, enjuta, pero vivaz Violeta respiró por primera vez el 4 de octubre de 1917. También vendí agua para refrescar las flores del cementerio junto con sus cinco hermanos para ganarnos la vida. Sufrí con ella a sus cuatro años de edad la peste de la viruela, la que le marcó el rostro de por vida y contagió a más de 20 personas causándoles la muerte en la población de Lautaro, al Sur del país, a donde su padre, profesor, tuvo que trasladarse. Sufrí su inmensa pobreza, el duro trabajo de su madre en la máquina de coser y la muerte de su padre cuando ella tan solo tenía 10 años. Gocé también, cuando la pequeña se obsesionó con la guitarra y con el canto, el descubrimiento de la música, la comida y las tareas del campo al lado de sus primas Aguilera, ese oasis que alimentó a tan temprana edad a la mayor folklorista de América. Me impresioné cuando Violetica trabajó con sus hermanos, en un circo pobre de pueblo, en donde todos hacen de todo, desde cobrar las entradas hasta maestro de ceremonias o payasos.

La vi saltando la cerca de la provincia, y colgándose del brazo de Nicanor su hermano, su  ángel de la guarda, el único de la familia Parra que había podido llegar a Santiago, la capital, para estudiar y convertirse en el gran Nicanor Parra, el antipoeta. Cerca de él, pero sola abriendo su propia brecha, brillando con luz propia. Uno no sabe en qué momento la figura de Violeta empezó a ser referente social y popular. Ella cantaba en cuanto bar, tienda, cantina se le aparecía, así se ganó la vida durante años; así conquistó a sus amores, casi siempre jóvenes menores que ella, arrollándolos con su personalidad; belleza física no necesitaba para enamorar. Violeta despertaba verdaderas pasiones entre los hombres y también entre las mujeres, muchos la querían, muchísimos la odiaban. Yo también, aunque traté de entender sus injusticias, prepotencias y desplantes. Como cuando al final de su carrera mandó a la mierda a Rubén Nouzeilles, personaje de la industria discográfica de la época, el único, que se la había jugado con ella, sus canciones, el folklor y su carrera, todo porque la contradijo; o como cuando mientras viajó a Europa, murió en Chile su pequeña de tan solo nueve meses de nacida y Violeta no fue a verla; prefirió continuar en Francia mostrando el folklor chileno y responsabilizar a su compañero. 

Es que su amor por el folklor era hasta empalagoso. Se iba de pueblo en pueblo, de casa en casa, así no la conocieran, sola o acompañada de estudiosos o enamorados, como ella del folklor, a conversar con los ancianos y las gentes pobres, quería saberlo todo: el origen de los dichos populares, de los cantos, la preparación ancestral de ciertos platos, los bailes típicos; a falta de financiación, sus periplos los pagaba ella misma. Se gastaba horas, días enteros hablando con doña Rosa Lorca, una cantora popular, llena de sabiduría, que se convirtió en fuente permanente de sus investigaciones y en su mejor amiga. Por eso, con Violeta es fácil pasar del odio al amor y reconciliarse con ella, entender su obsesión y hacerse cómplice; porque aunque a veces sea tan dura con sus amigos, siempre es suave y sensible con los más pobres. Por eso es fácil amarla.

Violeta abrió su propia escuela de pensamiento y praxis. Nunca estudió en la academia de artes y era mordaz en la crítica con los folkloristas formados en la universidad. Exploró en la escultura, en los tejidos, en la pintura, en la poesía y por supuesto en la música. Pero la exploración era en serio, al punto de que cuando se fue para Europa y se quedó viviendo allá, por meses, logró hacer una exposición en el museo de Louvre, en donde los más destacados artistas presentan sus obras y donde muchos nunca pudieron entrar. Pero lo más admirable para unos y reprochable para otros, es que cuando le ofrecían comprar sus obras se negaba, las consideraba suyas y ni siquiera accedía a venderlas a pesar de estar aguantando física hambre.

Jamás dejó de tomar iniciativas. Se moría por leves momentos para resucitar con mayor fuerza. En sus últimos días, dedicó todo lo que tenía, lo material y lo inmaterial a la Carpa, un escenario natural, en medio de un lote que consiguió con persistencia; allí se presentaban todos los artistas populares de calidad, cosa que ella misma se encargaba de controlar estrictamente. También allí se disfrutaba de gastronomía preparada  con todo el cuidado y detalle de sus orígenes populares y ancestrales. Ella era la jefa, y aunque por allí pasaron los más grandes, desde Víctor Jara hasta Atahualpa Yupanqui, la Carpa crecía y se marchitaba, igual que ella. En esta época su gran amor, Gilbert Favre, un antropólogo y músico suizo, otra alma indomable como ella la abandonó, él también tenía su obsesión.  Pero esta vez todas las tristezas pesaron más que su acerada personalidad y su fuerza. 

Violeta no pudo conocer a Allende presidente, lo conoció como senador, conoció y alimentó a gran parte de la intelectualidad de la izquierda chilena, parió una época de artistas y se filtró en los huesos y la carne de los pueblos de América. Me angustié el día que le dio la orden al celador de la Carpa para que fuera a comprarle algunas cosas; ya muchos le habían advertido a sus colaboradores en la Carpa: que nunca dejaran el revolver a la vista, que lo escondieran; lo advirtió Nicanor su hermano y su hija Carmen y Ángel su otro hijo, pero ella había tomado la decisión de dejar este mundo. El cinco de febrero de 1967, lo hizo, y nos dejó con el dolor de su partida y con la felicidad de su obra. Hay que escuchar su música, leer sus décimas, buscar sus pinturas y tejidos, en los libros, hay que conocerla allá en su mundo vital, en su Chile del alma.

Modificado por última vez el 19/04/2016

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Olimpo Cárdenas Delgado

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