Sigamos construyendo paz

El pueblo colombiano, una vez más, y tal como lo viene haciendo desde hace 520 años, ha adelantado de manera cada vez más madura y seria una importante lucha que, en esta ocasión, culminó victoriosamente, con la firma de paz en La Habana; y lo hizo como tenía que ser y lo enseña la historia: acudiendo a las alianzas con todos los sectores de avanzada e inclusive, con la burguesía neoliberal, dirigida por el presidente Santos.

Sin embargo, un escollo de mucho cuidado se presentó este dos de octubre, cuando la ultraderecha logró ganar el plebiscito, así fuera pírricamente y con todo tipo de engaños, oponiéndose a dichos acuerdos. Es una situación que nos muestra cómo, a pesar de lo logrado, el camino hacia la paz es más largo de lo que habíamos pensado.

Es un momento propicio para que las gentes del pueblo profundicemos en el análisis de lo ocurrido y, como consecuencia, logremos ubicar nuestras perspectivas, cercanas y lejanas, y concretar las tareas que en tal sentido tendremos que adelantar.

En primer lugar, deberemos tener en cuenta que el fascismo, como la expresión más violenta, antidemocrática y refractaria de un sector de la burguesía, en el caso americano, es heredera de los más atrasados elementos de la bárbara invasión eurocristiana a nuestro continente, fundamentados en la concepción de la codicia particular en su etapa capitalista, colonialista, tales como: autoritarismo, estado todopoderoso, mafioso y terrorista, dirigentes mesiánicos intérpretes de la divinidad, fundamentalismo religioso, moralismo, violencia, guerra, represión, patriarcado, machismo, exclusión, discriminación, segregación y odio en lo étnico, social, religioso, sexual y político, mentiras y calumnias para infundir miedo, explotación y despojo al máximo, en los trabajadores.

Además ha estado presente, abierta o soterradamente, en nuestro devenir, teniendo básicamente dos grandes momentos en cuanto a la toma del poder; primero, en 1950, cuando con Laureano Gómez al frente, apoyado por un grupo de la clase dominante, como la alta jerarquía católica, los terratenientes, la recientemente consolidada burguesía financiera, y no pocos engañados, principalmente conservadores, además de la ayuda internacional ofrecida por el dictador Francisco Franco, de España, logró ser presidente de Colombia, a “sangre y fuego”, gracias a la acción del ejército, la policía y los “pájaros” (organizaciones armadas por fuera de la ley), en uno de los hechos más vergonzosos de nuestra historia; por entonces, se utilizó el mentiroso argumento del “ateísmo liberal”, como la gran amenaza contra la “patria”; ahora, en 2002, con la llegada a la primera magistratura de Álvaro Uribe Vélez, quien se rodeó de prácticamente los mismos actores, utilizando de nuevo la violencia ejercida también por grupos armados regulares e irregulares (estos últimos narcoparamilitares), para lo cual obtuvo el apoyo de Estados Unidos que no ha permitido su judicialización; la consigna central fue y sigue siendo defender la “patria” de la amenaza de los “narcoterroristas” de las Farc y los comunistas en general.

Los dos intentos de fascistización fueron finalmente derrotados gracias a la presencia de fuerzas que, aunque con intereses encontrados, supieron aunar voluntades para vencer semejante engendro; de una parte, el pueblo en general, quien logró entender el peligro en que se encontraba su futuro; dentro de él se han movido diferentes expresiones, siendo la más sobresaliente la corriente de avanzada, cuyos orígenes en nuestro continente se remontan a la concepción del bien común construida por nuestros pueblos indígenas durante milenios; dicha corriente ha logrado recuperar buena parte de su historia y, por consiguiente, entender lo que ocurre. Es claro que las luchas adelantadas por el pueblo, de muy diversas maneras, han sido el factor determinante para las derrotas propinadas a semejante enemigo.

De otra, la burguesía liberal, cuyos orígenes también se encuentran en la invasión eurocristiana, pero que defiende la democracia recortada que logró imponer con la Independencia de España, utilizando engañosamente al pueblo para quedarse con el control del gobierno, y que entiende cómo la violencia extrema del fascismo puede llevar a la heroica resistencia de las comunidades y, por tanto, a su organización definitiva para la toma del Estado. Por eso, en ambas ocasiones, este sector de la burguesía, temeroso de perder el poder, se la jugó, en el primer caso, acudiendo al golpe de estado abierto y, en el segundo, llevando a una de sus fichas neoliberales, Juan Manuel Santos, a la presidencia. Así se explica por qué la negociación de los acuerdos de paz logró el apoyo del imperialismo mundial.

El pasado dos de octubre, con los resultados del plebiscito, avanzó de nuevo, y desafortunadamente, el fascismo. El triunfo del voto por el no, que en esta ocasión obtuvo el apoyo de organizaciones religiosas diferentes a la católica, nos ha mostrado con evidente claridad, cómo en nuestro país, tal como viene sucediendo en buena parte de América y del mundo, la ultraderecha se ha fortalecido y amenaza con arrasar las pocas conquistas de los trabajadores y demócratas en general; entonces, la paz firmada en La Habana que, aunque recortada, significaba un gran avance para el pueblo, ha quedado en vilo, pues es evidente que la renegociación que propone el Centro Democrático es un sofisma de distracción detrás del cual se oculta la intención de prolongar la guerra que tanto favorece, económica y políticamente, a sus máximos dirigentes; esto significa, ni más ni menos, que deberemos redoblar nuestro trabajo si no queremos perder semejante conquista, fruto del esfuerzo de una gran coalición de avanzada.

Pero además, es necesario que profundicemos una propuesta de paz, integral y plena, que solamente será posible si está fundamentada en la construcción colectiva de un modelo de sociedad equitativo y soberano, en la que participen pueblos originarios, mujeres, negritudes, campesinos, obreros, capas populares, demócratas e intelectuales. Claro está que lo anterior debe estar acompañado por un permanente y profundo trabajo para que las comunidades puedan desarrollar sus propias iniciativas, que contribuirán a fortalecer una visión justa, soberana y pacífica del futuro.

Dichas iniciativas, según nos enseña la historia, deberán girar básicamente alrededor de tres puntos: la defensa de la vida, de la madre naturaleza y del bien común. Aspectos de origen americano, por lo tanto fiel reflejo de nuestra realidad, que nos pueden llevar no solo a trabajar conjuntamente, desterrando el gamonalismo, la politiquería, la corrupción y la burocracia, sino, además, a pensar y construir un modelo de sociedad comunitario, con paz plena, y a lograr la unidad americana, tal como lo enseñó Bolívar y hoy en día lo pretenden muchas fuerzas de avanzada que, inclusive, han llegado al poder.

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Jaime Celis Arroyave

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