Triunfo de Donald Trump en Estados Unidos: Fin de una época

“…No señora Clinton, no es usted o el Apocalipsis; usted también es el Apocalipsis”.
Jaime Ornelas Delgado

 

Con los resultados electorales del 8 de noviembre de este año en los Estados Unidos ha terminado una época histórica, la de la mal llamada globalización, y se abre otra, incierta e igualmente peligrosa. Ese es un cambio esencial que poco ha sido destacado en estos días por decenas de comentaristas que expresan una nostalgia por la “globalización” que termina, con más pena que gloria, y ha dejado en su camino una terrible desigualdad, guerras imperialistas de agresión por doquier (Irak, Libia, Afganistán, Ucrania, Siria…), eliminación de los derechos de los trabajadores, consumo desaforado del petróleo y un trastorno climático que pone en riesgo la vida humana y arrasa con miles de especies animales y vegetales.

Lo que muere…
En 1989, cuando cayó el Muro de Berlín y se desmoronó el bloque socialista de Europa oriental que dos años después se llevó consigo a la Unión Soviética, se proclamó el comienzo de una nueva era de progreso, prosperidad y paz perpetua. Se señalaba que con el triunfo del capitalismo en su versión estadounidense, no solo se abría una nueva era en la historia humana, sino que habíamos llegado al fin de la historia. Ese fin venía acompañado de las promesas de producir ríos de leche y miel para la humanidad en su conjunto, tras la caída del oso soviético, con la imposición brutal de un orden neoliberal a escala global, acompañado de un nuevo metarrelato, que se presentaba como el fin de los metarrelatos, que nos anunciaba que habían desaparecido las fronteras, el Estado-nación ya no era relevante, el libre comercio aseguraba el éxito para los países que lo adoptaran y el fracaso para quienes lo rechazaran.

A partir de ese instante se universalizó la apertura comercial, la formación de bloques económicos (como la Unión Europea), la imposición de Tratados de Libre Comercio, empezando por el NAFTA entre Estados Unidos, Canadá y México, y se dio paso a una nueva recolonización del mundo por parte de los países imperialistas, encabezados por Estados Unidos, y las empresas multinacionales. Se generalizó la privatización de las empresas públicas, la mercantilización de los servicios básicos, la conversión de los bienes comunes en mercancías que se compran y se venden sin límite.

El libre comercio se convirtió en la divisa de los que en forma cínica empezaron a llamarse “globalizadores” y se presentaban como nuevos mesías que le traían al mundo confort y bienestar. Para legitimar ese proyecto de expolio de los pobres del mundo se inventó un lenguaje estereotipado, en el que desaparecieron referencias a la desigualdad, a la injustica, a la explotación, a las clases sociales, al capitalismo y al imperialismo.

Tras el sofisma del libre comercio, que siempre ha sido unilateral, en favor de las grandes potencias mundiales, se libraron guerras criminales de conquista y sometimiento, que han dejado millones de muertos, desperdigados por lo que antes se llamaba Tercer Mundo o en las ruinas de lo que fueran los países del socialismo burocrático. Esas guerras se encubrieron con la careta de impulsar los derechos humanos y la democracia, como una nueva forma de imperialismo pretendidamente humanitario, cuyo objetivo primordial ha sido el de imponer los valores mercantiles del capitalismo, garantizar la apropiación de bienes naturales (el petróleo en primer lugar), y mantener elevados niveles de ganancia para los capitalistas y sus empresas.


Esto ha conducido a una abismal desigualdad, como no se registraba antes en la historia, que se evidencia en la cifra suministrada por la ONG Oxfam, en enero de este año: un uno por ciento de la población mundial tiene más ingresos que el 99 por ciento restante. Esta minoría de multimillonarios, junto con su ejército de servidores incondicionales (entre los que se encuentran algunos de sus intelectuales, tipo Mario Vargas Llosa), son los grandes ganadores de la globalización. Constituyen lo que ya hoy se puede denominar como la Clase de Davos, apelativo que hace referencia a la ciudad de Suiza donde anualmente se reúnen los millonarios del mundo y los gobiernos imperialistas para hacer un balance de lo que han ganado en un año y ostentar su riqueza y poderío. Los perdedores de la globalización han sido los trabajadores de los cinco continentes, los campesinos, y los pobres en general.

Ese mundo de los globalizadores se viene derrumbando desde el 11 de septiembre de 2001, se agrietó aún más con la crisis económica y financiera que se inició en 2008, se evidencia con la construcción de los nuevos muros de la infamia en Europa, con el triunfo del Brexit en Inglaterra (para abandonar la Unión Europea) y se rubrica ahora con la victoria de Donald Trump, candidato de extrema derecha, xenófobo, racista y misógino.

La ideología globalizadora anunció que el capitalismo ya no conocería más crisis, pero estas se han hecho más frecuentes y agudas. Esos abogados de la globalización prometían más y mejores puestos de trabajos, con altos salarios, pero en contravía se ha generalizado el desempleo y la precarización laboral. Esos propagandistas sostenían que la integración económica traería estabilidad en los mercados, pero lo que ha generado es estancamiento, migración y expulsión masiva tras la desintegración de los mercados nacionales. Para completar, la posibilidad de enfrentar el caos generado por la política imperialista, denominada como globalización, se dificultó por la desestructuración de los trabajadores, las derrotas de los proyectos alternativos y la conversión de las izquierdas en apéndices funcionales al nuevo orden global, con contadas excepciones. Esto supuso que la izquierda abandonara cualquier proyecto, e incluso lenguaje de clase, y las “alternativas” fueran canalizadas, como lo están siendo en Europa y los Estados Unidos, por la extrema derecha, la que representa Donald Trump.

Lo que viene…
Como no hay alternativas revolucionarias ni antisistémicas, el mundo que se derrumba ante nuestros ojos es empujado por las fuerzas de la reacción y la extrema derecha, con un discurso xenófobo, racista y de odio contra los migrantes. Esa es la base social que apoyó a Donald Trump, lo catapultó a la Casa Blanca, y respalda su programa antiglobalizador. Ese programa plantea la revisión de los Tratados de Libre Comercio que ha firmado Estados Unidos, y en primer término con el NAFTA, renunciar al Tratado Transpacífico de libre comercio, sacar a Estados Unidos del acuerdo climático de París, denunciar a China por manipulaciones cambiarias, imponer aranceles proteccionistas a los productos que ingresan a la Unión Americana, e incluso ha planteado un programa de reindustrialización interno.

Estos anuncios, aunque fueran solo anuncios, ya indican un cambio fundamental, cuyas consecuencias empiezan a sentirse de forma inmediata. Supone abandonar los paradigmas establecidos como verdades indiscutibles desde 1989, relativos al libre comercio, a la apertura económica, al pretendido fin de las fronteras y de los Estados, a la teoría del goteo de riqueza de los más opulentos hacia los miserables…

Incluso, el cambio en términos políticos puede ir más allá, puesto que se vislumbra en el horizonte la posibilidad de poner término al orden imperialista de 1945, en el cual Estados Unidos era el “defensor atómico” de Europa, por los anuncios de Trump de romper la OTAN. Ese multimillonario, excéntrico y ordinario, triunfó con un discurso que combina la xenofobia y el racismo, con la promesa de recuperar la “grandeza de Estados Unidos”, que se dibuja con la promesa de crear nuevos empleos y empresas, impulsar la protección económica contra los “enemigos comerciales” de los Estados Unidos. En suma, Trump ha ganado las elecciones con un discurso antiglobalización, radicalmente opuesto al de los Clinton, los Obama o los Busch. En ese discurso se han elegido cuidadosamente a los que se ven como enemigos de la “grandeza estadounidense” y responsables de su decadencia: los inmigrantes que arrebatan puestos de trabajo a los estadounidenses, el liberalismo comercial que destruye empleos internos, y a Wall Street y los medios de comunicación que lo respaldan.

El fin de la ideología de la globalización se manifiesta en la erosión del gran relato del mundo del libre comercio como motor de crecimiento y de la integración “pos-nacional”. Renacen los nacionalismos de extrema derecha y la protección de las fronteras, como se evidencia con una que fue de las propuestas centrales de Trump: la conclusión de un gigantesco muro de 3200 kilómetros en la frontera con México.

El mundo que muere había nacido en 1989, duró menos de treinta años, y no la eternidad que nos anunciaron Francis Fukuyama y compañía. Fue terriblemente cruel y devastador, hasta el punto que la continuación de la vida humana en el planeta está seriamente cuestionada. Nos anunció que con más tecnología microelectrónica se solucionarían los grandes problemas de la humanidad, dando por sentado que el solo hecho de utilizar compulsivamente teléfono celular y whatsapp ya éramos cosmopolitas y no vulgarmente xenófobos y racistas, como se acaba de demostrar en Inglaterra, Estados Unidos, Colombia (con el plebiscidio) y con todo lo que viene en cadena.

El mundo que se abre es igualmente terrible, ante la inexistencia por el momento de una alternativa anticapitalista, y por eso, como en la década de 1930 suenan las trompetas del fascismo, que entonan sus cantos de odio y muerte desde los Estados Unidos, a nombre de la recuperación de su pérdida grandeza. Y eso va a costar al mundo millones de muertos, guerras y desolación, de la misma manera que ha sucedido desde 1989. Pero en el horizonte también se abren nuevas oportunidades para reconstruir proyectos alternativos que se desmarquen tanto de las nostalgias de la globalización como de la xenofobia racista en marcha.

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