Semillas de la familia Buitrago Ramírez

Es plena década de los setenta y huele a renacer; llegan a Cocorná Estación, en el municipio de Puerto Triunfo, de la mano de un curita, que se comporta como alguien del común, un nuevo estilo de formar Iglesia y organización comunitaria.

 

Estación Cocorná es un caserío en torno a una parada de la línea férrea que recorría el Magdalena medio antioqueño; es un corregimiento de Puerto Triunfo, cuenta con extensos valles, con abundantes ríos y con tierras muy fértiles que en su mayoría son utilizadas para la ganadería extensiva.

En esos parajes, a orillas de los ríos Cocorná y Ríoclaro, se encontraban desde los años cincuenta ocho familias numerosas que habitaban en confortables casas de cancel (madera). Era un vecindario que había construido una hermandad; tenían una escuela, a la que asistían cerca de cuarenta niños, y una inmensa cancha de futbol que quedaba más arriba a unos diez minutos, donde se reunían todas las tardes a jugar y a compartir, ambas construidas a punta de convites. Este territorio constituye una vereda llamada Santa Rita.

Por allí, en el punto exacto donde confluyen aquellos ríos, estaba la finca de los Buitrago Ramírez, campesinos oriundos de una vereda del municipio de San Luis, que después del nacimiento de Gustavo, su primer hijo, se fueron a abrir montaña. Para esa época ya tenían once hijos, de los cuales uno murió de un ataque de parásitos todavía siendo bebé, y otro a los ocho años de edad en un accidente en la finca. Su casa estaba ubicada a la mitad de la cuesta cerca del río Cocorná, a diez minutos de travesía a la escuela y a veinte minutos de la cancha. Desde la casa hasta la desembocadura del Ríoclaro, donde estaban los cultivos y el campamento para guardar las cosechas, hay media hora.

La familia Buitrago Ramírez recibió en su corazón la semilla del hombre y la mujer nuevos. Además de las sendas veredales, comenzaron a recorrer nuevos caminos: los de la utopía de una nueva sociedad donde la dignidad humana, la paz con justicia social y la vida plena no sean solo un anhelo de la inmensa mayoría del pueblo, sino una realidad que se sienta en cada corazón.

Herlinda Ramírez, madre, asumió el compromiso en toda su dimensión, entregándose al trabajo comunitario, y a las comunidades cristianas. Manuel, por su parte, se vinculó de la misma forma a las actividades que implica ser un líder, asumir verdaderamente el compromiso cristiano; cambió las cantinas por las actividades de las organización comunitaria, los convites, la cooperativa, las jornadas de solidaridad; los muchachos Gustavo, Carlos, Alirio y además los parientes de los esposos Buitrago Ramírez ya no eran jóvenes; además de crecer físicamente, crecían en el aspecto espiritual y político, asumieron tareas de organización comunitaria, se batían día a día por un mejor vivir.

“En las noches me decían: 'bueno papá, ¿qué vamos a hacer mañana?' y nos sentábamos y hacíamos el plan de trabajo para el otro día; algunas veces combinando el trabajo en la finca con tareas de comunidad, solidaridad para las comunidades más alejadas… mis hijos nunca me dejaron solo trabajando la finca… se vive un ambiente de mucho entusiasmo. ¡Ah que veredita tan buena! A parte del trabajo comunitario, el padre Bernardo López Arroyave nos animó a conformar una cooperativa, ya teníamos un johnson en el que traíamos la mercancía de Puerto Boyacá, y vendíamos más barato que en el pueblo quizá…”, cuenta Manuel mientras descansa de hacer labores que aún realiza a sus ochenta y siete años, cumplidos el pasado primero de noviembre.

Pero tanta dignidad y altivez cuestan caro, y esta familia pagó un precio muy alto; el 17 de septiembre de 1982, después de un atentado fallido contra Bernardo, dos policías de Estación Cocorná y tres paramilitares irrumpieron en la finca preguntando por Manuel Buitrago, quien se encontraba realizando trabajo comunitario por fuera de la casa. Allí asesinaron a dos de sus hijos, Alirio y Carlos, a Gildardo, hermano de Herlinda, a Marcos Marín, un niño de diez años que se encontraba de visita en la casa, y a Fabián, un sobrino de Manuel, hijo de Horacio Buitrago. Horacio colaboró con los sicarios, y lo siguió haciendo luego del crimen.

Herlinda y dos niños menores escaparon de ser asesinados porque se ocultaron en la zona boscosa. Cuando Manuel regresó, encontró una escena de dolor. Debajo de un árbol yacían sin vida cinco de los más jóvenes de la vereda, sus familiares. Su esposa no estaba en casa; el desespero lo invadió, pero recobró el valor para buscar al resto de su familia, que al cabo de un rato aparecieron.

Los vecinos se reunieron, y a raíz de la negativa de las autoridades civiles de levantar los cadáveres y realizar las necropsias, la comunidad decidió llevarse a sus muchachos y realizar las exequias. La familia Buitrago Ramírez, a causa del inminente riesgo de ser exterminada, no regresó a la finca nunca más.

A pesar de lo que significó este duro golpe para ellos, mantuvieron la esperanza. Herlinda escribió a las Comunidades Cristianas Campesinas: ''Esto es un caso muy doloroso para nosotros, pero mis hijos no murieron. Ellos siguen vivos en el corazón del pueblo y su sangre le da vitalidad a la comunidad”. Más adelante refiere: “Todo el pueblo lloró a mis hijos porque no encontraban delito para haberlos matado tan dolorosamente”. Y luego: “…siguen siendo vivos entre todos nosotros para siempre. Porque el que ama a sus hermanos hasta dar su vida por ellos tendrá la vida eterna”.

Herlinda Ramírez murió, pero sus sencillas palabras aún retumban en el corazón del pueblo que hace viva su esperanza. Porque siempre se repuso y surgió como el ave fénix después de cada golpe, ya que ese no fue el único: esta familia además perdió a otros cuatro de sus hijos violentamente, a manos de paramilitares y funcionarios del Estado.

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Pedro Lopera
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