En La Unión: por la vida y el territorio

Muchos jamás habían regresado, solo quedaban los recuerdos de la guerra, de los familiares muertos, de los pasos hacia el destierro, de las casas abandonadas y del estruendoso sonido de los balas. Hacia atrás la memoria dibujaba el eco de una guerra más antigua, la que se ensañó contra sus territorios y sus gentes. Atrás pervivía el recuerdo de la tragedia, de la violencia, de la maldita violencia que arrasó sus vidas y los  convirtió en sobrevivientes. Aún quedaban intactos los restos de la guerra, algunas casas abandonadas como monumentos del dolor, como triste testimonio del pasado; aún quedaban en pie algunos restos de la destrucción que se signó sobre sus veredas, como un relato que no se olvida y que martilla todo el tiempo sobre la memoria.

Las veredas San Miguel Santa Cruz y La Honda habían concentrado gran parte de la violencia que se vivió en La Unión y el Oriente antioqueño en general, a finales de la década de 1990 y principios de la década del 2000; allí se presenció una verdadera catástrofe humanitaria en el marco del conflicto armado colombiano. La totalidad de la población de ambas veredas fue desarraigada el seis de diciembre del 2000, cuando los grupos paramilitares amenazaron a los pobladores obligándoles a marchar al destierro, al desplazamiento, dejando la zona totalmente deshabitada durante muchos años.

El paramilitarismo se había ensañado allí con la población campesina por ser una zona de presencia guerrillera, puesto que el ELN y el EPL se habían instalado en las veredas desde finales de la década de 1980. Así la población vivió todo tipo de victimizaciones quedando entre el fuego cruzado, pues cuando se prendió la cosa, vecino tras vecino empezó a caer, que porque le dio agua a tal, que porque le vendió, que porque no informó, que por colaborador… Los motivos parecieran sobrar para haber asesinado a tantos injustamente.

Sin embargo, esta vez el motivo del encuentro no era hablar de la guerra, no era ahogarse de nuevo entre incontables recuerdos de historias vividas. Esta vez el reencuentro era entre vecinos con su territorio, con sus antiguas veredas, con sus raíces; retornar a lo que había sido su terruño años atrás para sembrar esperanza y vida, para contarle a las nuevas generaciones el relato de lo vivido, con la única intención de que jamás se repita y de que la guerra nunca más sea una opción.

Por eso esta vez los antiguos pobladores, los sobrevivientes que jamás volvieron y los que sí retornaron se dieron encuentro en el primer Festival Comunitario por la Vida y el Territorio, después de 17 años de abandono y desencuentro, en la escuela de la vereda San Miguel Santa Cruz, en el municipio de La Unión. Uno a uno fueron llegando los integrantes de la antigua comunidad, para reencontrarse, abrazarse  y mascullar entre chanza y chanza los recuerdos vividos, pero no solo los de la tragedia, sino también los de las mejores épocas cuando la guerra todavía parecía lejana. Porque es que San Miguel Santa Cruz y La Honda no solo fueron violencia y tragedia.

Así, esta vez el encuentro después de tantos años era para sanar las viejas heridas, para sembrar vida donde un día reinó la muerte, para reconstruir el territorio y borrar sus cicatrices, para retornar a lo que fuimos como comunidad en el pasado. Por eso festejar la vida y el territorio en comunidad, porque sólo en comunidad podrá reconstruirse el proyecto de vida colectiva sobre los territorios, desde la participación conjunta de todos y todas. Ese era el principal mensaje del Festival Comunitario, juntarnos nuevamente para sobreponernos a la guerra y al dolor; juntarnos para labrar la memoria, sembrar esperanza y cosechar dignidad a varias manos.

La historia de estas veredas ha permanecido en el completo olvido, ha sido totalmente invisible ante el municipio, la región y el país, por eso la comunidad se juntó para ser visible, para ponerle rostro a su dignidad que se ha resistido al despojo y a la guerra, para apostarle a la construcción de paz desde los territorios que este país tanto necesita hoy. Por eso celebrar en comunidad al son de las danzas tradicionales, la música parrandera y el teatro, como se hacía antes en las romerías campesinas, los festivales, los convites y la navidad comunitaria (espacios que había sepultado la violencia), para contar con el grano de arena de cada quien en esta labor de reconstruir el territorio y defender la vida ante todo siempre, para que, como se gritó este cinco de noviembre al unísono en la vereda, “voltear nuevamente al sol, y que otro San Miguel sea posible”

 

 

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Johan Higuita

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