El olvido que no serán Destacado

Inicio un recorrido desde el Norte del Valle buscando la primera población chocoana en el camino: San José del Palmar. Por una carretera destapada que pertenece políticamente al departamento del Valle del Cauca, se avanza en campero durante cerca de hora y media hasta encontrar una gran pancarta que anuncia el inicio del departamento del Chocó.

La carretera que corresponde al Valle, jurisdicción de El Cairo, se encuentra en pésimas condiciones. De acuerdo a lo que me cuenta el conductor del vehículo el trayecto que ahora realizamos durante la noche, se da en medio de una neblina espesa que cae desde el sistema montañoso perteneciente al Parque Natural Nacional del Tatamá –el cual abarca los departamentos de Risaralda, Chocó y el Valle, por el norte–. Me quedo pensando en el contraste de la riqueza que se invierte en las vías doble calzada que conectan a Cali con Pereira, por donde se mueve el tráfico económico con el exterior y que deja una balanza comercial con saldo negativo para nuestro país.

El trayecto que corresponde al Chocó no presenta una cara más amable. Una carretera con algunos trayectos pavimentados que muestran un deterioro marcado, material fracturado a causa de fallas geológicas, de malos diseños o de materiales de baja calidad. Es lo que nos explica una ingeniera civil que ha trabajado en la región, combinando su profesión con la labor social en estas comunidades. Termina su apreciación señalando la ausencia de un trabajo en la estabilización de taludes y conducción de aguas, que según su criterio, son causantes de los derrumbes que encontramos persistentemente, y de las bancas que han cedido ante las lluvias, mostrándonos abismos impresionantes por donde a diario arriesgan la vida las personas que deben transitar por esta región inhóspita.

Desde la cabecera municipal de San José del Palmar, nos dirigimos hacia el corregimiento La Italia, con lo cual agregamos cerca de una hora más de viaje a un trayecto que nos ha llevado alrededor de tres horas, saliendo desde Cartago, Valle.

Un hogar para escapar de la guerra, la miseria y construir el futuro
En medio de la exuberancia del paisaje, de su gran riqueza natural y humana, campesinos y campesinas luchan a diario por sobrevivir, pese al robo descarado y continuo de la política tradicional chocoana, sumado a la voracidad de las empresas transnacionales y al desprecio de los gobiernos nacionales. Allí, en ese paisaje colosal, las niñas que nacen y crecen en medio de tales desafíos han encontrado un hogar alterno para huir de un destino casi obligado que las condena a la guerra, a la miseria y al olvido. Se trata de la Casa hogar “Paula Montal”.

Este hogar y refugio para las niñas campesinas es dirigido por el sacerdote Juan Fernando Arango Echeverry. Nacido en una familia humilde y trabajadora de Medellín, el padre Fercho, como le dicen algunos parroquianos, es el encargado de mantener a flote este proyecto, con la ayuda invaluable de otra mujer quijotesca: mamá Rosi.

“La Casa hogar es un internado para niñas campesinas que fue fundado por religiosas Escolapias, las cuales han tenido como misión el apoyo y fomento de la educación en comunidades humildes”, me cuenta este sacerdote joven, amable y discreto.

“Aquí las niñas encuentran techo, alimentación y condiciones dignas para vivir y estudiar. De esa forma pueden adelantar sus estudios en el colegio público Normal Superior. Algunos padres y madres, muy pocos, aportan algún recurso para el sostenimiento de sus hijas. Son personas muy humildes que no cuentan con recursos económicos suficientes para vivir”, prosigue el padre. “Nos mantenemos de donaciones que nos hacen algunas personas que entienden y apoyan nuestra causa. Es una gestión y búsqueda permanente para que no falte la comida y lo que se necesita en la casa”.

En la esquina del colegio se observa con frecuencia a grupos de personas con su teléfono inteligente en la mano, utilizando el único punto del corregimiento en donde existe señal de internet.

Rosenda Largacha, “mamá Rosi” como le dicen las niñas y la comunidad, es la mano derecha del padre Fercho. Es la autoridad en el internado y las niñas le profesan un respeto muy evidente, sincero. Nacida en Nuquí, estudió trabajo social por “pobre” y porque las autoridades de su universidad no le dieron otra opción. Pero rápido aprendió a amar su profesión, y decidió ayudar a su gente chocoana.

“En el momento tenemos 27 niñas internas, pero hemos llegado a albergar hasta 45. Se despiertan a las cinco de la mañana, se asean y preparan para estudiar. Asean sus dormitorios y la casa antes de desayunar y salir a estudiar. Al regreso, almuerzan, descansan un poco y retoman el estudio extra clase en los espacios dispuestos para ello. Después viene la cena y rato de esparcimiento. Y la hora de dormir”, me explica mamá Rosi.

Estas niñas llegan aquí luego de vivir situaciones muy complicadas en las veredas, y encuentran un hogar alterno –que para muchas es el único–. Aunque algunas atraviesan conflictos emocionales como resultado de sus historias personales o como fruto de su adolescencia, pudiera decir que todas se muestran agradecidas e incluso tranquilas al tener un sitio suyo. Algunas egresadas hoy son profesoras y apoyan la labor del internado.

La Casa hogar es humilde pero digna. Sus dormitorios son aseados al igual que sus espacios de estudio y esparcimiento. Las niñas cantan permanentemente, con esa alegría y esperanza que llevan en su sangre africana. Contagian felicidad. Incluso paz. Por supuesto, los techos y las ventanas ya piden arreglos, y algunas sillas, cambio. Pero poco a poco se mantienen.

Antes de despedirme y agradecer su hospitalidad, intento lavar la loza que queda después de la cena. Una muestra de amabilidad con María Nelva Hurtado, que nos preparó la alimentación en los días que compartimos. Pero me encuentro con Divanny y Laura Vanesa, las niñas que tenían esa noche la responsabilidad del aseo de la cocina. Sorprendidas porque un extraño, hombre y además huésped se atreva a lavar platos y ollas, por fin me convencen de dejarles algo para asear. Una situación divertida para mí.

A la mañana siguiente me despido y parto de regreso a Pereira, con la esperanza de que al contar esta historia puedan presentarse ofrecimientos de ayuda para este proyecto que construye paz y dignidad. Es la misma esperanza de ellas.

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Carlos Mario Marín Ossa

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