¿Cuánto vale un hijo? Destacado

–Mamá, mamita, dejáme descansar. Agarrá esa polla que no aguanto caminar más–, decía la señora María aquella tarde en que, siendo una niña, llegó a la vereda con su papá, su mamá y un novillo al que ponían a cargar los pocos corotos que poseían. Venían de lejos, las quejas de María lo mostraban. Buscaban una tierrita para sembrar y para vivir, y llegaron a Piedras de Moler, una vereda del corregimiento de San Pablo, Teorama, en Norte de Santander. Años antes, en 1945, aquellas montañas habían sido fundadas por don Luis Carrascal y su hermano, quienes al tiempo crearon la Junta a través del Comité de Cafeteros.

–Mire al frente–, dijo María esperando que mi mirada se dirigiera hacia donde apuntaba su mano. –Cuando eso, San Pablo pa' arriba era solo montaña. No había casa. No había nada, solo montaña. Subíamos por esa trocha. Recuerdo que mamá me dijo que descansara, que dejara a esa polla a un lado y me acostara. Recostada en el pasto vi las sombras de todos, eran distintas con tanto coroto y olla encima. Ellos también dejaron la carga a la orilla y se acostaron a descansar. Mientras papá amarraba el novillo a un palo, bajó Francisco Acosta, buen hombre él, que terminó siendo compadre nuestro.

–¿Pa' dónde la llevan? –, preguntó Francisco.
–Más arriba. Luis Angarita me va a vender un pedazo de tierra que tiene por ahí–; respondió don Jeremías, el papá de María. –¡Ay! Pero vamos tan retrasados y esta niña no nos aguantó más, no quiere caminar más–, comentó.

–No, por eso no tenga pena, yo le ayudo a llevar la niña hasta la casa mía–, respondió el hombre. María corrió hacia él y de un solo salto se subió a la espalda de Francisco, quien la cargó por los siguientes veinte minutos. La familia de la niña se puso en pie y siguieron al hombre que cargaba a la pequeña en la espalda, la polla en la mano izquierda y la machetilla en la derecha para cortar la maleza que nunca faltaba en el camino. María no dudó un segundo en quitarle el sombrero a Francisco para protegerse del sol abrazador.

–Solo había dos ranchos, este en el que estamos y el que se ve allá, pero de palma–, me dijo María. –Con palos parados y palmas se construían los ranchos. Nuestras camas eran esteras que mamá hacía con palma y extendía en el piso o sobre palos amontonaditos–, agregó la mujer.

Cuando llegaron a la casa de Francisco Acosta, la pequeña María supo que su descanso terminaría. –Ay mamita, tiene que volver a caminar, de aquí pa' arriba no hay quien la lleve–, le confirmó su mamá. María le devolvió el sombrero al hombre que le había permitido unos minutos de descanso. Volvió al camino, llorando y con la polla en sus manos. Quince minutos después llegaron donde Wicho, el hombre que les vendió las tierras, cuarenta hectáreas por trescientos mil pesos. El papá de María le pagó con trabajo, pues sabía que la mula le ayudaría a traer la yuca y el plátano. En ese animal estaba el único sustento de la familia.

Un año más tarde, mientras la familia trataba de adaptarse a su nuevo hogar, por medio de la Junta de Acción Comunal llegó la nueva maestra a la escuela. Sin embargo, la ilusión de recibir clases duraría poco, el papá de María insistía en que las mujeres no debían estudiar.

–Eso es pa' que después empiecen a escribirle carta a los novios. Es mejor no darles estudio–, decía el hombre a la mamá de las niñas, quien le suplicaba al ver que sus hijas querían ir a estudiar. –Que las hembras se van muy rápido–, argumentaba don Jeremías al verse rodeado de súplicas en el comedor, el corral, la siembra y el camino a casa.

Aunque las hermanas mayores no fueron a la escuela, el paso de los años hizo cambiar de parecer el viejo Jeremías, quien, luego de la insistencia de su esposa, dejó que las niñas pequeñas aprendieran a leer y a escribir. No haber estudiado es algo que María ahora, con cincuenta y siete años, se reprocha. –Papá no pensaba en que estudiáramos o no, finalmente nos íbamos a enamorar y nos iríamos de la casa–, señala María, levantando sus hombros. Hoy recibe clases con un programa de alfabetización en el Colegio de San Pablo. –Mi deseo siempre ha sido aprender, quiero aprender para ser concejal–, dice con la frente en alto.

María piensa que la vida no la ha tratado muy bien. Se casó muy joven, dejó a sus nueve hermanos y a su madre para ir a vivir con el papá de sus hijos, a quien matarían quince años después. Con siete niños pequeños, comenzó a sortear sola los caminos de la vida. Al paso de los años, sus hijos comenzaron a crecer y a desear valerse por sí solos. –Pues si les toca ya salir a jornalear, vayan por allá a hacer contratos y a trabajar pa' que compren aunque sea la ropita–, les respondía a sus hijos cada vez que conseguían trabajo en las fincas aledañas, sin pensar que al poco tiempo también matarían a su hijo mayor. Cuando lo recordó, un silencio profundo se apoderó del espacio. María tocó su cuello con la mano derecha, dejando ver el peso de los años que dibujaban las líneas de expresión, y las quemaduras del sol en una mano que años atrás recogió tierra para lanzar sobre los ataúdes de madera de su hijo y su esposo.

Una tarde, mientras terminaba de arreglar las yucas para la comida, sintió que perdería un hijo más. –Me habían cogido al pelao del Filo me lo trajeron como el que trae a un animal de aquí, clavado–, decía María mientras, con su mano derecha, sujetaba la parte de atrás de su cuello y caminaba dos pasos hacia adelante. –¿Y sabe por qué? Porque él salió con una blusita negra–, respondió inmediatamente.

–Este perro tiene que ser algo. Este perro lo matamos porque lo matamos–, decían los uniformados con sus fusiles, sintiendo el poder desde el calibre del arma. Juan, el ajusticiado y reprimido hijo de María, no guardó silencio. –Si me van a matar, háganlo en la casa de mi mamá, no aquí–, les habló el joven de quince años a los armados. No querían creerle que tenía mamá y que vivía en esa remota vereda de San Pablo con ella y sus otros hermanos. Cuando María escuchó los alaridos en el patio, dejó caer la yuca y el cuchillo y salió a ver lo que ocurría. En el patio de su casa estaba Juan, con los brazos amarrados, arrodillado y rodeado de uniformados.

–Uy, y eso usted por qué trae al hijo mío así, por qué me lo trae amarrado y aporreado–, les cuestionó María rápidamente. –Porque este perro trabaja con la guerrilla–, respondió el superior, sin medir sus palabras. –¿Y cómo es que lo aseguran ustedes?, ¿le encontraron un arma o qué?–, preguntaba iracunda aquella madre. –Hágame el favor y me suelta a ese niño ya, porque él es hijo mío y usted no tiene por qué traérmelo así, o dígame por qué lo hicieron–, les gritaba la mujer. –¿Es que no se fija en su manera de vestir?. Mírelo, con una blusa negra, como los insurgentes–, insistía el hombre, quien parecía sentir que con aquel acto rescataba lo más ejemplar de la justicia colombiana. –Entonces, si ahora el hijo mío se enamora de una blusita tiene que pedirles permiso a ustedes. No. ¿Sabe qué es lo que usted merece?, que yo vaya a buscar a su mando y lo acuse. Usted es el del delito, porque ellos no lo mandaron. Lo voy a acusar pa' que usted aprenda que los hijos valen, no es nada más que cogerlos y matarlos en el camino como están ustedes enseñados–, dijo María, en defensa de su hijo y con el más puro amor de madre.

El nuevo milenio comenzó para el corregimiento de San Pablo con la arremetida paramilitar. No había pasado mucho tiempo desde que María había juntado unos pesitos para comprar la casa en el pueblito, pero la llegada de tanto hombre armado hizo correr a todos. Días antes había puesto a sus hijos mayores a hacer el bachillerato, ella siempre procuró enseñarles cuán importante era el estudio. En la madrugada, María despertó a sus hijos y les dio el dinero que tenía ahorrado para que escaparan a un lugar seguro, porque si de algo estaba segura era de que no quería enterrar a otro hijo. Luego de despedir a todos, María preparó a Susana, su niña pequeña, y tomó el bus de las 5:30 a.m. camino a Ocaña, La Provincia. Cuatro meses duró lavando y planchando para poder ganar cinco mil pesos, dinero que tenía que dividir entre el arriendo, la comida y el colegio de la niña.

–Sabe usted, creo que mi marido tenía razón cuando decía que nuestra vida debía ser escrita en una novela, ¿no le parece?–, dijo María riéndose, mientras la llamaba su hija desde la puerta. –Yo creo que cada experiencia suya merece ser contada–, le respondí.

Share this article

Nosotros

Periferia es un grupo de amigos y amigas comprometidos con la transformación de esta sociedad, a través de la comunicación popular y alternativa en todo el territorio colombiano.

 

Por ello comprendemos que la construcción de una sociedad mejor es un proceso que no se agota nunca, y sabemos qué tanto avanzamos en él en la medida en que las comunidades organizadas fluyan como protagonista. Es en este terreno donde cobra siempre importancia la comunicación popular.

Litografía Periferia

 

Ubicación

 

 

Medellín - Antioquia - Colombia

Calle 50 #46-36 of. 504

(4) 231 08 42

periferiaprensaalternativa@gmail.com

Apoye la Prensa Alternativa y Popular

o también puede acercarse a nuestra oficina principal en la ciudad de Medellín, Edificio Furatena (calle 50 #46 - 36, oficina 504) y por su aporte solidario reciba un ejemplar del periódico Periferia y un libro de Crónicas de la Periferia.