Desarraigo Destacado

“Creo que el hombre debe vivir en su propio país y creo que el desarraigo es para el ser humano una frustración que, de una u otra manera, atrofia la claridad de su espíritu.”
― Pablo Neruda


Medellín - Manrique Oriental, 1990.

Era un lunes de abril muy soleado. Luego del colegio, Luisa tenía la tarea de ir a la casa de sus hermanas mayores para saludar a su mamá, quien venía de visita cada veinte días debido a que trabajaba. Eran las tres de la tarde. Aparentemente todo se veía tranquilo en el sector por donde Luisa tenía que transitar, sin embargo, los rostros de los transeúntes, de los jóvenes en las esquinas, de las señoras en las aceras y balcones, sentían sin tocarse y de manera constante una tensión en el pecho, porque el miedo estaba a flor de piel.

Luisa empezaba a doblar en la esquina cuando sorpresivamente se encontró a Toño, que la buscaba. Él era uno de los más jóvenes de la banda. Siempre le pareció lindo y frágil, un chico bueno que por múltiples circunstancias entregó su vida al grupo de “los duros” del barrio, y aunque pertenecer a este lo hiciera sentir importante, a veces anhelaba una vida tranquila, pero era muy tarde, salir de ahí era darle la bienvenida a la muerte.

–Hola Luisa
–Hola Toño
–¿Sabes algo de Chila? –, preguntó Toño.
–No, la última vez que la vi fue la semana pasada que jugamos un partido de futbol, ¿por qué? –, preguntó Luisa.
Fue entonces, cuando un silencio en él terminó haciendo crujir los tendones de Luisa, el miedo se apoderaba de ella.
–¿Le pasa algo a Chila? –, preguntó Luisa.
–No. Ella debe estar bien–, respondió Toño.
Toño llevó los dedos a la boca para comerse las pocas uñas que le quedaban, y con voz baja y sus ojos aguados le dijo:
–Tengo que contarte algo muy delicado, el corazón me dice que te lo diga, pero… prométeme que no mencionarás mi nombre.
–Claro que sí­–, respondió Luisa. –Me tienes muy asustada, dime ya qué sucede.
–A ti y a Chila las han sentenciado para matarlas este Viernes.
–¿Qué? ¿Por qué? ¿Qué hemos hecho?...

–A ti porque quieren vengarse de tu hermano, que no deja verse de ellos para arreglar cuentas pendientes, y a Chila porque la descubrieron reuniéndose con los de la otra banda. Tienes que hablar con tu familia para que te saquen de aquí… yo seguiré mi camino, no pueden verme que esté hablando contigo.

Fue una conversación de segundos, pero en su alma fue eterna. Luisa disimuló su caminar rápido, no querían que la notaran extraña, anhelaba llegar pronto a casa de sus hermanas, pero el viaje también se le hizo eterno. Cuando llegó se dirigió hasta la cocina donde se encontraban ellas, e inundada en llanto y con voz temblorosa les dió la triste noticia que le había comunicado Toño. Su madre se angustió, sus hermanas decían que no era posible que le hicieran tal cosa a una niña de apenas trece años, seguro era una equivocación… Luisa guardó silencio, sólo observaba a su madre. Decidieron salir de allí, Luisa no volvería al colegio, se quedaría encerrada en casa de su madrina; mientras tanto su madre pensaría a dónde enviarla.

Fueron dos noches en las que el insomnio y el llanto de su madrina fueron su compañía. Le tenía miedo al amanecer, a quedarse dormida…

Llegó el miércoles, y con él la buena noticia de que un tío en el Valle la recibiría. Eran las 8:00 am cuando le empacaron la poca ropa que tenía en una caja de cartón, y la llevaron a tomar el autobús. A las cuatro de la tarde la recibió su tío en Cartago, llegaron a la casa, comieron, contaron historias, pues no se veían desde que Luisa tenía cinco años.

Eran las nueve de la noche cuando se disponían a jugar una partida de parqués y quien interrumpió fue el teléfono. Era para Luisa, tomó la bocina, era su madrina que con voz temblorosa le dijo:
–Acaban de matar a Chila.

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