Camiliando Destacado

Aquella tarde, en 1998, estábamos sentados alfabetizando en una de las comunidades de las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta, de esas tantas comunidades olvidadas. A veces pienso que hasta de Dios. Allí, donde parece que el tiempo se hubiera detenido hace décadas, donde la única luz durante el día es la del sol, y en las noches la de la luna; donde la hoguera que alumbra un poco, y que con su humo espanta los mosquitos, sirve también para sentarse alrededor de ella; allí, donde el agua es la del arroyo más cercano y los hombres viven con lo básico, llegó una invitación a una misa que se realizaría en pocos días.

Ese domingo se pudo improvisar con un mantel blanco que alguien de la comunidad aledaña amablemente prestó. Cada quien desfilaba con sus cosas. Uno con una silla, otro con un banquillo, otro con taburete… y en un santiamén había una pequeña iglesia instalada en el lugar.

A las 4:00 p.m., bajando de aquellos escarpados cerros, venía en una yegua vieja el que fuera el cura. Como de 50 años, flaco, de tez blanca y de anteojos grandes y ojos claros. Aunque traía sombrero vueltiao, se notó que no era costeño, su acento paisa lo delataba. De barba bastante espesa y canosa, traía puesto un jean desteñido y una camisa blanca (un poco amarillenta tal vez de tanto uso). Llegó con dos acompañantes, uno de ellos hizo de acólito. En su viejo maletín de cuero traía todo lo necesario para la homilía, entre esas cosas la custodia. Nos saludó a todos los de la comunidad con un fuerte abrazo y a otros con un apretón de manos. Se podía sentir una familiaridad.

Inició la misa y surgió un problema: no había hostias. Todos estaban preocupados. El padre miró a su alrededor y observó un cultivo de yuca, luego solicitó poner a cocinar (sancochar) un poco en un caldero. Aunque se obedeció la solicitud, se murmuró mucho. Y no faltó quien dijo que al padre le faltaba un tornillo: primero inició la misa sin la vestimenta que todos estamos acostumbrados a ver en los padres en misa, y segundo ¿a quién se le ocurre dar yuca en vez de hostias? Pero la misa continuó y no se quitó ni siquiera el sombrero que traía puesto.

Al momento de leer la palabra escogió un versículo que decía: “bienaventurados los perseguidos por la justicia porque de ellos es el reino de los cielos”, y después habló sobre aquello de que “primero entra un camello por el ojo de una aguja que un rico al reino de los cielos”. Siempre hablaba del “nuevo mundo”, donde los pobres tuvieran más oportunidades y la corrupción se acabara.

Después, por ser el mes de febrero, empezó hablando del amor eficaz, de que el hambre era mortal y estaba matando a nuestro pueblo. Aquella tarde explicó que Dios estaba en todas partes, que éramos inmensamente ricos en naturaleza, por el agua del arroyo que es pura y fría y que llega directamente de la Sierra Nevada; que no necesitamos cuadros ni costosos ni baratos, que para eso estaban los hermosos paisajes. Luego pidió el caldero de yuca y un cuchillo. Partió los pedazos de yuca en trozos pequeños, casi iguales, y los entregó a todos en la misa como cuerpo de cristo.

Terminó aquella misa –única, diría yo-, cuando el reloj marcaba las siete pasadas, y realizó una charla en la que preguntó por qué se extrañaban si la yuca era natural, hecha de la tierra, y la hostia se había hecho por la mano del hombre, lo que hace a la yuca más pura. Dijo que para adorar a Dios no había necesidad de usar tanta vaina, y que cualquier sitio era bueno para orar a Dios. “Desde que soy cura ando por el mundo predicando pero a las comunidades más alejadas. Allá donde no llega el Gobierno y no hay quién les brinde la mano. Por eso ando camiliando”, expresó el cura. Una señora que estaba ahí en la reunión quiso corregirlo: “caminando, padre”. El padre Beto ­–como se presentó y era conocido en esa área–, le contestó: “no mi señora, camiliando; predicando y enseñando la palabra de Camilo Torres, mi señora. Camiliando, Camiliando”.

***
Meses después supimos que al padrecito lo habían asesinado unos hombres armados y encapuchados mientras celebraba una misa, dejándole un cartón en el pecho con un letrero que decía: “por andar predicando el evangelio de Camilo”.
Por eso si van a las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta y llegan a una vereda llamada “Nuevo Mundo”, deben saber que se le puso así para recordar al padre que a muchos ayudó por esas tierras, que estuvo por allá “camiliando”.

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Pablo Oviedo

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