La letra con sangre entra Destacado

Pedagogía del Lejano Oeste (Far West)

Las masacres en los Estados Unidos se han convertido en un elemento característico de la identidad de los habitantes de ese país. En cualquier lugar y en el momento menos pensado irrumpe algún matón que, a sangre fría, asesina a las personas que encuentre a su paso, en iglesias, cines, discotecas, plazas públicas o en universidades y escuelas. Esos asesinos, Made in USA, son un resultado de esa “cultura de la muerte” que se ha gestado desde hace varios siglos, cuando se permitió la matanza indiscriminada de indígenas y negros africanos esclavizados a la brava. Son tristemente célebres los linchamientos de negros y las masacres de indígenas, para apropiarse de sus tierras, durante la brutal expansión hacia el Lejano Oeste en el siglo XIX. Esa cultura de la muerte se sustenta en el individualismo, en el darwinismo social, en el racismo, en la competitividad, como rasgos esenciales del capitalismo, que en los Estados Unidos se ejercen con inusitada violencia hacia quienes se ven como “enemigos” internos o externos.

Un rasgo esencial de esa cultura de la muerte es el endiosamiento a las armas, a las cuales se les exalta como un instrumento de libertad, hasta el punto que, según la Segunda Enmienda Constitucional, portar armas es un derecho individual, que ni el gobierno federal ni los gobiernos estatales ni locales pueden restringir, es decir, legalmente existe una carta franca para matar.

Ese derecho a matar es propugnado a nombre de la libre empresa por los productores de armas, a quienes beneficia un libre mercado de instrumentos bélicos, como se muestra con algunas cifras en sí mismas contundentes: en 2009 ya habían más armas (310 millones) que habitantes (306 millones) en el territorio estadounidense; en 2012, los civiles tenían a su disposición 114 millones de pistolas, 110 millones de rifles y 86 millones de escopetas, según un informe del Servicio de Investigación del Congreso; en 2013, último año del que hay cifras oficiales, se vendieron 16,3 millones de armas de fuego en ese país, o sea, 44.889 armas al día.

Al mismo tiempo, un poderoso lobby, encabezado por la Asociación Nacional del Rifle, fundada en el siglo XIX, efectúa una campaña permanente para que la libertad de portar armas no sea restringida. Dicha asociación cuenta entre sus principales impulsores a los republicanos y a la extrema derecha civil, así como a muchas iglesias evangélicas, defensoras incondicionales de la utilización de las armas de fuego por parte de sus feligreses.

La venta de armas es libre para cualquier persona en los Estados Unidos, incluso se les vende armas a niños y hasta a bebés. Por ejemplo, en 2007, Howard David Ludwig, alias 'Bubba', obtuvo su permiso de armas en Chicago a los 10 meses de edad. En el documento con el que se le vendió el arma, registrada a nombre de él, pero por supuesto adquirida por sus padres, se precisaba que el tenedor de la licencia tiene una estatura de 68 centímetros y pesaba nueve kilos.

Las escuelas y universidades se encuentran entre los sitios predilectos para realizar matanzas y tiroteos. A raíz de la masacre en una escuela de La Florida, con 17 muertos, han surgido novedosas propuestas “pedagógicas”, que vale la pena comentar por su notable contenido educativo. Así, el presidente de Estados Unidos propuso que los profesores se armaran, no precisamente de valor, sino con armas de fuego, para defenderse de posibles ataques. En concreto sostuvo: “Hay algo que se llama portar armas de forma oculta, y que solo funciona cuando tienes a gente entrenada para ello. Los profesores tendrían un permiso especial, y (la escuela) ya no sería una zona libre de armas”. Para rubricar su propuesta agregó que se podrían enviar “profesionales”, marines, a las escuelas, como forma de enfrentar el problema. Poco después, Donald Trump precisó su “humanitaria” propuesta: "Un 20% de profesores tendría la posibilidad de disparar inmediatamente si un loco salvaje se presenta en un colegio con malas intenciones. Una escuela libre de armas es un imán para la gente malvada”.

La “solución” que propone el presidente de los Estados Unidos es propia de la mentalidad guerrerista predominante en ese país, cuya consigna es solucionar el problema de las armas no mediante su eliminación o reducción, sino con más armas. En el caso de los profesores, eso quiere decir que la idea es darles armas y entrenamiento bélico a 640 mil maestros en todo el territorio estadounidense.

En lugar de proporcionarle a las escuelas y a sus estudiantes y maestros, cosas como bibliotecas, libros, música, arte… se les ofrece armas. De concretarse esa propuesta, se estaría armando con rifles, pistolas y escopetas a un 20 por ciento de profesores, y el 80 por ciento restante quedaría ahora a expensas no solo de estudiantes, sino de sus propios colegas.

Introducir armas en las escuelas tienen un efecto directo en la propia esencia de la educación, que es la de alimentar la diversidad de puntos de vista sobre un tema, discutir, controvertir, dudar, preguntar, sin que eso sea constreñido, menos recurriendo a la violencia física. Nada de eso tendrá sentido con profesores y estudiantes armados. Ningún debate o exposición de algún punto de vista controversial podrá efectuarse, cuando se corre el peligro de que cualquier debate, discusión o diferencia, termine con un duelo armado en la propia aula de clase.

Ya hay evidencia de lo que afirmamos. En la Universidad de Houston, en Texas, se dictan talleres en los que se brindan recomen-daciones a sus docentes de cómo defenderse en caso de algún ataque armado por parte de estudiantes. Y entre las indicaciones que allí se sugieren se encuentra la de “ser cuidadoso a la hora de discutir un tema sensible”, “eliminar ejes temáticos delicados del plan de estudio”, “no intervenir en determinadas situaciones si se está enfadado” o “limitar el acceso de los alumnos fuera de las horas lectivas”. En pocas palabras, ya lo más importante no son las ideas ni la capacidad de argumentación, sino las armas. Armados con esos instrumentos bélicos, en las aulas de clase se van a revivir los duelos del siglo XIX en el lejano oeste, cuando cualquier matón imponía su ley.

En los Estados Unidos se hace realidad uno de los principios rectores de la pedagogía represiva y autoritaria de todos los tiempos, que afirma que la letra con sangre entra, puesto que ahora los profesores pueden educar con el ejemplo de dispararles a sus estudiantes y estos pueden mostrar todo lo que han aprendido matando a sus profesores y a sus compañeros de clase. Como en Estados Unidos todo se mide en sangre, como en la guerra con el body count, el recuento de cadáveres, ahora el nivel y seriedad de la educación se medirá con un nuevo y novedoso ranquin: la cantidad de sangre que anualmente reporta una escuela o una universidad, de acuerdo al número de muertos, profesores y estudiantes, que en ese año se registren. ¡Esa sí que es una novedosa contribución a la cultura universal!

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Renan Vega Cantor

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