Había una vez un país llamado Catatumbo

Hay muchos países en el país que funcionarios y citadinos no conocen ni quieren conocer. Los malos padres como Colombia son así: engendran huérfanos que luego la selva del olvido devora.

En el Catatumbo —país atravesado por un río del mismo nombre, conformado por 10 municipios campesinos del nororiente del departamento de Norte de Santander— el 90% de las prácticas económicas son informales —no pagan impuestos ni están insertas en la macroeconomía del país—; las montañas, monumentales e inmarcesibles, son una colcha hecha de retazos verdes y marrones; los periódicos y el maní son bienes escasos, y el pavimento es tecnología futurista; se pesca, se crían animales, y se siembra tomate, cebolla, pepino, frijol, café, pimentón —no en las mismas proporciones de antes—; la gasolina se empaca en tarros plásticos y se vende en los corredores de las casas; hay un oleoducto, circula mucho dinero, y sobra la pobreza; los conductores enredan cadenas en las llantas de los camiones para sortear las trochas imposibles, abismales, inciertas, peligrosas, que en épocas de invierno dejan veredas y corregimientos incomunicados por quince o más días; izan banderas blancas en casas e iglesias cual manto tutelar; la gente lava la ropa en las quebradas; hay un médico y una enfermera por cada tantos millares de personas; el liderazgo, la pujanza, y la participación en las juntas de acción comunal y otros escenarios organizativos se heredan de padres a hijos; el miedo y los fusiles hacen las veces de ley y Estado; predios cercanos a casas y escuelas están contaminados con minas —soldados perfectos que “no necesitan comida ni agua, no tienen sueldo ni descanso, y esperan a su víctima por treinta años o más”—; no existen los centros comerciales, poco importa la marca de la ropa, y las casas están decoradas con pintas del ELN, el EPL y las FARC. El Catatumbo —que significa casa del trueno en lengua Barí— es más territorio que Estado.

Del Gobierno central y local los catatumberos solo han recibido muestras de indiferencia y soberbia, sin embargo son conscientes que sin la institucionalidad es imposible solucionar las disputas territoriales entre indígenas y campesinos, diseñar y poner en marcha los Planes de Desarrollo con Enfoque Territorial (PDET), y encontrar una alternativa rentable a los cultivos coca, ese enemigo fecundo que entorpece la paz en la región:

—Si aquí no hay inversión social no va a haber paz; en el Catatumbo siempre va a haber guerra. Hoy hay unos armados, pueden entregarse, puede que se acaben, pero mañana se vuelven a armar porque las raíces siguen vigentes, y cuando la raíz queda en la tierra por algún lado retoña nuevamente —asegura Ismael López, integrante de la Comisión por la Vida, la Reconciliación y la Paz del Catatumbo.

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La violencia fue una plaga extranjera que llegó al Catatumbo en las primeras décadas del siglo XX. Hacia 1930 la empresa COLPET llegó a Tibú, municipio que limita con Venezuela, para explotar la riqueza petrolera de la zona. El 90% de los indígenas Barí, ocupantes ancestrales del municipio más pobre de la región, fueron exterminados por la fiebre del oro negro.

Cinco décadas después, según el Centro Nacional de Memoria Histórica, grupos como la Sociedad de Amigos de Ocaña y La Mano Negra asesinaron y estigmatizaron a campesinos señalados de tener vínculos con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y el Ejército Popular de Liberación (EPL), cuya presencia en el Catatumbo se remonta a los años setenta.

A partir de 1998, los paramilitares asediaron la región con el propósito de erradicar cualquier átomo guerrillero. El profundo desprecio por la vida que sentían el Bloque Catatumbo y el Frente Fronteras sembró el terror hasta el 2004. A lo que se sumaron los abusos y las ejecuciones extrajudiciales por parte del Ejército y la Policía.

La línea de tiempo pegada en el salón comunal del corregimiento Filo Gringo, municipio de El Tarra, demuestra que la guerra deja miles de víctimas y pocos vencedores. Allí están consignados los momentos más significativos acaecidos entre 1903 y 2013. Hechos puntuales como la masacre de 1985 perpetrada por las FARC en Campo Yuca donde murieron siete personas, la toma del corregimiento San Pablo por parte del ELN y el EPL en 1987, o la toma de los paramilitares que incendiaron el corregimiento de Filo Gringo en el 2000, son solo algunos sucesos. Una línea de tiempo que honre la memoria de cada víctima sería igual o más larga que el río Catatumbo.

Nadie dice conocer las razones específicas, pero todos coinciden en que la confrontación entre el ELN y el EPL se veía venir. Los combates que empezaron después de las elecciones del 11 de marzo y continúan hasta el día de hoy, aunque el Gobierno asegure lo contrario, provocó un desplazamiento interno de más de seis mil personas que se concentraron en 37 refugios humanitarios, de los cuales quedan aproximadamente nueve.

De momento el conflicto tiene pocas probabilidades de acabarse. La coca y las armas son resultado de las carencias educativas, sanitarias, culturales y económicas. Tal abandono es un ecosistema ideal para perpetuar la guerra: por más que ellos no vayan a la guerra, la guerra vendrá hacia ellos. Mientras siga siendo más rentable cultivar coca que sembrar cacao, el control por la comercialización de los insumos para procesar la droga, y las rutas estratégicas para transportarla, seguirá derramando sangre y multiplicando viudas.


(¿Habrá alguien realmente interesado en cosechar los frutos de estas guerras que primero matan y luego preguntan?)

 

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Blanca Ortiz lleva 22 años atendiendo pacientes en este puesto de salud que parece un cascarón hueco. El lugar, compuesto por una sala, tres piezas y paredes impolutas, es amplio, oscuro y subutilizado. Las camillas y los instrumentos médicos son los mismos que Blanca encontró cuando llegó al corregimiento La Vega de San Antonio procedente de Ocaña, municipio ubicado a tres horas en moto y más de cinco horas en bus.

—A mí me toca ser enfermera, ginecóloga y nutricionista al tiempo —dice.

Entre una respuesta y otra, esta madre soltera de 50 años que viste un saco de lana morado, tiene las cejas finas, la papada generosa, mirada escéptica y las piernas llenas de bellos finos que se filtran por las medias veladas como tunas, aprovecha para insistir que el puesto de salud necesita con urgencia un médico y otra enfermera.

El contrato de Blanca no especifica cuántas horas debe trabajar a la semana ni a cuántos días de descanso tiene derecho por año. Durante 22 años ha cargado con abnegación de cristiano su cruz. Sabe que el suyo es un trabajo de 24 horas, pues nadie, por más que quiera, escoge a qué horas enfermarse. Puede que el papá traiga al hijo en la mañana porque lo mordió un perro o que a las doce de la noche una joven llame a su puerta porque a la abuela se le alteró la presión.

A Blanca le sobra voluntad pero sus poderes curativos son limitados. Aparte de que la dotación es escasa, como enfermera no está autorizada para recetar medicamentos, y aquellos que son de venta libre muchas veces no se consiguen en el corregimiento. En caso de que el cuadro médico del paciente sea grave, Blanca no tiene otra alternativa que remitirlo al hospital de La Playa, a dos horas en moto de aquí, siempre y cuando la carretera y el clima lo permitan. Si allí consideran que no es una urgencia, el paciente debe devolverse y pagar los setenta mil pesos que cobra la ambulancia. Por eso, insiste Blanca de nuevo, necesitan un médico de tiempo completo. Las brigadas de salud, asegura, sirven de poco y nada.

—Hicieron una brigada por el refugio humanitario que hubo, pero hace seis meses no venían. Están viniendo cada seis, cada tres meses. Mucha gente pierde el viaje porque ellos no los van atender a todos. Cuando hay brigadas es como arriando mulas. Llegan a las ocho de la mañana y se van a las tres de la tarde, solo atienden a 50 personas —dice, y al instante descarga una catarata de lamentos—. El puesto de salud no es solo esto. De aquí para adentro es inmenso, hay espacio para urgencias, partos, laboratorio… No funciona porque no hay dotación. No hay oxígeno que es algo tan elemental, toca utilizar el oxígeno de la ambulancia. Me tocó conseguir un minutero para estar llamando a La Playa y facturar lo que se va haciendo todos los días. Mira los escritorios que tenemos. A mí no me interesa tanto la dotación, una mesa se consigue, a mi lo que me interesa es que hubiera un médico.

 

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Nunca antes había tenido conciencia de la proximidad de la muerte. Sucedió en la Vereda Mesitas, un caserío del tamaño de una cuadra alargada construido sobre una montaña de Hacarí. Eran las 12:55 del mediodía. Estábamos prestos a almorzar para continuar con la reunión entre los integrantes de la misión humanitaria de verificación, y la comunidad de Mesitas y de otras veredas aledañas.

Cuatro explosiones sucesivas, una de ellas cerca a la escuela donde recibían clase 46 niños, estremecieron el espacio, el tiempo y los nervios. Las detonaciones vinieron acompañadas de ráfagas que chocaban contra las latas de los techos y silbaban en los oídos. Descartado cualquier síntoma de peligro, la reunión se reanudó según lo establecido. La misión fue despedida con otra detonación y más ráfagas que retrasaron la salida de la vereda. Minutos más tarde, la ONU ordenó encender motores y pisar el acelerador si escuchábamos disparos. Finalmente salí de Mesitas con el temor de que en cualquier curva podría estar esperándonos la muerte.

El hecho no le arrebató la vida a nadie. La guerra mata —despacio y en silencio— la capacidad de asombro. No sé si sentí más pavor por el hostigamiento o por lo naturalizados que están los pobladores con la guerra, por la gracia que les producía nuestro miedo, por los chistes ácidos, por preferir grabar un video con el celular antes que refugiarse. Cuando la guerra se va queda el miedo, que es como si la guerra no se fuera nunca. La guerra se enquista como una bacteria, las balas se vuelven otra ave más del paisaje, la noticia no es el tiroteo sino el silencio de los fusiles, los hombres tutean a la muerte, y la vida deja de ser un milagro para convertirse en una casualidad.

 

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Como en casi todos los poblados del Catatumbo, la vía principal es el punto neurálgico de San Pablo, corregimiento de Teorama. Allí se consiguen los condimentos para el almuerzo, el alambre para cercar la finca y el último chisme de la vecina.

Pasado el mediodía el sol reverbera sin misericordia. Luz Marina Rueda nos guía hasta la escuela que lleva el nombre de Henry García Bohórquez, en homenaje al comandante de policía asesinado por la guerrilla. Las instalaciones, sostiene la profesora, son inapropiadas para educar aproximadamente a 300 niños. Hay ocho salones para nueve grupos, el grupo que no tiene salón recibe clases en el corredor central.

—Tenemos hacinamiento. En recreo esto parece la Cárcel Modelo —dice Luz Marina mientras se mueve con agilidad por la escuela.
El salón de preescolar, además de ser estrecho, tiene dos boquetes en el techo y los ventiladores carcomidos por los años. La escuela cuenta con kiosco digital pero faltan computadores. El televisor plasma, el servidor y la impresora son adornos cubiertos de polvo. En estas condiciones se educan las futuras generaciones.

Así mismo se encuentra el colegio del corregimiento. El inmueble está deteriorado y la planta de administrativos y docentes no da abasto para brindarle educación de calidad a 1400 estudiantes. Debido al contexto, Carlos Samuel Rodríguez, rector de la institución, afirma que necesitan con urgencia un psicoorientador capaz de mitigar los efectos inmateriales del conflicto.

—Los niños en primaria son muy agresivos por el ambiente de discordia que se vive entre la misma comunidad y por el conflicto entre los grupos al margen de la ley. Desde muy pequeñitos ellos hacen la parodia de ser narcotraficantes. O dicen yo quiero meterme a tal organización o al ejército para vengar la muerte de mi papá, de mi mamá, de mi hermano.

Le pregunto al rector quién les brinda ayuda psicosocial a ellos, a los profesores que invierten su vida en una batalla que parece perdida cada que un estudiante deja el colegio para dedicarse a raspar coca. Samuel responde que no hay mejor psicólogo que la costumbre, pero advierto que su único apoyo es la esperanza de que todo esto puede y debe cambiar.

—Fuera elegante que no hubiese conflicto en esta zona. Que hubiese tranquilidad para hacer salidas de campo, que los niños pudieran salir a cualquier hora y hacer prácticas pedagógicas por fuera del corregimiento, sin ningún temor de que nos vamos a encontrar con un artefacto explosivo o una mina antipersonal. Fuera lo más elegante tener este pueblo en paz.

 

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30 años después este país llamado Catatumbo sigue reclamando lo mismo que reclamaba en aquel paro de 1987: vías de acceso, servicios públicos, soberanía territorial, proyectos productivos, adecuación de las instalaciones educativas y médicas: condiciones de vida digna. El Gobierno responde a las exigencias con ayudas míseras y escuadrones militares que convierten a la población en escudo y trinchera. Ante tal orfandad el Catatumbo se labra su propio destino: instala peajes comunitarios para recaudar dinero y hacerles mantenimiento a las carreteras; forma cooperativas y asociaciones para comercializar sus productos; hace memoria; otorga el rol protagónico que corresponde a la mujer; establece normas de convivencia; y reclama instancias legales de diálogo con la institucionalidad y las insurgencias.

El Catatumbo abruma, hiela la sangre, inspira, y desvela el lado más humano de ese instinto que nos aferra a lo único valioso que tenemos los colombianos: las ganas de vivir la vida.

La pregunta que queda adherida en la conciencia, como un pegote hecho de remordimiento, es la que nos hizo un campesino en el refugio humanitario de la vereda Tarra Sur a todos los que participamos de la misión humanitaria que recorrió este país durante cinco días, en especial a los representantes de la Defensoría del Pueblo, la Secretaría Departamental de Víctimas y el Ministerio del Interior:
—¿Ustedes cuándo van a volver?

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Juan Alejandro Echeverri

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