Karl Marx siempre está de regreso

En la medida en que la lógica del capital se ha ido expandiendo por el mundo –un proceso que tan solo se ha logrado plenamente en los últimos treinta años–, la mercancía se ha impuesto como la razón suprema de la existencia humana. Aparte de ese hecho incontrastable que ha significado convertir a la tierra en un gran bazar planetario, donde todo se compra y se vende, otra característica del capitalismo realmente existente radica en que las mercancías cada vez duran menos, y tiende a dominar lo efímero, lo fugaz, lo instantáneo. El capitalismo es cultor del presente, dimensión temporal que le sirve para reducir la vida humana a pocos actos: comprar, consumir y contaminar. Los seres humanos en este mundo capitalizado hasta los tuétanos no tenemos ni pasado, ni futuro; estamos encadenados al presente hedonista, sin sueños, utopías, ni esperanzas, salvo que consideremos que el celular es la utopía, que el consumo es el sueño del edén hecho realidad y las esperanzas se reducen a poseer una cantidad de cosas inútiles y dañinas, que lanzan las empresas capitalistas a toda hora para envenenar el alma y el cuerpo y destruir los ecosistemas, con tal de obtener fabulosas ganancias.

Esta realidad capitalista domina el mundo material y la producción de ideas, hasta el punto que estas últimas también se han hecho desechables. Como norma dominante, ya no hay ideas sino ocurrencias y disparates, que se venden como si fueran aportes extraordinarios al saber humano, cuando en el fondo son estupideces, como se ve a diario en las universidades del mundo entero, convertidos en centros de la ignorancia generalizada. Esas universidades se parecen cada vez más a los centros comerciales, donde las ideas se hacen desechables, y aunque no tengan ninguna importancia creadora que beneficie a los seres humanos, a sus promotores solo les interesa enriquecerse, como se demuestra con las tonterías que promueven el “pensamiento positivo” y baratijas por el estilo.

Nada ni nadie parecería perturbar ese “mundo feliz” del capitalismo, que habría logrado auto-reproducirse al infinito, mediante la producción ininterrumpida de mercancías y su consumo generalizado. Nada importarían las desigualdades sociales, ni la explotación intensificada de los trabajadores en los cinco continentes, ni la destrucción de los ecosistemas, porque el dominio del capital marcharía hacia el crecimiento eterno, ahora impulsado por las pretendidas nuevas lógicas de acumulación, basadas en el espejismo del dinero como creador de riqueza (D-D', la ficción dineraria), que generarían las nuevas tecnologías informáticas. Este estribillo fue el que se repitió durante dos décadas, tras el fin del socialismo burocrático y la desaparición de la URSS, cuando el triunfalismo del “nuevo desorden mundial” proclamó que habíamos entrado en una nueva época, de dicha eterna, sin crisis, ni sobresaltos para un capitalismo que llegó hasta proclamar el fin de la historia. En ese momento (1989-2007) aparentemente desapareció el nombre que encarna al principal crítico del capitalismo, Karl Marx, a quien se volvió a declarar muerto y se efectuaron muchos cortejos fúnebres en la década de 1990.

El capitalismo y sus ideólogos mundiales, envalentonados con su triunfo en la Guerra Fría, pudieron respirar tranquilos porque el espectro de Marx y el comunismo había pasado a mejor vida. Como ha acontecido en diversos momentos en la historia del capitalismo desde el siglo XIX, la idea coetánea de la muerte de Marx y la consolidación de un capitalismo sin crisis ni contradicciones, resultó ser una especulación sin sentido. Esos ideólogos de la prosperidad eterna del capital hacían suya la pretensión que el propio Marx criticaba con ironía en su tiempo, hablando de las crisis: “Todos quieren la competencia sin sus nefastas consecuencias. Todos quieren lo imposible: las condiciones de vida burguesa, sin las consecuencias necesarias de estas condiciones”. La crisis capitalista que se inició en el 2007, y se mantiene en estos momentos, puso de presente que Karl Marx en realidad nunca se había ido, que su espíritu crítico y combativo siempre nos ha acompañado.

Una semántica revolucionaria
Marx inauguró una tradición teórica hace 170 años, que sigue viva y se mantiene como un instrumento para luchar por la transformación de la realidad capitalista. Haber construido una semántica social y política, radicalmente crítica, es uno de los aportes imperecederos de Marx, cuyo abandono por parte de importantes sectores de ese híbrido que se sigue llamando “izquierda”, ha tenido consecuencias desastrosas. Porque una cosa es la necesidad de actualizar el contenido de los términos con referencia a las modificaciones del mundo real, y otra muy distinta es su abandono con el pretexto de que la realidad ha cambiado tanto que es otra y que para aprehenderla ya no sirven los términos críticos de la tradición teórica de Marx.

Ese cambio de terminología no es fortuito: es el resultado de una estrategia del capitalismo, tendiente a eliminar de la conciencia de los seres humanos la posibilidad de pensar el mundo de otra forma a las ideas dominantes, generadas por el mismo capitalismo. Dejar de utilizar los conceptos de explotación, capitalismo, clases sociales, lucha de clases, plusvalía –para solo mencionar algunas de las desarrolladas por Marx– no es un cambio decorativo, sino que es una mutación decisiva: significa renunciar a las posibilidades analíticas (no solo descriptivas) para comprender la realidad, y sobre todo políticas para enfrentarla.

Cuando se deja de utilizar el término explotación, por ejemplo, se está renunciado a comprender lo que está sucediendo en el mundo del trabajo a nivel mundial y se pierden los nexos existentes entre generación de valor (que efectúan los trabajadores mediante la explotación) y la ganancia obtenida por los capitalistas y acumulada en forma de riqueza monetaria o de capital físico. El abandono del término explotación impide desentrañar lo que se encuentra tras el dato estadístico (apartemente frío), que denota un contenido aberrante de la sociedad capitalista, como el que suministró la ONG Oxfam a comienzos de 2016, cuando se indicó que solamente el 1% de la población mundial tiene más riqueza que el 99% restante. ¿Cómo entender esta tremenda disparidad si no se habla de explotación? Eso nos remite a lo que sucede con los trabajadores por doquier, una gran mayoría de los cuales soporta las condiciones laborales del siglo XIX, y cuya fuerza de trabajo genera la inmensa riqueza que beneficia a una reducida porción de la población mundial, formada por multinacionales y grandes capitalistas.

Marx nos enseñó a usar unos términos que dotan de identidad a los anticapitalistas del mundo y nos suministran unos instrumentos analíticos y políticos, que deben ser enriquecidos porque no son pétreos e inmutables, con el estudio de la realidad concreta. Renunciar a ese lenguaje es perder un soporte básico en la lucha anticapitalista, es como hallarnos huérfanos, sin una brújula que oriente nuestras luchas y acciones. Perder nuestro lenguaje no es cualquier cosa, es deponer de entrada las armas de la crítica radical para enfrentar al capitalismo.

Un pensador crítico
Marx fue un pensador crítico, en tres sentidos. En una primera dirección, la crítica apunta a desentrañar los mecanismos específicos que caracterizan el funcionamiento de las relaciones sociales capitalistas, como una realidad histórica, que ha sido presentada desde sus orígenes como una relación natural, eterna e inmodificable. A esa labor crítica, Marx consagró la mayor parte de su existencia, sobre la que nos dejó unos cimientos invaluables, que se constituyen en las piezas más notables del anticapitalismo jamás escritas y que, por lo mismo, le granjearon el odio eterno de los capitalistas de todas las épocas.

En un segundo sentido, la crítica devela las adulteraciones ideológicas de la “ciencia económica estándar”, que en su tiempo incluía a lo mejor de la economía clásica. Se trataba de demostrar que, tras las categorías de la economía, se ocultaba la pretensión de presentar como natural al capitalismo, como si no fuera una relación social sujeta a sus propias contradicciones, y como si además el fetichismo de esas categorías no fuera la expresión más profunda del fetichismo de la mercancía y el dinero.

Pero Marx no es un crítico que critica porque sí, como sucede a menudo con los iconoclastas o nihilistas, sino que tiene en mente una sociedad alternativa al capitalismo (aunque, por desgracia, en esa dirección haya avanzado poco, por múltiples y variadas razones), lo que es el tercer sentido de la crítica. La apuesta de Marx es por una sociedad emancipada, en la que los productores asociados rijan sus propios destinos.

De estos tres sentidos del término crítica, sobresale el último, si se consideran los intentos fallidos de avanzar en esa dirección durante el siglo XX. En efecto, la derrota de los proyectos anticapitalistas en el intento de construir el socialismo ha hecho que se acepte en algunos círculos liberales y de izquierda del mundo el sentido de la crítica de la realidad capitalista y de las categorías que los encubren, pero que se dude de la posibilidad de alcanzar el tercer sentido de la crítica, el de construir otra sociedad distinta y superadora del capitalismo.

El fracaso de esos proyectos no invalida la urgencia de construir alternativas al capitalismo, porque ahora esa necesidad es más apremiante ante la crisis civilizatoria, que pone en peligro la supervivencia de la humanidad, la terrible realidad que hoy enfrentamos. Aquí hay un punto discutible o que por lo menos requiere precisar algún tipo de matiz. Nos referimos a la idea de Marx sobre la abundancia en una sociedad futura y alternativa al capitalismo. Habría que aclarar qué se entiende por abundancia, si es simplemente el poseer cosas materiales sin límite alguno –lo cual ya sería característico de los países capitalistas super-desarrollados, empezando por Estados Unidos– o hacer extensivo ese consumo de un 20 o 30% de la población mundial al resto de la gente del planeta (un poco como lo que podemos denominar la delirante “opción China”). Este significado material de abundancia es en la actualidad imposible de alcanzar, porque nuestro planeta tierra, el único habitado y habitable, es finito en recursos y en energía, y de él no se puede extraer materia suficiente para concederle a siete mil millones de seres humanos los lujos y despilfarro que caracteriza al habitante promedio de los Estados Unidos. Para que eso fuera posible, se necesitarían nueve planetas como la tierra, de los que no disponemos.

La idea de abundancia en Marx debe ser entendida en un sentido más profundo, que suponga la satisfacción de las necesidades vitales de los seres humanos, junto con las necesidades históricas indispensables, y disfrutar de tiempo libre para enriquecer las relaciones humanas (abundancia de tiempo y de relaciones y no de cosas). Abundancia, en esta dirección, apunta a construir una sociedad plena de vínculos afectivos, con mucho tiempo libre para disfrutar, y sin que el trabajo sea un castigo, ni una pesada carga alienante.

Un pensamiento revolucionario y vivo
La obra de Marx expresa un pensamiento revolucionario fructífero, vivo y en diálogo permanente y crítico con lo más valioso de la ciencia y el conocimiento de su tiempo. Marx se veía a sí mismo como un “devorador de libros”, con lo cual quería decir que estaba al tanto y le interesaba lo que se produjera en términos de conocimiento. Ese saber enciclopédico que caracterizaba a Marx, y sorprendía a quienes lo conocieron, no pretendía acumular saberes o títulos, algo que caracteriza a los pedantes doctores y profesores universitarios de nuestros días, sino que estaba destinado a convertirse en la materia prima de una elaboración intelectual muy original, cuyo objetivo era alimentar la lucha de los trabajadores contra el capital.

Si bien Marx dialogaba con la ciencia de su tiempo, no era un cientificista convencional, que atesoraba saberes para él, sino que consideraba que “quienes tienen la suerte de poder dedicarse a los estudios científicos deben ser también los primeros en poner sus conocimientos al servicio de la humanidad”. Un saber al servicio de la humanidad es un lema que resume lo que era y quería Marx, y también debería guiar la actividad de los trabajadores del pensamiento y de los militantes revolucionarios que procuran seguir la senda anticapitalista de Marx en nuestros días.

En ese esfuerzo intelectual, Marx fue influido por lo más notable del pensamiento de su época, el fermento que nutre su síntesis crítica, y por supuesto, también por concepciones eurocentristas, progresistas y evolucionistas. Estos son algunos aspectos que resaltan los críticos de Marx, entre los que se incluyen algunos poscolonialistas, desconociendo que gran parte de las afirmaciones eurocentristas y progresistas fueron rectificadas en otras obras, lo que desde luego no implica desconocer algunas páginas desafortunadas como las que escribió sobre Simón Bolívar. Así, para señalar un ejemplo, la afirmación de Marx a comienzos de la década de 1850, sobre las pretendidas bondades del capitalismo inglés en su expansión por la India, son superadas con la demoledora crítica que realiza años después sobre el carácter colonialista y opresor de ese capitalismo, no solo en el continente asiático sino en el propio suelo europeo, como acontecía en Irlanda.

La vida y lucha de Marx demuestra su carácter de revolucionario, comunista y anticapitalista. Hoy no nos sirve un Marx “políticamente correcto”, momificado para regocijo de los apologistas del capitalismo, sino aquel pensador radical que nos invita a sublevarnos en el siglo XXI, como él lo hizo durante el siglo XIX. Por eso, las nuevas generaciones seguirán escuchando el trueno relampagueante de Karl Marx, un pensador que nunca se fue, sino que siempre vivió entre nosotros, en las luchas abiertas o encubiertas que nunca han cesado de librar los trabajadores y los explotados y oprimidos del mundo entero contra el sistema del capital.

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Renan Vega Cantor
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