Álvaro Fayad (El Turco): el incómodo político de la comandancia del M-19

Corría el 13 de marzo de 1986. A las cuatro de la tarde de ese jueves la Policía acordonó un edificio en el barrio Quinta Paredes de Bogotá. Una barahúnda de falsos obreros de la compañía de teléfonos, del gas y de la empresa de electricidad, se adentró en el edificio en donde se sabía que estaba el comandante guerrillero.

23 años atrás, el recio comandante era un dócil joven que vivía en Cartago, Valle del Cauca, y estudiaba el bachillerato en el Seminario de Santa Rosa. Para entonces, ya empezaba a plantearse preguntas de difícil resolución. En el año 1965 ingresó a la Universidad Nacional de Colombia; su anhelo era convertirse en psicólogo. Allí conoció al Sacerdote Camilo Torres Restrepo, con quien entabla una poderosa amistad que supera sus distintas militancias. En ese momento Fayad ya militaba en la Juventud Comunista Colombiana (JUCO), en donde se encuentra con Jaime Bateman Cayón, a quien le corresponde ocupar hasta la eternidad el honroso sitial de haber sido quien le cambió el rumbo de su vida.

El reloj marcaba las seis de la tarde; el inicio de la noche colombiana era el momento propicio para cortar la luz del edificio de Quinta Paredes. Ya los efectivos de los Grupos Operativos Especiales de Seguridad -GOES de la Policía nacional estaban todos en posición de asalto; estos mastines sedientos de pólvora, ansiosos por acabar con la vida y con lo humano, se preparaban azarosos para ejecutar extra judicialmente al comandante. Ellos sabían de su condición inerme y de su soledad, sin embargo, actuaban como si se dirigieran a una confrontación justa, en equiparables condiciones de combate para un bando y el otro. Nada más lejos de eso, sin sospecharlo “El Turco” esperaba su último momento en compañía de la señora de la casa, cuyo primer mes de embarazo acaba de completarse hace pocos días.

El decir que Bateman le cambió la vida a Fayad, podría significarse en su ingreso conjunto a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), hoy convertidas en partido político. En esa guerrilla permanecieron los entrañables amigos hasta finales de 1969, momento en el que, en compañía de algunos otros compañeros, optaron por ingresar a la ANAPO, para luego conformar el M-19 en 1970. En esta guerrilla, Fayad se caracterizó por su claridad política y por insistir en que las armas eran un medio y no un fin. Como una muestra de su hidalguía quijotesca, participó en el año 74 en el robo de la espada de Bolívar, en una intrépida acción que buscaba dar a conocer al M-19 y su postura política bolivariana.

Con cada acción militar ganaban en espectacularidad, sin embargo, la acción para recuperar las armas del cantón norte lo puso en prisión, diez meses después de caer la mayoría de sus compañeros. De su juicio, al lado de 219 miembros del M-19 —que más que un juicio fue un consejo verbal de guerra—, se destaca que asumió él mismo su propia defensa, denunciando las torturas a las que fueron sometidos él y los otros 219. El Tribunal Militar lo condenó a 26 años de cárcel, pena que se interrumpió por la amnistía concedida por el gobierno de Belisario Betancur en 1982.

Su presencia en la capital colombiana ese jueves de marzo, se debía a la preparación de una cumbre de la Coordinadora Nacional Guerrillera ante las próximas elecciones presidenciales en el mes de mayo. Esa era su vocación, un ser profundamente político, de esos que no interesaban al Gobierno, ni a las oligarquías, ni a los colonialistas foráneos, tampoco a los industriales o al bipartidismo imperante por aquellos días y mucho menos a las fuerzas armadas regulares; Fayad era de esos que incomodan y que por tanto sobran en el para-estado. Él, como otros del mismo talante, sobrarán siempre para la corrupta institucionalidad que se niega a encontrar una solución negociada al conflicto armado. ¿A quién podría interesarle la vida de un revolucionario con denotada capacidad negociadora?

El tiroteo fue breve. Entre las 7:00 y las 7:30 p.m. más de 300 policías arremetieron contra el políglota de origen libanés, razón por la cual le apodaban así, “El Turco”. Con él cayeron una mujer y su hijo de apenas un mes de gestación; solo un pequeño niño de ocho años sobrevivió milagrosamente al furibundo ataque, ese mismo que los medios de comunicación insisten en denominar “combate”. Nadie pudo ingresar al edificio, una jauría de más de 300 personas impidió el paso y con ello sepultaron no sólo a “El Turco” y a la desafortunada mujer; con ellos se fue para siempre la verdad de lo ocurrido esa noche, esa parte de la verdad por la que, de vez en cuando, en la historia de las naciones se reúnen algunos jóvenes entusiastas y soñadores para dar la hasta la vida por preservarla.

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