Memoria indeleble

Hay cosas que uno termina de entender con el tiempo. A veces porque una nota o un libro cae en tus manos y te revela un detalle, un dato que antes parecía nimio, una epifanía que recoge las piezas que no encajaban y las llena de sentido. En ese momento podemos reconstruir imágenes y recibir una respuesta que tal vez antes nadie nos dio.

En mi caso, por ejemplo, tardé muchos años en entender por qué los noticieros hablaban de bajas de combate. En casa, mi padre los llamaba “comunicados de guerra” y en mi inocencia le preguntaba si iban a atacar nuestra casa o tendríamos que salir con nuestras cosas a la mitad de la noche. En el colegio cantábamos el himno nacional y nos emocionaba la bandera y la escarapela. Simulábamos los combates de la independencia, el paso de Bolívar por los Andes y con amplio dramatismo decíamos el “general salve usted la patria”. Ahora que soy mayor puedo recordar muchas cosas de manera distinta, en realidad ahora lo comprendo. La mitad del país se mataba desde hacía más de cincuenta años, varios de sus municipios recibían el eufemismo de “zonas rojas” y en ellos los actores armados marchaban campantes ante la falta de Estado.

Los noticieros pasaron de los carros bomba del narcotráfico a las imágenes brutales de las masacres paramilitares. La Rochela y El Naya vinieron a colmar nuestras pesadillas, por otro lado, los policías y militares secuestrados pedían un canje atrás de las alambradas de los campos de prisioneros en la mitad de la selva. Pastrana solo, en una mesa de negociación, era la imagen lacónica de un país desesperado por el horror, pero indiferente ante la tragedia.

La “seguridad democrática” emergió como una doctrina salvadora, como un dogma que reunía al país en torno a un mismo proyecto nacional: acabar de una vez con el enemigo interno. Una de estas estrategias se centró en la creación de una nueva imagen de las fuerzas militares: los héroes en Colombia sí existen. De esta manera el proyecto homogeneizador se expresaba en la creación de una nueva lectura de la historia nacional en clave anti-terrorista. Las fuerzas armadas cumplirán una misión no solo de ejercicio de la fuerza sino simbólico. “La gente espera de la iglesia valores, de la televisión entretenimiento y de su ejército autoridad”.

Y un día, en un país donde el conflicto nos había blindado para aceptar lo peor, las noticias nos mostraron que los horrores pueden multiplicarse en los cuerpos de los inocentes. Jóvenes del municipio de Soacha, colindante con Bogotá, aparecieron muertos en combates con el Ejército. La noticia no era nueva, normalmente los guerrilleros venían de zonas pobres, de pueblos donde la falta de oportunidades o el reclutamiento forzado los hacía parte de la cifra de aquellos que hacían de la guerra su forma de vida. El problema comienza cuando diferentes Organizaciones de Derechos Humanos denunciaron el traslado de civiles bajo engaños, que posteriormente fueron presentados como combatientes abatidos. Los falsos positivos hacían su aparición.

La primera vez que hablé con Gloria se disculpaba de no tener más fotos de Luis, su difunto esposo. Durante más de trece años pensó que la había abandonado con su hijo de apenas dos años y una criatura de cinco meses que venía en camino. Con la aparición de una cédula, guardada por un paramilitar confeso, se reveló que este había sido llevado a las afueras de Bogotá y asesinado para encubrir la fuga de dos guerrilleros.

Sandra por su parte me dice que todos los días habla con su hijo. Siente que la escucha desde los objetos que guardan sus recuerdos. Las fotografías recorriendo Monserrate, las sábanas que algún día conservaron su calor, algunos juguetes. Diego la escucha y la acompaña en su lucha por la verdad. Murió hace doce años en Cúcuta, Norte de Santander a manos de un batallón de contraguerrilla. En su caso había partido con la promesa de un trabajo a recoger café.

Raúl Carvajal Pérez, de 63 años, todavía es recordado por exponer el cadáver de su hijo Raúl, de 29 años, en la plaza de Bolívar. Militar de carrera, se había negado a un procedimiento donde se incluía asesinato de civiles. Las insignias con las que alguna vez soñamos de niños ahora cubren el féretro que viaja en un destartalado camión.

Si bien el Fiscal de la nación afirmó en algún momento que esos jóvenes “no fueron a recoger café”, la verdad se hacía patente, escandalosa e incómoda. El filósofo Guillermo Hoyos, una de las glorias del pensamiento colombiano, lo denuncia en unas jornadas académicas en Brasil. Al igual que el jesuita Javier Giraldo que pide a los organismos internacionales presionar al gobierno de Álvaro Uribe Vélez para cesar con los asesinatos de líderes sociales y civiles.
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Y esto es tal vez lo que me llevó a entender lo monstruoso del acto en sí. Estos jóvenes no eran guerrilleros, no eran paramilitares, ni colaboradores, ni simpatizantes, ni líderes estudiantiles o reclamantes de tierras. Muchos de ellos ni siquiera habían registrado su cédula para votar o habían hecho parte de una marcha para exigir algún servicio público. No, solo eran jóvenes que buscaban una oportunidad de trabajar, una manera de colaborar con sus familias que ya en sí vivían una situación precaria en lo económico. Las víctimas podíamos ser todos o cualquiera. Y las estadísticas lo demostraban.

Hoy se sabe que el primer caso de ejecuciones extrajudiales es el de Jeisson Alejandro Sánchez, de 16 años en 1984; que a partir del 2002 obedecieron además a incentivos para los militares que mostraran resultados operativos y que los casos se registraban con más frecuencia en la cercanía de Bases militares estadounidenses. La sociedad civil lo acepta y lo mira como parte del conflicto e incluso políticos ponen de vez en cuando el dedo en la llaga argumentando que los muertos eran un problema para su comunidad y que en muchos casos se agradecía al Ejército.

Mientras miro el Centro de Memoria Histórica en Bogotá, me doy cuenta que estoy muy lejos de armar una historia de la guerra. Los monumentos se han dispersado por el país para crear un pasado glorioso y la apariencia de una nación fuerte y soberana. La verdad es que aquí solo el silencio evoca la memoria de los muertos y nos recuerda que cientos de madres marchan los jueves en la Plaza de Bolívar como testimonio de una verdad negada.

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